sábado, 14 de junio de 2025

SÍ ES SÍ. NO ES NO.

 


También habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No dejes de cumplir lo que hayas ofrecido bajo juramento al Señor.’ Pero yo os digo que no juréis por nada ni por nadie. No juréis por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni siquiera juréis por vuestra propia cabeza, porque no podéis hacer que os salga blanco o negro ni un solo cabello. Si decís ‘Sí’, que sea sí; y si decís ‘No’, que sea no. Lo que se aparta de esto, es malo.

Hemos de ser honrados y demostrarlo. Si lo somos no necesitaremos juramentos. Todo el mundo sabrá que si decimos sí, es sí; y si decimos no, es no. Debemos ser transparentes y no aparentar lo que no somos. Sencillos como nos quiere Jesús.

"A hombres y mujeres de este mundo y de todos los tiempos nos han encantado siempre las grandes palabras: justicia, fraternidad… y muchas otras. Nos ha encantado prometer y asegurar y jurar que íbamos a hacer esto o lo otro o lo demás allá. A modo de ejemplo, podemos pensar en los políticos que son especialistas, sobre todo en las campañas electorales, en prometer puestos de trabajo, incrementos en las pensiones, rebajas de impuestos, viviendas para todos, etc. Y luego pasa lo que pasa, que hacen lo que pueden y, a veces, ni eso. He puesto como ejemplo a los políticos pero podríamos hablar también de los grupos de amigos, de las familias, de las empresas y, por qué no, de la iglesia, de las comunidades cristianas, de las congregaciones religiosas. Siempre nos han gustado las grandes palabras, las declaraciones de principios. Pero luego, cuando llega la vida, nos solemos quedar cortos de realidades.
El texto evangélico de hoy nos invita a renunciar a esas grandes palabras. Menos declaraciones solemnes y más humildad. Porque a veces parece que se nos va la fuerza por la boca. Y luego nada. Por eso dice Jesús que mejor que tantos juramentos, nuestras palabras sean simples y sencillas: “A vosotros os basta decir ‘sí’ o ‘no’.” En realidad viene a ser una invitación a hablar menos y a hacer más. A no malgastar nuestras energías, siempre limitadas, en muchas palabras y a intentar orientarnos más a la acción.
A intentarlo, porque la realidad es que somos limitados y pobres. Nuestros intentos no siempre consiguen sus objetivos. Tenemos mucha buena voluntad (¿a quién se le puede negar la buena voluntad?) pero los resultados suelen ser más pobres de lo previsto. Tendremos que aceptar con humildad que no lo podemos hacer todo, que hay objetivos (fraternidad, justicia para todos…) que nos resultan difíciles, casi imposibles, de conseguir.
Pero mientras tanto vamos a dejar las grandes palabras y declaraciones que a veces solo sirven para cuidar una imagen pública que tiene luego poco que ver con la realidad. Más con el mazo dando y menos perder la fuerza en palabras."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 13 de junio de 2025

AMOR SIN FISURAS

 


Habéis oído que antes se dijo: ‘No cometas adulterio.’ Pero yo os digo que cualquiera que mira con codicia a una mujer ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Por tanto, si tu ojo derecho te hace caer en pecado, sácalo y échalo lejos de ti; mejor es que pierdas una sola parte del cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te hace caer en pecado, córtala y échala lejos de ti; mejor es que pierdas una sola parte del cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.
También se dijo: ‘Cualquiera que se separe de su esposa deberá darle un certificado de separación.’ Pero yo os digo que todo aquel que se separa de su esposa, a no ser en caso de inmoralidad sexual, la pone en peligro de cometer adulterio. Y el que se casa con una mujer separada también comete adulterio.
(Mt 5,27-32)

Jesús en este duro texto nos muestra hasta donde debe llegar nuestro Amor por los demás. Hasta el extremo. Nos enseña que nuestra lucha contra el mal ha de ser total. Un mal que empieza a anidar en nuestro interior, con nuestros malos deseos. Un mal que afecta a los otros y que les lleva a ellos al mal.
No se trata de ser escrupulosos. Se trata de ser honestos en nuestros deseos e intenciones. Y de confiar siempre en la ayuda y la misericordia de Dios. Jesús está siempre a nuestro lado y nos acompaña, nos da fuerzas, nos da su gracia.
 
"La verdad es que los primero que nos sale decir ante estas palabras de Jesús es que no tiene razón. No es lo mismo desear que hacer ni tiene los mismos efectos. Eso está claro. Pero si algo tiene Jesús es que nos intenta llevar a ser conscientes de que no basta con cumplir la letra de la ley sino que hay que cumplirla con el corazón.
Si la ley manda algo meramente externo. Supongamos que sale una ley que nos obliga a todos a llevar sombrero bajo pena de multa. Está claro que bastaría con cumplirla materialmente. No sería necesario estar de acuerdo con ella. Ahí no hay discusión.
Pero cuando llevamos las cosas a un lugar más radical, entonces el corazón importa. Cuando Jesús nos dice que la única ley del cristiano es el amor, eso no se puede llevar a un mero cumplimiento externo. Se notaría demasiado. Es más, todos somos conscientes de que ese mero cumplimiento externo no sería más que una pura hipocresía, fariseísmo total, actuación exclusivamente para la galería. Pero si no hay un verdadero amor en el corazón, un auténtico preocuparse por el bien del otro, ¿qué amor es ese? No vale para nada. Y lo que nos pide Jesús es que nos amemos unos a otros. Ni más ni menos.
Esto que decimos en una dirección (hay que amar), vale también en la otra: el pecado se genera en el interior de la persona. El que desea el mal, ya peca en su interior. Cierto que no tendrá las mismas consecuencias que si realizase el mal en la práctica. Pero en su interior anida el mal. Eso no se puede discutir. Y, si somos sinceros, somos conscientes de ello.
Espero que Dios nos tendrá mucha misericordia porque conoce bien nuestras limitaciones. Pero nosotros, los que queremos seguir a Jesús, tenemos que ser conscientes de que estamos llamados a hacer el bien, a amar, con toda la radicalidad que nos sea posible. Y ese amor sólo puede nacer desde lo más hondo de nuestro corazón. Por eso, cuando sintamos que nace el mal ahí, en nuestro centro, tenemos que procurar liberarnos de él cuanto antes porque nos hace daño a nosotros e, inevitablemente, a nuestros hermanos y hermanas."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)


jueves, 12 de junio de 2025

EL VERDADERO SACERDOTE

 

El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, mientras comían, Jesús tomó pan, y pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo:
«Tomad, esto es mi cuerpo».
Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo:
«Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».
"En las religiones antiguas, y en la mentalidad de muchas personas religiosas hoy, cristianos incluso, el sacerdote es el mediador entre Dios y los hombres. Se considera que es una figura necesaria porque la presencia de Dios, siempre todopoderoso y omnisciente, es figura salvadora pero también un poco bastante amenazadora para las personas. En todas esas religiones la relación con Dios se realiza sobre todo en el templo. Y ahí solo los sacerdotes tienen acceso a la parte más reservada, allí donde está la presencia de Dios. Las personas normales no tienen acceso a esa parte porque esa presencia del Santo podría poner en peligro sus vidas, sobre todo si no son lo suficientemente puros.
Pero con Jesús las cosas han cambiado radicalmente. Jesús no fue hombre de templo. Más aún, cuando se acercó al Templo de Jerusalén fue para criticarlo. Con Jesús Dios se hace presente en los caminos, en los pueblos, allá donde estaban las personas reales, sobre todo las que más sufrían la enfermedad o la injusticia. Jesús hace presente a Dios en el mundo, lo saca del templo. Con Jesús la presencia de Dios ya no es amenazadora sino una presencia amorosa. Dios es Padre, papá, que cuida de nosotros, sus hijos e hijas, que respeta nuestra libertad, que nos invita a crecer en responsabilidad. Y que pone por delante de nosotros un ideal: lo que el quiere y desea para nosotros, el Reino de justicia y fraternidad.
Ya no hace falta un mediador que nos proteja de un Dios que nos amenaza con el castigo eterno. Jesús se hace alimento para nuestras vidas. En Jesús comulgamos con Dios mismo, con el Padre, y con su proyecto para nosotros: el Reino.
Y así la misa, la Eucaristía, se convierte en el signo mayor de esa nueva comunidad de los hijos e hijas de Dios, donde no se excluye a nadie, donde las puertas están abiertas para todos, porque el amor de Dios es para todos, sin condiciones.
Jesucristo es sacerdote, el definitivo sacerdote, el que reúne a la comunidad de los hijos e hijas de Dios, nos libera del pecado y nos invita a participar con él en la construcción del Reino. Todos a una. Todos amados por Dios."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)


miércoles, 11 de junio de 2025

EL SENTIDO DE LA LEY



 No penséis que yo he venido a poner fin a la ley de Moisés y a las enseñanzas de los profetas. No he venido a ponerles fin, sino a darles su verdadero sentido. Porque os aseguro que mientras existan el cielo y la tierra no se le quitará a la ley ni un punto ni una coma, hasta que suceda lo que tenga que suceder. Por eso, el que quebrante uno de los mandamientos de la ley, aunque sea el más pequeño, y no enseñe a la gente a obedecerlos, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero el que los obedezca y enseñe a otros a hacer lo mismo, será considerado grande en el reino de los cielos.
(Mt 5,17-19)

Jesús viene a dar a la Ley su verdadero sentido. Los fariseos y quizá también nosotros, nos quedamos con la letra de la ley. La Ley no tiene sentido ni vale nada si no se cumple  con Amor. Ese es su sentido profundo. Jesús lo resumió con su mandamiento: "Amaos los unos a los otros, como yo os he amado". Sin Amor la ley sólo es letra, prácticas, actos sin sentido, sin humanidad.

"Este texto se nos puede atragantar un poco. ¿Es que Jesús nos está diciendo que para ser seguidores suyos tenemos que ser perfectos judíos, cumpliendo al detalle cada una de las normas que tenían? No lo creo. Hay que fijarse en que Jesús dice que no ha venido a abolir sino a dar plenitud. Ahí está clave. Jesús nos invita a dar un paso adelante. No se trata de abolir pero sí de superar. Con Jesús hay una nueva ley, que engloba y supera la anterior.
Quizá para entender mejor este texto tendríamos que hacer memoria y recordar aquel pasaje en que Jesús se encuentra con un hombre que le pregunta qué tiene que hacer para heredar la vida eterna (Mt 10,17-25). Jesús con mucha paz le pregunta si ya ha cumplido los mandamientos. El hombre responde que sí. Y entonces Jesús da un salto adelante. No basta con eso. Le hace falta algo más: primero, vender todos sus bienes y darlos a los pobres y luego seguir a Jesús. Dicho en otras palabras: liberarse de todo lo que le ata y, así, ligero de equipaje, convertirse en discípulo, emprender un nuevo camino, que ya no está marcado por los mandamientos sino por el Reino.
En el texto de hoy, con otras palabras Jesús nos invita a dar ese mismo paso. A superar la etapa de la ley y las normas para entrar en otra dimensión. Viene a ser lo que san Agustín expresó diciendo “ama y haz lo que quieras”. Podemos poner un ejemplo muy sencillo: podemos ir a misa el domingo porque es una ley de la iglesia o podemos ir a misa el domingo porque es la oportunidad gozosa de compartir con nuestros hermanos y hermanas de comunidad nuestra fe, escuchar juntos la Palabra y compartir el pan de la Eucaristía. Es lo mismo pero no es lo mismo.
Podemos ser cristianos preguntándonos todo el tiempo si esto es pecado o no es pecado. O podemos ser cristianos pensando en qué podemos hacer para construir unas relaciones humanas más fraternales y más justas, en definitiva, para ir haciendo del Reino una realidad en nuestra vida y en la vida de los que nos rodean. Lo primero es quedarnos en la ley. Lo segundo es dar un salto adelante y vivir en la plenitud del Reino."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

martes, 10 de junio de 2025

DAR SABOR E ILUMINAR

 

Vosotros sois la sal de este mundo. Pero si la sal deja de ser salada, ¿cómo seguirá salando? Ya no sirve para nada, así que se la arroja a la calle y la gente la pisotea.
Vosotros sois la luz de este mundo. Una ciudad situada en lo alto de un monte no puede ocultarse; y una lámpara no se enciende para taparla con alguna vasija, sino que se la pone en alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procurad que vuestra luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que hacéis, alaben todos a vuestro Padre que está en el cielo.

Nos quejamos de que las iglesias están vacías, de que el odio, el racismo, las guerras aumentan y cada día son más inhumanas...Pero debemos preguntarnos ¿somos sal y luz para el mundo o nuestra vida es insípida y oscura? ¿Ayudamos a los emigrantes, a los perseguidos, a los abandonados?¿Nuestra vida ayuda a que los demás vean los valores cristianos, descubran que lo esencial es Amar? Quizá llevamos una vida gris, insípida, triste, que no ayuda a que el mundo vea lo que es verdaderamente ser cristiano y dónde se encuentra la verdadera felicidad, dónde realmente debemos buscar a Dios.

"Es curioso que Jesús nos diga que somos/tenemos que ser la sal el mundo. Lo digo porque ahora los médicos están empeñados en quitarnos a todos la sal de los alimentos. Dicen que es mala para el corazón. Pero la verdad es que comer todos los alimentos sosos, es algo bastante aburrido. Es como si todo supiera a lo mismo. La sal realza el saber de cada alimentos y marca las diferencias.
Conclusión: igual tenemos que obedecer a los médicos y por el bien de nuestro corazón y de nuestras arterias conviene que dejemos de poner sal en los alimentos. Pero eso no significa que nuestra vida se tenga que volver sosa e insípida, aburrida en definitiva. Lo que Jesús nos pide es que pongamos en la vida propia, en las relaciones, la sal del Reino. Es una sal que nos hace comprender la realidad que nos rodea desde un punto de vista diferente. Podríamos decir que desde el punto de vista de Dios.
Con la sal del Evangelio comprenderemos perfectamente que más allá de las diferencias que traen consigo las fronteras, las ideologías, el sexo, la religión y tantas otras maneras que tenemos de separarnos y excluirnos unos a otros, hay algo que nos une: el ser hijos e hijas de Dios, hermanos unos de otros. Con la sal del Reino entenderemos muy bien que vale la pena luchar por la justicia y la fraternidad porque nos ayudará a ver mejor la injusticia y la intolerancia que imposibilitan vivir como hermanos e hijos de Dios.
El problema es si la sal se vuelve sosa. Es decir, si somos cristianos pero eso nos sirve sólo como una especie de garantía para asegurarnos la salvación y la tranquilidad de espíritu. Puede pasar que de tanto ir a misa y orar en la intimidad se nos olvide que seguir a Jesús tiene consecuencias para nuestra vida en los otros momentos en que no estamos rezando o no estamos en la Iglesia. El Evangelio, el Reino, tiene consecuencias para nuestra vida familiar, para la relación con los amigos, para nuestras opciones políticas, para nuestro servicio a los más pobres y necesitados, siempre en búsqueda de la fraternidad y la justicia. Esa es la sal que tenemos que poner en nuestro mundo."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)


lunes, 9 de junio de 2025

MARÍA MADRE DE TODOS

 

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su madre:
– Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Luego dijo al discípulo:
– Ahí tienes a tu madre.
Desde entonces, aquel discípulo la recibió en su casa
Después de esto, como Jesús sabía que ya todo se había cumplido, y para que se cumpliera la Escritura, dijo:
– Tengo sed.
Había allí una jarra llena de vino agrio. Empaparon una esponja en el vino, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús bebió el vino agrio y dijo:
– Todo está cumplido.
Luego inclinó la cabeza y murió.
Era el día de la preparación de la Pascua. Los judíos no querían que los cuerpos quedasen en las cruces durante el sábado, pues precisamente aquel sábado era muy solemne. Por eso pidieron a Pilato que ordenara quebrar las piernas a los crucificados y quitar de allí los cuerpos. Fueron entonces los soldados y quebraron las piernas primero a uno y luego al otro de los crucificados junto a Jesús. Pero al acercarse a Jesús vieron que ya había muerto. Por eso no le quebraron las piernas.
Sin embargo, uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al momento salió sangre y agua.

El Papa Francisco decretó la celebración de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, el lunes después de Pentecostés.
El Evangelio de hoy nos presenta a María al pie de la Cruz. Es la culminación de su fidelidad, del "he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra". No hay dolor mayor para una madre que ver morir a su hijo, y más aún, de verlo morir con los sufrimientos con que lo hizo Jesús.
María, engendrando a Jesús, nos engendró a todos, por eso es Madre de la iglesia. Su fidelidad a Dios también lo es a nosotros. Ella nos ama siempre y intercede por nosotros en todo momento.
Su capacidad de Amar, demostrada al pie de la Cruz, ha de ser modelo de nuestro Amor.

domingo, 8 de junio de 2025

EL ESPÍRITU NOS ENSEÑA

 


Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
(Jn 20,19-23)

La liturgia de hoy nos ofrece la posibilidad de dos evangelios. El comentario de Alejandro se refiere al primero y el Power de St. Benet de Montserrat es sobre el segundo. En ambos Jesús nos da su Espíritu. Es el Espíritu quien nos enseña la Verdad. Es el Espíritu quien habla en nuestro interior y nos guía en la vida. Es el Espíritu el que debemos transmitir a nuestro alrededor. Porque el Espíritu es el Amor.

"El evangelio de san Juan concluye la narración de la muerte de Jesús: «e, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu». Cuando se escribieron los evangelios, no había letras minúsculas. No sabemos si, de vivir varios siglos después, o en nuestro tiempo, habría escrito el autor la palabra «espíritu» con mayúscula o con minúscula. O quizá la hubiera escrito de las dos formas, poniendo una barra de separación entre ellas. Y es que una de las técnicas de este evangelio es precisamente la de jugar a la ambigüedad, no en el sentido de que quiera confundirnos, sino en el sentido de la riqueza y abundancia de signifi­cados que ofrecen sus expresiones (polisemia). Así que nosotros, ahora, en nuestro caso, si pecamos de algo, es mejor que pequemos viendo un doble sentido en su expresión, en lugar de ser demasiado parcos y quedarnos sólo con el significa­do más simple, el de exhalar el último aliento, o el de encomendar su vida a las manos de Dios.
Los Discípulos podían muy bien decir: «¿qué va a ser de nosotros si Tú nos faltas? ¿Cómo nos las vamos a apañar? Todo se vendrá abajo. Nosotros mismos nos vendremos abajo. Tú no nos puedes faltar.» En cambio, Jesús les decía: «os conviene que Yo me vaya, porque si no me voy, no os podré enviar el Espíritu de la verdad.» Para poder decir «¡bienvenido!» al Espíritu, hay que dar un cierto «¡adiós!» a Jesús. Y Jesús cumple su promesa. Viene al encuentro de los Discípulos como Resucitado y les entrega el Espíri­tu. El Espíritu es, pues, el fruto maduro de la Pascua de Jesús. De ese fruto participamos todos, gracias a Dios.
Porque hoy para todos nosotros es Pentecostés. Hoy celebramos que Jesús nos envió su Espíritu. Es un hecho que no consignó ningún historiador. Pero la historia cambió desde aquel momento. En el corazón de aquellos galileos que habían seguido a Jesús desde los inicios allá cerca del lago, en el corazón de María, su Madre, y en el de las otras mujeres que habían ido con Él, en el corazón de los discípulos que se habían añadido al grupo a lo largo de aquellos tres años por las tierras de Palestina, todo había cambiado cuando, después de la muerte del Maestro, lo habían experimentado vivo, resucitado en medio de ellos."
Solo el don de una fuerza divina puede cambiar radicalmente la situación. Y es aquí donde Pablo introduce el discurso del Espíritu que, penetrando hasta lo más íntimo de la persona, trasforma el corazón, comunica energía de vida, infunde la capacidad de ser fiel a Dios. La consecuencia de esta transformación es la liberación de la esclavitud del pecado.
Todo había cambiado. Pero no sólo por admiración o por alegría. Todo había cambiado porque ahora la vida nueva de Jesús era su misma vida, el Espíritu de Jesús era su mismo Espíritu. El aliento de Jesús, la fuerza de Jesús, el alma de Jesús. Este Espíritu es ahora como nuestra madre. Así cumplió Jesús su palabra: «no os dejaré huérfanos». Somos los renacidos del agua y del Espíritu. El Maestro sigue con nosotros, a través del Espíritu Santo.
Ese Espíritu nos conduce a la verdad plena. Si nos dejamos guiar por Él, nos hace penetrar en lo profundo del misterio de Dios; nos hace penetrar en lo profundo del misterio de la vida. Y nos enseña a discernir: a separar la paja del grano; lo que conduce a la vida de lo que aleja de ella; lo verdadero de lo falso. Esto no es una vana especulación sin comprobación posible; no es una hipótesis todavía pendiente de confirmación. Es una realidad bien comprobada. Ahí tenemos toda esa rica historia de los santos, que son los hombres y mujeres que se han dejado educar y guiar por el Espíritu. ¡Cómo han calado hondo en el misterio del vivir! ¡Qué intensa y apasionadamente han vivido! Los distintos dones y frutos del Espíritu han henchido su vida.
Sin el Espíritu de Dios no podemos orar a Dios. Uno de los dones del Espíritu es justamente el don de piedad, por el que nos podemos sentir gozosamente hijos de Dios y se crea sintonía y suavidad para escuchar a Dios y acogerlo y para volvernos a Él y hablarle a semejanza del modo confiado en que Jesús hablaba al Padre. (Cf Rom 8,15); «Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a vuestro interior el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba! ¡Padre!» (Gal 4,6).
Sin el Espíritu de Dios no podemos testimoniar a Dios. El Espíritu hace irradiar. Si conduce a una mayor concentración es en orden a una mayor expansión. Por Él los Apóstoles salieron hasta los confines del mundo; por él nosotros podemos sobreponernos al miedo y a la pereza y dar testimonio. Llenos del Espíritu Santo.
Todo con mucha paz. Porque las primeras palabras del Resucitado son para desear la paz. A pesar de todo. «Sin embargo, cuando os entreguen no os preocupéis por lo que vais a decir o por cómo lo diréis, pues lo que tenéis que decir se os inspirará en aquel momento; porque no seréis vosotros los que habléis, será el Espíritu de vuestro Padre quien hable por vuestro medio.» (Mt 10,19-20) Siempre con mucha paz.
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)