El Anacoreta y su joven seguidor comentaban el evangelio del día. El anciano dijo.
- Las Bienaventuranzas es uno de los puntos centrales de las enseñanzas de Jesús. ¿Lo creemos de verdad?
¿Consideramos felices a los pobres si todo el día estamos buscando ser ricos y tener más?¿Los que sufren son bienaventurados?¿Los que luchan, no por pasarlo bien sino por que el mundo sea más justo son más felices?
El joven seguidor quedó un tanto perplejo por lo que decía el Anacoreta, pero no se atrevió a decir nada. Sonrió el anciano y añadió:
- Ser pobre, tener hambre y sed, necesitar consuelo...no son, evidentemente, cosas buenas. El ser bienaventurados o no radica en nuestra actitud. Si realmente confiamos en Dios, nos abandonamos a su voluntad, el dinero, los alimentos, las diversiones...no tienen ninguna importancia. Si nos dejamos caer en sus brazos, todo se llena de Amor. Y sólo el Amor nos hace felices. Esta es la clave de las bienaventuranzas...
El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?" Él envió a dos discípulos, diciéndoles: "Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: "El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?" Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena." Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: "Tomad, esto es mi cuerpo." Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: "Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios." Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.
En el momento central de nuestras celebraciones eucarísticas, proclamamos: «este es el Sacramento de nuestra fe». Con un artículo determinado «el». Como si sólo hubiera un sacramento. No decimos «este es uno de los 7 sacramentos», ni siquiera «este es el sacramento más importante». Y es que realmente, sólo tenemos un sacramento: Jesucristo-Eucaristía. Los otros... no son sino «derivaciones», variaciones, aplicaciones a distintos momentos de la vida de fe. Y sin embargo hay no pocos bautizados que dicen no necesitar este sacramento central de la fe. Y quienes se acercan a él principalmente si es «día de precepto», y no siempre. Muchos no sabrían explicar por qué es «importante» o «necesario»: tal vez ofrezcan su testimonio de que se sienten bien al comulgar, que les ayuda a ser mejores, que les falta "algo" si no van a misa... Está bien... pero esto no ayuda gran cosa a los que preguntan «por qué debiera yo ir a la Eucaristía», «por qué es importante o necesario». Eso se queda corto. Tenemos que reconocer que hay una buena falta de formación bíblica, teológica y litúrgica (las tres) que ayude a valorar, disfrutar y aprovechar esto que Jesús nos dejó como Testamento de su vida. Como también evitar convertirlo en algo diferente a lo que Jesucristo quiso que fuera.
Jesús reformulará esa Alianza. Primero: habrá solo un mandamiento (nuevo): amarnos como él nos amó. Considerará discípulos suyos a los que hagan lo que él manda: amar como él. Y se compromete a estar con ellos todos los días hasta el fin del mundo, se compromete a darles su propia vida, a hacerlos hermanos e hijos. Y esto lo hace por medio de un gesto: compartir el pan y beber la copa. Son discípulos suyos los que comen su cuerpo y beben su copa. Y este pacto/Alianza lo sella Jesús con su propia sangre. Como signo de su fidelidad y de su amor incondicional él ofrece toda una vida (eso es la «sangre») entregada/derramada desde el amor. Y pide a sus discípulos:
- A partir de ahora vosotros -todos juntos, en comunión- vais a ser mi Cuerpo, haciéndome presente en el mundo cuando yo ya no esté.
- Vais a hacer de vuestra vida una entrega hasta el final, como mi propia entrega
- Recibir su Cuerpo y Sangre es irnos convirtiendo en el mismo Jesús para hacer lo mismo que él hizo, en memoria suya. Hasta poder decir, como san Pablo, «ya no soy yo... es Cristo quien vive en mí». (Ciudad Redonda)
El joven discípulo se quejaba de que muchos visitantes no traían nada y el Anacoreta les invitaba y compartía lo poco que tenían con ellos. El anciano sonrió abiertamente y contestó:
- Nuestra persona debe ser la casa donde acoger a los demás. Debemos ser una casa que tiene siempre sus puertas y ventanas abiertas. Esto nos ayuda a ser personas sencillas, que hacemos el camino de la vida ligeros de equipaje.
Luego le miró con alegría y concluyó:
- Por poco que tengamos, siempre podemos compartir ese poco. El día que no tengamos nada...aquel día si que no podremos compartir nada material, pero siempre podremos compartir nuestro amor...
El visitante dijo al Anacoreta que había perdido la ilusión por la espiritualidad. Que se sentía seco.
- He dedicado mi vida al apostolado y ahora nada tiene sentido.
El Anacoreta lo tomó de la mano y lo hizo andar un rato por el desierto hasta llegar al cauce seco de un río. Entonces le dijo:
- Esto fue un río. Hoy es un cauce seco, por el que no pasa ni una gota de agua. ¿Sabes por qué?
El visitante negó con la cabeza. El anciano se explicó
- Este río perdió su fuente...se secó. Lo mismo ocurre a nuestra alma si se separa de la fuente de la vida que es Dios.
Puso una mano sobre el hombro del visitante y concluyó:
- Hiciste mucho apostolado. Estabas comprometido con los movimientos de tu Parroquia...¿Pero dedicaste tiempo a meditar, a guardar silencio, a contemplar a Dios en tu corazón? Seguro que no. Por esto se secó tu vida, se secó el río de la espiritualidad. Te separaste de tu fuente, que es Dios...
El joven discípulo explicaba al Anacoreta el bien que le hacía la vida solitaria. Ante su sorpresa el anciano le señaló:
- Sí, pero recuerda que el domingo, con la Fiesta de la Trinidad, vimos que Dios es comunidad...Debemos buscar momentos de soledad...pero, incluso en esos momentos, nunca debemos olvidar a los demás.
Guardaron silencio, hasta que el Anacoreta dijo:
- Cuando yo era joven, se pusieron de moda las comunas hippies. Jóvenes que se iban al campo a vivir en comunidad. Pocas duraron; porque no es fácil vivir en comunidad. No se trata solamente de vivir juntos, sino de vivir fraternalmente.
Miro a los ojos del hombre y poniendo su mano sobre su hombro concluyó:
- La fraternidad nos hace sentirnos unidos a las demás personas, sabiendo que sus problemas también son los nuestros. Sólo esa unión permite que una comunidad sea viva, y sólo ese sentimiento de fraternidad hace que nuestra vida solitaria tenga sentido...
Hablaban de un hombre que acababa de morir y al que todos consideraban un hombre bueno:
- Hizo de su vida una obra de arte que todos hemos podido contemplar y seguir. ¿Sabes cuál fue su secreto?
El joven discípulo no supo qué responder y esperó las palabras del Anacoreta:
- Vivía siempre en la presencia de Dios. Esa presencia amorosa le orientaba y le cuestionaba en el amor. Regía su vida.
Miró al joven y concluyó:
- Si somos capaces de vivir esa presencia constantemente, nos dejaremos penetrar de su amor y lo veremos en todo y en todos. Así sólo se puede obrar bien...