Jesús despidió a la gente y entró en la casa. Sus discípulos se acercaron a él y le pidieron que les explicase la parábola de la mala hierba en el campo. Él les respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, y el campo es el mundo. La buena semilla representa a los que son del reino; la mala hierba, a los que son del maligno; y el enemigo que sembró la mala hierba es el diablo. La siega representa el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Así como se recoge la mala hierba y se la quema en una hoguera, así sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre mandará sus ángeles a recoger de su reino a todos los que hacen pecar a otros y a los que practican el mal. Los arrojarán al horno encendido, donde llorarán y les rechinarán los dientes. Entonces, aquellos que cumplen lo ordenado por Dios brillarán como el sols en el reino de su Padre. Los que tienen oídos, oigan.
(Mt 13,36-43)
En el mundo conviven el bien y el mal; pero también lo hacen en nuestro corazón. No somos del todo buenos ni del todo malos. Debemos entregarnos a Jesús para que crezca lo bueno en nosotros y desaparezca lo malo. Y sobre todo, debemos confiar en la misericordia de Dios que arrancará de nosotros lo malo y sólo verá lo bueno.
"Leo este texto evangélico y lo primero que me sale es acordarme de aquella escena del evangelio de Juan en que Jesús se enfrenta a los acusadores de la adúltera, a los que quieren apedrearla y les dice solo: “El que esté libre de culpa que tire la primera piedra” (Jn 8,1-11). Los que querían lapidar a la mujer se habían autoclasificado como los puros. Por eso, se sentían con fuerza y derecho para condenar a la mujer sorprendida en adulterio. Pero Jesús pone de relieve una realidad que aquellos hombres no querían ver, ni en ellos ni en la mujer: que ninguno de nosotros somos blancos ni negros. Más bien somos grises.
Eso sí que es la mera verdad: no somos totalmente buenos pero tampoco totalmente malos. Hacemos muchas cosas buenas. Pero también hacemos cosas malas. En nuestro corazón a veces anida el odio, tantas veces somos incapaces de perdonar y tantas otras cosas. Pero también en nosotros está presente el amor, la generosidad, la misericordia. Y estos aspectos positivos salen también a luz en las cosas que hacemos y en la forma de relacionarnos con los que nos rodean. Ni somos totalmente malos ni totalmente buenos. Vamos por el camino de la vida a golpes, algunos pasos adelante y otros atrás. Esta es la realidad. La realidad de cada uno.
Así es como nos encontramos con la misericordia de Dios. Con ese campo que es nuestro corazón en el que se ha sembrado buena semilla pero también aparece la cizaña. Me gusta pensar, prefiero pensar, que en su misericordia Dios va a ser capaz algún día de arrancar la cizaña que hay en mi corazón y mandarla al fuego eterno. Pero también que tomará todo lo bueno que hay en mi corazón y lo salvará para siempre. Porque el que ha plantado en mí y en todos nosotros la buena semilla no va a dejar que se desperdicie. Me gusta pensar, prefiero pensar –y se me hace más acorde con lo que dice Jesús de su Abbá– que el amor de un Dios que es amor y perdón y misericordia no me va a mandar al castigo eterno sino que va a rescatar todo lo bueno que hay en mí y va a hacer que brille como el sol en el Reino de su Abbá."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)
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