sábado, 7 de junio de 2025

LA VOLUNTAD DE DIOS



Pedro se volvió y vio que detrás de él venía el discípulo a quien Jesús quería mucho, el mismo que en la cena había estado junto a él y le había preguntado: “Señor, ¿quién es el que va a traicionarte?” Cuando Pedro le vio, preguntó a Jesús:
– Señor, ¿y qué hay de este?
Jesús le contestó:
– Si yo quiero que permanezca hasta mi regreso, ¿qué te importa a ti? Tú sígueme.
Por esto corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho que no moriría, sino: “Si yo quiero que permanezca hasta mi regreso, ¿qué te importa a ti?”
Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas y lo ha escrito. Y sabemos que dice la verdad.
Jesús hizo otras muchas cosas. Tantas que, si se escribieran una por una, creo que en todo el mundo no cabrían los libros que podrían escribirse.
(Jn 21,20-25)


Estamos en sus manos. Cada uno tiene su destino y es Dios su dueño. Nosotros debemos esforzarnos para cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros. Debemos ser fieles.

"Llegamos al final de las historias que nos han ido acompañando durante estas semanas de Pascua. Tanto el viaje de Pablo en Roma como el camino de Cristo Resucitado terminan, y nos queda esperar la Ascensión y la venida del Espíritu Santo.
Termina el Evangelio con una charla entre Jesús y Pedro acerca del discípulo amado. A Pedro le inquieta qué será de Juan y le pregunta a Jesús qué va a pasar con él. Jesús le responde que no tiene por qué preocuparse por el futuro de Juan, sino que se centre en seguir sus pasos. Buen consejo para todos, porque a menudo nos despistamos, pensando más en lo que hacen los otros y no en lo que debemos hacer. Además, está la necesidad de obedecer a Dios en lugar de andar averiguando qué les depara el futuro a los demás.
Después de que Jesús resucita, Pedro se encuentra con la enorme tarea de llevar las riendas de la iglesia. Es ahí donde le empieza a preocupar el porvenir de Juan, su discípulo querido, y cómo se desarrollará su vida. Pedro, al ver a Juan, le pregunta a Jesús: «Señor, ¿y qué hay de este? » (Juan 21:21). Esta pregunta deja ver su inquietud por el destino de Juan.
Jesús le contesta a Pedro: «Si quiero que siga con vida hasta que yo regrese, ¿a ti qué te va en ello? Tú, sígueme». Con esta frase, Jesús deja claro que Pedro debe concentrarse en seguirlo a él y cumplir con su propia misión, no con la de otros. La respuesta de Jesús encierra varios puntos importantes:
El primero, la importancia de ser obediente. Jesús le dice a Pedro que lo siga a él y que no se coma la cabeza pensando qué será de Juan. Esto subraya lo crucial que es obedecer a Dios y concentrarse en el llamado personal de cada uno. No hay que andar adivinando el futuro ajeno. Jesús le indica a Pedro que no debe preocuparse por lo que le depare a Juan, sino que debe centrarse en su propia tarea y en seguirlo a él.
Además, está el poder absoluto de Dios. Jesús no revela el futuro de Juan, sino que le deja claro que ese futuro está en sus manos.
El pasaje termina con Juan diciendo que él es el autor del relato y dando fe de las cosas que hizo Jesús. También se menciona que Jesús hizo muchas otras cosas que no pudieron quedar escritas.
Este pasaje nos enseña a no darle vueltas al futuro de los demás, sino a concentrarnos en nuestra propia tarea y en seguir a Jesús. Nos recuerda que Dios tiene un plan para cada uno y que no debemos intentar controlar ni adivinar el futuro de nadie. Es el Espíritu Santo el que nos permitirá vivir así, anunciando a todos la Buena Nueva, como Pablo en Roma."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 6 de junio de 2025

¿ME AMAS?

 


Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer con ellos, dice a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»
Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos.»
Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Él le dice: «Pastorea mis ovejas.»
Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.»
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió: «Sígueme.»

Pedro había negado a Jesús tres veces. Ahora le pregunta tres veces si le ama. Jesús también nos l pregunta a nosotros. Nos lo pregunta cada vez que le negamos, que nos apartamos de Él. Y es que el Amor es fundamental para seguirlo. No olvidemos, que a Él lo amamos amando al pobre, al perseguido, al enfermo, al inmigrante...Sólo así podremos seguirle.

"Siempre hay lugar para una segunda oportunidad. En el texto de hoy, hemos visto cómo, después de la cena, Jesús le pregunta a Pedro tres veces si le ama. Cada vez que Pedro afirma su amor, Jesús le encarga cuidar de sus ovejas. Este pasaje resalta lo crucial que es el amor a Jesús como base del ministerio y la autoridad que le otorga a Pedro para guiar a la Iglesia.
¿En qué contexto hace Jesús esta pregunta? Después de haber cenado, Jesús se vuelve hacia Pedro y le pregunta: «¿Simón, hijo de Juan, me amas más que a estos?». Esta pregunta tiene un significado profundo, ya que compara el amor de Pedro hacia Jesús con el que podría sentir por otros. Pedro responde con fe, confesando su amor, y Jesús le dice que cuide de sus ovejas: «Apacienta mis corderos». Jesús repite la pregunta tres veces, usando diferentes términos para el amor: «ama», «amas» y, finalmente, «quieres».  En cada ocasión, Pedro reafirma su amor, y Jesús le confía el cuidado de sus ovejas, que representan a la comunidad de creyentes.
¿Por qué tres veces pregunta Jesús? La triple pregunta de Jesús a Pedro, según los exégetas, se puede interpretar de varias maneras, pero en general se ve como una restauración del amor y la fe de Pedro, quien había negado a Jesús tres veces. Esta repetición le da a Pedro la oportunidad de mostrar su arrepentimiento y demostrar que, a pesar de sus fallos, su amor por Jesús sigue siendo genuino. Y una vez confirmado el amor de Pedro a su Maestro, viene el encargo de Jesús a Pedro.
Al confiarle a Pedro el cuidado de sus ovejas, Jesús le otorga una autoridad específica para guiar a la Iglesia. Esta autoridad se simboliza con el término «apacienta», que implica cuidar, proteger y alimentar a las ovejas. Esta tarea no es fácil. Además de los problemas de la Iglesia naciente, Jesús le hace saber que su fin será parecido al del Maestro. Le dice a Pedro que cuando sea viejo, otro lo ceñirá y lo llevará a donde no quiera. Esta profecía se refiere a la muerte de Pedro, que sería por crucifixión. En la invitación: «Sígueme» va implícito un final similar al de Jesús. Como siempre, no es sencillo, pero es posible. Para eso están el amor y el Espíritu Santo."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 5 de junio de 2025

SER UNO

 


“No te ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí al oir el mensaje de ellos. Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa como tú y yo somos una sola cosa: yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno y así el mundo sepa que tú me enviaste y que los amas como me amas a mí. Padre, tú me los confiaste, y quiero que estén conmigo donde yo voy a estar, para que vean mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la creación del mundo. Padre justo, los que son del mundo no te conocen; pero yo te conozco, y estos también saben que tú me enviaste. Les he dado a conocer quién eres, y seguiré haciéndolo, para que el amor que me tienes esté en ellos, y yo mismo esté en ellos.”
(Jn 17, 20-26)

Jesús sigue pidiendo la unidad para sus discípulos; pero no una unidad cualquiera. Una unidad como la de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Una unidad entre nosotros y con Dios.
Jesús nos ha mostrado quién es el Padre: Amor. El Amor que unos une a todos.

"En este fragmento que hoy meditamos, Jesús ora para que sus discípulos y los que creerán en Él a través de su palabra sean uno, como Él y el Padre son uno. Esta oración refleja su deseo de que la unidad entre los creyentes sea un testimonio para el mundo de que Dios lo envió. Jesús también desea que los creyentes puedan experimentar el amor de Dios y estar con Él en la gloria.
Con la unidad como testimonio. Esta unidad, que se expresa en el amor y la comunión entre los creyentes, debe ser un signo visible para el mundo de que Dios ha enviado a Jesús. Pero nos sigue costando. Quizá sea porque nos falta el amor de Dios. Toda su vida, Jesús deseó que el amor que el Padre le tenía se extendiera a sus discípulos y a todos los que, en el futuro, puedan creer en Él. Este amor, manifestado en la unidad y la comunión, debe ser un testimonio del carácter amoroso de Dios.
¿Para qué tenemos que estar unidos? Para poder ver la gloria de Dios.  Unidos a Jesús y unidos entre nosotros podemos estar con Él y contemplar la gloria que el Padre le ha dado. Esta gloria, que se refiere al poder y la majestad de Dios, debe ser compartida con sus seguidores. Conociendo a Jesús, conocemos al Padre. Este conocimiento, basado en la revelación de Dios a través de Jesús, debe ser el fundamento de nuestra vida y de nuestra misión.
Esa misión que nos corresponde a cada uno es la de llevar a otros al conocimiento de Dios. Su oración demuestra su deseo de que los creyentes sean instrumentos de Dios para llevar a otros al conocimiento de la salvación. Por eso es tan importante la oración, para conservar la unidad con el Padre y el Hijo y entre los hermanos.
Hoy oramos con la oración de Jesús por la unidad, el amor, la gloria y la santidad de Dios. Esta plegaria es una llamada a la unidad entre los creyentes y a la proclamación del amor de Dios al mundo. Pues eso."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 4 de junio de 2025

ANUNCIAR CON ALEGRÍA

  


Padre santo, cuídalos con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado, para que estén completamente unidos, como tú y yo. Cuando estaba con ellos en este mundo, los cuidaba y los protegía con el poder de tu nombre, el nombre que me has dado. Y ninguno de ellos se perdió, sino aquel que ya estaba perdido, para que se cumpliera lo que dice la Escritura.
Ahora voy a ti; pero digo estas cosas mientras estoy en el mundo, para que ellos se llenen de la misma perfecta alegría que yo tengo. Yo les he comunicado tu palabra; pero el mundo los odia porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los protejas del mal. Así como yo no soy del mundo, tampoco ellos son del mundo. Conságralos a ti por medio de la verdad: tu palabra es la verdad. Como me enviaste a mí al mundo, así yo los envío. Y por causa de ellos me consagro a mí mismo, para que también ellos sean consagrados por medio de la verdad.


Seguimos con la despedida de Jesús. Le pide al Padre que seamos uno. La unidad es algo por lo que debemos luchar los cristianos.
Nos manda a anunciar la Palabra a todo el mundo. Y hacerlo con alegría. Jesús desea que nuestra vida esté llena de Amor y de entrega.

"Jesús se está despidiendo, va a dejar a sus Discípulos, pero se preocupa por ellos. Le ora al Padre para que sean uno. En conformidad con Su mensaje, no pide que les vaya bien – porque el discípulo no es más que su Maestro – o que vivan sin problemas. He aquí hay algunos puntos para la meditación.
Jesús pide por la unidad de sus discípulos: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, así como nosotros». Unidos en el afecto y en los trabajos, según el modelo de unidad del Padre y del Hijo. En si vida terrenal, el mismo Jesús los protegía y orientaba. «Mientras estaba con ellos, los protegía en tu nombre que me diste, y los he cuidado». Ahora, el cuidado debe ser mutuo y apoyados en el Espíritu Santo.
También ora por la alegría de los discípulos: «Pero ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que tengan mi alegría completa en ellos». Con mucha fe, mirando al futuro con esperanza, para poder llevar la Buena Nueva a todos. Y alegres, a pesar de la oposición que van a encontrar. Les advierte sobre el odio del mundo: «Les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, así como yo no soy del mundo». Es decir, vivir contra corriente, y ser fieles a pesar de todo. Porque tenían una gran obra que hacer para la gloria de Dios, y el beneficio de todos los hombres.
Jesús no pide que los discípulos sean sacados del mundo, sino que sean protegidos del mal: «No te pido que los saques del mundo, sino que los cuides del maligno». Oró al Padre para que los protegiera del mal, los librara de ser corrompidos por el mundo y para que pudieran resistir los embates del pecado y las tentaciones. Para que pudieran pasar a través del mundo como así fuera un territorio hostil, pero con decisión.
Y para para poder vivir así, hay que ser santo. También ora por la santificación de los discípulos: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad». El aroma de santidad se siente, se extiende y puede sentirse. “Olor de santidad” se lee en algunas biografías de santos. Es la llamada para cada creyente.
Por fin, destaca su misión y la relación entre él y el Padre: «Así como tú me enviaste al mundo, yo los he enviado al mundo… Y por ellos me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad». En resumen, Jesús ora por la unidad, protección, alegría y santificación de sus discípulos, subrayando su relación con el Padre y su misión en el mundo."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

martes, 3 de junio de 2025

PROCLAMAR



 En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a los que le confiaste. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti, antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por éstos que tú me diste, y son tuyos. Sí, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti.»
(Jn 17,1-11)


Jesús  glorifica al Padre y Él es glorificado por el Padre. Y pide por nosotros si guardamos la Palabra. Y si la transmitimos. Nosotros estamos en el mundo para proclamar esa Palabra. Una Palabra que es Amor y donación. 

"“Ha llegado la hora”. Esas palabras de Jesús, seguramente, fueron un momento culminante en la despedida de Jesús con sus amigos. Porque una cosa es saber que tu Maestro está en peligro, y otra muy distinta oír que todo va a suceder ya. Con lo “torpes” (con perdón) que eran para entender a Cristo, estas cuatro palabras pudieron servir para despertarles. Ya no había tiempo para las excusas, no se podía aplazar más el momento.
En nuestra vida hay también horas que llegan, querámoslo o no. El nacimiento, la escolarización, el ir creciendo, la necesidad de optar por una profesión, elegir un estado civil u otro… Con muchas de estas cosas nos encontramos y, a veces, más que un encuentro, es un encontronazo. Porque no siempre estamos preparados. Pensamos que controlamos todo y la vida nos da sorpresas.
De alguna manera, hoy puede ser un buen día para pensar en nuestra relación con Dios. No sabemos cuándo, pero para cada uno de nosotros llegará la hora. En la hora de nuestra muerte tendremos el encuentro definitivo con Dios. Pero ese encuentro dependerá de cómo hayamos vivido. Porque la vida eterna comienza aquí y ahora, en el modo en que nos relacionamos con Dios y con los hermanos. Luego será ya demasiado tarde. Hoy todavía hay tiempo.
Cristo hizo visible la gloria de Dios en nuestro mundo. Para eso se hizo hombre. Con su ejemplo, Jesús nos invita a vivir de tal modo que esa gloria de Dios se haga visible en nosotros. Y la forma de hacerlo es, claro está, a través de nuestra vivencia del amor. Es la señal por la que se puede conocer a los discípulos del Señor.
También nos interpela para que vivamos de tal modo que la gloria de Dios se manifieste en nosotros. Es decir, que su amor y verdad se haga visible en la vida de cada uno de nosotros. Que, como Pablo, anunciemos el plan de Dios a todos los que se crucen en nuestro camino."
(Alejandro Aguinaco cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 2 de junio de 2025

ÉL HA VENCIDO AL MUNDO

  

Entonces dijeron sus discípulos:
– Ahora estás hablando con claridad, sin usar comparaciones. Ahora vemos que sabes todas las cosas y que no es necesario que nadie te haga preguntas. Por esto creemos que has venido de Dios.
Jesús les contestó:
– ¿Así que ahora creéis? Pues llega la hora, y ya es ahora mismo, cuando os dispersaréis cada uno por su lado, y me dejaréis solo. Aunque no estoy solo, puesto que el Padre está conmigo. Os digo todo esto para que encontréis paz en vuestra unión conmigo. En el mundo habréis de sufrir, pero tened valor, yo he vencido al mundo.
(Jn 16,29-33)

Los discípulos creían haber entendido, pero se equivocaban. Ciertamente Jesús vence al mundo, pero lo hace con su muerte, con su entrega. Si nosotros queremos conquistar el mundo, ha de ser, como Jesús, con nuestra entrega, con el Amor, con la unión con el Padre. 

"Nos encontramos en la última semana de Pascua, a la espera de Pentecostés. Todo huele ya a Espíritu Santo. Es un buen momento para pensar en lo que ha significado esta Pascua, desde que celebramos la Vigilia Pascual. ¿Cómo se ha notado en mi vida la presencia del Resucitado? ¿He sentido su presencia cercana, acompañándome en el camino?
Porque nosotros sí hemos oído hablar del Espíritu Santo. Jugamos con ventaja, con respecto a los efesios de la primera lectura. Y por eso podemos hacer frente a los problemas, y confiar en él, sobre todo en los momentos de dificultad. Porque él ha vencido ya al mundo, y nos permite encarar las dificultades con confianza.
Es que la victoria de Cristo sobre el mundo no significa la ausencia de conflictos o problemas, sino la posibilidad de vivir esos momentos con paz. Nos lo dice el legado de muchos mártires que, a lo largo de la historia, nos han dejado su testimonio de fidelidad hasta la muerte.
No todos, claro está, seremos llamados al martirio. Pero sí que cada uno de nosotros deberá afrontar a lo largo de su vida diversas circunstancias que no siempre serán fáciles. En esos momentos de oscuridad, habrá que optar por apoyarse en la promesa de que nunca nos abandonará. Ahí habrá que demostrar que somos cristianos adultos.
Porque crecer en la fe significa aceptar y entender que creer en Cristo no elimina los problemas.  sufrimiento acompaña al creyente, pero ese sufrimiento tiene sentido. Es un momento doloroso, que lleva al Reino, o sea, a la felicidad total junto a Dios. Es difícil, pero se puede llegar a entender así el sufrimiento, con mucha fe en Dios.
Como los Discípulos, nosotros tampoco estamos solos. Nos acompaña la presencia viva del Resucitado y el aliento del Espíritu que él nos prometió."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 1 de junio de 2025

DAR TESTIMONIO

 


Y les dijo:
– Está escrito que el Mesías tenía que morir y que resucitaría al tercer día; y que en su nombre, y comenzando desde Jerusalén, hay que anunciar a todas las naciones que se vuelvan a Dios, para que él les perdone sus pecados. Vosotros sois testigos de estas cosas. Y yo enviaré sobre vosotros lo que mi Padre prometió. Pero vosotros quedaos aquí, en Jerusalén, hasta que recibáis el poder que viene de Dios.
Luego Jesús los llevó fuera de la ciudad, hasta Betania, y alzando las manos los bendijo. Y mientras los bendecía se apartó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de adorarle, volvieron muy contentos a Jerusalén. Y estaban siempre en el templo, alabando a Dios.
(Lc 24,46-53)

La segunda lectura, de los Hechos de los Apóstoles, narra con más detalle la Ascensión del Señor que el Evangelio de Lucas. En ella se basa el comentario de Alejandro.  
En el evangelio Jesús les dice a sus discípulos que ellos son testigos y que deben anunciar a todas las naciones que Dios es misericordioso y perdona. También les promete el Espíritu.
Jesús parte y los discípulos no quedan sumidos en la tristeza. Lucas nos dice que volvieron muy contentos a Jerusalén. La verdadera espiritual es alegre. Da la felicidad a pesar de las dificultades. 
Nosotros, si queremos ser discípulos de Jesús debemos ser testimonios y anunciar la Buena Nueva con alegría. Jesús está con nosotros.

"Llegamos a un momento importante del camino de la Pascua. Es el final de la presencia terrena de Cristo, después de su resurrección. El comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles se complementa con el final del Evangelio de Lucas. De los cuatro Evangelios canónicos, sólo el de Lucas nos narra este episodio. Y, como siempre, los evangelistas no hacen nada sin intención.
Para los primeros cristianos fue difícil entender por qué Jesús, siendo como era el Mesías, no restauró el reino de Israel inmediatamente. Se ve que, con el paso de los años, la esperanza se iba apagando, debido a la tardanza en ver esa restauración. El evangelista introduce una conversación entre los Apóstoles y el Maestro.  En ese diálogo, encaja la pregunta que los primeros creyentes querrían haber hecho al Señor: “¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”
La respuesta de Jesús nos puede dar también a nosotros alguna pista sobre cómo vivir el momento presente. Con muy buenas palabras, les dice que no es lo más importante cuándo tendrá esa instauración definitiva del Reino de Dios – sólo Dios lo sabe – sino ser capaces de vivir cada instante con toda la intensidad que podamos. De ahí la indicación de los dos ángeles de que dejen de mirar al cielo, de que vuelvan a Jerusalén y continúen con sus vidas.
Es un consejo que nos puede ser muy útil a todos. Porque a veces podemos tener la tentación de esperar a que cambien las cosas, para hacer algo. “Cuando sea mayor… Cuando me cambie a otra comunidad religiosa… Cuando me case… Cuando acabe la carrera… Cuando me jubile…” Esa tentación es muy peligrosa, porque nos justifica para no cambiar nada y dejar las cosas como están, para ver cómo quedan. Y seguimos mirando al cielo, a esperar que de allí nos caigan las soluciones.
No es eso lo que quiere Dios de nosotros. Para el cristiano, cualquier lugar y cualquier tiempo es el que ha querido Dios para cada uno. En otras palabras, el que tenemos que aprovechar. El “escapismo” o el “futurismo” significa no implicarse demasiado, esperando siempre al mañana.
Si queremos ser testigos de esto, como nos pide Jesús en el Evangelio, hay que empezar ya a dar testimonio. Y recordando siempre la promesa que nos lleva acompañando ya algún tiempo: la venida del Espíritu Santo. Esa fuerza que viene de lo alto es la que nos permite afrontar con confianza el futuro. Puede ser que sintamos que no somos capaces, que la tarea es muy grande. Seguramente lo mismo pensaron los Discípulos. Todo cambió cuando llego el Espíritu Santo. Gracias a Él la cobardía se volvió valor y la molicie se convirtió en diligencia.
Quizá por esa promesa los Apóstoles se volvieron a Jerusalén con alegría. La tristeza de la separación con el Maestro quedó compensada por la bendición recibida; una espera confiada en la llegada del Consolador. Sintiéndose benditos, es decir, o sea, sintiéndose dichosos y felices, se ponen manos a la obra, para llevar a todos los confines de la Tierra la Buena Nueva. Y lo hicieron bien. Tan bien, que por todo el mundo podemos encontrar creyentes, miembros de comunidades que continúan la tarea de los primeros Apóstoles.
Nosotros también somos miembros de esa Iglesia de la que habla san Pablo. Esa Iglesia que tiene como cabeza a Cristo, el Único Sacerdote, que se sacrificó para abrirnos el ingreso a la casa del Padre. El aviso final al discípulo, que ahora tiene el corazón purificado por la sangre y el cuerpo lavado por el agua del Bautismo, es a ser fiel, a no vacilar en la profesión de esta esperanza
Es posible que, al pensar en la Ascensión de Jesús, empecemos a sentir nostalgia en nuestro corazón. Es un momento de transición y esperanza. Al igual que los apóstoles aquel día, miramos al cielo y anhelamos estar con Cristo. Continuamos con nuestra vida cotidiana, llevando en nuestro corazón esta nostalgia por la eternidad, sabiendo que solo Dios puede llenar nuestra vida de felicidad auténtica y duradera.
Con palabras de San Pablo VI, tal día como hoy, en 1976: «La Ascensión de Cristo al cielo ilumina, guía y sostiene nuestro camino en la tierra». La Ascensión es una fiesta hermosa, llena de alegría, pero teñida de una ligera tristeza, que nos recuerda que aún nos queda mucho trabajo por hacer en esta tierra hasta que Dios nos llame a su hogar para estar con su Hijo por los siglos de los siglos."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)