sábado, 5 de enero de 2019

VER LOS CIELOS ABIERTOS


"Al día siguiente se disponía a marchar a Galilea, cuando encuentra a Felipe y le dice Jesús:
- Sígueme.
Felipe era de Betsaida, patria de Andrés y Pedro. Felipe encuentra a Natanael y le dice:
- Hemos encontrado al que describen Moisés en la ley y los profetas: Jesús, hijo de José, natural de Nazaret.
Replica Natanael:
- ¿De Nazaret puede salir algo bueno?
Le dice Felipe:
- Ven y verás.
Viendo Jesús acercarse a Natanael, le dice:
- Ahí tenéis un israelita de verdad, sin falsedad.
Le pregunta Natanael:
- ¿De qué me conoces?
Jesús le contestó:
- Antes de que te llamara Felipe, te vi bajo la higuera.
Respondió Natanael:
- Maestro, tú eres el Hijo de Dios, el rey de Israel.
Jesús le contestó:
- ¿Por qué te dije que te vi bajo la higuera crees? Cosas más grandes verás.
Y añadió:
- Os aseguro que veréis el cielo abierto y los ángeles de Dios subiendo y bajando por este Hombre."

  Al igual que ayer, seguimos viendo cómo la vocación se transmite con la ayuda de alguien que nos muestra a Jesús. Es así como podemos descubrir que Él nos ama, que Él confía en nosotros. Darnos cuenta de esto nos hace ver "los cielos abiertos". Nos hace descubrir a Dios en la vida, en los más pequeños detalles de ella.

"La fe cristiana no se distingue por la brillantez de sus explicaciones teológicas, ni por la integridad de las autoridades que la proponen, ni siquiera por el número de adeptos. Lo distintivamente cristiano es el modo de vivir de quien se dice discípulo del Resucitado. Ser discípulo comporta una marca contracultural en su identidad que no le permite ajustarse a los modos que la cultura del entorno propala. Si el cristiano no experimenta “el odio del mundo”, incluso en una sociedad cristianizada, quizá sea porque esa marca está diluida, y con ella su identidad bautismal más profunda. No se trata de vivir victimizados ni segregados frente al mundo, sino de mantener fresca la fidelidad a la causa de Jesús de Nazaret que lo volvió víctima de los poderes del mundo. El discípulo no reacciona con odio, ni se queda en el lado oscuro de la existencia; por el contrario, como San Juan anota, da el paso a la vida. Amar al hermano es el signo pascual por excelencia, porque construye puentes y no muros. ¿Qué hacemos para amar de verdad al hermano?" (Koinonía) 

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