sábado, 28 de febrero de 2026

AMAR ES LA PERFECCIÓN

 


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto
(Mt 5,43-48)

Jesús nos invita a amar plenamente, incluso a nuestros enemigos. Quiere que seamos perfectos como el Padre es perfecto, que ama incluso a los que le odian o le niegan. Evidentemente que nunca llegaremos a esa perfección suprema, pero es el horizonte, el objetivo al que debe tender nuestra vida. Debemos hacer cada día el Amor más perfecto. Debemos llenar nuestra vida de Amor; porque la perfección es amar.

"Pasajes del Evangelio como el de hoy representan una subida del listón tan alta que nos parece imposible. Pero el tono no recuerda lo de la exageración retórica. Es una perfección superior que exige a sus seguidores y sobrepasa lo común entre publica-nos y gentiles.
A ver, Señor, ¿cómo me pides que ame al que me daña, me persigue, me maltrata, es injusto o tóxico (utilizando un vocablo muy usado en estos tiempos)? ¿Qué amor o benevolencia voy a tener con el malvado, el enemigo, el que corrompe, el que mata a mis hermanos? ¿Quién va a hacer eso?
Creo hay quien, por la gracia de Dios, entre los cristianos, sí ha hecho esto en todos los tiempos, desde el inicio. Tal vez desde el “Padre perdónalos” que escuchó María al pie de la Cruz. Y en nuestro tiempo muchísimos. No es cosa solo del s. XX, marcado por las dos guerras mundiales. Es cosa de ahora mismo. La persecución a los cristianos ha alcanzado niveles sin precedentes en este siglo. Según el informe Lista Mundial de la Per-secución 2026 (que analiza datos de 2025) elaborado por Puertas Abiertas más de 388 millo-nes de cristianos sufren niveles altos, muy altos o extremos de persecución y discrimina-ción. Entre 2024 y 2025, 4.849 han sido asesinados por su fe. De entre ellos, la mayoría mu-rieron perdonando a sus verdugos…
No es tan difícil, creo, excusar las pequeñas impertinencias o actitudes de los más cercanos que nos fastidian, pero es difícil no maldecir y no expresar un punto de odio hacia determina-dos políticos o poderosos que gobiernan y determinan nuestro destino con maldad y mentira.
Tal vez, para seguir el consejo de Jesús, para ser perfectos como el Padre será aconsejable rezar por todos aquellos a quienes consideramos enemigos o verdugos. Y pedir, como los mártires, no odiar y también desear que se conviertan y sean perdonados. A lo mejor es este un modo de amar que nos acerca a la perfección de nuestro Padre."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 27 de febrero de 2026

EL AMOR ES LA LEY




Porque os digo que si no superáis a los maestros de la ley y a los fariseos en hacer lo que es justo delante de Dios, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que a vuestros antepasados se les dijo: ‘No mates, pues el que mata será condenado.’ Pero yo os digo que todo el que se enoje con su hermano será condenado; el que insulte a su hermano será juzgado por la Junta Suprema, y el que injurie gravemente a su hermano se hará merecedor del fuego del infierno.
Así que, si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí mismo delante del altar y ve primero a ponerte en paz con tu hermano. Entonces podrás volver al altar y presentar tu ofrenda.
Si alguien quiere llevarte a juicio, procura ponerte de acuerdo con él mientras aún estés a tiempo, para que no te entregue al juez; porque si no, el juez te entregará a los guardias y te meterán en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo.
(Mt 5,20-26)

Jesucristo nos pide que cumplamos la ley de verdad. No, que nos quedemos en la letra. Que vayamos al espíritu. Y la única forma de cumplir la ley de verdad es amando. El núcleo de la ley es el Amor.

"Conocí a un sacerdote que en muchas homilías introducía la expresión “exageración retórica” para que entendiéramos las muchas hipérboles que encontramos en los discursos de Jesucristo como en este pasaje del Sermón del Monte (Mateo 5:20-26). ¡Menos mal! Desde luego si quisiéramoss aplicar las sentencias tal cual, deberíamos aislarnos como los padres del desierto, callar la boca y evitar todo contacto humano. Lo cual, por principio, imposibilitaría un mandato tan apremiante como el de evangelizar.
Para la mentalidad de los oyentes de la época y el lugar en el que se situa el sermón, el paradigma de la justicia y el cumplimiento riguroso de las normas eran el fariseo y el escriba, y Jesús comienza por pedirles una justicia superior. Una hipérbole de lo imposible. Pero Jesús no pide imposibles, pide centrarse en la intención del corazón y no en los ritos y normas, o mejor dicho pasar de la norma ritual al corazón, a la intención con que se cumplen las normas.
Cuando dice que llamar necio al hermano merece nada menos que el fuego del infierno, utiliza la hipérbole para hacernos ver que la raíz del desprecio al prójimo, la cosificación del otro, es la misma para el insulto que para el asesinato y eso, cuya maldad a veces ni siquiera percibimos, es lo que hay que erradicar.
Así, examinando cada afirmación de condena, hay que poner en el pasaje el contexto. Si aquellos oyentes se disponían a ofrecer un sacrificio en el Templo, era impensable detenerse para arreglarse con el enemistado. El acto religioso más sagrado para la Iglesia Católica es la Misa… Seguramente nunca llegaremos a captar la hondura y profundidad de lo que celebramos en cada Misa. Bien, pues para Dios lo más urgente, lo previo, es la reconciliación. Por eso “antes de celebrar estos sagrados misterios reconozcamos humildemente nuestros pecados”.
Jesús es misericordioso, la misericordia misma de Dios llevada al extremo. Sin embargo nos pedirá cuentas hasta del último céntimo. Cuidemos y estemos despiertos para comprender en que consiste, para cada uno, ese último céntimo!"
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda

jueves, 26 de febrero de 2026

SABER PEDIR

 

Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre.
¿Acaso alguno de vosotros sería capaz de darle a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿O de darle una culebra cuando le pide un pescado? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en el cielo las dará a quienes se las pidan!
Así pues, haced con los demás lo mismo que queréis que los demás hagan con vosotros. Esto es lo que mandan la ley de Moisés y los escritos de los profetas.
(Mt 7,7-12)

Jesús nos dice que debemos pedir. Nosotros pedimos, pero a veces no recibimos aquello que hemos deseado. Sólo Dios, como buen Padre, sabe realmente lo que necesitamos, aquello que nos hará bien. Debemos pedir, pero pedir bien. Buscar aquello que realmente creemos que nos hará mejores, nos ayudará a entregarnos mejor a los demás, a Amar.

"Cada vez que leo el pasaje del Evangelio de la lectura de hoy recuerdo a mi madre en un mo-mento concreto: cuando llegué a casa a la vuelta del trabajo y la encontré riéndose con el Evangelio en la mano. Al preguntarle por su risa me indicó la página diciendo: “¡qué cosas decía el Señor!, dar una serpiente a un hijo en lugar de un pescado…” Aunque el texto indica que Jesús hablaba para sus discípulos, no puedo dejar de imaginarme a una multitud como la del sermón de la montaña riéndose a carcajadas, especialmente a las mujeres. Creo que la reacción de mi madre fue la misma que experimentarían miles de madres y padres normales. Porque, aunque desgraciadamente a diario conocemos atrocidades perpetradas sobre niños, sabemos que la inmensa mayoría de padres y madres quieren dar lo mejor a sus hijos.
Y es que así son las cosas: Aquel que nos creó a su imagen imprimió en nuestra naturaleza el vínculo emocional más fuerte que existe. El deseo de cuidar y proteger a un hijo es universal, en todas las épocas y en todas las culturas. Jesús certifica que el amor de los padres es el ejemplo más cercano en la Tierra para entender cómo es Dios.
Nosotros somos “malos”, imperfectos, cometemos errores aún queriendo lo mejor para nues-tros hijos, pero también capaces de un amor incondicional y protector, Dios es bueno sin lími-tes… precisamente por eso a veces niega lo que pedimos porque sabe que, aunque parezca «pan», para nosotros sería una «piedra». Y entonces no nos da exactamente lo que queremos sino lo que de verdad es justo y necesario. Para pedir así, aceptando por principio la respuesta aunque no se acomode exactamente a nuestro deseo, la única condición es que nuestra plega-ria sea confiada, del mismo modo que un niño se fía de sus padres.
El mensaje de Jesús invita a ampliar ese instinto de protección y cuidado abriéndolo a todos los seres humanos. Este mismo instinto de cuidado y respeto que tenemos para los hijos se extiende en el versículo 12: “tratad a los demás como queráis que os traten a vosotros”. El instinto protector se convierte en norma ética para todas las relaciones humanas."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)




miércoles, 25 de febrero de 2026

LA SEÑAL ES SU AMOR



La multitud seguía juntándose alrededor de Jesús, y él comenzó a decirles:
– La gente de este tiempo es malvada. Pide una señal milagrosa, pero no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque así como Jonás fue señal para la gente de Nínive, así también el Hijo del hombre será señal para la gente de este tiempo. En el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, la reina del Sur se levantará y la condenará; porque ella vino de lo más lejano de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y lo que hay aquí es más que Salomón. También los habitantes de Nínive se levantarán en el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, y la condenarán; porque los de Nínive se convirtieron a Dios cuando oyeron el mensaje de Jonás, y lo que hay aquí es más que Jonás.
(Lc 11,29-32)

Pedimos señales y lo que Jesús nos pide es Fe. Confianza en Él. Jesús quiere que le sigamos, que nos convirtamos, que cambiemos, porque confiamos en Él, no por milagros o señales. Es el Amor que Él da a todo el mundo, el que nos debe atraer y llevarnos a Amar a todos como hace Él. La señal es su Amor.

"Siempre que leo este pasaje me viene a la memoria una frase de Jesús que parece opuesta a lo que hoy escuchamos: aquí hay uno que es más que Salomón y aquí hay uno que es más que Jonás, y lo leído en Mt. 11, 29: aprended de Mi que soy manso y humilde de corazón. Esta contradicción la resuelve Santa Teresa con su sentencia categórica en “Las moradas”: la humildad es la verdad.
Jesús, que dice de sí mismo ser Camino, Verdad y Vida, no se muestra como un monomaníaco de ideas delirantes ni en esa expresión ni en otras que aparecen en los relatos evangélicos. Se muestra como quien es: Dios hecho hombre. Un hombre perfectísimo, el más hermoso de los hombres, el esperado por las naciones, el redentor y salvador.
Entre la multitud que le sigue, escribas y fariseos exigen a Jesús una prueba milagrosa, irrefutable como condición para creer en sus palabras. Él se niega porque conoce su obstinación y su rechazo. Sencillamente no quieren cambiar, no quieren convertirse. Sobre todo, Dios no se deja instrumentalizar: no dará la gracia de la conversión a quien la pide con hipocresía. El único signo es Jonás: un profeta bastante remiso y nada entusiasta de la misión pero al que los ninivitas creyeron y se convirtieron. Ellos juzgarán la dureza de corazón de esta generación perversa. Como la reina de Saba, que también los juzgará porque llegó uno mayor que Salomón.
Jonás, es un personaje que, como muchísimos del Antiguo Testamento, prefigura al Mesías esperado por Israel. Seguramente uno de los mencionados por Jesús resucitado en su encuen-tro con los discípulos de Emaús. Así se ha interpretado también la referencia al “signo de Jo-nás” establecido por una comparación simbólica: Jonás desapareció durante tres días y tres noches en el vientre de un gran pez, Jesús anunció que estaría tres días y tres noches en el corazón de la tierra. Por supuesto la asociación no aparece en el pasaje que se lee en la Misa de hoy, pero es bastante clara desde el inicio de la predicación apostólica. A nosotros, los discípulos de hoy el símbolo nos remite a la clave de nuestra profesión de fe: por nosotros murió y resucitó para hacernos partícipes de su gloria. Claro que estaremos en su gloria si hemos acogido su palabra con una confianza total en Quien es la Verdad."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 24 de febrero de 2026

LA ORACIÓN ES UNA ACTITUD




 Y al orar no repitas palabras inútilmente, como hacen los paganos, que se imaginan que por su mucha palabrería Dios les hará más caso. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis aun antes de habérselo pedido. Vosotros debéis orar así:
‘Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra
así como se hace en el cielo.
Danos hoy el pan que necesitamos.
Perdónanos nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos
a quienes nos han ofendido.
Y no nos expongas a la tentación,
sino líbranos del maligno.’
Porque si vosotros perdonáis a los demás el mal que os hayan hecho, vuestro Padre que está en el cielo os perdonará también a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará el mal que vosotros hacéis.

Jesús nos dice que la oración no son palabras. La oración es Fe. Es ponerse en presencia de Dios. Ser conscientes de que Él está con nosotros. Rezar es vivir la vida con una intención concreta: la de alabar al Padre y la de perdonar para ser perdonados.
La oración no son palabras, es una actitud. 

"He preguntado a la inteligencia artificial el número de Padrenuestros que se recita diariamente en el mundo. Me dice que puede estimarse entre 1.500 y 2.500 millones. También me dice que donde más se reza es en África, especialmente en Nigeria y Uganda. Sigue la lista con Hispanoamérica y Estados Unidos. Europa va bastante por debajo… Y así, muchos datos más que indican que es la oración que bate todos los récords.
En lo alto del Monte de los Olivos, en Jerusalén, se alza la Iglesia del Paternoster y en el claustro y espacios anejos, la oración está grabada en azulejos en 140 idiomas… El lugar, dice la tradición, es precisamente dónde los discípulos pidieron al Maestro que les enseñara a orar.
Es seguro que, además de recitado, supera en comentarios a cualquier otro texto de cualquier género y de cualquier creencia. Así que ¿qué puedo escribir yo que no haya sido escrito mejor por cientos de autores (creyentes o no) y cientos de santos, desde Gregorio de Nisa hasta Carlo Acutis?…
Bueno, me limitaré a recomendar el comentario de San Agustín, que define la oración como “itinerario de la felicidad”, con un subrayado en el “nosotros”, desde la primera frase. Dios es nuestro Padre y esto nos hace hermanos por gracia. Al rezar, aunque lo hagamos solos y no en grupo, el Padre nuestro nos sitúa en la comunidad de fe, pero también en la comunidad humana, como hermanos, hijos del Padre Creador, hermanos de Jesús el Hijo y corazones que pueden ser habitados por el Espíritu Santo. Que pidamos la gracia de decirlo, no mecánicamente, sino “acariciando” amorosa y agradecidamente cada palabra.
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 23 de febrero de 2026

AMAR A JESÚS

 


 Cuando venga el Hijo del hombre rodeado de esplendor y de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Y dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid vosotros, los que mi Padre ha bendecido: recibid el reino que se os ha preparado desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis, anduve sin ropa y me vestisteis, caí enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y vinisteis a verme.’ Entonces los justos preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿O cuándo te vimos forastero y te recibimos, o falto de ropa y te vestimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’ El Rey les contestará: ‘Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicisteis.’
Luego dirá el Rey a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos: id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me recibisteis, anduve sin ropa y no me vestisteis, caí enfermo y estuve en la cárcel, y no me visitasteis.’ Entonces ellos preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o falto de ropa, o enfermo o en la cárcel, y no te ayudamos?’ El Rey les contestará: ‘Os aseguro que todo lo que no hicisteis por una de estas personas más humildes, tampoco por mí lo hicisteis.’ Estos irán al castigo eterno, y los justos, a la vida eterna.
(Mt 25,31-46)

Jesús nos enseña hoy dónde debemos encontrar a Dios: en el pobre, en el enfermo, en el perseguido, en el necesitado...Nos enseña que el verdadero Amor es más importante que los ritos, las explicaciones teológicas, las penitencias. De ahí la sorpresa de quienes han amado al débil y quizá se declararon agnósticos o ateos y se ven a la derecha entre las "ovejas". Sin saberlo aman a Dios, que se nos hace presente en el débil, en el pequeño.

"Salta a la vista la relación estrechísima entre las lecturas de hoy del Levítico y del Evangelio de Mateo. Digamos que las dos se refieren al núcleo esencial de la existencia cristiana. Hablan del amor… O mejor del Amor que incide en toda nuestra vida y santifica, nos hace santos.
La primera lectura, después de describir las conductas que hay que erradicar, siempre precedidas de un “No” rotundo, concluye con una afirmación: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” y la razón para hacerlo es que quien habla es el Señor. Y como nos dirá Juan en su Evangelio “Dios es amor” y nos ha creado a su imagen.
Casi tres milenios después el mandato sigue vigente, solo que hemos enredado tanto con las palabras que es posible que el término se haya distanciado o extraviado demasiado de su sentido primero. Hace unos años, creo, se estrenó una película cuyo título era Por qué lo llamamos amor si queremos decir sexo. Cambiando la última palabra hagamos el ejercicio de preguntarnos por las segundas intenciones que tenemos a veces cuando actuamos supuestamente por amor. Las respuestas pueden ser variadas: para reforzar nuestra autoestima, para ser admirados, para sentirnos buenas personas, para que nos aplaudan, para alardear discretamente de alguna superioridad moral, para sentirnos dentro del grupo de los “buenos”, para contarnos entre los elegidos…
La segunda lectura nos da la clave para amar al prójimo con un corazón limpio. Jesús anuncia su venida en su gloria cuando separará a los que hicieron el bien de los que no lo hicieron, con una fórmula luminosa: Él es la medida porque cada vez que hicimos algo bueno por el prójimo lo hicimos por Él.
Tenemos que aprender a ver al Señor en el hambriento, el enfermo, el necesitado, el pobre. Y para aprender con verdad a verlo, necesitamos de su gracia. Resumiendo: actuemos por amor y con amor en defensa y para hacer el bien a quienes necesitan nuestra ayuda, teniendo impresa en el corazón la imagen de Jesucristo, el Señor."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

domingo, 22 de febrero de 2026

VENCER LA TENTACIÓN




 Luego el Espíritu llevó a Jesús al desierto para que el diablo le pusiera a prueba.
Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer, y después sintió hambre. Se acercó el diablo a Jesús para ponerle a prueba, y le dijo:
– Si de veras eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes.
Pero Jesús le contestó:
– La Escritura dice: ‘No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de los labios de Dios.’
Luego el diablo lo llevó a la santa ciudad de Jerusalén, lo subió al alero del templo y le dijo:
– Si de veras eres Hijo de Dios, échate abajo, porque la Escritura dice:
‘Dios mandará a sus ángeles que te cuiden.
Te levantarán con sus manos
para que no tropieces con ninguna piedra.’
Jesús le contestó:
– También dice la Escritura: ‘No pongas a prueba al Señor tu Dios.’
Finalmente el diablo le llevó a un monte muy alto, y mostrándole todos los países del mundo y su grandeza le dijo:
– Yo te daré todo esto, si te arrodillas y me adoras.
Jesús le contestó:
– Vete, Satanás, porque la Escritura dice: ‘Adora al Señor tu Dios y sírvele solo a él.’
Entonces el diablo se apartó, y unos ángeles acudieron a servirle.
(Mt 4,1-11)

"Comienza el tiempo litúrgico de Cuaresma y, como todos los años, lo hace con el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Para que no se nos olvide que somos tentados a menudo, por un lado, y para que recordemos que las tentaciones pueden ser vencidas, por otro.
El miércoles pasado dimos comienzo a un tiempo nuevo en la liturgia: el tiempo de Cuaresma. Son cuarenta días de preparativos. La Pascua, que es la celebración central del año litúrgico, viene precedida de este tiempo de preparación de cuarenta días que es la Cuaresma y se prolonga en la cincuentena pascual, que se cierra con la solemnidad de Pentecostés.
Cada domingo de este tiempo preparatorio representa un mojón en nuestro camino cuaresmal. Procuremos avanzar a lo largo de la semana impulsados por la celebración dominical.
Cuántas veces hemos exclamado: ¡En qué mundo vivimos! Algo que nos confirma diariamente la experiencia es que vivimos en un mundo roto. Vivimos en estado de separación. Estamos separados de Dios: somos bien conscientes de que Dios es el Santo y nosotros somos los pecadores. Estamos separados de los demás: advertimos cuánta falta de armonía, de entendimiento, de aceptación mutua hay entre nosotros. El equilibrio es demasiado inestable: conflictos internacionales, guerras civiles, dominio de unos pueblos sobre otros, insuficiente solidaridad con los más débiles, tendencias disgregadoras, labilidad de las uniones entre las personas… Y en nuestro mundo personal nos percatamos de que no estamos reconciliados cada uno consigo mismo: nos damos cuenta de las rupturas interiores que nos habitan.
Además del pecado, la muerte: somos demasiado conscientes de la fragilidad, caducidad y precariedad de nuestra vida. Es un soplo, aparece como una momentánea e insegura vibración de luz entre dos tinieblas que la envuelven.
Todo eso es verdad. Y, sin embargo, el mensaje de Pablo suena con tonos de un profundo optimismo: vivimos en un mundo últimamente amigo. Podemos cantar la victoria de la gracia sobre el pecado, la victoria de la vida sobre la muerte. No importa la fuerza con que suenen las disarmonías. Es más fuerte el acorde de fondo. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.
En el Evangelio lo seguidores de Jesús recibimos tres invitaciones en las respuestas de Jesús al tentador.
Una primera invitación (no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios) nos propone vivir más abiertos a la Palabra de Dios en este tiempo de Cuaresma. Si disponemos de un misal en casa, podemos leer y meditar cada día las dos lecturas que nos propone la liturgia de la misa. ¡Cuántas veces hemos cantado!: Tu palabra me da vida, confío en ti, Señor, tu Palabra es eterna, en ella esperaré. Si somos asiduos a esta lectura y a esta meditación, experimentaremos cómo su palabra, su verdad, vertebrará reciamente nuestra personalidad.
Vale para la Iglesia y cada uno. Tenemos que empatizar con todo el que sufre hambre y con todas las necesidades. Pero la solución no es el milagro fá­cil. No dar pan, sino exigir que no haya hambrientos, con nuestro compromiso social.
Jesús niega ser un superhombre que pueda volar por los aires. Rehúye el mesianismo de la ostentación y del triunfo. Su mesianismo es el del servicio. Nos invita a ser testigos del evangelio en la vida diaria, aunque seamos testigos más bien grises, sin brillo especial. Hemos de mostrar la fecundidad de nuestra filiación divina en que seguimos al Mesías en su condición de servidor. Seremos testigos fecundos a través de nuestro servicio.
Vale para la Iglesia y para nosotros. Tenemos a veces la tentación de presentarnos como bajados del cie­lo, hablando con elocuencia admirable. De hablar desde el pulpito, desde arri­ba, desde nuestro saber teológico. De no ponernos al nivel del pueblo, de la gente llana. Pero la evangelización, ya sabemos, no se ejerce con humana sabiduría, ni desde la altura o la lejanía, sino desde la encarnación.
Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él le darás culto. Reservemos momentos para el encuentro y para la adoración de Dios. Si dejamos que Él ocupe su sitio, habrá más orden, más armonía, más reconciliación en nuestra vida.
Vale para la Iglesia y para nosotros. Cuando la Iglesia se alió con el poder, a partir de Constantino, Pipino, los emperadores sacros… la Iglesia tuvo un éxito extraordinario, controlando la cultura, la acción social y gran parte de la polí­tica. Era la Cristiandad imperante. El triunfalismo. Dicen algunos: “¿A qué se reduce hoy la Iglesia? Su declive va en picado, caída libre en todos los aspectos; cada vez menos respetada y valorada. Que siga con su opción por los pobres, a ver cuánto dura.” Pero la Iglesia no es poder, sino fermento, levadura en el mundo. La salvación nos vino desde la luz y desde la cruz.
Porque Cristo es Buena Nueva para el hombre. Cristo es el ideal humano conse­guido, la meta anticipada. Cristo es, por lo tanto, el fundamento de nuestra es­peranza y el estímulo para nuestro compromiso. Pero es también nuestra ayuda. Sin ella, el hombre derrotado y herido no podría ponerse en pie; o, al menos, poco podría andar sin volver a caer.
Lo que distingue al nuevo Adán con relación al primero es que está lleno del Espíritu Santo y se deja guiar por Él; que escucha antes la palabra del Pa­dre que la palabra del diablo. Adán duda y desobedece, Cristo escucha y obe­dece. Y así Cristo nos enseñará a escuchar, a obedecer y a vencer. Es el gran Restaurador, que diría Ireneo. Éste será siempre el camino a seguir en nuestra sanación y liberación. Si queremos dejar de ser hijos de Adán y Eva y llegar a ser verdaderos hijos de Dios, miremos a Cristo y compenetrémonos con Él; sigamos los pasos de Cris­to y asumamos sus sentimientos. Llegaremos a ser hombres nuevos.
Ojalá estas invitaciones no caigan en saco roto. Si las secundamos, maduraremos como hijos de Dios."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)