domingo, 7 de junio de 2026

PAN DE VIDA

  

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propio cuerpo. Lo daré por la vida del mundo.”

Los judíos se pusieron a discutir unos con otros:

– ¿Cómo puede este darnos a comer su propio cuerpo?
Jesús les dijo:

– Os aseguro que si no coméis el cuerpo del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré el día último. Porque mi cuerpo es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre vive unido a mí, y yo vivo unido a él. El Padre, que me ha enviado, tiene vida, y yo vivo por él. De la misma manera, el que me coma vivirá por mí. Hablo del pan que ha bajado del cielo. Este pan no es como el maná que comieron vuestros antepasados, que murieron a pesar de haberlo comido. El que coma de este pan, vivirá para siempre.
(Jn 6,51-58)

Jesús nos dijo de hacerlo en memoria suya. Partir y repartir el pan. Ese pan que es Él mismo. Un pan que nos une a Él y nos une entre nosotros. Este es  el misterio de la Eucaristía. Comer su carne, es hacerse uno con Él. Hacernos Uno todos entre nosotros con Él.

"El tiempo ordinario en la liturgia no es un tiempo aburrido. Para muestra, un botón. Hoy celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mayor regalo que el Señor nos dejó, para que no pasáramos hambre en nuestro camino terrenal.
Gracias a la liturgia traemos a nuestra memoria cosas importantes. Hacemos como el pueblo de Israel en la primera lectura: “recordar” (así empieza la lectura) y “no olvidar” (así termina). Puestos a recordar, podemos recordar momentos importantes de nuestra vida. podemos recordar nuestra primera Comunión, la primera vez que recibimos “el Cuerpo de Cristo”, que hoy celebramos. Podemos recordar muchas más cosas: otros sacramentos que hayamos recibido (el del matrimonio, por ejemplo, o la Confirmación); momentos de nuestra vida donde nos hemos “encomendado” a Dios, por una u otra razón, y que nos han marcado; momentos vividos en familia, con los amigos… Volvemos a pasar por el corazón tantas cosas en las que hemos descubierto a Dios cerca de nosotros y le damos gracias por todo ello. “No sea que te olvides del Señor tu Dios que” ha hecho muchas cosas por ti y por mí. Hoy y siempre, la Eucaristía tiene un profundo sentido de acción de gracias por descubrir la cercanía de Dios en nuestras vidas.
Pero además de recordar, podemos hacer más cosas. Podemos mirarnos los unos a los otros, los que estamos aquí, sentados juntos, alrededor de la mesa del altar. Dice San Pablo que el pan y el vino que compartimos nos une a todos, porque “aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”. ¿Se puede decir de nosotros que formamos “un solo cuerpo”, que hay unidad entre nosotros? ¿O pesan más nuestras divisiones, nuestras exclusiones y nuestros favoritismos? Es más, ¿se puede decir que ese pan que comemos todos crea en nosotros una unidad de vida con Aquél a quien recibimos? ¿O simplemente estamos “cumpliendo” y ya está? ¿Tiene que ver algo nuestra vida de lunes a sábado con lo que aquí celebramos el domingo? Porque no se puede ser creyente sólo de doce a una los domingos.
Por tanto, una segunda cosa importante hoy será sentirnos llamados a vivir esa unidad y esa fraternidad que Jesús nos propone cuando parte el pan, que es su Cuerpo, y reparte el Vino, que es su sangre. Pero no sólo aquí y ahora, que miramos al que está a nuestro lado y debemos reconocer a un hermano, sino también allá donde desarrollamos nuestra vida de cada día, donde se nos presenta el reto de vivir esa unidad y esa fraternidad con las personas con las que convivimos diariamente.
Finalmente, en el Evangelio vemos las reacciones de un grupo de gente que quieren hacer rey a Jesús porque les ha dado de comer (después de hacer el milagro de los panes y los peces). Jesús les revela el verdadero sentido de ese milagro que ha hecho entre ellos, no para que lo hagan rey, sino porque Él es algo más que un rey o un político bueno que alimenta a su pueblo, Él es el Mesías, “el Pan Vivo que ha bajado del cielo”, es más, “el que come de este Pan vivirá para siempre”.
Para comprender este misterio, hay que comenzar por preguntarse: ¿De qué tengo yo hambre? Tenemos siempre tantas cosas que hacer. Incluso en vacaciones. Siempre con prisa de un sitio para otro. Conjugamos el verbo “tener que” docenas de veces al día. Y vamos a muchas partes, y hablamos con mucha gente, y… ¿Cuántas de las cosas y cuáles nos llenan realmente? Estamos en un mundo lleno de comodidades y avances tecnológicos, donde todo debiera ser más fácil, y el hombre más feliz. Y sin embargo… El hombre se siente más solo que nunca. Incluso en la familia y con los amigos nos guardamos eso que es más nuestro, porque no siempre nos atrevemos a compartirlo: ilusiones y temores, alegrías, esperanzas, sentimientos, penas, necesidades profundas… Todo eso se queda encerrado en lo más hondo de nosotros.
Puede que sintamos la necesidad de vivir una vida que valga la pena, que nos llene, pero no tenemos tiempo de preguntarnos cómo; y, además, ante el esfuerzo y sacrificio que supondría, lo sustituimos por sucedáneos. Nos conformamos con una felicidad “light”, que ni es felicidad ni es nada. Sentimos hambre de encuentros en profundidad; de querer con limpieza; de poder ser transparentes con los amigos; de mostrarnos tal como somos; de paz interior, de tranquilidad familiar; de solidaridad, de… Todas esas cosas que son las que Jesús llamó Vida Eterna.
El pan de Jesús es el que nos da esa Vida Eterna. Este pan que comulgamos nos hace capaces de reproducir ese milagro de los panes y los peces que hizo Jesús. Porque este pan produce en nosotros el milagro del compartir. La comunión del cuerpo de Cristo supone comunión de vida con Jesús, entrar en su seguimiento, participar de su vida, de su opción por los más pobres, de su proyecto de fraternidad para todas las personas, supone vivir en unidad, igual que el cuerpo es uno, aunque tenga muchos miembros. Y para que esto no se nos olvide, la Iglesia nos habla de la necesidad de compartir los bienes con los más necesitados. Nadie que comulgue este pan sinceramente, puede permitir que un hermano suyo pase hambre, o no tenga lo necesario para vivir. Nadie que reciba el cuerpo de Cristo puede quedarse impasible, insensible, indiferente ante la pobreza y el sufrimiento de tantos hermanos nuestros. Eso no es cristiano.
Que esta fiesta del Corpus Christi abra nuestros corazones a la generosidad más grande; que nada nos sea indiferente; que nadie nos resulte extraño; que sepamos reconocernos y ayudarnos como hermanos; que hagamos de la vida un lugar agradable para todas las personas, que hagamos “caritas” (amor) con todos ellos, como Dios quiere. Que sepamos recordar todo lo bueno que Dios hace por nosotros, reconocer a cada persona como un hermano nuestro y compartir con ellos todos lo que tenemos.
Porque éste es el proyecto del Padre. Comer a Jesús que es pan es hacerse uno con Él, dejar que su vida corra por nuestras venas; dejarle que ore en nosotros; amar y consolar con nuestro corazón y nuestras manos; ir por los mismos caminos por donde a Él le gustaba meterse; mirar con sus ojos limpios a los hombres; experimentar con Él que las cosas no dan la felicidad y que los pobres y despojados por amor estarán más cerca de Dios y de los hombres.
Esto es comulgar. Ofrecernos a Él. Pero contar también con su ayuda, porque sin Mí no podéis hacer nada. Y es también una garantía de felicidad presente y futura: Todo el que tiene fe, tiene (no tendrá) vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Acerquémonos, pues, hasta su mesa, ofrezcámosle nuestras personas y recibamos el regalo de felicidad y vida eterna que nos tiene reservado. Vale la pena el esfuerzo."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 6 de junio de 2026

AMAR ES ENTREGARSE

  
Jesús decía en su enseñanza: “Guardaos de los maestros de la ley, pues les gusta andar con ropas largas y que los saluden con todo respeto en la calle. Buscan los asientos de honor en las sinagogas y los mejores puestos en los banquetes, y so pretexto de hacer largas oraciones devoran las casas de las viudas. ¡Esos recibirán mayor castigo!"
Jesús, sentado en una ocasión frente a las arcas de las ofrendas, miraba cómo la gente echaba dinero en ellas. Muchos ricos echaban mucho dinero, pero en esto llegó una viuda pobre que echó en una de las arcas dos monedas de cobre de muy poco valor. Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
– Os aseguro que esta viuda pobre ha dado más que ninguno de los que echan dinero en el arca; pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para su sustento.
(Mc 12,38.44)

Jesús nos muestra la diferencia entre los maestros de la ley y la pobre viuda. Ellos buscan las apariencias. Ella da, humildemente, todo lo que tiene.
Jesús nos invita a imitarla, es decir, a la entrega total, sin buscar alabanzas ni reconocimiento. Amar es entregarse sin buscar respuesta. Seguir a Jesús es entregarse totalmente a los demás.

"Este pasaje de Marcos tiene dos discursos de Jesús y dos escenarios posiblemente en el mismo espacio del grandioso Templo de Jerusalén. El primero es una dura crítica contra los escribas y su estilo de vida amante del lujo y la ostentación. También condena el trato con que explotan a viudas y huérfanos. El segundo se dirige a los discípulos a quienes convoca para comentar lo que ha visto en el lugar de las ofrendas.
Dice Marcos que Jesús estaba sentado enfrente del tesoro del Templo en el Atrio de las Mujeres al este del santuario principal, justo debajo de la monumental Puerta de Nicanor. Recibía este nombre porque era el punto máximo hasta el cual se les permitía el ingreso a las mujeres judías para adorar, aunque los hombres también transitaban y permanecían en él libremente. Debido a que albergaba el sistema de recaudación pública, en los Evangelios a menudo se llama a todo este atrio simplemente “el Tesoro”  que no era una habitación cerrada sino trece recipientes de bronce colocados en las paredes del patio. Cada uno tenía un letrero que señalaba el destino: para incienso, para impuesto anual, ofrendas voluntarias, etc.
Sentado en los bancos de las columnatas frente a estas arcas, Jesús tenía una línea de visión directa hacia los oferentes y podía oir el ruido de las monedas al caer: las de los ricos tintineaban con fuerza y resonaban de forma ruidosa haciendo público el tamaño de la donación. Cuando la viuda se acercó tímidamente, el sonido de sus dos lepta (las monedas de cobre más pequeñas y delgadas de la época) apenas produjo un leve roce metálico. Sin embargo, ese sutil sonido fue el que capturó por completo la atención del Señor. Y seguramente le emocionó. Aquellas moneditas eran, posiblemente, lo único que tenía la mujer: apenas para comer un día. Ella había echado más que nadie.
Este breve texto y estas pocas palabras tienen que hacernos reaccionar sobre nuestra forma de “practicar” la caridad. Qué damos a los pobres, cómo lo damos… Tenemos que examinar el uso que hacemos de lo mucho o poco que tengamos y pedir perdón por la falta de generosidad, pero también por nuestra actitud hacia los necesitados. A lo mejor descubrimos que a veces al  dar algo no ponemos amor y respeto, sino ganas de hacer demostración de generosidad o de quedar bien o  de hacer alarde… En otro lugar Jesús nos dijo: “que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. Y el modelo es una pobre viuda que da mucho más de lo que puede."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 5 de junio de 2026

LE ESCUCHABAN CON GUSTO





 Jesús estaba enseñando en el templo y preguntó:
– ¿Por qué dicen los maestros de la ley que el Mesías desciende de David? David mismo, inspirado por el Espíritu Santo, dijo:
‘El Señor dijo a mi Señor:
Siéntate a mi derecha
hasta que yo ponga a tus enemigos
debajo de tus pies.’
Pero, ¿cómo puede el Mesías descender de David, si David mismo le llama Señor?
La gente, que era mucha, escuchaba con gusto a Jesús.
(Mc 12,35.37)

Le escuchaban con gusto. Era la muchedumbre, es decir la gente sencilla, sin pretensiones de sabiduría.
Esta es la forma auténtica de acercarse a Jesús. Con sencillez y humildad; con el corazón abierto para acogerle.

"De la lectura del Evangelio de hoy, algo sorprendente, creo, es ese final: “una muchedumbre numerosa le escuchaba con gusto”. Entre la muchedumbre, supongo no debían estar muchos escribas, saduceos y fariseos. Por lo menos no estarían los que según los relatos del mismo capítulo de Marcos, interrogaron a Jesús con propósitos escasamente amistosos.
La muchedumbre numerosa, sin embargo, debió entender que Jesús se estaba revelando como Dios mismo. En definitiva, Jesús se declara a sí mismo como la segunda persona de la Santísima Trinidad que se hizo carne para nuestra salvación. No estoy muy segura de que aquella muchedumbre lo comprendiera. Ni aquellos ni muchos bautizados que recitamos el Credo y nos santiguamos, pero sin duda, ellos y los cristianos de todos los siglos casi sin ser conscientes lo vivimos.
Dice San Cirilo de Alejandría que Cristo está sentado a la derecha de Dios Padre, pero no entró en posesión de esta dignidad despues de su encarnación, sino “antes de todos los siglos”. “El engendrado de Dios, el Hijo único desde siempre posee el trono a la derecha del Padre”. Pues bien, en el relato de la creación, Dios crea en plural: “hagamos”. Y al culminar la obra con el ser humano dice que este ha sido creado a nuestra imagen y semejanza. Es decir somos criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios y por lo tanto tenemos algo de trinidad. Esta convicción de haber sido creados a semejanza de la Trinidad es algo que modela nuestra forma de ser y de estar en el mundo, posiblemente mucho más de lo que nos podemos imaginar.
Existe una profunda conexión lógica, teológica y psicológica entre el misterio de la Trinidad y la autopercepción de una persona de fe. Dado que Dios no es una “soledad infinita”, sino una comunión perfecta de tres Personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) que se aman, creer en la Trinidad transforma radicalmente la forma en que el creyente vive, se relaciona y entiende su propia existencia. Si Dios es relación y comunión, la psicología humana replica esa estructura. El ser humano psicológicamente necesita de la alteridad (del “otro”) para conocerse y realizarse. El creyente no ve en el prójimo una amenaza, sino un espejo de la misma imagen divina. La madurez psicológica del creyente equilibra la sana autovaloración con la capacidad de empatía y entrega.
Alguien que se percibe a sí mismo como un “diseño deliberado” tiene  un sentido de trascendencia y propósito y experimenta una unificación psicológica en sus metas. Su vida no es el resultado del azar biológico ciego, sino un proyecto con un destino eterno. Vivir así es lo que propone Jesús: el ciento por uno y al final la vida eterna."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 4 de junio de 2026

LA IMPORTANCIA DEL AMOR

 


Al ver lo bien que Jesús había contestado a los saduceos, uno de los maestros de la ley, que les había oído discutir, se acercó a él y le preguntó:
– ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?
Jesús le contestó:
– El primer mandamiento de todos es: ‘Oye, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.’ Y el segundo es: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo.’ Ningún mandamiento es más importante que estos.
El maestro de la ley dijo:
– Muy bien, Maestro. Es verdad lo que dices: Dios es uno solo y no hay otro fuera de él. Y amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y que todos los sacrificios que se queman en el altar.
Al ver Jesús que el maestro de la ley había contestado con buen sentido, le dijo:
– No estás lejos del reino de Dios.
Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
(Mc 12.28-34)

Para Jesús no hay mandamiento mayor que el del Amor. Amor a Dios y Amor al prójimo. En otro lugar nos dirá que ambos son el mismo mandamiento. Este es el verdadero camino al Reino. No las normas, ni su cumplimiento al pie de la letra. Es saber Amar. Y esto no es fácil. Es el esfuerzo de cada día. Es caer y volverse a levantar. Porque en este prójimo se hayan incluidos también los que nos caen mal, los que nos han hecho daño, los enemigos...Porque amar al otro es amar a Dios.

"Después de la discusión con los saduceos que escuchamos ayer, el relato de Marcos nos ofrece un diálogo con un escriba que se inicia con una pregunta: ¿Cuál es el mandamiento primero de todos? Sin vacilaciones Jesús recita la declaración de fe más importante y sagrada del judaísmo. Es una oración diaria que condensa el núcleo de la teología judía: el monoteísmo absoluto, el amor a Dios y el deber de transmitir la fe a las siguientes generaciones.
El pasaje central y más conocido de esta oración se encuentra en el libro del Deuteronomio 6:4: “Shemá Israel, Adonai Eloheinu, Adonai Ejad” Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Un judío observante la recita dos veces al día: al levantarse por la mañana y al acostarse por la noche.  Para el cristianismo, el Shemá Israel no es una oración ajena o del pasado, sino la raíz teológica sobre la cual se edifica todo el Nuevo Testamento. La Iglesia Católica y las diversas tradiciones cristianas releen esta sagrada oración judía a la luz de la revelación de Jesús.  Él toma la profesión de fe judía pero la une inseparablemente con el mandato de Levítico 19, 18: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El domingo pasado celebrábamos la Santísima Trinidad. Seguramente muchos recordamos a San Agustín y el niño de la playa que intentaba meter toda el agua del mar en un hoyo cavado en la arena. Los teólogos cristianos… siempre tratando de explicar cosas que superan nuestras capacidades también intentan mantener intacto el Shemá y encajar el Misterio de Dios Trino. Por suerte, en algún momento Jesús dio gracias al Padre por revelar estas cosas  a lo sencillos, entre los que seguramente ha habido y hay teólogos y sobre todo santos.
Dios es Uno en esencia y naturaleza. No creemos en tres dioses, pero al mandar amar con todo el corazón, el alma y las fuerzas, se nos revela que la naturaleza íntima de ese Dios Único es el Amor. Para que haya amor perfecto, debe haber un Amante (Padre), un Amado (Hijo) y el Amor que los une (Espíritu Santo). El Dios Uno del Shemá es, para el cristiano, una comunidad de tres Personas divinas.
San Agustín comentaba que el ser humano, herido por el pecado, era incapaz de cumplir el Shemá por sus propias fuerzas humanas; el corazón estaba fragmentado. Pero Dios mismo se hace hombre en Jesús para enseñarnos y darnos la capacidad de amar de esa manera. En la Cruz Jesús encarna el Shemá de forma absoluta: ama al Padre con todo su corazón, con toda su alma (entregándola en la muerte) y con todas sus fuerzas, abriéndonos el camino para que nosotros, por el Espíritu Santo, podamos hacer lo mismo."
Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 3 de junio de 2026

UN DIOS QUE ES VIDA



Entonces algunos saduceos acudieron a ver a Jesús. Los saduceos niegan la resurrección de los muertos y por eso le plantearon este caso:
– Maestro, Moisés nos dejó escrito que si un hombre casado muere sin haber tenido hijos con su mujer, el hermano del difunto deberá tomar por esposa a la viuda para dar hijos al hermano que murió. Pues bien, había una vez siete hermanos, el primero de los cuales se casó, pero murió sin dejar hijos. Entonces el segundo se casó con la viuda, pero él también murió sin dejar hijos. Lo mismo le pasó al tercero y así hasta los siete, ninguno de los cuales dejó hijos. Finalmente murió también la mujer. Pues bien, en la resurrección, cuando resuciten, ¿cuál de ellos la tendrá por esposa, si los siete estuvieron casados con ella?
Jesús les contestó:
– Estáis equivocados porque no conocéis las Escrituras ni el poder de Dios. Cuando los muertos resuciten, los hombres y las mujeres no se casarán, sino que serán como los ángeles que están en el cielo. Y en cuanto a que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés el pasaje de la zarza ardiendo cuando Dios dijo a Moisés: ‘Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob?’ ¡Y Dios no es Dios de muertos, sino de vivos! Así que estáis muy equivocados.
(Mc 12,18-27)

És un Dios de vivos, porque Él es la Vida. Cómo será la "otra vida". Ni lo sabemos, ni lo podemos saber, porque está en otra dimensión. Seremos uno con Él y todo será completamente diferente. Lo sabemos porque Él nos lo ha prometido. Porque se hizo hombre para salvarnos.

"No eran solo los fariseos los que acechaban a Jesús. Los saduceos también. La  cuestión en este caso es la Resurrección de los muertos. Los saduceos solo consideraban el Pentateuco como Revelación y como en estos cinco libros no hay nada escrito (o eso creían) sobre el asunto, cuestionaban las promesas de Jesús acerca de su propia resurrección y la de quienes le siguieran. Presentan a Jesús una situación algo disparatada: siete hermanos casados sucesivamente con la misma mujer a la que fueron dejando viuda hasta que ella también murió. ¿Con quién de los siete se unirá de nuevo en la resurrección?
Para los saduceos, las bendiciones y castigos de Dios se manifestaban exclusivamente en esta vida. Al ser la élite sacerdotal y aristocrática de Jerusalén, gozaban de gran riqueza, poder político y control sobre el Templo. Interpretaban su estatus y fortuna actual como la recompensa divina por cumplir la Ley y no sentían la necesidad teológica de buscar una justicia o compensación en un “mundo venidero”. Desde su lógica el caso que proponen, además de ser algo cómico denota por una parte que su conocimiento es bastante superficial y por otro que intentan ridiculizar algo que no entienden y que tampoco desean entender.
Es evidente que Jesús no limitaba su conocimiento de las Escrituras a los cinco libros. Con frecuencia citaba Salmos y Profetas o historias como la de Jonás.
Puesto que solo conocen los cinco libros primeros, Jesús desde ese punto de partida, les muestra qué poco han ahondado en ellos y qué poco han entendido y les habla del diálogo de Moises con Dios que se revela en el episodio de la zarza ardiente del Éxodo. Aquel en que Dios se revela como el Dios de Abraham, de Isaac y de Moisés en el presente. Y no es un Dios de muertos.
¿Y nosotros? ¿Creemos de verdad en la Resurrección prometida? Lo decimos cuando recitamos el Credo, ciertamente. Pero también es cierto que muchas veces ponemos nuestra esperanza en recompensas muy alejadas del cielo prometido y, desde luego insuficientes para nuestra íntima sed de felicidad plena. Es bueno dar gracias por los bienes que podemos disfrutar en esta vida, pero es mejor no contentarse con ellos porque hemos sido creados para algo muy superior."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 2 de junio de 2026

SABER DISTINGUIR

  

Enviaron a Jesús a unos de los fariseos y del partido de Herodes, para sorprenderle en alguna palabra y acusarle. Estos fueron y le dijeron:
– Maestro, sabemos que tú siempre dices la verdad, sin dejarte llevar por lo que dice la gente, porque no juzgas a los hombres por su apariencia. Tú enseñas a vivir como Dios ordena. ¿Estamos nosotros obligados a pagar impuestos al césar, o no? ¿Debemos o no debemos pagarlos?
Pero Jesús, que conocía su hipocresía, les dijo:
– ¿Por qué me tendéis trampas? Traedme un denario, que lo vea.
Se lo llevaron y Jesús les dijo:
– ¿De quién es esta imagen y el nombre aquí escrito?
Le contestaron:
– Del césar.
Entonces Jesús les dijo:
– Pues dad al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios.
Esta respuesta los dejó admirados.
(Mc 12,13-17)

Debemos saber distinguir lo que es de Dios y lo que es del César. Esto nos puede traer problemas en algunos casos; porque a veces tendremos que elegir. Para no confundirnos que todo lo que es Amor, respeto a la vida, entrega al otro...seguro que es de Dios.

"La “escena de la moneda” que recoge el evangelio de hoy, cuenta un episodio conocidísimo y una frase igualmente recordada que, de muchas maneras, funciona como principio en legislaciones de gran número de países. La pregunta, aparentemente razonable, es tramposa: si Jesús responde con un si o un no, se pone en rebeldía bien contra el poder romano o bien contra la ley judía. Los fariseos buscaba una manera de presentarle como un rebelde o un impío. Parece que Jesucristo encontró un vía de escape que confunde a quienes intentaban comprometerle.
Pero este pasaje de Marcos no es una anécdota que muestra el ingenio de Jesús y su habilidad para zafarse de una pregunta incómoda. Para muchos siglos de historia esta respuesta ha sido y sigue siendo una referencia en el orden de derechos y libertades de los ciudadanos. Es un límite para el orden civil y una separación clara de ámbitos de poder: la conciencia personal y la obligación de acatar las leyes.
Para un ciudadano católico en la España actual, la desobediencia a la ley civil -lo que la doctrina de la Iglesia llama objeción de conciencia- no es una opción de conveniencia personal o política. Es una obligación grave que debe seguirse cuando la norma civil exige cometer un acto que destruye una vida humana o corrompe directamente el orden moral.
A diferencia de la “insumisión” o la “desobediencia civil” política (que busca cambiar leyes mediante el desorden público), el católico, para obedecer a Dios, tiene que desobedecer pacíficamente algunas leyes civiles, asumiendo las consecuencias legales o profesionales que el Estado le imponga.
El católico acepta que “dar a Dios lo que es de Dios” en un entorno secularizado puede costar el puesto de trabajo, una multa administrativa, la exclusión de una bolsa de empleo o el aislamiento social. Si nuestra misión es dar testimonio de la Verdad, es necesario que participemos activamente en la sociedad y en la política: con prudencia pero arriesgando hasta la vida si fuera preciso."

(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)


lunes, 1 de junio de 2026

NO SOMOS AMOS DE LA VIÑA



 Jesús comenzó a hablarles por medio de parábolas. Les dijo: Un hombre plantó una viña, le puso una cerca, construyó un lagar y levantó una torre para vigilarlo todo. Luego la arrendó a unos labradores y se fue de viaje. A su debido tiempo mandó un criado a pedir a los labradores la parte de cosecha que le correspondía. Pero ellos le echaron mano, le golpearon y lo enviaron con las manos vacías. Entonces el dueño mandó otro criado, pero a este lo hirieron en la cabeza y lo insultaron. Mandó otro, y a este lo mataron. Después mandó otros muchos, pero a unos los golpearon y a otros los mataron.
Todavía le quedaba uno: su propio hijo, a quien quería mucho. A él lo mandó el último, pensando: ‘Sin duda, respetarán a mi hijo.’ Pero los labradores se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero; matémoslo y la viña será nuestra.’ Así que lo cogieron, lo mataron y arrojaron su cuerpo fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Pues irá, matará a aquellos labradores y dará la viña a otros.
¿No habéis leído lo que dicen las Escrituras?:
‘La piedra que despreciaron los constructores
es ahora la piedra principal.
Esto lo ha hecho el Señor
y nosotros estamos maravillados.’ 
Quisieron entonces apresar a Jesús, porque sabían que la parábola iba contra ellos. Pero como tenían miedo de la gente, le dejaron y se fueron.
(Mc 12,1-12)

El otro día vimos que algunos utilizaban el Templo para sus negocios, para su provecho. Hoy Jesús nos muestra a unos viñadores que se creen los amos de la viña. Sólo hay un amo de la viña: Dios. Nosotros somos simples obreros, pero nuestro orgullo nos hace creer dueños. Corremos el riesgo de matar al Hijo. De hecho lo hacemos cada vez que creyéndonos amos, no seguimos la voluntad del Padre que es Amar, perdonar, acoger...

"Esta semana el evangelio de Marcos nos va a presentar una serie de encuentros -o encontronazos- con los fariseos y ancianos que, de muchas maneras, intentaban probar que Jesús ni era profeta ni mucho menos el Mesías esperado. Hoy se trata de poner al descubierto la maldad de los que conspiraban para deshacerse de Él  y de cómo formaban una casta que se había apropiado de la religión. Las palabras de Jesús, además son una estremecedora profecía sobre su propia muerte. El es el Hijo que finalmente será asesinado por aquellos cuyos padres lo habían hecho antes con los profetas.
Pero el texto de Marcos 12, 1-12 no es solo un “reportaje” de un episodio de polémica dirigida solo a los fariseos; es un espejo incómodo para  muchos de nosotros. Los viñadores de la parábola, hoy, podemos ser los que cumplimos con los preceptos, asistimos a misa y marcamos la x en la declaración de hacienda y estamos “en lo correcto» apreciando la fe como un privilegio que nos coloca en una posició de superioridad moral… A un paso de decirnos: “Esta finca es nuestra”.
Jesús no solo se refiere a una casta sino a todo un pueblo que tal vez entiende su condición de elegido como un mérito propio. A veces los católicos lo hacemos y resultamos un poco cómicos como cuando un tipo que jamás ha tocado un balón cuenta la hazaña de su equipo como propia: “hemos ganado”.  O cuando con un comentario, un juicio, una valoración sobre alguna persona, dejamos clara nuestra “superioridad moral”
Ciertamente, somos un pueblo elegido y hacemos bien en procurar responder a esa elección misteriosa porque no tiene nada que ver con nuestras cualidades, nuestro esfuerzo o nuestra voluntad de “ser perfectos”. Los bautizados somos elegidos… Elegidos para llevar el Evangelio a todo el mundo con obras y palabras. Siervos, no señores. No es un privilegio, sino una gracia y una misión que se dirige, sin excepciones, a todos sin excluir a nadie. Y si, por la bondad de Dios acertamos a hacer que la fe germine en alguno, ese será miembro de la Iglesia del Señor, no de una casta selecta de “propietarios”."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)