domingo, 2 de agosto de 2026

DADLES VOSOTROS DE COMER



Cuando Jesús recibió aquella noticia, se fue de allí, él solo, en una barca, a un lugar apartado. Pero la gente, al saberlo, salió de los pueblos para seguirle por tierra. Al bajar Jesús de la barca, viendo a la multitud, sintió compasión de ellos y sanó a los que estaban enfermos. Como se hacía de noche, los discípulos se acercaron a él y le dijeron:
– Ya es tarde y este es un lugar solitario. Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y se compren comida.
Jesús les contestó:
– No es necesario que vayan. Dadles vosotros de comer.
Respondieron:
– No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.
Jesús les dijo:
– Traédmelos.
Mandó entonces a la multitud que se recostara sobre la hierba. Luego tomó en sus manos los cinco panes y los dos peces y, mirando al cielo, dio gracias a Dios, partió los panes, se los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y todavía llenaron doce canastas con los trozos sobrantes. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
(Mt 14,13-21)

Los noticiarios van llenos estos días con las noticias de la entrada de inmigrantes a Ceuta. Todo tipo de reacciones. Derechas y extrema derecha tachándolo de entrada de delincuentes. Algo que es la señal de las enormes desigualdades que existen en nuestro mundo. Si vivieran bien en sus paises no emigrarían. No se trata de cerrar ni abrir fronteras. Se trata de canviar nuestro mundo, romper las desigualdades, hacerlo más fraterno. Jesús nos dice hoy "dadles vosotros de comer".
 
"Asusta la petición de Jesús: “Dadles vosotros de comer…” ¿Con cinco panes y dos peces? Asusta, porque obliga a sacar lo mejor de nosotros mismos, para compartir con los demás. Es que vivimos rodeados, solicitados por el consumo. Cada día, desde la mañana a la noche, mil voces anónimas, pero persuasivas, nos invitan a comprar, a gastar, a invertir, a consumir. Se nos repite, una y otra vez, que nuestra felicidad, nuestra belleza, nuestra satisfacción, nuestra vida depende de lo que tengamos, poseamos y destruyamos. Es una cadena interminable que nos arrastra y cuyos primeros eslabones mueven manos e intereses desconocidos.
Hay en las lecturas litúrgicas de este domingo una como invitación al consumo, a la hartura: «Venid, comprad trigo, comed sin pagar… Escuchadme atentos y comeréis bien». Suena parecido a un anuncio de publicidad. A uno de esos cientos de reclamos publicitarios que solicitan nuestra atención constantemente.
Jesús, por el contrario, no gustaba de anunciarse. Si nos atenemos al testimonio que de él dan los Evangelios Sinópticos, no hablaba mucho de sí mismo. No andaba diciendo: «Yo soy el Mesías que esperáis», «Yo soy el Salvador del mundo», «Yo soy el que tenía que venir, el prometido por los antiguos profetas de Israel». Lo que ocupaba el centro de su mensaje era la llegada del Reino de Dios. Es un mensaje que no se le cae de la boca.
Pero Jesús no se conforma con hablar. Jesús hace señales, realiza signos. Hoy le vemos realizar un gran signo. Con él quiere dar a entender que el Reino de Dios que anuncia no es un espejismo, sino una realidad que se deja sentir, que entra por los ojos, que entra por la boca. El signo que Jesús realiza es una muestra extraordinaria de que se han cumplido los tiempos mesiánicos. Así nos enseña que las promesas de Dios no son espejismos humanos. El Dios de la vida puede dar y da más de lo que podemos soñar o pedir. Si el domingo pasado aprendíamos que para quien valora el Reino de Dios y está dispuesto a pagar el último céntimo por ganarlo la vida no será en absoluto una estafa, sino un tesoro, hoy aprendemos que ese misterioso Reino de Dios no es en absoluto un espejismo que sufrimos en el desierto de nuestro vivir.
Jesús realiza esta señal por propia iniciativa, sorprendiendo también a sus Discípulos. Fue algo totalmente inesperado, contra la propuesta de esos Discípulos, que querían despedir a la gente. Como los Discípulos, podemos sentir que es algo superior a nuestras fuerzas. ¿Qué es lo que cada uno podemos hacer para atenuar el hambre de las tres cuartas partes de la humanidad? ¿Qué significan todas nuestras campañas antidroga si su comercio está apoyado por mafias con capitales muy superiores al presupuesto de algunos países? ¿Qué podemos hacer, cuando la corrupción lo ha invadido todo, por devolver a nuestra sociedad la honradez y el espíritu de trabajo? ¿Qué podemos hacer para que nuestros jóvenes no pierdan la fe en un ambiente tan hostil que tiene a gala ser antirreligioso y relativista? Estas y otras muchas más son nuestras batallas perdidas ya antes de comenzadas. “Despídelos, que se vayan, que no tenemos más que cinco panes”.
Pero Jesús sacia a la multitud, después de varios días de predicar a la gente, que no le pedía pan, sino razones de vivir, de esperar, de sufrir, de morir, que buscaba el Reino de Dios. Pues bien: vemos cómo en este caso se cumple literalmente la palabra de Jesús: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura». ¿De qué nos sirve tener abundancia de pan, tener con qué vivir, si carecemos de esas razones, si no tenemos un por qué vivir y un para qué vivir? Podemos morir de sólo pan.
¡Lo que hizo Jesús con cinco panes! ¡Lo que puede hacer Dios con una cooperación nuestra que podría parecernos insignificante! Aportemos lo que tenemos, lo que sabemos, lo que buenamente podemos, por poco que sea, por ridículo que nos parezca. Una limosna, un acompañamiento a un enfermo, un buen consejo, un ofrecimiento para dar catequesis. O también una vida entregada a su servicio. Dios sabrá darle crecimiento. Pensad en san Francisco de Asís, que respondió a la llamada de Dios y se entregó por entero a Él y a su Señorío; ese Francisco que se consideraba a sí como un mínimo, y que fundó la orden de los Frailes Menores. El pequeño Francisco de Asís, uno de los hombres más influyentes del segundo milenio. Dios puede hacer milagros con esa pequeña aportación nuestra.
¿Cómo interpretar, pues, esta invitación a la abundancia, esta llamada al optimismo? Parece que la clave es bien sencilla: no se concibe en el mensaje bíblico una abundancia que no sea compartida, una riqueza que no se reparta, un bienestar que no afecte a todos. El destinatario de estas invitaciones es todo el pueblo (los «millares» simbólicos del Evangelio) sin excepción ni distancias irritantes. Y este vínculo es el que debemos descubrir a través del rito eucarístico: la Eucaristía o es fiesta de fraternidad, sacramento de comunión, momento supremo de compartir con los otros todo, o a la “presencia de Jesús dándose” se le priva de una dimensión. Los que viven en la injusticia, en el desequilibrio no podrían, en realidad, acercarse a la Eucaristía.
Porque, además, después del dar, del repartir, del compartir con los demás, viene la abundancia, la hartura, la total plenitud. Cristo se da sin reservas a los que no limitan su entrega a los demás, a los que en cada comunión sienten el vértigo de la necesidad ajena y s esfuerzan por compartir.
En resumen: el Reino de Dios no es un espejismo; busquemos a Dios, busquemos su señorío, la obediencia y docilidad a su querer: que sea ese nuestro mayor cuidado; lo demás nos vendrá «como regalo caído del cielo», aunque no se nos prometan toda serie de comodidades. Nuestra aportación a este Reino de Dios, por muy pequeña que sea, puede ser muy fecunda."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 1 de agosto de 2026

EL MARTIRIO DE JUAN

  


Por aquel mismo tiempo, Herodes, que gobernaba en Galilea, oyó hablar de Jesús y dijo a los que tenía a su servicio:
– Ese es Juan el Bautista. Ha resucitado, y por eso tiene poderes milagrosos.
Es que Herodes había hecho apresar a Juan, y lo había encadenado en la cárcel. Fue a causa de Herodías, esposa de su hermano Filipo, pues Juan decía a Herodes:
– No puedes tenerla por mujer.
Herodes quería matar a Juan, pero temía a la gente, porque todos tenían a Juan por profeta. En el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías salió a bailar delante de los invitados, y le gustó tanto a Herodes que prometió bajo juramento darle cualquier cosa que le pidiera. Ella entonces, aconsejada por su madre, le dijo:
– Dame en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
Esto entristeció al rey Herodes, pero como había hecho un juramento en presencia de sus invitados, mandó que se la dieran. Envió, pues, a que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel. Luego la pusieron en una bandeja y se la dieron a la muchacha, y ella se la llevó a su madre.
Más tarde llegaron los seguidores de Juan, que tomaron el cuerpo y lo enterraron. Después fueron y dieron la noticia a Jesús.
(Mt 14,1-12)

Como Juan Bautista nosotros estamos llamados a anunciar a Jesús. Él acabó con el martirio. Nosotros no necesariamente, pero sí debemos estar dispuestos a ser despreciados y perseguidos por su nombre. Debemos ser humildes y sencillos como Juan y estar dispuestos a todo por anunciar a Jesús.

"Lo que más me llama la atención de esta historia de Herodes es que pone al descubierto algo que suele estar escondido, oculto. Es que los que están muy arriba en la escala social viven su situación con mucha inseguridad. Es más. Cuanto más arriba, mayor es la inseguridad.
Herodes es un ejemplo claro de esto. Había hecho matar a Juan Bautista. Estaba seguro de ello. Había visto su cabeza separada del cuerpo en una bandeja. Y, aun así, tenía miedo. Juan Bautista, su vida y sus palabras, seguían presentes en su mente. Hasta el punto de ver fantasmas y terminar pensando que Jesús era Juan Bautista resucitado, que volvía otra vez a amenazarle. Era una amenaza sin armas, pero una amenaza real. Ponía al descubierto lo que él quería mantener oculto: sus abusos continuos de autoridad.
Tiene esta historia un punto contradictorio. Por una parte, Herodes tenía toda la autoridad. Pudo matar sin problemas a Juan Bautista. Pero, por otra parte, hasta muerto Juan Bautista era para Herodes una amenaza a su seguridad. Ni siquiera en su palacio y rodeado de su guardia se sentía seguro.
Podemos aprender algo de esta historia. Es que la inseguridad forma parte de nuestra vida. Por muchos seguros de vida, alarmas, protecciones, guardias, etc. que pongamos a nuestro alrededor, siempre nos sentiremos inseguros.
Nuestra vida es frágil. El cuerpo siempre está amenazado por la enfermedad, que nos puede atacar de miles o cientos de miles de formas diferentes. Hasta el paso de los años nos va volviendo más frágiles.
Nuestras relaciones son frágiles. Hoy podemos confiar en los que nos rodean. Pero, ¿quién puede estar absolutamente seguro de los demás? Hay demasiados casos en los que tiranos y potentados han sido traicionados precisamente por los más cercanos a ellos.
Jesús plantea otro camino, otra posibilidad. No hay más camino para vencer la inseguridad que la fraternidad, la confianza mutua. El camino es renunciar a la violencia, al dominio abusivo. El camino es el del reino. Pero eso le ponía nervioso a Herodes."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 31 de julio de 2026

¿VALORAMOS A LOS NUESTROS?

 
 


Llegó a su propia tierra, donde comenzó a enseñar en la sinagoga del lugar. La gente, admirada, decía:
– ¿De dónde ha sacado este todo lo que sabe? ¿Cómo puede hacer tales milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? Y su madre, ¿no es María? ¿No son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas, y no viven sus hermanas también aquí, entre nosotros? ¿De dónde ha sacado todo esto?
Y no quisieron hacerle caso. Por eso, Jesús les dijo:
– En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra y en su propia casa.
Y no hizo allí muchos milagros, porque aquella gente no creía en él.
(Mt 13,54-58)

Tenemos todos el defecto de no valorar a los que conocemos, a los más próximos. Proyectamos nuestros propios defectos en ellos. Esto le pasó a Jesús en su pueblo y eso hacemos nosotros con los que nos rodean.

"Diría que este relato del Evangelio de hoy nos pone delante de los ojos dos defectos en los que a veces caemos sin darnos cuenta. El primero es la tentación de matar al mensajero. Y el segundo es la envidia.
Vamos con el primero. Son muchas las veces en que, cuando alguien nos dice algo que no nos gusta, en lugar de discutir o debatir lo que dice, en lugar de escuchar sus razones, sus motivos para decir lo que dice, y pensar en ellos y en la posibilidad de que en algunas cosas tenga razón, simplemente le desautorizamos. Con un ejemplo lo vamos a entender de maravilla. Pensemos en el político de un partido que acusa a otro de otro partido de corrupción, de haberse quedado con el dinero para su provecho personal o de haber colocado a sus amigos en buenos puestos con buenos salarios, no pensando en el bien del país sino en el suyo personal. Desgraciadamente, lo más normal es que el político acusado se defienda no negando los hechos sino acusando al otro de ser también un corrupto. Eso es matar al mensajero. Posiblemente a los judíos del pueblo de Jesús no les gustaba lo que Jesús decía del Reino de Dios y los cambios que sus palabras implicaban en la vida de los que le escuchaban. Así que lo más cómodo era matar al mensajero, desautorizarle. De hecho, lo terminaron matando físicamente.
Y luego está la envidia, esa gran pasión o pecado que están presente en tantas ocasiones en nuestros corazones. Cuando vemos al otro que sube u ocupa un puesto de importancia o se hace famoso, entonces la envidia empieza a trabajar. “A ese le conocimos de pequeño”, “no es para tanto”, “es el hijo del carpintero”… La envidia destroza más la fraternidad de lo que nos imaginamos.
En cristiano lo suyo es estar abiertos a la escucha del otro, a sus razones, disponibles para el diálogo y el encuentro. En cristiano lo suyo es alegrarnos sinceramente por el bien del otro y dar gracias a Dios porque el otro es siempre un don para la comunidad, para la fraternidad, para el reino. Si evitamos estas dos tentaciones, seguro que Jesús va a poder hacer en nuestra comunidad o familia el milagro de la fraternidad.

(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 30 de julio de 2026

BONDAD Y MALDAD

 


Puede compararse también el reino de los cielos a una red echada al mar, que recoge toda clase de peces. Cuando la red está llena, los pescadores la arrastran a la orilla y se sientan a escoger los peces: ponen los buenos en canastas y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y arrojarán a los malos al horno encendido, donde llorarán y les rechinarán los dientes.
Jesús preguntó:
– ¿Entendéis todo esto?
– Sí, Señor – contestaron ellos.
Entonces Jesús añadió:
– Cuando un maestro de la ley está instruido acerca del reino de los cielos, se parece a un padre de familia que de lo que tiene guardado saca cosas nuevas y cosas viejas. Cuando Jesús terminó de contar estas parábolas se fue de allí.
(Mt 13,47-53)

Debemos separar el bien del mal. Empezando por nosotros mismos. Sabernos mirar con honestidad y ver en nosotros aquello que es malo y lo que es bueno. Luego, poner todo nuestro esfuerzo para eliminar lo malo.

"Durante siglos y para muchos cristianos el gran enigma de su vida ha sido si se salvarían o se condenarían. Parece mentira que de todas las palabras de Jesús, las que mas se han quedado en la mente de tantos hayan sido las que hablan del infierno, de la condenación, del castigo de los pecados. Hay que ser honestos y reconocer que los sacerdotes y predicadores en general han promovido esta idea. Sin ir más lejos, recuerdo que de pequeño me contaron una visión que me dijeron que había tenido santa Teresa de Jesús. Consistía la visión en que veía la santa un enorme campo con una botella, bien estrecho el gollete. Llovía en el campo y parece ser que Dios le decía a la santa que las gotas que caían en el campo eran los que se condenaban y solo las gotas que caían dentro de la botella representaban a los que se salvaban. Esa era la proporción. Consecuencia que lo de salvarse era casi una tarea imposible. A saber, si la santa tuvo esa visión de verdad. Pero el predicador la uso para meternos a los oyentes el miedo en el cuerpo: miedo a Dios, que nos va a juzgar.
Sin embargo, podemos leer la parábola en otra clave. Vamos a partir de la imagen de la red que se extiende por el mar (la humanidad) y que acoge a todos. Todos estamos invitados a seguir a Jesús. Todos estamos llamados a sacar lo mejor de nosotros mismos para trabajar al servicio del reino, es decir, de la fraternidad y de la justicia.
Pero basta con que nos detengamos un momento y miremos a nuestro interior para que nos demos cuenta que “no es oro todo lo que reluce”. No he dicho que miremos a los demás. A nosotros mismos. Es suficiente para darnos cuenta de que ni nuestros actos ni nuestras motivaciones son siempre puras y buenas. Hay cosas de nosotros que es mejor dejar en el camino. Es conveniente aligerar el equipaje para trabajar con todas nuestras fuerzas al servicio del reino. Todo eso que dejamos lo podemos quemar. No vale la pena. Nos quedamos con lo bueno que tenemos y el reino.
Leída así la parábola es una llamada seria a la conversión y a dejar todo lo que nos pesa y nos impide avanzar en el seguimiento de Jesús."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 29 de julio de 2026

ESCUCHAR A JESÚS

 


Seguían ellos su camino. Jesús entró en una aldea, donde una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Marta tenía una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies de Jesús, escuchaba sus palabras. Pero Marta, atareada con sus muchos quehaceres, se acercó a Jesús y le dijo:
– Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.
Jesús le contestó:
– Marta, Marta, estás preocupada e inquieta por muchas cosas; sin embargo, solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.
(Lc 10,38-42)

Marta se esfuerza en servir a Jesús y se queja de que María no le ayuda y está escuchando a Jesús.
Este texto se interpreta como que es más importante la oración que la acción. Pero esto no es totalmente así. Jesús lo que le dice a Marta es que escucharle a Él es lo que de verdad importa. No olvidemos que Jesús nos habla a través de la Palabra; pero también, en nuestros días, lo hace a través de los pobres. A través de ellos Jesús nos pide pan, agua, salud, casa, acogida...Actuar ayudando a los más débiles, es escuchar a Jesús. Pero para ello, para poder escuchar esa voz a través de los pobres, debemos limpiar nuestro corazón. Esto es lo que hacía María. Dejar que Jesús entrara en su corazón.

martes, 28 de julio de 2026

EL BIEN Y EL MAL EN NOSOTROS

 

Jesús despidió a la gente y entró en la casa. Sus discípulos se acercaron a él y le pidieron que les explicase la parábola de la mala hierba en el campo. Él les respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, y el campo es el mundo. La buena semilla representa a los que son del reino; la mala hierba, a los que son del maligno; y el enemigo que sembró la mala hierba es el diablo. La siega representa el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Así como se recoge la mala hierba y se la quema en una hoguera, así sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre mandará sus ángeles a recoger de su reino a todos los que hacen pecar a otros y a los que practican el mal. Los arrojarán al horno encendido, donde llorarán y les rechinarán los dientes. Entonces, aquellos que cumplen lo ordenado por Dios brillarán como el sols en el reino de su Padre. Los que tienen oídos, oigan.
(Mt 13,36-43)

En el mundo conviven el bien y el mal; pero también lo hacen en nuestro corazón. No somos del todo buenos ni del todo malos. Debemos entregarnos a Jesús para que crezca lo bueno en nosotros y desaparezca lo malo. Y sobre todo, debemos confiar en la misericordia de Dios que arrancará de nosotros lo malo y sólo verá lo bueno.

"Leo este texto evangélico y lo primero que me sale es acordarme de aquella escena del evangelio de Juan en que Jesús se enfrenta a los acusadores de la adúltera, a los que quieren apedrearla y les dice solo: “El que esté libre de culpa que tire la primera piedra” (Jn 8,1-11). Los que querían lapidar a la mujer se habían autoclasificado como los puros. Por eso, se sentían con fuerza y derecho para condenar a la mujer sorprendida en adulterio. Pero Jesús pone de relieve una realidad que aquellos hombres no querían ver, ni en ellos ni en la mujer: que ninguno de nosotros somos blancos ni negros. Más bien somos grises.
Eso sí que es la mera verdad: no somos totalmente buenos pero tampoco totalmente malos. Hacemos muchas cosas buenas. Pero también hacemos cosas malas. En nuestro corazón a veces anida el odio, tantas veces somos incapaces de perdonar y tantas otras cosas. Pero también en nosotros está presente el amor, la generosidad, la misericordia. Y estos aspectos positivos salen también a luz en las cosas que hacemos y en la forma de relacionarnos con los que nos rodean. Ni somos totalmente malos ni totalmente buenos. Vamos por el camino de la vida a golpes, algunos pasos adelante y otros atrás. Esta es la realidad. La realidad de cada uno.
Así es como nos encontramos con la misericordia de Dios. Con ese campo que es nuestro corazón en el que se ha sembrado buena semilla pero también aparece la cizaña. Me gusta pensar, prefiero pensar, que en su misericordia Dios va a ser capaz algún día de arrancar la cizaña que hay en mi corazón y mandarla al fuego eterno. Pero también que tomará todo lo bueno que hay en mi corazón y lo salvará para siempre. Porque el que ha plantado en mí y en todos nosotros la buena semilla no va a dejar que se desperdicie. Me gusta pensar, prefiero pensar –y se me hace más acorde con lo que dice Jesús de su Abbá– que el amor de un Dios que es amor y perdón y misericordia no me va a mandar al castigo eterno sino que va a rescatar todo lo bueno que hay en mí y va a hacer que brille como el sol en el Reino de su Abbá."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 27 de julio de 2026

GRANDEZA DE LO PEQUEÑO

  

Jesús les contó también esta parábola: “El reino de los cielos se puede comparar a una semilla de mostazal que un hombre siembra en su campo. Es sin duda la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es más grande que las otras plantas del huerto; llega a hacerse como un árbol entre cuyas ramas van a anidar los pájaros.”
También les contó esta parábola: “El reino de los cielos se puede comparar a la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina para que toda la masa fermente.”
Jesús habló de todo esto a la gente por medio de parábolas, y sin parábolas no les hablaba, para que se cumpliera lo que había dicho el profeta:
“Hablaré por medio de parábolas;
diré cosas que han estado en secreto
desde la creación del mundo.”
(Mt 13,31-35)

Jesús nos pone como ejemplo del Reino dos cosas muy pequeñas, el grano de mostaza y la levadura. Dos cosas pequeñas pero llenas de vida, potentes. Nos está diciendo que, precisamente, nuestros actos pequeños tienen un gran potencial. Más que las cosas ostentosas. Es nuestro Amor de cada día, esas pequeñas cosas que hacemos por los demás, son las que acercan a todos al Reino.

"Hoy Jesús nos habla de la grandeza de lo pequeño. En nuestro mundo impera la productividad, los resultados, las cifras (cuanto más grandes mejor). Todo eso nada tiene que ver con las dos parábolas de hoy.
Porque, en definitiva, estas dos parábolas ponen por delante el valor infinito de los pequeños gestos, que es donde a veces se revela lo mejor de las personas. Estas parábolas me han hecho recordar cuando hace años hice el Camino de Santiago, esa peregrinación que hacen tantas personas y que lleva a lo que, según la tradición, es la tumba del apóstol Santiago. A lo largo del camino me encontré con numerosos albergues. La mayoría eran muy pobres. Apenas una casa no en muy buen estado, unos camastros y unos aseos sencillos para los caminantes. Estaban gestionados por diversas asociaciones de “Amigos del Camino de Santiago”, que con sus pocos medios hacían lo imposible por atender y cuidar a los peregrinos. Recuerdo especialmente uno de estos albergues, en la provincia de León, donde una chica nos recibió, nos acogió, nos organizó a los que íbamos llegando. Hizo que colaborásemos para preparar la cena, para ayudarnos unos a otros. Y al final nos sentó a todos a la mesa para una cena de familia. Había pocos medios pero un montón de calor humano, de acogida, de fraternidad. En definitiva, de Evangelio.
También recuerdo que en la última parte del camino los albergues pertenecían ya al gobierno de la zona. Eran unas instalaciones perfectas, modernas, limpias pero también asépticas y frías como congeladores.
Al final, el gesto de cercanía y acogida de aquella chica de la asociación de “Amigos del Camino” de Bilbao, tuvo mucho más valor que las instalaciones perfectas, y caras, organizadas por el gobierno para acoger a los peregrinos.
Pues lo mismo se aplica al Evangelio de hoy. Los pequeños gestos son capaces de provocar más cambios en las personas y en nuestro mundo que las grandes maquinarias. El Evangelio va de eso: de pequeños gestos de acogida, de mano tendida y fraterna, que se entrega sin pedir nada a cambio, a fondo perdido. Como el amor de Dios.
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)