domingo, 11 de octubre de 2026

EL TRAJE DE BODAS

  
Jesús se puso a hablarles otra vez por medio de parábolas. Les dijo:
El reino de los cielos puede compararse a un rey que hizo un banquete para la boda de su hijo. Envió a sus criados a llamar a los invitados, pero estos no quisieron acudir. Volvió a enviar más criados, encargándoles: ‘Decid a los invitados que ya tengo preparado el banquete. He hecho matar mis novillos y reses cebadas, y todo está preparado: que vengan a la boda.’ Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a sus tierras, otro a sus negocios y otros echaron mano a los criados del rey y los maltrataron hasta matarlos. Entonces el rey, lleno de ira, ordenó a sus soldados que mataran a aquellos asesinos y quemaran su pueblo. Luego dijo a sus criados: ‘Todo está preparado para la boda, pero aquellos invitados no merecían venir. Id, pues, por las calles principales, e invitad a la boda a cuantos encontréis.’ Los criados salieron a las calles y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y así la sala del banquete se llenó de convidados.
Cuando el rey entró a ver a los convidados, se fijó en uno que no iba vestido para la boda. Le dijo: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí, si no vienes vestido para la boda?’ Pero el otro se quedó callado. Entonces el rey dijo a los que atendían las mesas: ‘Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a la oscuridad. Allí llorará y le rechinarán los dientes.’ Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos.
(Mt 22,1-14)

Dios sale a los caminos y nos llama a todos, nos invita a todos. Pero nosotros debemos acudir limpios, sin egoísmo. El traje que Dios nos pide no es un traje de lujo. Es ir cubiertos de Amor, de entrega, de solidaridad...Este es el traje para asistir a las Bodas en el Reino.

"Casi seguro que todos hemos ido alguna vez a una boda. Es bonito. Se ve a gente que, a lo mejor, hace mucho que no ves. Y se suele comer (o cenar) bien. Es verdad que, a veces, resulta caro, por los regalos, la ropa y demás. Pero es una buena experiencia. También para los sacerdotes. Nos ayuda a entender que, en la Iglesia, hay muchas formas de vivir (y de servir) y todas son muy válidas.
Es más bonito todavía el paisaje que nos presenta la primera lectura. Simplemente idílico. Mucho vino y vino bueno, manjares abundantes, nada de lágrimas y la victoria sobre la muerte. Para siempre. El paraíso para unas tribus nómadas que, en medio del desierto, con dificultad vivían día a día. O para unos exiliados que, lejos de casa, soñaban con una vida regalada, como la que tenían en su Jerusalén natal. A ellos sí les gustaría que los invitaran a ese banquete. Irían cantando por el camino.
En cambio, los invitados del rey estaban en otras cosas. Se ve que no estaban desterrados. Uno se fue a sus tierras, otro a sus negocios, a otros se les acabó la paciencia y se liaron a golpes hasta matar a los criados. No sé el poder que tendría ese rey, pero a mí me daría cosa rechazar una invitación así. Por si acaso. Pero no le salió bien el intento de celebrar un fiestón al monarca. Parece que los invitados eran poco receptivos y sufrieron la cólera del rey. Que los mató a todos. Por brutos. Y, con la fiesta ya preparada, a buscar nuevos invitados. Dice la lectura que llamaron a buenos y malos. La grandeza del rey. Que, como podemos deducir, es la grandeza de nuestro Dios.
Me imagino la sorpresa de los invitados. Vas a lo tuyo por el campo, y, poco menos que a la fuerza, te llevan a presencia del rey. A comer y a beber vino de balde. Un honor, aunque hayas sido llamado de rebote. Una invitación que exige una respuesta adecuada. No hace falta mucho. Sólo un traje. Por supuesto, en una boda la estrella es el traje de la novia, pero también se mira mucho a los invitados, y a pocas personas normales se les ocurre ir a una boda con pantalones cortos o con playeros. Quien más, quien menos, tenemos una camisa bonita y un pantalón fino, para estos eventos. Un traje de fiesta, y una buena disposición. Que una cara larga desanima al más pintado.
Tú también has recibido de Dios esa invitación a la boda, al banquete, a la fiesta, al recibir la fe. Y me atrevería a decir más, también nos ha dado el traje. El traje de la vida, recibida de Dios, aunque tú no la merezcas; y una vida llena de recursos y posibilidades para que construyas tu felicidad: ¿Te lo merecías? Nos ha dado también el traje de las personas que están a tu lado, que van acompañando y dando alegría a tu camino: ¿Te las mereces? Podemos conocer a Dios. Un Dios que te quiere simplemente porque Él es Padre y tú eres hijo suyo. Lo has experimentado en tu vida. Te ha ayudado tantas veces. ¿Llevas la cuenta de las veces que te ha dado una nueva oportunidad, las veces que te ha perdonado? ¿Te lo mereces?
– Tienes a Jesucristo que ha compartido nuestro condición humana, que ha derramado su sangre por ti y por todos los hombres para el perdón de los pecados; que te garantiza su presencia hasta el fin del mundo. Él traje de discípulo, para que seas de sus discípulos, y compartas con él su misión y su destino; que, si lo llevas puesto hasta el final, te asegura la resurrección de entre los muertos. Que te habita, pues ha decidido que seas templo de su Espíritu Santo: ¿te lo mereces?
Para vestirnos el traje que a Dios le gusta, quizá lo primero es que dejes de llevar cuentas en tus relaciones con Dios y en tus relaciones con los demás. En el Banco Celestial no hay tipos de interés, ni préstamos a devolver, ni tratan mejor a los que más acciones tienen.
Lo segundo: que seamos como Dios. Que demos a manos llenas. Que derrochemos la misericordia, la compasión, el amor, la generosidad y el perdón. Éste es el único modo que tenemos de agradecer a Dios lo grande que ha sido con nosotros. Si tú estás convencido de que Dios te va a perdonar tan pronto como te arrepientas y se lo pidas, una y mil veces, y sin merecerlo: ¿por qué les pides, les pedimos condiciones a los demás, y les decimos “que no se repita”, o “perdono pero no olvido”, o “te perdono, pero no me vuelvo a fiar de ti”, o… Menos mal que Dios no es así.
Lo tercero: Si no perdonamos de corazón, si no somos tan generosos como Dios, si no procuramos ser perfectos como nuestro Padre celestial, su perdón cae en saco roto, no te aprovecha. Y además el Padre será muy exigente contigo. Se enfadará, cuando vea tu traje ordinario. El mismo Jesús nos enseñó a orar así en el Padrenuestro: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino. Si pedimos que el nombre del Señor sea santificado, y que venga su Reino, es que nos sentimos incluidos en la fiesta, y por eso queremos estar preparados para cuando llegue. Aunque eso, a veces, suponga ir contra corriente. Y ahora viene la segunda parte, que es la más interesante. Al que se pone el traje de fiesta, se le ve. Todos dicen ¡qué elegante! Se fijan en él. Se distingue.
Yo, ¿me arriesgo? ¿Me arriesgo a no buscar lo que busca la mayoría, a vivir de manera diferente, cueste lo que cueste? ¿Me arriesgo a decir “no” a los comportamientos erróneos de la gente que está cerca de mí y a las que a veces intentan arrastrarme? ¿O me trago lo que me echen con tal de no buscarme problemas? ¿Me atrevo a decir “no” de una vez a ese cuerpo tan bonito que se ha cruzado por mi camino, a esa persona tan comprensiva y maravillosa que acabo de conocer, que me parece mejor que esa otra persona a la que prometí fidelidad en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida?  ¿O prefiero pensar que “todos lo hacen” para no plantearme otras cosas? ¿Me atrevo a cuestionar mi nivel de vida, mi generosidad, el tiempo que dedico a quienes no pueden agradecérmelo?  ¿O tengo siempre razones para decir que “¿qué puedo hacer yo”?
Arriesgarse, como decíamos al principio, siempre supone que algo se pierde, o algo se puede perder. A veces hasta la propia vida. Pero Dios hace las cuentas de otra manera: ante Dios nunca se pierde, más que cuando no hemos arriesgado nada, cuando hemos “conservado” lo nuestro para nosotros.  Cuando no nos hemos vestido el traje de fiesta. Dios nos invita a todos a asistir al banquete de la fiesta de su Reino. ¿Estoy dispuesto a aceptar esa invitación, a acogerla sin prejuicios ni condiciones, y a colaborar para que todos participen en ese banquete que nos prepara Dios nuestro Padre?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 10 de octubre de 2026

ESCUCHAR Y HACER



 Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer gritó de en medio de la gente:
– ¡Dichosa la mujer que te dio a luz y te crió!
Él contestó:
– ¡Dichosos más bien los que escuchan el mensaje de Dios y le obedecen!
(Lc 11,27-28)

María aquí también es alabada, porque Ella guardaba todo lo que veía i oía de Jesús en su corazón. Seguir a Jesús es escuchar su Palabra y hacerla realidad en nuestra vida. 
En todo momento debemos preguntarnos qué quiere Dios de nosotros y ponerlo en práctica. Escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

" (...) La sorprendente declaración de Jesús hoy de que “benditos, más bien, los que escuchan la Palabra”, es una confirmación de esto. Quienes escuchan la Palabra y la observan, se han revestido de Cristo. Se han puesto ese uniforme de gracia y bondad, de protección e identidad, que los hace benditos. Escuchar y obedecer tienen muy parecida etimología. Escuchar es superado en sentido por obedecer, que significa “escuchar hacia adelante”, es decir, poner en práctica. Los “uniformados” por el Bautismo en Cristo y la Confirmación en el Espíritu, obedecen. Es decir, escuchan la Palabra y la cumplen, la observan. ¿Es María más o menos bendita? María escuchó y, de hecho, revistió físicamente a Jesús en su seno. Y a su vez, fue revestida por esa Palabra que escuchó en su corazón y que creyó. Por esa doble acción de dar a luz y revestirse, se puede decir que es la más bendita. Pero todos llevamos el mismo uniforme. Hay que mantener, sin embargo, la voluntad de vestirlo todos los días, a toda hora y dignamente. Y para eso, hay que ob-edire, es decir, escuchar cada día la Palabra y observarla. De otra manera, pondríamos en peligro nuestro uniforme y, de alguna manera, nos saldríamos de la comunidad de los salvados."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 9 de octubre de 2026

EL BIEN Y EL MAL

 


Aunque algunos dijeron:
– Beelzebú, el jefe de los demonios, es quien ha dado a este hombre poder para expulsarlos.
Otros, para tenderle una trampa, le pidieron una señal milagrosa del cielo. Pero él, que sabía lo que estaban pensando, les dijo:
– Todo país dividido en bandos enemigos se destruye a sí mismo, y sus casas se derrumban una tras otra. Así también, si Satanás se divide contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su poder? Digo esto porque afirmáis que yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú. Pues si yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú, ¿quién da a vuestros seguidores el poder para expulsarlos? Por eso, ellos mismos demuestran que estáis equivocados. Pero si yo expulso a los demonios por el poder de Dios, es que el reino de Dios ya ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado cuida de su casa, lo que guarda en ella está seguro. Pero si otro más fuerte que él llega y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte sus bienes como botín.
El que no está conmigo está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama.
Cuando un espíritu impuro sale de un hombre, anda por lugares desiertos en busca de descanso; pero, no encontrándolo, piensa: 'Regresaré a mi casa, de donde salí.' Al llegar, encuentra la casa barrida y arreglada. Entonces va y reúne otros siete espíritus peores que él y todos juntos se meten a vivir en aquel hombre, que al final queda peor que al principio.
(Lc 11,15-26)

Si estamos con Jesús no debemos temer al mal. Él nos protege. En nuestro mundo el bien y el mal están mezclados, pero si estamos del lado de Jesús, podemos tener la seguridad de que el bien está con nosotros. El Reino de Dios ya está aquí, con nosotros.
 
"Los mexicanos tienen una expresión muy aguda para el triunfo: “Ya la hice”. Es decir, yo, como se oía antes a menudo: “Ni robo, ni mato…” Ya la hice. Ya alcancé la salvación, como aquel que dice. O, yo creo en Dios y las cosas son entre Dios y yo. Y como ya no hay referente, puedo sentarme cómodamente a verlas venir.
Y entonces uno se vuelve tibio. Bíblicamente, la tibieza no es algo neutro e inofensivo… es causa de maldición. “Maldito quien no persevera”… dice la carta a los gálatas. El problema es que el que no come, acaba muriendo. Quien no se acerca a la Eucaristía acaba muriendo de hambre y ni siquiera se da cuenta de que tenía hambre. Abre la puerta a siete maneras de morir. No perseverar, según Cristo, es invitar al mal— a siete males. Sin darse uno cuenta, se puede uno poner al borde del abismo. Descuidarse, acomodarse, vivir sin la tensión del Padre nuestro que pide cada día que venga el Reino, dejar la Eucaristía, dejar de orar y dejar las buenas obras, es dejar que pasen los siete males, es decir, los pecados capitales: dejarse llevar por la envidia, la pereza, la gula, la ira, lujuria, la avaricia y la soberbia. Lo vemos todos los días y por todas partes y lo vemos en el pensamiento dominante de la relatividad: “lo que te haga feliz”.
En realidad, el primero que había entrado y que deja paso a los demás es la soberbia: “Ya la hice”. Y como ya la hice, lo que me place a mí, centro del mundo, es todo válido. Lo malo es que, a la larga, eso “válido” no satisface; siempre tengo que buscar algo más. La tibieza para con las cosas de Dios me lleva cada vez más lejos de la felicidad auténtica que es estar con Dios. Es la misma necedad a la que se refería ayer Pablo… habiendo comenzado por espíritu… habiendo comenzado por la verdad de Dios, agarrarse a la piedra y la serpiente, que son más fáciles de conseguir que el pan auténtico. Para conseguir el pan de cada día, todo padre y toda madre saben que tienen que trabajar cada día. Para que el Reino venga, todo cristiano sabe que tiene que luchar por lo justo y lo verdadero cada día. Para santificar el Nombre, todos sabemos que tenemos que vaciarnos del propio nombre.
Hay una maldición sobre el que no persevera, pero no es un castigo de un Dios severo e inmisericorde. Es la invitación que hacemos a los siete males. “Ya la hice…” ¿En serio?
(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 8 de octubre de 2026

EL PADRE QUIERE LO MEJOR PARA NOSOTROS

  


También les dijo Jesús:
– Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo, y que a medianoche va a su casa y le dice: 'Amigo, préstame tres panes, porque otro amigo mío acaba de llegar de viaje a mi casa y no tengo nada que ofrecerle.' Sin duda, aquel le contestará desde dentro: '¡No me molestes! La puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme a darte nada.' Pues bien, os digo que aunque no se levante a dárselo por ser su amigo, se levantará por serle importuno y le dará cuanto necesite. Por esto os digo: Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama a la puerta, se le abre.
"¿Acaso algún padre entre vosotros sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado? ¿O de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!"
(Lc 11,5-13)

Jesús nos dice que cuando pidamos al Padre hemos de ser insistentes y constantes. Debemos confiar en Él, sabiendo que quiere lo mejor para nosotros. Si no nos concede una cosa, es porque no es buena para nosotros. Muchas veces hemos oído que la oración de petición no es la mejor. Sin embargo Jesús nos insta a pedir. Y la oración del Padrenuestro es de petición.

" (...) El evangelio insiste con comparaciones exageradas y aparentemente absurdas. ¿Daría un padre una piedra en lugar de pan? Claro, una piedra se puede conseguir a la puerta de casa; para el pan hay que esforzarse… Lo que puede resultar más fácil acaba siendo absurdo y, ciertamente, no lo mejor que puede dar alguien. ¿Tan necios sois? La reducción al absurdo puede ser un argumento potente. Es más fácil ceder a los caprichos de los hijos que darles la disciplina, el control y el orden que necesitarían y que es mejor a largo plazo y más beneficioso para su crecimiento.
Como Dios no es absurdo, nos dice Jesús, siempre da lo mejor. Pero somos nosotros quienes a veces somos absurdos. Pedimos la piedra y la llamamos pan y cuando recibimos lo que de verdad necesitábamos, nos parece que nuestra oración no ha sido escuchada. Una dificultad en el trabajo, un fracaso en una relación, una preocupación por un ser querido quizá no se resuelva como habríamos deseado, pero, si sabemos mirar más dentro, podemos ver la gracia del don mejor que se nos ha dado; el crecimiento en fortaleza, el impulso a servir, la luz de nuestro propio camino, la resurrección que está del otro lado de esta muerte. Lo contrario es la necedad de los gálatas, o el absurdo de llamar pescado a una serpiente, o huevo a un escorpión. Nadie como nuestro Padre sabe lo que necesitamos y lo que es bueno para nosotros."

(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 7 de octubre de 2026

PADRE

  


Estaba Jesús una vez orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de sus discípulos le rogó:
– Señor, enséñanos a orar, lo mismo que Juan enseñaba a sus discípulos.
Jesús les contestó:
– Cuando oréis, decid:
'Padre, santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Danos cada día el pan que necesitamos.
Perdónanos nuestros pecados,
porque también nosotros perdonamos
a todos los que nos han ofendido.
Y no nos expongas a la tentación.'
(Lc 11,1-4)

Los discípulos le piden a Jesús que les enseñe a orar. La respuesta es lo que conocemos como padrenuestro. Orar es decir Padre. Alrededor de esta palabra, de este concepto se encuentra lo que es ser verdadero cristiano. Considerarlo padre es respetarlo, no utilizarlo. Es ver el Reino, ese mundo lleno de Amor. Es esforzarse por cumplir su voluntad. Es saber que todo lo que recibimos es Él quien nos lo da. Es sentirnos perdonados y saber que nosotros también debemos perdonar siempre. Es estar convencidos de que Él está siempre junto a nosotros y nos protege del mal.

"A veces he oído a personas después de confesar: “Sólo me ha dado un Padrenuestro de penitencia”. Parece muy poca cosa. Y sin embargo, es una penitencia perfecta. Jesús les dice a sus discípulos: Cuando oréis, decid, Padrenuestro… Y con eso, ¿Ya está conseguido el perdón y la salvación?
El asunto es que rezar el Padrenuestro consciente y sinceramente, compromete tremendamente y cambia la vida. Santificar el Nombre del Señor es reconocer el señorío de Cristo que se vació a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte… Y eso mismo es lo que se pide a sus seguidores, que no pueden ser mayores que su maestro.
Pedir que venga el Reino es anhelar y trabajar por la justicia, la paz y la vida que es el reinado de Dios. Que se haga su voluntad significa aceptar con la misma alegría y decisión lo que trae la vida y seguir escuchando para ver el camino, que no es siempre fácil. Que se nos dé el pan de cada día supone un abandono en la Providencia y un reconocimiento de que dependemos totalmente de Él y no de nuestras propias fuerzas. El buscar el perdón y extender el perdón exige una humildad y claridad fuertísimas y también pide una generosidad que reconoce cuánto hemos sido perdonados para así poder extender el perdón. Pedir no caer en la tentación y ser librados del mal es caminar vigilantes y de la mano de Dios.
Es todo un programa de vida. Ciertamente, no es una penitencia fácil.
Hoy celebramos también la memoria de Nuestra Señora del Rosario, auxilio de los cristianos en todos sus “lepantos” diarios. El ritmo de la oración “ruega por nosotros”, da fuerza y apoyo para todo momento del día. Es poner las exigencias que vienen de rezar bien el Padrenuestro en manos de la suave y misericordiosa Madre. Es muy bueno y obligatorio cumplir la penitencia. Pero no es “poca cosa”."
(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 6 de octubre de 2026

¿ACCIÓN O CONTEMPLACIÓN?

 


Seguían ellos su camino. Jesús entró en una aldea, donde una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Marta tenía una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies de Jesús, escuchaba sus palabras. Pero Marta, atareada con sus muchos quehaceres, se acercó a Jesús y le dijo:
– Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.
Jesús le contestó:
– Marta, Marta, estás preocupada e inquieta por muchas cosas; sin embargo, solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.
(Lc 10,38-42)

Este texto, de entrada, nos puede caer mal. Marta está trabajando y María no. En cambio, Jesús alaba a María. 
Creo que Jesús no está criticando la acción y alabando el sólo contemplar. La cosa que es necesaria, solamente ella es estar unidos a Jesús. Él quiere que ambas cosas vayan unidas. La acción tiene sentido cuando la hacemos unidos a Jesús. Actuar siempre conscientes de la presencia de Dios. El problema es cuando actuamos por actuar, porque somos incapaces de meditar, de estar sin hacer nada. Vivir constantemente en la presencia de Dios, es ser Marta y María a la vez. 

"¿Está Jesús alabando la holgazanería? Claro que parece que la mejor parte es quedarse sentado escuchando y dejando que otros hagan… Y puede que la actitud de Jesús parezca algo injusta. ¡Pobre Marta! Se afanaba para que todo saliera bien… Y eso es muy bueno. Pero, como de costumbre, parece que Jesús va a algo más profundo. Se trata de elegir entre Dios y uno mismo. Se trata de no buscar todo el protagonismo para sí mismo, y de “quedar bien” haciendo mucho. Se trata de dejar aparcada la ansiedad… “tú te preocupas por muchas cosas…” Una sola es necesaria. Se trata de optar por lo más importante y dejar el protagonismo a Dios.
Y hay algo más en todo esto y la clave se nos da en la primera lectura. Los seguidores de Cristo se alegran de que, al fin, Pablo haya escogido la mejor parte. Que le haya llegado la gracia. Marta se resiente de que María haya escogido la mejor parte. Hay que pasar por encima de las comparaciones, el resentimiento y la envidia para alegrarse del bien de otros. María ha escogido lo mejor. Pablo ha escogido lo mejor. Pero la actitud de los de alrededor es muy distinta: entre el agradecimiento y el resentimiento. Alegrarse del bien del otro es principio de salvación, porque es celebrar la obra de Dios.
Por supuesto que Jesús no condena la actividad, que es necesaria. Pero busca el corazón, con pureza de intención y limpio de resentimientos. Dicen los padres de la Iglesia que siempre tiene que haber Martas y Marías: que se trata de buscar las manos de Marta pero el corazón de María. Un corazón no centrado en la preocupación y la ansiedad, sino en la escucha de Cristo. La acción tiene que brotar de la escucha. La escucha debe llevar a la acción. Pero a Dios no es necesario impresionarle con las buenas obras o la mucha actividad: Él conoce el corazón, como dice el Salmo hoy: tú conoces cuando me siento y cuando me levanto… hasta lo más íntimo. Tú sabes si he elegido la mejor parte que eres Tú, aunque al hacerlo tenga que desarrollar mucha actividad, o he elegido la actividad pero por mí mismo, y sin ti."

(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 5 de octubre de 2026

AMAR A TODOS




 Un maestro de la ley fue a hablar con Jesús, y para ponerle a prueba le preguntó:
– Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Jesús le contestó:
– ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?
El maestro de la ley respondió:
– ‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y ama a tu prójimo como a ti mismo.’
Jesús le dijo:
– Bien contestado. Haz eso y tendrás la vida.
Pero el maestro de la ley, queriendo justificar su pregunta, dijo a Jesús:
– ¿Y quién es mi prójimo?
Jesús le respondió:
– Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó fue asaltado por unos bandidos. Le quitaron hasta la ropa que llevaba puesta, le golpearon y se fueron dejándolo medio muerto. Casualmente pasó un sacerdote por aquel mismo camino, pero al ver al herido dio un rodeo y siguió adelante. Luego pasó por allí un levita, que al verlo dio también un rodeo y siguió adelante. Finalmente, un hombre de Samaria que viajaba por el mismo camino, le vio y sintió compasión de él. Se le acercó, le curó las heridas con aceite y vino, y se las vendó. Luego lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, el samaritano sacó dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: ‘Cuida a este hombre. Si gastas más, te lo pagaré a mi regreso.’ Pues bien, ¿cuál de aquellos tres te parece que fue el prójimo del hombre asaltado por los bandidos?
El maestro de la ley contestó:
– El que tuvo compasión de él.
Jesús le dijo:
– Ve, pues, y haz tú lo mismo.
(Lc 10,25-37)

Amar como lo hizo aquél samaritano. Nos puede ocurrir que, como el sacerdote y el levita pasemos de largo. Los ritos, las normas, la teología no pueden apartarnos de las necesidades de los demás. Si lo hacen, es que estamos enfocando mal nuestra espiritualidad. La oración y el conocimiento, deben acercarnos a los necesitados, proque es allí donde encontramos de verdad a Dios.

"¿Quién es mi samaritano?
El pasaje del Evangelio de hoy es conocidísimo y ha sido ampliamente citado. Toda la encíclica Fratelli Tutti, del papa Francisco, está centrada en esto. Muchas reflexiones y homilías de padres de la Iglesia insisten en el tema. A menudo, las reflexiones más modernas tienden más a enfatizar la necesaria caridad y el auxilio a las necesidades que deben practicar quienes siguen a Cristo. Ponen, por así decir, la moraleja de la parábola sobre nosotros. Así debemos hacer también nosotros. Nosotros debemos ser el “samaritano”. Ponernos en el lugar del “bueno” que hace por los demás, que se sacrifica, que da lo mejor. Y eso, por supuesto, es necesario y laudable. Pero no es suficiente. Quien pregunta a Jesús quién es su prójimo se ha colocado en el lugar de quien tiene buenas intenciones y quiere cumplir la ley del amor. Quiere alcanzar la vida eterna. Pero no lo puede hacer como superhéroe.
La cosa es que no se puede ser samaritano y alcanzar esa vida eterna si antes no hemos tenido un samaritano personal. Se debe dar vuelta a la pregunta. En lugar de “¿Quién es mi prójimo?”, podemos preguntar “¿Quién ha sido y quién es mi samaritano?” Es decir, ¿cómo y cuándo (y casi todos los días) caigo en la cuneta, a veces por mi propia culpa y otras veces por los golpes y vapuleos de la vida? A veces ni siquiera son golpes enormes o faltas enormes, sino los pequeños golpes, fallos, pecados, insultos, persecuciones, o injusticias sufridas o infligidas en otros, los que nos echan a cunetas esperando a que pase el samaritano. ¿De qué cunetas me saca, cada día, el Samaritano?
Reconocer al Cristo que se disfraza de Samaritano es poder “alcanzar la vida eterna”. ¿Quién nos da lo mejor de la vida: el vino que purifica, el aceite que suaviza y que unge para la batalla? Es quien da su propia Sangre, el Ungido de Dios que viene a ungir y a dar a su Espíritu, el óleo de la salvación.
Y ante todo esto, solo se puede dar la respuesta eucarística que sugiere el salmo: Daré gracias a Dios de todo corazón. Es la participación en la Eucaristía: da gracias, conviértete en lo que recibes. Es decir, reconoce al samaritano que viene a curar tus heridas y a llevarte sobre sus hombros, para convertirte en el samaritano que lleva otros. Recibe el pan partido y repartido para ser pan partido y repartido. Y así se alcanza la vida eterna."
(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)