No hay árbol bueno que dé mal fruto ni árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto: no se recogen higos de los espinos ni se vendimian uvas de las zarzas. El hombre bueno dice cosas buenas porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas porque el mal está en su corazón. Pues de lo que rebosa su corazón, habla su boca.
¿Por qué me llamáis ‘Señor, Señor’ y no hacéis lo que yo os digo? Voy a deciros a quién se parece aquel que viene a mí, y me oye y hace lo que digo: se parece a un hombre que para construir una casa cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando creció el río, el agua dio con fuerza contra la casa, pero no pudo moverla porque estaba bien construida. Pero el que me oye y no hace lo que yo digo se parece a un hombre que construyó su casa sobre la tierra, sin cimientos; y cuando el río creció y dio con fuerza contra ella, se derrumbó y quedó completamente destruida.
(Lc 6,43-49)
Nosotros no somos lo que decimos, sino lo que hacemos. Seremos un árbol bueno si damos frutos buenos.
Aguantaremos las tormentas si estamos edificados sobre la roca de la Palabra y la cumplimos y vivimos.
"Los frutos son lo visible, lo palpable, lo que se puede saborear. Pero el origen está en las raíces. Para que los frutos sean buenos es necesario que las raíces estén sanas. ¿Cómo sanar nuestras raíces, los fundamentos invisibles de los que depende la bondad de nuestros frutos? Porque hay frutos, expresiones externas aparentemente buenas, pero que son engañosas. Y es que, trascendiendo la imagen vegetal usada por Jesús, en el caso de la vida humana, los frutos no están solo en el hablar (exclamando, por ejemplo, “¡Señor, Señor!”), sino que a la palabra debe seguir la acción. Y aquí la raíz y el fundamento es la Palabra de Dios, la Palabra encarnada que es Jesús, y que no se limita a hablar, sino que se traduce en un modo de vida, centrado en el amor. Es la acogida, la asimilación y la puesta en práctica de esta Palabra de vida la que sana nuestras raíces y nos permite dar buenos frutos, obras de caridad para la vida del mundo.
Esta Palabra encarnada nos alimenta en el pan y el vino de la Eucaristía, cuerpo y sangre de Cristo. Y no está de más la advertencia de Pablo de no mezclar el pan y el vino eucarísticos con otros sacrificios, que no están orientados al verdadero Dios. Porque también hoy siguen existiendo ídolos con apariencia atrayente, pero que no solo no pueden salvar, sino que contaminan la fe en Cristo y nos apartan del Dios Padre de Jesús. Pienso, por ejemplo, en el peligroso sincretismo de la fe cristiana con prácticas como la Nueva Era, el horóspoco, diversas formas de espiritismo o adivinación, que son formas de participar en dos mesas, de beber de dos cálices, de provocar al Señor, de desconfiar en la fuerza de su amor, manifestada en la cruz."
(José M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)