domingo, 26 de abril de 2026

JESÚS NUESTRA PUERTA

 

 Jesús añadió: Os aseguro que el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que se mete por otro lado, es ladrón y salteador. El que entra por la puerta, ese es el pastor que cuida las ovejas. El guarda le abre la puerta, y el pastor llama a cada oveja por su nombre y las ovejas reconocen su voz. Él las saca del redil, y cuando ya han salido todas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen porque reconocen su voz. En cambio no siguen a un extraño, sino que huyen de él porque no conocen la voz de los extraños.
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir.
Volvió Jesús a decirles: Os aseguro que yo soy la puerta por donde entran las ovejas. Todos los que vinieron antes de mí fueron ladrones y salteadores, pero las ovejas no les hicieron caso. Yo soy la puerta: el que por mí entra será salvo; entrará y saldrá, y encontrará pastos.
El ladrón viene solamente para robar, matar y destruir; pero yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.
(Jn 10,1-10)

Jesús nos dice hoy que Él es la puerta. Entrar en la vida a través de Él, es entrar en la verdadera Vida. Entrar en los verdaderos pastos. Entrar por otro lugar lo hacen los ladrones.
Entrar a través de Jesús es escuchar su Palabra y seguir su Vida. Es entregarnos totalmente como hizo Él. Es Amar con todo nuestro corazón a todos. Es verlo en cada uno de los hombres, de los pequeños, de los perseguidos, de los que sufren...y amarlos de verdad.
 
"El cuarto domingo de Pascua es conocido tradicionalmente como el Domingo del Buen Pastor.  Es un nombre consolidado en la tradición de la Iglesia Católica desde hace siglos. Tiene su origen en el capítulo diez del Evangelio de Juan, donde Jesús se presenta como el «Buen Pastor» que da la vida por sus ovejas. Además de la meditación sobre el Buen Pastor, este domingo ha sido instituido oficialmente para celebrar la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Porque siguen haciendo mucha falta buenos pastores.
La imagen del Buen Pastor tuvo un éxito notable entre los cristianos quienes, ya desde los primeros siglos de la Iglesia, representaron a Jesús como Buen Pastor cargando sobre sus hombros un cordero o una oveja. Esas representaciones se conservan en las catacumbas romanas y en numerosos sarcófagos de distinta procedencia. La imagen sugiere la ternura de Cristo y su amor solícito por los miembros de su comunidad, su mansedumbre y paciencia, cualidades que se asignan convencionalmente a los pastores, incluso su entrega hasta la muerte. Ya sabemos que “el buen pastor da la vida por sus ovejas”.
Puede que, en una realidad urbana sembrada de centros comerciales, semáforos, automóviles y demás, la figura del Buen Pastor que nos presenta este domingo IV de la Pascua no resulte la más actual para captar la hondura de la persona y del mensaje de Jesús. Quizá, por ello mismo, habría que concluir (sin olvidar la imagen clásica que el evangelio de hoy nos presenta) que Jesús es un hilo conductor que nos ofrece la luz necesaria para ver los acontecimientos de la vida, con la mirada de Dios, y es aquel hilo conductor que, cuando se vive conectado a Él, produce inmediatamente la vida.
Jesús, el Buen Pastor, es el nos abre a todo un océano de posibilidades:
– Va por delante de las ovejas. Las llama por el nombre y las saca del redil. Abre la puerta, para que las ovejas salgan y le sigan. Y si cruzas esa puerta, antes o después te acabas encontrando con Jesús. Es como un ascensor por el que los creyentes podemos subir hasta la felicidad del cielo.
– Busca a las ovejas perdidas. Es un psicólogo excelente. Conoce a cada una de sus ovejas. Sabe lo que nos pasa, lo bueno y lo malo. El día de nuestro Bautismo entró en lo más hondo de nuestro corazón y no ha dejado de acompañarnos hasta hoy. Si nos perdemos, porque nos alejamos de Él, consciente o inconscientemente, sale a buscarnos, porque sin ti el rebaño no está completo. Y no para hasta encontrarte.
– Da la vida por las ovejas. Porque las siente como suyas, no es un “mercenario” a sueldo. Cuando llegan los peligros, se pone delante de sus ovejas, para que no sufran nada.
– Las lleva a buenos pastos, donde hay verde hierba y agua abundante, para que reposen y poder curar las heridas. Quiere darte un descanso provechoso, para que recuperes las fuerzas y que sientas en el camino su protección y su cercanía, para que estés seguro. Por eso merece la pena aprovechar y disfrutar del Pan de Vida que nos da en la Eucaristía. La Santa Misa es la ventana que nos permite contemplar la gran fiesta a la que estamos llamados.
Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?
– Seguir al pastor y conocer su voz. Escuchar su Palabra, que está al alcance de la mano cada día. Acompañando al Pastor, intentando vivir como Él, es como mejor se le conoce. Incluso puedes llegar a ser pastor para otros. Como los Apóstoles y los Evangelistas, que recogieron el mensaje de Cristo, para que no se perdiera.
– Dejarnos conducir por Él. Jesús ha abierto el camino, nos ha mostrado cómo se puede llegar a los verdes pastos, y nosotros nos empeñamos en buscar atajos complicados y peligrosos, bebemos de fuentes contaminadas, escuchamos voces embusteras y nos dejamos llevar por pastores que ofrecen felicidad efímera, a coste de la propia vida. No le dejamos al Maestro guiarnos.
– Ser rebaño. En solitario, somos ovejas perdidas. Nuestro Pastor nos quiere junto a otras ovejas. Si estamos perdidos, nos llama por nuestro nombre para que volvamos a Él. Somos únicos e irrepetibles, pero nos quiere junto a nuestros hermanos. Un sólo Pastor y un sólo rebaño. Eso debe recordarnos que no elegimos a los miembros del rebaño. No somos quién para echar a nadie del grupo. Nuestros compañeros de establo nos los da el mismo Cristo. Y no quiera Dios que alguien se haya perdido por mi culpa…
La imagen del Buen Pastor debe evocar en nosotros a esa persona que cuida y protege las ovejas encomendadas a su cuidado. ¿Tengo yo esa sensación de paz, seguridad y confianza que debe darme el sentirme en buenas manos, en las manos de Dios Padre que “pastorea mi alma”?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 25 de abril de 2026

TODOS SOMOS MISIONEROS

 


 Y les dijo: “Id por todo el mundo y anunciad a todos la buena noticia. El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea será condenado. Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre expulsarán demonios; hablarán nuevas lenguas; cogerán serpientes con las manos; si beben algún veneno, no les dañará; pondrán las manos sobre los enfermos, y los sanarán.”
Después de hablarles, el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Los discípulos salieron por todas partes a anunciar el mensaje, y el Señor los ayudaba, y confirmaba el mensaje acompañándolo con señales milagrosas.

Lo que Jesús dice a sus discípulos nos lo dice también a nosotros. Debemos ir por todo el mundo anunciando la Buena Nueva. Él estará con nosotros y nos protegerá. No tiene sentido ser sus discípulos no nos dirigimos a todos, a las "fronteras", a anunciarlo a Él. Si realmente nuestro Amor por Él es grande, no podemos dejarlo para nosotros, debemos compartirlo. Todos somos misioneros, aunque eso no implica salir de nuestro entorno. Debemos anunciarlo allá donde estamos. 

 

"En el camino de la Pascua, nos encontramos con el recuerdo en la liturgia de san Marcos, Evangelista.  Siempre viene bien pensar en la vida de aquellos que nos han dejado por escrito sus vivencias de fe, para que todos conozcamos lo que el Señor quiso revelarles.

Este pasaje, la Ascensión del Señor, constituye el cierre triunfal del Evangelio según San Marcos. Es un texto vibrante que no solo narra el fin del ministerio terrenal de Jesús, sino que establece la hoja de ruta para la Iglesia de todos los tiempos.

«A todo el mundo». Jesús lanza un imperativo que rompe cualquier frontera geográfica, cultural o social: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura». Aquí, el Evangelio no se presenta como un secreto para unos pocos elegidos, sino como una oferta de salvación universal. La frase «a toda criatura» es especialmente poderosa. Sugiere que la Buena Noticia de la victoria sobre la muerte debe resonar en cada rincón de la creación. Para el lector actual, este llamado es una invitación a salir de nuestra zona de confort y ser testimonios vivos de esperanza en un mundo a menudo fragmentado.

Jesús establece una relación directa entre la fe, el bautismo y la salvación. Sin embargo, lo que suele captar más la atención en este pasaje es la lista de «señales”: expulsar demonios, hablar nuevas lenguas, protección contra venenos y sanación de enfermos. Por supuesto, no se trata de convertirnos en magos, sino de ser testigos del Reino de Dios. Porque el que actúa en el nombre de Jesús tiene poder sobre el mal, con una autoridad espiritual que otorga el Espíritu Santo.

Permite, además, comunicarse con todos, porque el Evangelio es capaz de derribar muros y unir a los diversos pueblos, con el lenguaje del amor. Y siempre poniendo en primer lugar el cuidado ¡y la promoción de la vida, porque el Evangelio destaca la integridad y el valor de cada ser humano. Cada vez que ofrecemos consuelo al desesperado, luchamos por la justicia o construimos puentes de diálogo donde hay conflicto, estas señales se vuelven a manifestar.

El pasaje concluye con un detalle fascinante: Jesús asciende al cielo y se sienta a la derecha de Dios, pero no se ausenta. El versículo 20 dice: «Ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían». Esta es la paradoja del cristianismo: Jesús se va para estar más presente que nunca. Ya no está limitado por el espacio y el tiempo de un cuerpo físico, sino que actúa a través de sus discípulos. La misión no es una carga que llevamos solos; es una colaboración donde nosotros ponemos la voz y los pies, y el Señor pone la gracia y el poder.

Este pasaje nos desafía a pasar de la teoría a la práctica. Una fe que no se comunica es una fe que se marchita. Al publicar este comentario, recordamos que la comunidad digital también es «todo el mundo». Que nuestras palabras en red sean, como pedía Jesús, semillas de Evangelio que transformen la vida de quien las lee. «Señor, haz que seamos manos que sanen y voces que anuncien Tu victoria en cada rincón de la tierra.»"

(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)





viernes, 24 de abril de 2026

ALIMENTO I BEBIDA

  


Los judíos se pusieron a discutir unos con otros:
– ¿Cómo puede este darnos a comer su propio cuerpo?
Jesús les dijo:
– Os aseguro que si no coméis el cuerpo del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré el día último. Porque mi cuerpo es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre vive unido a mí, y yo vivo unido a él. El Padre, que me ha enviado, tiene vida, y yo vivo por él. De la misma manera, el que me coma vivirá por mí. Hablo del pan que ha bajado del cielo. Este pan no es como el maná que comieron vuestros antepasados, que murieron a pesar de haberlo comido. El que coma de este pan, vivirá para siempre.
Jesús enseñó estas cosas en la reunión de la sinagoga en Cafarnaún.
(Jn 6,52-59)

Jesús se nos presenta como alimento de salvación. En su tiempo no lo entendieron. ¿Lo entendemos ahora? ¿Nos damos cuenta de que la Eucaristía va más allá de la misa y llena toda nuestra vida. Comer su carne y beber su sangre es hacernos uno con Él. Es hacernos uno con el pobre, con el otro, con nuestro prójimo.

"(...) ¿Qué significa comer hoy el cuerpo y beber la sangre de Cristo? Probablemente, formar parte de un solo cuerpo, de la Iglesia. Vivir unido a todos, por la gracia de Dios. Eso es lo que nos permite la Comunión: encontrar la unidad en la diversidad. Cada uno, siendo como es, puede sentir que, por la fe, podemos vivir en relación con todos. Muchos piensan que sólo es posible estar unidos a los que piensan como yo. Pero Jesús hace posible lo imposible, para unir a todos, porque unidad no es uniformidad. En nuestra Iglesia Católica hay sitio para todos.
Podríamos decir que, gracias al Cuerpo y la Sangre de Cristo, pasamos de la confusión de Babel al entendimiento de Pentecostés, de la división a la unidad. Ese milagro lo consigue la Comunión, porque al compartir el Cuerpo de Cristo comenzamos a compartir la vida con los hermanos. Esa Comunión nos une con toda la Iglesia.
Por eso, la Comunión es alimento para el débil, medicina para el enfermo, impulso para el cansado. Porque nos cuesta creer en la unidad. Por eso tenemos que pedir ese don de sentir la unidad a menudo. Para dar testimonio ante el mundo, porque el mismo Cristo lo quería así (que todos sean uno, como Tú y Yo, Padre, somos uno). Tenemos que dejar de ser “diablos”, dejar de dividir y separar, para ser fuente de unidad.
El fin es vivir por el Señor, permitiendo que el amor de Cristo moldee la existencia de cada creyente hacia la vida eterna y la caridad fraterna, construyendo puentes, en lugar de muros, para unir en la diversidad. Un milagro del pan único, compartido en cada Eucaristía. Y confiar en la intercesión de María, nuestra Madre, que abre la puerta para que entre Jesús en nuestra vida."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 23 de abril de 2026

EL PADRE NOS ATRAE

 


En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
(Jn 6,44-51)

Seguimos con el discurso del Pan de Vida. Hoy Jesús remarca el hecho de que es el Padre quien nos atrae. Es Él quien nos ha llamado. El primer paso es del Padre.
Nosotros debemos dejarnos atraer. Nuestro problema está en que andamos distraídos por mil cosas que no nos dejan oir la llamada del Padre. Es nuestra manera de ver la que nos condiciona el ver al Padre en todo o simplemente no verlo. Jesús nos lo hace ver con su vida. Jesús, dándose como alimento, nos hace ver al Padre.
(En Catalunya hoy es la Festividad de su Patrón San Jorge. El evangelio es otro. Como esta página la sigue mucha gente fuera de Catalunya, mucha gente de Iberoamérica, pongo el evangelio del jueves de la III semana de Pascua, que es el que leerán en sus misas. Perdonadme.)

"“¿Entiendes lo que estás leyendo?” Es una buena pregunta, también para nosotros, cristianos del siglo XXI. No es fácil, sin tener las claves de interpretación, entender la Palabra de Dios. Por eso es oportuno siempre profundizar en el estudio de la Palabra. La formación es fundamental para todo buen cristiano.
El pasaje de Juan nos mete de lleno en el discurso del Pan de Vida. Ese discurso que, en verano, a los sacerdotes nos da muchos problemas, porque hay que predicar sobre ellos casi durante un mes. Allí Jesús destapa una verdad que es profunda sobre cómo se conectan Dios, la fe y la vida para siempre. En estos versículos, el Señor lo dice sin andarse con rodeos, nadie va a Él si el Padre no los atrae. Porque creer es principalmente un regalo de Dios. El Padre es quien da el primer paso, el que toca el corazón del creyente y lo guía hacia el Hijo.
Esta enseñanza nos impulsa a ver cómo Dios actúa sin parar en nuestras vidas. A menudo, pensamos que somos nosotros los que buscamos a Dios, pero este fragmento nos hace ver que, de hecho, Él es quien nos busca primero, nos llama y nos atrae con cariño. Esa atracción es una invitación llena de amor que respeta nuestra libertad, pero que a la vez hace que queramos algo más verdadero y profundo.
Jesús sigue, usando lo que los profetas dijeron: “Todos serán enseñados por Dios”. El verdadero entendimiento de Dios va más allá del intelecto, es una experiencia que se siente muy adentro. Oír al Padre, y aprender a través de Él requiere abrir el corazón, y así dejarse transformar aceptando su querer. La fe, en resumen, no es solo asimilar ideas; implica una relación viviente con Dios, que cambia por completo la vida.
El núcleo del pasaje gira en torno a la declaración de Jesús como el «pan de vida». Al contrario del maná que los israelitas comieron en el desierto, sin evitar la muerte, el pan que Jesús promete nos da la vida eterna. Jesús es el que responde al anhelo más profundo del ser humano, la vida plena y eterna.
Cuando Jesús afirma: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo», revela su identidad divina y su tarea salvífica. Él no es meramente un maestro o profeta, sino el alimento que da vida al mundo. Ese pan se asemeja a su propia carne, anticipando el misterio de la Eucaristía, donde Cristo se ofrece enteramente para salvar a la humanidad. Podemos pensar hoy: ¿qué nos nutre en el día a día? Jesús nos solicita a que vayamos hacia Él, alimentándonos con su palabra y presencia, para hallar la verdadera vida.
En suma, este pasaje es un llamamiento a confiar. Si el Padre nos atrae hacia el Hijo, podemos estar seguros de que nuestra fe está sostenida por el mismo Dios. No andamos solos: somos conducidos, enseñados y nutridos por Él. Aceptar este regalo y vivir en unión con Cristo es la senda hacia la vida eterna, porque Él la ofrece."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 22 de abril de 2026

LA VOLUNTAD DEL PADRE

  


Y Jesús les dijo:
– Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed. Pero, como ya os dije, vosotros no creéis aunque me habéis visto. Todos los que el Padre me da vienen a mí, y a los que vienen a mí no los echaré fuera. Porque no he venido del cielo para hacer mi propia voluntad, sino para hacer la voluntad de mi Padre, que me ha enviado. Y la voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda a ninguno de los que me ha dado, sino que los resucite el día último. Porque la voluntad de mi Padre es que todo aquel que ve al Hijo de Dios y cree en él, tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el día último.
(Jn 6,35-40)

La voluntad del Padre es que todos se salven. Para ello debemos aceptar  a Jesús. Debemos ir a Él. Eso lo conseguiremos mediante la oración, uniéndonos a Él en la Eucaristía. Pero además, sabiéndolo ver en el otro. Amando y entregándonos al otro. Todo lo que hacemos al más pequeño, es a Jesús a quien se lo hacemos.

"No podemos dejar de sorprendernos de los misteriosos caminos que usa nuestro Dios. La persecución contra los primeros creyentes, que podría haber significado el final del Cristianismo, se convierte en el comienzo de la expansión de la fe por todo el mundo. Hasta en Samaría, el lugar de oposición a los judíos por antonomasia, se alegran por la Buena Nueva. Seguramente, porque es algo nuevo, que está avalado por la experiencia de vida de los testigos.
En el Evangelio, sigue el discurso del Pan de Vida. Jesús se presenta con una afirmación que es al mismo tiempo simple y profunda: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”. Con estas palabras, Jesús nos invita a una relación de confianza y entrega total, ofreciendo algo que trasciende lo material: el alimento del alma que satisface para siempre.
El pan es un alimento básico, símbolo de sustento y vida. Pero Jesús, al llamarse a sí mismo “el pan de vida”, nos recuerda que la verdadera satisfacción no proviene solo de lo que comemos o de lo que poseemos, sino de una relación profunda con Él. En un mundo donde la búsqueda de éxito, reconocimiento y placer parece no tener fin, Jesús nos ofrece una alternativa: la paz y la plenitud que nacen de la fe en Él. No es un alimento que se consume y se agota, sino un don eterno, capaz de sostenernos en todos los momentos de nuestra vida.
El pasaje también nos enseña sobre la misión de Jesús: “No he venido para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquél que me envió”. Aquí descubrimos la clave de su mensaje y de nuestra vocación: seguir la voluntad del Padre. Para Jesús, esta voluntad se traduce en ofrecer la salvación a todos los que creen en Él, asegurando que nadie se pierda, sino que todos tengan vida eterna. Estamos llamados a confiar, incluso cuando no comprendemos todos los caminos de Dios. La fe no es un acto de cálculo, sino de entrega plena, confiando en que Dios sabe lo que es mejor para cada uno de nosotros.
Además, este Evangelio nos invita a reflexionar sobre nuestra hambre y sed interior. Muchas veces intentamos llenarnos de cosas pasajeras: dinero, poder, relaciones superficiales. Pero ninguna de éstas puede colmar el vacío del corazón. Solo Jesús puede saciar nuestra hambre más profunda: la de ser amados, comprendidos y redimidos. Al acercarnos a Él, al recibir su palabra y su presencia en la Eucaristía, encontramos esa satisfacción que el mundo no puede ofrecer.
Hoy la Palabra nos llama a hacer de Jesús nuestro sustento diario. Alimentarnos de su amor, de su ejemplo y de su mensaje nos transforma, nos fortalece y nos conduce a la vida eterna. No se trata solo de recibir pasivamente, sino de vivir y compartir ese alimento con los demás, siendo pan que se parte para nutrir al hermano que sufre, al que tiene hambre de justicia y de paz.
Que esta Palabra nos recuerde que Cristo es nuestro verdadero pan, y que al acercarnos a Él con fe, encontramos la plenitud que el mundo no puede dar. Que nuestra vida se convierta en un reflejo de este pan que se entrega, y que, al igual que Jesús, podamos ser instrumentos de amor y vida para todos los que nos rodean. Amén."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

martes, 21 de abril de 2026

EL VERDADERO PAN DEL CIELO

 


 – ¿Y qué señal puedes darnos – le preguntaron – para que, al verla, te creamos? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: ‘Dios les dio a comer pan del cielo.’
Jesús les contestó:
– Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo. ¡Mi Padre es quien os da el verdadero pan del cielo! Porque el pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo.
Ellos le pidieron:
– Señor, danos siempre ese pan.
Y Jesús les dijo:
– Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.

La gente pide a Jesús una señal. Él les dice que Él mismo es la señal. Es el pan que da la vida para siempre. Ir a Él, creer en Él, nos llenará totalmente y no necesitaremos nada más.

"La gente le pidió a Jesús una señal, recordando el maná que sus antepasados recibieron en el desierto. Sin embargo, Jesús les dijo que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo, sino Dios. Ahora, el mismo Dios ofrece el verdadero pan que da vida al mundo. Jesús no es solo alguien que nos da cosas, sino que es el don de Dios mismo.
Jesús dijo: “Yo soy el pan de la vida». Esto significa que Él es el camino hacia Dios, no solo alguien que nos enseña el camino. Quien vaya a Él no tendrá hambre ni sed, porque en Él encontrará la plenitud que nada en este mundo puede dar.
Este mensaje nos hace pensar. ¿Qué es lo que estamos buscando en la vida? En un mundo donde todo es rápido y superficial, es fácil quedarse en lo que nos hace sentir bien momentáneamente. Sin embargo, el Evangelio nos dice que hay un hambre más profunda: el deseo de sentido, de amor verdadero, de vida plena. Solo Jesús puede satisfacer esa hambre.
Este pasaje también nos habla de la Eucaristía. Jesús se entrega a nosotros en la Eucaristía, que es un alimento espiritual que nos hace más fuertes en la fe y nos une más con Dios. Participar en la Eucaristía no es solo un rito, sino un encuentro que nos cambia la vida.
La gente le dijo a Jesús: “Señor, danos siempre de ese pan». Esto es algo que también deberíamos pedir. Reconocer que necesitamos a Dios es el primer paso para recibir su don. Cuando nos acercamos a Jesús con fe, descubrimos que Él nos da una vida nueva, llena de esperanza y sentido.
Así, este relato nos invita a ir más allá de lo superficial y a encontrar en Jesús el verdadero alimento que nos sostiene y transforma la vida, la fuente del amor. “El amor es nuestro verdadero destino. No encontramos el sentido de la vida por nosotros solos, lo encontramos con otro.” (Thomas Merton). Que hoy lo vivas, lo des y lo recibas."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad redonda)

lunes, 20 de abril de 2026

JESÚS PAN DE VIDA

 


Al día siguiente, la gente que permanecía en la otra orilla del lago advirtió que los discípulos se habían ido en la única barca que allí había, y que Jesús no iba con ellos. Mientras tanto, otras barcas llegaron de la ciudad de Tiberias a un lugar cerca de donde habían comido el pan después de que el Señor diera gracias. Así que, al no ver allí a Jesús ni a sus discípulos, la gente subió a las barcas y se dirigió en busca suya a Cafarnaún.
Al llegar a la otra orilla del lago, encontraron a Jesús y le preguntaron:
– Maestro, ¿cuándo has venido aquí?
Jesús les dijo:
– Os aseguro que vosotros no me buscáis porque hayáis visto las señales milagrosas, sino porque habéis comido hasta hartaros. No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. Esta es la comida que os dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él.
Le preguntaron:
– ¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?
Jesús les contestó:
– La obra de Dios es que creáis en aquel que él ha enviado.
(Jn 6,22-29)

A Jesús lo buscan porque les ha dado pan hasta saciarse. Él les dice que hay un pan más necesario que el material. Un pan que es Él mismo: un pan de vida, la Eucaristía, su cuerpo y su sangre entregados por nosotros.

"Lo sabemos desde siempre: seguir a Cristo puede ser perjudicial para la salud. Que se lo digan a san Esteban, que va a morir apedreado por ser fiel al Señor. Que le pregunten a los grupos de católicos secuestrados en Nigeria la noche de Pascua, por acudir a la Vigilia al templo. Por ejemplo.
Incluso en Navidad, la Liturgia nos recuerda que la vida y la muerte están unidas, celebrando a san Esteban el día después de celebrar el Nacimiento de Cristo. Los mártires nos recuerdan que se puede ser fiel hasta el final. Hasta dar la vida, como hizo el Maestro. Ya lo dijo Jesús, “el discípulo no es más que su maestro”. Con Esteban se repiten los prejuicios, las envidias, los falsos testimonios y, al final, la muerte injusta de un justo. Nada nuevo bajo el sol.
Esteban estaba lleno de gracia y de poder, porque había encontrado la fuerza en la resurrección de Cristo. Esteban creyó en el Enviado de Dios, y lo hizo de verdad. Sin vacilaciones. Como un verdadero discípulo.
Nosotros vivimos en un mundo “gaseoso”, “líquido”, “relativista”, en el que nos cuesta ser fieles y constantes. La inmediatez nos va llevando y se nos olvida lo importante. Pasa lo mismo en la relación con Dios. La crítica de Jesús puede seguir siendo justa: “me buscáis porque habéis comido pan hasta saciaros”. En el grupo de seguidores de Jesús los había muy fieles, y había otros que estaban con el Maestro por el interés o por curiosidad. Comer de balde o ver milagros es siempre interesante. Pero por el interés o por la curiosidad no se puede ser mártir. Ni ser un verdadero discípulo, cuando las cosas vienen mal dadas.
La pregunta de los contemporáneos de Jesús: «¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?», es muy actual. Creer en Jesucristo, en el Enviado del Padre, es la mejor manera de realizar las obras de Dios. ¿Cómo podemos traducir estas palabras en nuestras vidas, hoy?
Podemos empezar amando a Dios y al prójimo. Para un cristiano actual, esto significa que cada acción —desde decisiones éticas en el trabajo hasta la manera de relacionarnos con otros— debería reflejar este amor.
En el siglo XXI, las tentaciones y distracciones son muchas: consumismo, redes sociales, presión por el éxito, etc. Las “obras de Dios” implican practicar la integridad y la honestidad, cultivar la humildad y el servicio, buscar la justicia y la misericordia en nuestra comunidad. Esto se refleja en acciones concretas: voluntariado, si es posible, ayuda al necesitado, defensa de los vulnerables, respeto por el medio ambiente y la verdad, por ejemplo.
Hoy, realizar las obras de Dios no se limita a actividades “religiosas”, Se puede ser un ejemplo de perdón y reconciliación en conflictos. O ser generoso y compasivo, incluso en pequeñas cosas.
Para saber qué obra concreta hacer en cada momento, es importante orar cada día, leer y rezar con la Biblia. Esto ayuda a no actuar solo por impulso, sino de manera alineada con la voluntad de Dios."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)