domingo, 13 de septiembre de 2026

PERDONAR SIEMPRE

  


Entonces Pedro fue y preguntó a Jesús:
– Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si me ofende? ¿Hasta siete?
Jesús le contestó:
– No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el reino de los cielos se puede comparar a un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Había comenzado a hacerlas, cuando le llevaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, a fin de saldar la deuda. El funcionario cayó de rodillas delante del rey, rogándole: ‘Señor, ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo dejó ir en libertad.
Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y lo ahogaba, diciendo: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero se echó a sus pies, rogándole: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que le hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. Esto disgustó mucho a los demás compañeros, que fueron a contar al rey todo lo sucedido. El rey entonces le mandó llamar y le dijo: ‘¡Malvado!, yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues también tú debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Tanto se indignó el rey, que ordenó castigarle hasta que pagara toda la deuda.
Jesús añadió:
– Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.
(Mt 18,21.35)

Perdonar es indispensable para vivir en paz. Si no perdonamos, con el primero que no vivimos en paz es con nosotros mismos. Dios nos perdona siempre. Nosotros también debemos hacerlo.

" (...) El de hoy es uno de esos Evangelios con los que todos podemos, en principio, estar de acuerdo, pero que nos cuesta llevar a la práctica. Porque lo que más nos sale es lo contrario, el recordar las ofensas, y no perdonar sin condiciones: ¿Es el perdón una actitud de gente débil? ¿Tengo que ser tonto para ser bueno? ¿No hay momentos en los que uno, incluso teniendo la mejor voluntad, decimos Esto es demasiado? Basta con recordar, por ejemplo, la fecha del 11 de septiembre… Lo más normal es vengarse cuando uno puede, o al menos, guardar el rencor hasta mejor momento. La venganza es el placer del ofendido y el odio rencoroso, el único patrimonio seguro del más débil. La ira es muy dañina. Nos vuelve demonios. Propio de los demonios es vivir siempre encolerizados. Por eso, la mansedumbre es la virtud que más odian los demonios.  La cólera oscurece el alma, el espíritu: por ese motivo hay que cortar de raíz los pensamientos de cólera; no abandonarse a ellos.
Para recordarnos hacia dónde tenemos que tender, estos textos nos llaman a contemplar la actitud de Dios para con el pecador. El reconocimiento de ese Dios misericordioso debe crear en nosotros un corazón semejante al suyo. Porque lo que demuestra fortaleza y grandeza de espíritu, madurez humana y cristiana, no es vengarse, sino perdonar, y romper la espiral de odio y de violencia con el amor reconciliador. Para sentirnos amados, necesitamos experimentar el perdón. Y gracias al ejemplo de Cristo, perdonar es siempre posible para el cristiano. Por lo menos, sabemos que es posible, y que debemos tender hacia ello.
La comunidad cristiana tiene que ser un lugar de perdón, empezando por ella misma. El perdón fraterno es una tarea que, día a día, tenemos que llevar a cabo. Ahí estuvo el problema del siervo que no supo perdonar, igual que le habían perdonado a él.
La pregunta de Pedro en el Evangelio quizá también nosotros nos la hayamos hecho: ¿cuáles son los límites del perdón ante la ofensa? Yendo más allá que los rabinos de la época, que determinaban que el perdón podía extenderse a tres o cuatro casos, Pedro propone para las ofensas la cifra de siete veces.
Jesús va aún más allá. La cifra que el Antiguo Testamento asignaba a la venganza de Lamec, consecuencia de la violencia desencadenada por Caín (Gn 4, 34) se saca de este contexto y se inserta como la respuesta adecuada a la pregunta de Pedro. La venganza ilimitada ante la violencia se transforma por tanto en perdón ilimitado expresado por idéntico número: setenta veces siete.
La parábola relatada para fundamentar esta exigencia presenta a tres personajes: un rey, un empleado y un compañero de este último. Se está hablando respectivamente de Dios, de un ofendido y de su ofensor. Sin embargo, el ofendido es, a la vez deudor y su deuda es considerablemente más grande que la deuda de su compañero.
Estos son los datos esenciales sobre los que se construye el relato. Se parte de la constatación que delante de Dios todos somos deudores insolventes. Nuestra deuda respecto a Él es inconmensurable, como la parábola cuida de precisar hablando de “millones”. Cuando el rey exige el pago de la deuda, el empleado no puede, y ante la justa decisión del acreedor que manda “que lo vendieran a él, con su mujer, sus hijos y posesiones” recurre a la súplica que cambia la decisión real precedente: “tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar perdonándole la deuda”.
Aquí encontramos la fuente desde donde se origina todo perdón. Más allá de nuestras categorías de justicia e injusticia, Dios afirma con su actuación la prioridad del perdón. A esta generosidad sin límites corresponde en el plano humano la violencia frente a otro que tiene una deuda ridícula para con el que ha sido perdonado de una deuda millonaria. Este último emplea la misma arma utilizada por su compañero delante del rey. También él “se echó a sus pies”, también él suplica con las mismas palabras: “Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo”. Pero a diferencia del anterior acreedor, el empleado arroja al compañero a la cárcel.
Esta violencia produce en los “compañeros” una profunda tristeza. Ante el acreedor que no ha querido participar el perdón recibido sólo queda el recurso de hacérselo saber al rey. Este pronuncia entonces la sentencia definitiva. En su fundamento se señala lo que era el deber de su servidor. Este debía ser movido por la misericordia que él había experimentado pero su corazón endurecido le ha impedido aceptarla y, por consiguiente, no podrá sentir los efectos de ella en su vida. De allí la sentencia: “indignado lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda”.
Aquí se pone de manifiesto hasta qué punto debe marcarnos a nosotros, como comunidad, la huella de la actuación de Dios. La existencia de cada cristiano se realiza ante la mirada vigilante del Padre, cuyo juicio tiene siempre presente la actuación solidaria respecto a los demás hermanos. No ser capaz de perdonar, significa no haber entrado verdaderamente en el ámbito de la comunión divina. No compartir el perdón con los demás es índice claro de que se ha interrumpido la comunicación con Dios, que es fuente de todo perdón.
Un dato importante: el perdón tiene razón de ser cuando el deudor moral es todavía deudor. Hay que apresurarse a perdonar antes de que el deudor haya pagado. Y ¡por nada a cambio! ¡Gratuitamente! ¡Porque sí! El ofendido renuncia, sin estar obligado a ello, a reclamar lo que se le debe y a ejercer su derecho.
Perdonamos sin razones suficientes. Si para perdonar hubiera que tener razones, también habría que tenerlas para creer. Si perdonamos es porque no tenemos razones. Las razones del perdón suprimen la razón de ser del perdón. No hay derecho al perdón. No hay derecho a la gracia. El perdón es gratuito, como el amor. Setenta veces siete. Siempre. Perdona."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 12 de septiembre de 2026

BUENOS FRUTOS

 

No hay árbol bueno que dé mal fruto ni árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto: no se recogen higos de los espinos ni se vendimian uvas de las zarzas. El hombre bueno dice cosas buenas porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas porque el mal está en su corazón. Pues de lo que rebosa su corazón, habla su boca.
¿Por qué me llamáis ‘Señor, Señor’ y no hacéis lo que yo os digo? Voy a deciros a quién se parece aquel que viene a mí, y me oye y hace lo que digo: se parece a un hombre que para construir una casa cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando creció el río, el agua dio con fuerza contra la casa, pero no pudo moverla porque estaba bien construida. Pero el que me oye y no hace lo que yo digo se parece a un hombre que construyó su casa sobre la tierra, sin cimientos; y cuando el río creció y dio con fuerza contra ella, se derrumbó y quedó completamente destruida.
(Lc 6,43-49)

Nosotros no somos lo que decimos, sino lo que hacemos. Seremos un árbol bueno si damos frutos buenos.
Aguantaremos las tormentas si estamos edificados sobre la roca de la Palabra y la cumplimos y vivimos.

"Los frutos son lo visible, lo palpable, lo que se puede saborear. Pero el origen está en las raíces. Para que los frutos sean buenos es necesario que las raíces estén sanas. ¿Cómo sanar nuestras raíces, los fundamentos invisibles de los que depende la bondad de nuestros frutos? Porque hay frutos, expresiones externas aparentemente buenas, pero que son engañosas. Y es que, trascendiendo la imagen vegetal usada por Jesús, en el caso de la vida humana, los frutos no están solo en el hablar (exclamando, por ejemplo, “¡Señor, Señor!”), sino que a la palabra debe seguir la acción. Y aquí la raíz y el fundamento es la Palabra de Dios, la Palabra encarnada que es Jesús, y que no se limita a hablar, sino que se traduce en un modo de vida, centrado en el amor. Es la acogida, la asimilación y la puesta en práctica de esta Palabra de vida la que sana nuestras raíces y nos permite dar buenos frutos, obras de caridad para la vida del mundo.
Esta Palabra encarnada nos alimenta en el pan y el vino de la Eucaristía, cuerpo y sangre de Cristo. Y no está de más la advertencia de Pablo de no mezclar el pan y el vino eucarísticos con otros sacrificios, que no están orientados al verdadero Dios. Porque también hoy siguen existiendo ídolos con apariencia atrayente, pero que no solo no pueden salvar, sino que contaminan la fe en Cristo y nos apartan del Dios Padre de Jesús. Pienso, por ejemplo, en el peligroso sincretismo de la fe cristiana con prácticas como la Nueva Era, el horóspoco, diversas formas de espiritismo o adivinación, que son formas de participar en dos mesas, de beber de dos cálices, de provocar al Señor, de desconfiar en la fuerza de su amor, manifestada en la cruz."
(José M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 11 de septiembre de 2026

ILUMINAR

  

Jesús les puso esta comparación: ¿Acaso puede un ciego servir de guía a otro ciego? ¿No caerán los dos en algún hoyo? El discípulo no es más que su maestro: solo cuando termine su aprendizaje llegará a ser como su maestro.
¿Por qué miras la paja que tiene tu hermano en el ojo y no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo? Y si no te das cuenta del tronco que tienes en tu ojo, ¿cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame sacarte la paja que tienes en el ojo'? ¡Hipócrita!, saca primero el tronco de tu ojo y así podrás ver bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
(Lc 6,39-42)

Para guiar hay que ver. Un ciego no puede guiar. Y lo primero que hay que ver son nuestros propios defectos. Estos son los que no nos dejan ver. Juzgamos a los demás a través de nuestros defectos. Así no podemos ver la realidad del otro. Para iluminar, debemos tener luz.
 
"¿Cuál es mi motivación para anunciar el evangelio? ¿Cuál es mi paga? Es evidente que se puede uno dedicar a la loable misión de evangelizar por motivos no del todo puros. No es difícil recordar que el peligro del fariseísmo también amenaza a los cristianos. Podemos usar nuestro compromiso cristiano, el puesto que ocupo en la parroquia, en Cáritas, el ministerio sacerdotal y, en definitiva, cualquiera de las numerosas vocaciones cristianas, en beneficio propio, como medio de auto afirmación, de realización, de alcanzar cotas de poder… También los discípulos de Jesús se disputaban entre sí los mejores puestos (los que ellos se imaginaban que iban a ser). Por eso es tan imporante la afirmación, casi un lamento, de Pablo: “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” Se ve que la tarea evangelizadora se había vuelto para él una pesada cruz. Y eso le ayudaba a purificar sus motivaciones. Al final, la única motivación válida es que el mismo testimonio cristiano es el único modo de participar de los bienes que anuncia y proclama. No es posible hacer de la fe cristiana una propiedad privada. Si no se anuncia, si no se testimonia, no es verdadera. Y esto supone decisiones difíciles y también renuncias, que, no obstante, valen la pena, esa pena implicada en ellas.
Y es que anunciar el Evangelio es anunciar la luz. Y si no se hace con ese mismo espíritu evangélico que se proclama, podemos convertirnos en ciegos que niegan con su vida lo que proclaman con sus palabras, y llevan así a muchos a renunciar y a negar lo que ven que testimoniamos sin convicción, sin autenticidad; ciegos que guían a ciegos y los hacen caer en el pozo. Ser discípulo es reconocerse ciego, pero que ha sido curado, que ha visto la luz. Y esa curación es un periodo de aprendizaje en el que hay que dejarse curar, es decir, enseñar y corregir, para poder llegar a ser como el maestro. Aunque, sinceramente hablando, nunca estamos a la altura del Maestro, Jesús, y nuestro aprendizaje no termina nunca, mientras estemos en este mundo. Pero la curación sí tiene lugar, y sólo entonces podemos guiar a otros con fidelidad, sin caer en el pozo, y corregir a los que lo necesitan, porque nosotros mismos nos hemos dejado corregir y estamos abiertos a nuevas correcciones. Se trata, en definitiva, de vivir el misterio del amor de una manera responsable y humilde, para poder llegar a ser así, no solo de palabra, sino también de obra, verdaderos testigos del Evangelio."
(José M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 10 de septiembre de 2026

AMOR TOTAL

 


Pero a vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os insultan. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite la capa déjale que se lleve también tu túnica. Al que te pida algo dáselo, y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames. Haced con los demás como queréis que los demás hagan con vosotros. Si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡Hasta los pecadores se portan así! Y si hacéis bien solamente a quienes os hacen bien a vosotros, ¿qué tiene de extraordinario? ¡También los pecadores se portan así! Y si dais prestado sólo a aquellos de quienes pensáis recibir algo, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡También los pecadores se prestan entre sí esperando recibir unos de otros! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y dad prestado sin esperar nada a cambio. Así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Dios altísimo, que es también bondadoso con los desagradecidos y los malos. Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo.
No juzguéis a nadie y Dios no os juzgará a vosotros. No condenéis a nadie y Dios no os condenará. Perdonad y Dios os perdonará. Dad a otros y Dios os dará a vosotros: llenará vuestra bolsa con una medida buena, apretada, sacudida y repleta. Dios os medirá con la misma medida con que vosotros midáis a los demás.
(Lc 6,27-38)

Amar a nuestros enemigos, a aquellos que nos hacen daño, nos parece imposible. No lo conseguiremos inmediatamente, pero es un horizonte hacia el que debemos tender. Si reflexionamos y meditamos. Si rezamos por ellos, acabaremos comprendiendo su forma de actuar y podremos acabar amándolos. Siempre que no juzguemos. Y debemos ser compasivos. El concepto de compasión lo entendemos erróneamente. Nos parece que el que se compadece está por encima del compadecido. Etimológicamente, compadecer es "padecer con". Es estar al lado del otro, hacerse uno con el otro. La compasión verdadera nos une unos a otros.

"También podríamos decir que nada hay más exigente que el amor. No hay ley, por dura y estricta que sea, que exija tanto como el mandamiento del amor, que, como ilustra Jesús hoy con tanta claridad, nos pide una entrega sin reservas y sin límites, dispuestos incluso a renunciar a lo que nos pertenece. Y esa entrega no es solo a los cercanos, a los que estamos inclinados a amar de manera natural, sino también a los que, por el contrario, de manera natural despiertan en nosotros sentimientos de rechazo y de odio. Jesús parece pedirnos un imposible. ¿Quién tiene fuerzas para amar con un amor así? En realidad, después de proclamar las bienaventuranzas, Jesús desgrana las consecuencias de ese nuevo mundo de valores que él mismo está inaugurando. Y más que proponernos exigencias desorbitadas de imposible cumplimiento, nos anuncia el amor en acto con el que Dios ya nos está amando. Es Dios, en Cristo, el que ama a sus enemigos, que somos nosotros cuando pecamos; es él el que se deja pegar en la mejilla, y se despoja de todo, de su capa y de su túnica, para, desnudo, entregar su vida en la cruz. Dios, en Jesús, nos ama con un amor compasivo, que no nos juzga, sino que nos perdona, y nos da sus dones con una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. Justo es que, enriquecidos de tal manera, tratemos de responder con una medida semejante.
Dios nos ama porque nos conoce. Nosotros solo podemos conocer de verdad si estamos en disposición de amar. Ese amor nos hace libres de los dioses y señores de este mundo, de sus ídolos y falsos salvadores. Pero esa libertad, al mismo tiempo, nos hace esclavos, servidores de nuestros hermanos. No nos servimos de esa libertad para escandalizar, sino para servir, y ello nos puede llevar a renunciar a ciertas expresiones de nuestra libertad si con ellas escandalizamos y perjudicamos a nuestros hermanos más débiles.
Hay una expresión de la espiritualidad clásica que casi ha caído en desuso, pero que estaría bien recuperar: la edificación. El que ama con libertad y con espíritu de servicio edifica a sus hermanos y edifica la comunidad cristiana, la Iglesia y el cuerpo de Cristo."
(José M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 9 de septiembre de 2026

POBRES POR EL REINO

 


Jesús miró a sus discípulos y les dijo:
Dichosos vosotros los pobres, porque el reino de Dios os pertenece.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis satisfechos.
Dichosos los que ahora lloráis, porque después reiréis.
Dichosos vosotros cuando la gente os odie, cuando os expulsen, cuando os insulten y cuando desprecien vuestro nombre como cosa mala, por causa del Hijo del hombre. Alegraos mucho, llenaos de gozo en aquel día, porque recibiréis un gran premio en el cielo; pues también maltrataron así sus antepasados a los profetas.
Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis tenido vuestra alegría!
¡Ay de vosotros los que ahora estáis satisfechos, porque tendréis hambre!
¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque vais a llorar de tristeza!
¡Ay de vosotros cuando todos os alaben, porque así hacían los antepasados de esta gente con los falsos profetas!
(Lc 6,20-28)

Estos dichosos y estos ay! de hoy no acabamos de entenderlos. Seguimos buscando la riqueza, comer opíparamente, reír cuanto más mejor, y que nos consideren importantes y nos alaben. 
Jesús, sin embargo, dice lo contrario de lo que nosotros buscamos. El quiere que vivamos en plenitud. Que vivamos amando, entregados, aunque esto nos suponga ser pobres, pasar dificultades, ser odiados...No alaba la pobreza por la pobreza. Alaba la entrega total. El Amor a todos.

martes, 8 de septiembre de 2026

NATIVIDAD DE MARÍA

 


El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».»
(Mt 1, 18-23)

Hoy celebramos el nacimiento de María del cual no nos dice nada el Evangelio. Pero nosotros siempre hemos celebrado los nacimientos de nuestros seres queridos y amigos. Como amamos a María, también lo celebramos. Además, este día, es el inicio de lo que será la venida al mundo al Hijo. Esa muchacha sencilla, desposada con José, gracias a su SÍ, permitió nuestra salvación. 
En Catalunya hoy celebramos lo que llamamos las Vírgenes "encontradas". Un pastor, imágenes escondidas seguramente para protegerlas, las encontraba un día: Nuria, Queralt, Falgars, Tura...
Sobre todo, imitemos la humildad de María que aceptó la voluntad de Dios para con Ella.

"Del nacimiento de la Virgen María sólo tenemos la certeza de que tuvo lugar, no sabemos (más que muy aproximadamente) ni dónde ni cuándo. La Biblia no nos da ninguna noticia sobre este hecho. Pero el papel central de María en el acontecimiento de la salvación: su entrega total a la voluntad de Dios, su sí a ser madre del Emmanuel, el nacimiento virginal, su vida como fiel discípula de Jesús, hasta la cruz, y como madre de la Iglesia, todo ello espoleó el deseo de saber sobre ella ya en las primeras generaciones cristianas. Y de ahí surgieron muy pronto imágenes de María (en las catacumbas de Santa Priscila en Roma, a mitad del siglo II), invocaciones, como el “Sub tuum praesidium”, cuyo texto, que sepamos, data del año 250, pero probablemente era recitado mucho antes, y otras piadosas tradiciones, como la que da nombre a sus padres (san Joaquín y santa Ana, según el protoevangelio de Santiago, de mitad del siglo II), y que la hace nacer en Jerusalén, pues a nadie como a ella le cuadra el título de “Hija de Jerusalén”. La misma fiesta de la Natividad de María surgió algo más tarde, en el siglo V en Jerusalén, en el lugar que la tradición situó como el de su nacimiento, en la actual basílica de Santa Ana.
Naturalmente, los espíritus críticos tuercen el gesto ante estas piadosas tradiciones, sin aparente base científica. Pero el hecho de que, como vemos en ellas, todas las generaciones de cristianos se han interesado por María, tratando de ir más allá de los pocos –pero preciosísimos– datos que nos ofrece el Nuevo Testamento, habla de un amor verdadero, y, además (sobre la base de esos datos) bien fundamentado. Y, como no conocemos las fuentes que alimentan esas tradiciones nacidas del amor, tampoco tenemos por qué excluir de ellas testimonios que llegarían hasta el periodo prepascual.
En todo caso, la Iglesia nos invita a celebrar esta fiesta, a engancharnos a esta tradición, a alegrarnos con esta Natividad (título reservado a los nacimientos de Jesús, Juan el Bautista y María), a alegrarnos con el nacimiento de la Hija de Sión, de la que nació el Emmanuel, el Dios con nosotros. “Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”. Sí, hay motivos para la fiesta, para la alegría."
(José M. Vegas cmf, Ciudad redonda)

lunes, 7 de septiembre de 2026

HACER EL BIEN ANTE TODO

  

Sucedió que otro sábado entró Jesús en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había en ella un hombre que tenía la mano derecha tullida; y los maestros de la ley y los fariseos espiaban a Jesús, por ver si lo sanaría en sábado y tener así algún pretexto para acusarle. Pero él, sabiendo lo que estaban pensando, dijo al hombre de la mano tullida:
– Levántate y ponte ahí en medio.
El hombre se levantó y se puso de pie, y Jesús dijo a los demás:
– Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?
Luego miró a todos los que le rodeaban y dijo a aquel hombre:
– Extiende la mano.
El hombre la extendió y su mano quedó sana. Pero los demás se llenaron de ira y comenzaron a discutir lo que podrían hacer contra Jesús.
(Lc 6,6-11)

Nada puede impedirnos hacer el bien a los demás. Ni siquiera las leyes pueden impedirlo. Jesús nos lo enseña hoy poniendo la curación de un hombre, pro encima de la ley del sábado. Nosotros encontramos mil excusas para desentendernos de los emigrantes, de los pobres, del tercer mundo, de los enfermos... Hacer el bien pasa delante de todo.

"¿Qué es el sábado? ¿Cuál es su sentido? ¿Se trata de una norma positiva que debe ser observada de manera ciega? ¿Por qué hacer el bien en sábado ponía furiosos a los fariseos? Los judíos consideraban esta norma en la práctica la más sagrada (junto al “Shemá Israel”), porque hasta el mismo Dios, que descansó el séptimo día, se sometía a ella. Pero, al interpretarla en su literalidad, perdían de vista su sentido profundo: el Sabbat representaba la consumación de la obra creadora de Dios, la entrada en el descanso divino que no era otra cosa que la plenitud de la salvación, de la vida eterna. Y es esa plenitud la que anticipa Jesús cuando en sábado sana, salva y da vida. No solo no infringe el sábado, sino que lo realiza y pone de manifiesto su verdadero sentido. De ahí la afilada y desafiante pregunta que dirige hoy a los fariseos, tratando de abrirles los ojos a la presencia actual de la salvación en su persona y en sus acciones.
Nuestros sábados son sólo la expresión de nuestro anhelo de alcanzar ese sábado real del descanso divino, en la comunión con Dios y los hermanos. Pero, de momento, estamos sólo en camino. Y respetar el sábado, que para nosotros es el domingo, el primer día de la semana, el día de la nueva creación por la resurrección de Jesús de entre los muertos, consiste en no cansarse de hacer el bien, como nos enseña Jesús. Hay que descansar, ciertamente, del trabajo, para recordar que no somos esclavos de nuestras necesidades materiales; pero no de las obras del amor, precisamente porque somos libres.
Y hacer el bien significa también luchar evangélicamente, pero con decisión, contra el mal en todas sus formas, también esas que anidan entre nosotros. Hacer el bien no es adoptar actitudes “buenistas”, que cierran los ojos ante el mal, haciendo como que no existe. Pablo nos da hoy un buen ejemplo de ello. Ante comportamientos intolerables e incompatibles con el Evangelio hay que tomar medidas, en ocasiones fuertes y dolorosas, pero que miran al bien de los pecadores y también de la comunidad, que podría acabar sucumbiendo ante el mal por falta de reacción. A veces asumimos actitudes románticas y blandas, que consideran poco evangélicas cosas como, por ejemplo, la disciplina de la Iglesia, que incluye en su derecho un capítulo sobre los delitos y las penas. Pero ya vemos que en la primerísima generación cristiana existía algo parecido a ello, que es también en ocasiones, y precisamente porque estamos de camino, una verdadera exigencia evangélica."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)