martes, 18 de agosto de 2026

DEJARLO TODO



 Jesús dijo entonces a sus discípulos:
– Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Os lo repito: le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios. Al oírlo, sus discípulos se asombraron más aún, y decían:
– Entonces, ¿quién podrá salvarse?
Jesús los miró y les contestó:
– Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios.
Pedro entonces añadió:
– Nosotros, que hemos dejado cuanto teníamos y te hemos seguido, ¿qué vamos a recibir?
Jesús les respondió:
– Os aseguro que cuando llegue el tiempo de la renovación de todas las cosas, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono glorioso, vosotros, que me habéis seguido, os sentaréis también en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todos los que por causa mía hayan dejado casa, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras, recibirán cien veces más, y también recibirán la vida eterna. Muchos que ahora son los primeros, serán los últimos; y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros.
(Mt 19,23-30)

Seguir a Jesús es dejarlo todo. Es luchar por la única riqueza verdadera: el Amor a Dios y al prójimo. La sencillez, la humildad, son más importantes que el éxito, la riqueza, el poder. El que se hace pequeño era el más grande. El último será el primero.

"Damos un paso más en el tema de la riqueza. Del dinero en realidad. Un gran invento que resuelve los problemas de trueque y facilita el comercio y la convivencia. No ocurrió un buen día. Se necesitaron siglos para que se desarrollara, hasta llegar a la forma actual.
En realidad es una herramienta muy útil, pero sucede que, como tantas cosas útiles y buenas, desde muy pronto se pervirtió. Aristóteles distinguía dos formas de usar el dinero: como un medio para obtener bienes necesarios para vivir (comida, techo, ropa) o pervertirlo venerando a la herramienta como a un dios o, como en el caso del rey de Tiro, considerándose a si mismo dios por su ingenio comercial y sus ingentes riquezas.
El joven rico se preciaba de haber cumplido los mandamientos desde la niñez. En realidad no había comprendido bien ni siquiera el primer mandamiento. Cuando Jesús le dice: «Vende lo que tienes, dalo a los pobres… y sígueme»  lo lleva al núcleo:  «Yo soy el Eterno”, «Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas», el joven se aleja: su verdadero dios es el dinero.
Jesús deja espantados a los discípulos al comparar la dificultad de un rico para entrar al reino de los cielos con la imposibilidad de entrada de un camello por el ojo de una aguja. ¿Quién podrá salvarse? Una pregunta que hoy tenemos que hacernos, hasta con una cierta angustia, porque disfrutamos de unas posibilidades y un bienestar inéditos en la historia y también en gran parte del planeta que no ha alcanzado los niveles del occidente desarrollado. Una cultura del disfrute, el consumismo, el gusto por la novedad y la seducción de una publicidad que ofrece felicidad, seguridad, posición social…
Reponde Jesús tranquilizándolos: lo imposible para nuestra pobre humanidad no lo es para Dios. Aún así, Pedro quiere oir el dictamen de Jesus otra vez y (siempre atrevido y un tanto ingenuo y emocional) pretende que el  Maestro tenga en cuenta lo que han invertido los discípulos para seguirle. No era necesario, Pedro, por cada entrega de tu vida y todas tus cosas, recibirás el ciento por uno y al final el paraíso.
Dejar de venerar al dinero y a nuestras ridículas seguridades es, en realidad, muy poco precio para tal sobreabundancia de dones y la esperanza de un final glorioso y feliz."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 17 de agosto de 2026

SEGUIRLE CADA DÍA

  

Un joven fue a ver a Jesús y le preguntó:
– Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para tener vida eterna?
Jesús le contestó:
– ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Bueno solamente hay uno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.
– ¿Cuáles? – preguntó el joven.
Jesús le dijo:
– ‘No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas mentiras en perjuicio de nadie,  honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo.’
– Todo eso ya lo he cumplido –dijo el joven–. ¿Qué más me falta?
Jesús le contestó:
– Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riquezas en el cielo. Luego ven y sígueme.
Cuando el joven oyó esto, se fue triste, porque era muy rico.

Jesús nos pide que le sigamos, pero no es fácil. Seguirle, significa dejarlo todo por Él. Significa entregarnos totalmente a los demás. Pero no debemos desanimarnos como el joven rico. Seguir a Jesús es un camino. Es intentarlo cada día. Además, Él estará a nuestro lado y nos tomará de la mano cuando desfallezcamos.

" (...) Jesús, al joven que se acerca con la pregunta “¿Qué tengo que hacer para alcanza la vida eterna?” tiene que exigirle el desapego como prueba de fuego para evidenciar su verdadera idolatría: «Vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres». El joven falla la prueba; prefiere sus posesiones antes que el seguimiento.
En el texto de Marcos, el conocidísimo encuentro del joven rico, añade, a los mismos pasajes de Mateo y Lucas, un detalle conmovedor que es la mirada de Jesús. Jesús lo miró con amor y lo ve marchar con tristeza… Creo que es la misma tristeza con que nos ve a nosotros cuando, demasiadas veces, anteponemos nuestros apegos a la entrega que nos pide. O cuando nos engañamos buscando justificaciones muy razonables para disfrazar el amor al dinero, a la seguridad, al prestigio, a nuestras ideas y prejuicios arraigados, a afectos. Incluso a aficiones inofensivas. Siempre funciona el autoengaño.
Hoy se habla mucho de discernimiento. Desde luego que es necesario discernir no solo para distinguir el bien del mal y la verdad de la mentira sino para saber lo que es mejor y lo que agrada más a Dios que conoce nuestro corazón. Lo que más nos puede ayudar es confiar plenamente en el El y pedirle que nos ilumine. Que haga que sepamos reconocer las ataduras que no nos atrevemos a romper sobre todo por el miedo.
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

domingo, 16 de agosto de 2026

LA FE DE LOS HUMILDES

  

Jesús pasó de allí a la región de Tiro y Sidón. Una mujer cananea que vivía en aquella tierra, se le acercó dando voces:
– ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! ¡Mi hija tiene un demonio!
Jesús no contestó ni una palabra. Entonces los discípulos se acercaron a él y le rogaron:
– Dile a esa mujer que se marche, porque viene dando voces detrás de nosotros.
Jesús les dijo:
– Dios me ha enviado únicamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Pero la mujer fue a arrodillarse delante de él y le pidió:
– ¡Señor, ayúdame!
Él le contestó:
– No está bien quitarles el pan a los hijos y dárselo a los perros.
– Sí, Señor – dijo ella –, pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.
Entonces le dijo Jesús:
– ¡Mujer, qué grande es tu fe! Hágase como quieres.
Desde aquel mismo momento, su hija quedó sanada.
(Mt 15,21-28)

Hoy, la mujer cananea nos muestra lo grande que suele ser la Fe de la gente sencilla. Incluso de aquellos que creemos que su fe no es la nuestra. Si no sabemos ponernos a los pies de Jesús, no seremos sus discípulos.

" (...) Hoy recibimos otra invitación: no desistamos en nuestra oración. Primero Jesús responde con el silencio; más tarde, se desembaraza diciendo que no es asunto de su incumbencia; luego, con un argumento que es como para arrojar la toalla. Pero la fe de esa mujer no se deja vencer ni por el silencio, ni por la respuesta elusiva dada a los discípulos, ni por el argumento sin aparente réplica posible. El amor a su hija es grande; y la fe en Jesús es igual de grande. Y acaba saliéndose con la suya. Son un amor y una fe que desarman.
La fe de esta mujer es una fe perseverante: no se derrumba ante la primera negativa; y es una fe clarividente: le hace encontrar el contraargumento que vence toda resistencia por parte de Jesús; y es la fe de una mujer no israelita, de una cananea: cree que el señorío de Jesús es capaz de desbordar las fronteras de Israel.
Hay más casos en el evangelio de esta fe: el del centurión que ora por la curación de su siervo. Son verdaderas joyas del evangelio. Nos hablan del regalo que supone la fe, un regalo universal.
Ahora bien, como todo regalo, es necesario que lo recibamos. Es necesario aceptar ese regalo maravilloso que Dios nos da constantemente. Y, además, aceptar todos los entrenamientos que Dios hace a nuestra fe, para que ésta vaya fortaleciéndose y un día sea recompensada con un regalo que es el objeto mismo de nuestra fe y de nuestra esperanza: la Vida Eterna en Dios.
Hay otro tema en la Liturgia: la salvación es para todos, judíos y no judíos. Lo cierto es que Dios eligió al pueblo de Israel para asignarle un papel primordial en la historia de la salvación. Los israelitas serían los primeros en recibir el llamado a la salvación. Pero luego la salvación se extendería a todo pueblo, raza y nación. La elección de Israel no significa, entonces, el rechazo a otros pueblos.
Queda esto claro en la primera lectura en la que Dios, por boca de Isaías, asegura que cualquier extranjero (no israelita) que crea en Él, que lo sirva y lo ame, que le rinda culto y que cumpla su alianza, “los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración… porque mi casa será casa de oración para todos los pueblos”. Todo el que crea en Dios será reunido en su Casa. La Casa de Dios será morada para todos los que quieran creer en Dios y hacer su Voluntad.
La lectura de san Pablo, el Apóstol de los Gentiles, nos habla también de la salvación universal. San Pablo se dirige especialmente a los no-judíos, lamentándose de los judíos, los de su raza, que han rechazado a Cristo.
Y nosotros… ¡cuántas veces no hemos rechazado a Cristo!¡Cuántas veces nos hemos comportado como paganos! ¡Cuántas veces al más mínimo silencio de Dios nos empecinamos en nuestro mal! ¡Cuántas veces, porque Dios no nos complace nuestra pretensión o nos hace esperar un rato, le protestamos y nos alejamos de Él! ¡Qué diferente nuestra fe a la de la mujer cananea del Evangelio!
Pablo concluye este fragmento de su carta así: Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos.”. El pecado es un mal y es causa de condenación para los que no desean arrepentirse y que terminan por no arrepentirse. Pero, si reconocemos a tiempo nuestra rebeldía para con Dios, se manifiesta su perdón, su misericordia infinita. Y si perseveramos hasta el final, obtenemos la salvación, que vino Cristo a traer y que prometió a todos los que aman a Dios. Es decir, a todos los que – como nos dice Isaías en la primera lectura – crean en Él, lo sirvan y lo amen, le rindan culto y cumplan su alianza: a todos los que cumplan su voluntad.
Y sería bueno que no olvidemos una cosa principal. Las enseñanzas contenidas en la Palabra de Dios tienen, por supuesto, un destino comunitario, dirigida a toda la asamblea del Pueblo de Dios, pero también son una llamada personal e individual a todos y cada uno de nosotros. Y así, hoy, podríamos pensar que las enseñanzas que Jesús nos ofrece en esta Eucaristía son solo para un grupito elegido, mientras que nos está diciendo que salgamos a evangelizar, de palabra y con nuestras obras; que nuestra base de conocimiento de la doctrina cristiana sea el principio de la conversión de todos los que están a nuestro alrededor y alejados de Cristo. Y es una llamada personal que el Señor nos hace. Estamos invitados al banquete. Hay para todos y sobra, pues es el Señor el que lo ha preparado."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)



sábado, 15 de agosto de 2026

MARÍA, LA QUE SE ENGRANDECE SIRVIENDO

 



Por aquellos días, María se dirigió de prisa a un pueblo de la región montañosa de Judea, y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura se movió en su vientre, y ella quedó llena del Espíritu Santo. Entonces, con voz muy fuerte, dijo Isabel:
– ¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo!  ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la madre de mi Señor? Tan pronto como he oído tu saludo, mi hijo se ha movido de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!
María dijo:
“Mi alma alaba la grandeza del Señor.
Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador,
porque Dios ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava,
y desde ahora me llamarán dichosa;
porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas.
¡Santo es su nombre!
Dios tiene siempre misericordia
de quienes le honran.
Actuó con todo su poder:
deshizo los planes de los orgullosos,
derribó a los reyes de sus tronos
y puso en alto a los humildes.
Llenó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Ayudó al pueblo de Israel, su siervo,
y no se olvidó de tratarlo con misericordia.
Así lo había prometido a nuestros antepasados,
a Abraham y a sus futuros descendientes.”
María se quedó con Isabel unos tres meses, y después regresó a su casa.
(Lc 1,39-56)

La Asunción no se nos narra en el evangelio. Es una tradición de la Iglesia. María fue fiel, valiente, escuchó y guardó todas las cosas que veía y oía en su corazón. Estuvo al pie de la cruz. Por eso es lógico que subiera a los brazos del Padre tras su muerte. 
En el texto vemos como, tras el anuncio de que será madre de Jesús, lo primero que se le ocurre es servir. Y parte a ayudar a su prima que también estaba embarazada y entrada en años. Por eso María siempre será nuestro modelo. Si queremos seguir a Jesús, ir a su encuentro, el servicio a los demás es el camino.

"(...)  En el evangelio, María va a visitar a Isabel, llevándole una Buena Noticia, anuncio de salvación. Por un hombre (Adán) vino la muerte, y por un hombre, (Cristo), viene la vida. Eva es la madre de todos los creyentes, pero sobre ella cae el peso; María pisa la cabeza de la serpiente y anuncia así la salvación. Hoy se celebra, en realidad, la victoria de Cristo sobre la muerte. Como dice san Juan Damasceno, (749): “¿Cómo era posible que la que albergó a Dios en su seno fuera devorada por la muerte? ¿Cómo podía ser absorbida por el infierno? ¿Cómo la corrupción podía atreverse a invadir el cuerpo que había recibido dentro de sí a la Vida? Todas estas cosas en modo alguno podían afectar el alma y el cuerpo de la que fue portadora de Dios. La muerte se llenó de temor, al contemplar a María, pues, con lo que había acontecido cuando atacó al Hijo de ella, aprendió a ser más prudente y precavida”. Y esta es nuestra prenda de resurrección y vida."

(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 14 de agosto de 2026

SABER AMAR

 

 Unos fariseos se acercaron a Jesús, y para tenderle una trampa le preguntaron:
– ¿Le está permitido a uno separarse de su esposa por un motivo cualquiera?
Jesús les contestó:
– ¿No habéis leído en la Escritura que Dios, al principio, ‘hombre y mujer los creó’? Y dijo: ‘Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos serán como una sola persona.’ Así que ya no son dos, sino uno solo. Por lo tanto, no separe el hombre lo que Dios ha unido.
7 Ellos le preguntaron:
– ¿Por qué, pues, mandó Moisés entregar a la esposa un certificado de separación cuando se la despide?
Jesús les dijo:
– Precisamente por lo tercos que sois os permitió Moisés separaros de vuestras esposas; pero al principio no fue así. Yo os digo que el que se separa de su esposa, a no ser por motivo de inmoralidad sexual, y se casa con otra, comete adulterio.
Le dijeron sus discípulos:
– Si esta es la situación del hombre respecto de su mujer, más vale no casarse.
Jesús les contestó:
– No todos pueden comprender esto, sino únicamente aquellos a quienes Dios ha dado que lo comprendan. Hay diferentes razones que impiden a los hombres casarse. Algunos ya nacen incapacitados para el matrimonio; a otros los incapacitan los hombres, y otros viven como incapacitados por causa del reino de los cielos. El que pueda aceptar esto, que lo acepte.
(Mt 19,3-12)

El evangelio de hoy no es muy popular. De hecho casi ninguna pareja lo elige el día del matrimonio. Pero lo que casi siempre se olvida al comentarlo, es que aquí Jesús estaba defendiendo a la mujer. No podemos sacarlo del contexto histórico cultural. Quien decidía en Israel la separación era el hombre. La mujer no tenía más remedio que marcharse y, además, sin los hijos que pertenecían a la familia paterna. De ahí la reacción de los discípulos: "si esta es la situación del hombre respecto de su mujer vale más no casarse." El hombre no quería depender de la mujer.
Otra cosa es la ligereza con la que hoy día uno se casa y se descasa. Si hay verdadero amor, amor profundo, se solucionarán todos los problemas y dificultades que aparezcan.

"Hoy día es muy difícil pensar en un “para siempre”. Se dice que gran parte de los jóvenes de hoy no pueden visualizar una relación duradera. La inmediatez de los mensajes de las redes sociales, las cifras de matrimonios rotos que han conocido o que han sufrido, la movilidad social… muchos factores actuales no permiten casi ni imaginar estar siempre en el mismo lugar y con las mismas personas. Pero también conocemos casos de personas que enviudaron jóvenes y permanecieron por muchísimos años aferradas a ese primer amor…hasta un nuevo comienzo juntos en la eternidad. En el fondo, hay una sed, una necesidad de seguridad en que alguien no nos va a fallar nunca.
El profeta Ezequiel habla de un alguien total y radicalmente fiel que, después de haberse dado del todo, de haber engalanado a su amada, ha sido traicionado. La reacción normal sería tristeza, desencanto, vacío. Y sin embargo, casi inmediatamente, se proclama: “Sacaréis con alegría el agua”. Hay algo que debe permanecer, que no debe morir y son las aguas de la salvación.
Una buena y sólida educación enseña a permanecer a pesar de las frustraciones, las dificultades de la vida, las tentaciones de abandonar el camino. Porque se sabe que la fidelidad es lo mejor, lo que más puede satisfacer, y lo que más puede dar plenitud a la persona. Una simple lógica humana también indica que la permanencia en el matrimonio o en el compromiso de vida es lo mejor para la persona. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre…”
Hoy celebramos la memoria de san Maximiliano Kolbe, un franciscano que supo permanecer hasta el final en una situación en la que la tentación más lógica hubiera sido salvarse a uno mismo. Kolbe ofreció su vida a cambio de la de un preso de un campo de concentración porque sabía que tenía esposa e hijos. En apariencia, hizo una opción por la permanencia y la estabilidad de una familia, algo muy heroico en si mismo. Pero en el fondo, era su propia fidelidad a su compromiso con Dios lo que estaba en juego. Era su permanencia junto al Cristo por el que había entregado su vida. Por Él y por María, a la que Maximiliano había honrado toda su vida. La decisión de entregar su vida no fue fruto de un momento impulsivo y heroico. Fue el fruto de una vida siempre vivida en permanencia y fidelidad. Alguien que no se había olvidado de las joyas con las que Dios le había engalanado y no se había ido detrás de otros dioses. Maximiliano conoció la fidelidad y la permanencia sacando con alegría el agua de las fuentes de salvación. Su generosidad y su muerte no fueron improvisadas."

(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)


jueves, 13 de agosto de 2026

PERDONAR SIEMPRE

  

Entonces Pedro fue y preguntó a Jesús:
– Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si me ofende? ¿Hasta siete?
Jesús le contestó:
– No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el reino de los cielos se puede comparar a un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Había comenzado a hacerlas, cuando le llevaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, a fin de saldar la deuda. El funcionario cayó de rodillas delante del rey, rogándole: ‘Señor, ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo dejó ir en libertad.
Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y lo ahogaba, diciendo: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero se echó a sus pies, rogándole: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que le hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. Esto disgustó mucho a los demás compañeros, que fueron a contar al rey todo lo sucedido. El rey entonces le mandó llamar y le dijo: ‘¡Malvado!, yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues también tú debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Tanto se indignó el rey, que ordenó castigarle hasta que pagara toda la deuda.
Jesús añadió:
– Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.
Después de haber dicho estas cosas, Jesús se marchó de Galilea y llegó a la región de Judea que está al oriente del Jordán.
(Mt 18,21-19,1)

Nos cuesta perdonar. A veces decimos: perdono, pero no olvido. Sin embargo decimos cada día en el padrenuestro: perdónanos como nosotros perdonamos. El perdón es un valor esencial del cristianismo; porque ser cristiano es sentirse perdonado. Es seguir a quien dio su vida por nosotros, por salvarnos. Es seguir a aquel que nos perdona siempre.

"Nunca he conocido a nadie que lleve en un cuaderno el registro de las veces en que ha perdonado a alguien. Si alguien lo recuerda, seguramente no serán 490, más que nada, porque a la tercera probablemente ya se haya descartado al ofensor. Y esas tres, aunque no se apunten, están tan grabadas en la memoria, que al primer recuerdo surgen de nuevo, como una herida que ha cicatrizado mal. O quizá sea porque quien haya tenido la paciencia de perdonar 490 veces tiene un alma lo suficientemente generosa como para no acordarse del número mágico. Puede, sí, recordar que hubo heridas, pero el corazón ya está sano y limpio.
Tampoco parece muy probable que alguien haya apuntado el número de veces en que ha sido perdonado por Dios o por alguien cercano. Y es muy probable que tal número supere, con creces, las 490. Hoy las lecturas nos invitan a una memoria selectiva. Se deben olvidar las veces en que se perdona a otro, aunque se pasen de las 490. Se deben recordar, con estremecimiento y gratitud, las veces en que hemos sido perdonados, todos esos momentos de gracia en que se ha restablecido una relación o en los que la Confesión ha sido como un bálsamo. Lo contrario es el autoexilio, el destierro, el cautiverio en el resentimiento, la ingratitud y la ausencia de Dios. La falta de perdón al prójimo aleja de Dios… es, en realidad, una manera de infierno y de esclavitud. Es como el saco de piedras que lleva uno de los protagonistas de La Misión, que se castiga a sí mismo por sus horribles pecados… pero el peor peso es que no ha sido capaz de recordar el perdón siempre multiplicado de Dios. Porque son, precisamente, quienes hubieran podido ser víctimas, las que extienden ese perdón de Dios y rompen la cuerda del saco.
Recordar las acciones de Dios, a lo que invita el Salmo de hoy, es reconocer las infinitas veces en que hemos sido perdonados. Tal recuerdo tiene una consecuencia que consiste en olvidar las veces en que hemos sido ofendidos y perdonar… sin número ni recuerdo. O, más bien, con una memoria sana y feliz que sabe que ha sido perdonada y por lo tanto está liberada para perdonar una y otra vez.
Hoy celebramos también la memoria de los Mártires Claretianos de Barbastro, un grupo de jóvenes seminaristas con sus profesores que dieron la vida por su fe entre el 8 y el 15 de agosto de 1936. Como mártires, testigos, conocieron bien la gracia del perdón a sus perseguidores. Son conocidos como los ´martires de la Asunción”.
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 12 de agosto de 2026

DIALOGAR



Si tu hermano te ofende, habla con él a solas para moverle a reconocer su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, porque toda acusación debe basarse en el testimonio de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso a ellos, díselo a la congregación; y si tampoco hace caso a la congregación, considéralo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma.
Os aseguro que todo lo que atéis en este mundo, también quedará atado en el cielo; y todo lo que desatéis en este mundo, también quedará desatado en el cielo.
Además os digo que si dos de vosotros os ponéis de acuerdo aquí en la tierra para pedir algo en oración, mi Padre que está en el cielo os lo dará. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
(Mt 18,15-20)

Jesús nos pide que no juzguemos, que no condenemos, que no discutamos. El quiere que dialoguemos. Si alguien nos hace daño o vemos que obra mal, es el diálogo con él lo que le ayudará a cambiar. Nosotros enseguida condenamos. Lo primero que hemos de hacer es reflexionar juntos. Analizar con él su conducta. Quizá nos llevemos una sorpresa. Y si podemos hacerlo en comunidad, en familia, mejor. Jesús nos dice que allí donde dos o tres estamos reunidos en su nombre, Él está en medio nuestro.
En un mundo lleno de críticas, de condenas al contrario, reflexionar sobre este texto nos haría mucho bien. No se trata de luchar unos contra otros, si no de llegar a acuerdos. Enseguida descubriremos que estamos más cercanos de lo que creíamos.