sábado, 7 de marzo de 2026

EL PADRE BUENO

 


Todos los que cobraban impuestos para Roma, y otras gentes de mala fama, se acercaban a escuchar a Jesús. Y los fariseos y maestros de la ley le criticaban diciendo:
– Este recibe a los pecadores y come con ellos.
Entonces Jesús les contó esta parábola:

Contó Jesús esta otra parábola: “Un hombre tenía dos hijos. El más joven le dijo: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.’ Y el padre repartió los bienes entre ellos. Pocos días después, el hijo menor vendió su parte y se marchó lejos, a otro país, donde todo lo derrochó viviendo de manera desenfrenada. Cuando ya no le quedaba nada, vino sobre aquella tierra una época de hambre terrible y él comenzó a pasar necesidad. Fue a pedirle trabajo a uno del lugar, que le mandó a sus campos a cuidar cerdos. Y él deseaba llenar el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Al fin se puso a pensar: ‘¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras que aquí yo me muero de hambre! Volveré a la casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo: trátame como a uno de tus trabajadores.’ Así que se puso en camino y regresó a casa de su padre.
Todavía estaba lejos, cuando su padre le vio; y sintiendo compasión de él corrió a su encuentro y le recibió con abrazos y besos. El hijo le dijo: ‘Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo.’ Pero el padre ordenó a sus criados: ‘Sacad en seguida las mejores ropas y vestidlo; ponedle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el becerro cebado y matadlo. ¡Vamos a comer y a hacer fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y le hemos encontrado!’ Y comenzaron, pues, a hacer fiesta.
Entre tanto, el hijo mayor se hallaba en el campo. Al regresar, llegando ya cerca de la casa, oyó la música y el baile. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba, y el criado le contestó: ‘Tu hermano ha vuelto, y tu padre ha mandado matar el becerro cebado, porque ha venido sano y salvo.’ Tanto irritó esto al hermano mayor, que no quería entrar; así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciese. Él respondió a su padre: ‘Tú sabes cuántos años te he servido, sin desobedecerte nunca, y jamás me has dado ni siquiera un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. En cambio, llega ahora este hijo tuyo, que ha malgastado tu dinero con prostitutas, y matas para él el becerro cebado.’
El padre le contestó: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero ahora debemos hacer fiesta y alegrarnos, porque tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado.’ 
(Lc 15,1-3.11-32)

Dios, como el padre de la parábola, nos espera siempre dispuesto a perdonarnos. Nosotros, como el hermano mayor, no entendemos que los demás sean perdonados. Queremos perdón para nosotros y castigo para los demás. Dios es Amor. Lo decimos, pero no acabamos de entenderlo. 

"En las lecturas de hoy, el evangelio parece confirmar y concretar las rotundas afirmaciones del profeta Miqueas sobre la misericordia y la compasión de Dios. Un Dios que perdona siempre, que absuelve de la culpa, pero cuyo amor hay que comprender bien. Conocemos de sobra la parábola del Hijo pródigo como para repetir la narración. Pero quizá sea bueno acentuar algunos aspectos. Cómo Dios respeta la libre elección del Hijo menor (aunque, a todas luces, se trate de una opción equivocada). Le deja hacer su camino. Esta actitud ilumina bien cuál debe ser nuestra actitud respecto de los hijos.
También importa subrayar que el arrepentimiento del hijo menor no procede tanto del reconocer su pecado, sino de la urgencia por superar la terrible situación en que se encuentra. Su arrepentimiento parece más bien interesado: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan mientras yo, aquí, me muero de hambre”. Pero, en la acogida del hijo retornado, al Padre no parece importarle si su motivación ha sido verdadera o interesada. Lo que le interesa el hecho: ha recuperado a su hijo.
Y se muestra con claridad por qué la misericordia supera la justicia, porque expresa el amor personal. La figura del hermano mayor – a quien la parábola va dirigida – muestra la actitud contraria: la exigencia de la justicia prevalece sobre la misericordia, porque falta el amor: así reprocha al Padre su amor hacia “ese hijo tuyo”, mientras que el Padre le habla de “ese hermano tuyo” que él no reconoce.
Y, paradójicamente, se revela que quien siempre había obedecido exteriormente siempre, en realidad no conocía el amor del Padre, se sentía no hijo, sino jornalero, no sabía que todo lo del Padre era suyo. Lo que incapacita para el perdón es desconocer el amor. Al que poco se le perdona, poco amor muestra. No sólo. Cabe sospechar que si se empeña en hacerle pagar al hijo por su pecado es porque, en el fondo, lo que envidiaba era la libertad con que su hermano actuó, libertad que él desconocía."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 6 de marzo de 2026

MALOS VIÑADORES

 

Escuchad otra parábola: El dueño de una finca plantó una viña, le puso una cerca, construyó un lagar y levantó una torreu para vigilarla. Luego la arrendó a unos labradores y se fue de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, mandó unos criados a recibir de los labradores la parte de la cosecha que le correspondía. Pero los labradores echaron mano a los criados: golpearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. El dueño envió otros criados, en mayor número que al principio; pero los labradores los trataron a todos del mismo modo.
Por último mandó a su propio hijo, pensando: ‘Sin duda, respetarán a mi hijo.’ Pero cuando vieron al hijo, los labradores se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero; matémoslo y nos quedaremos con la viña.’ Así que le echaron mano, lo sacaron de la viña y lo mataron.
Pues bien, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué creéis que hará con aquellos labradores?
Le contestaron:
– Matará sin compasión a esos malvados y dará la viña a otros labradores que le entreguen a su debido tiempo la parte de la cosecha que le corresponde.
Jesús les dijo:
– ¿Nunca habéis leído lo que dicen las Escrituras?:
‘La piedra que despreciaron los constructores
es ahora la piedra principal.
Esto lo ha hecho el Señor
y nosotros estamos maravillados.’
Por eso os digo que a vosotros se os quitará el reino, y se le dará a un pueblo que produzca los frutos debidos.
Los jefes de los sacerdotes y los fariseos, al oir las parábolas que contaba Jesús, comprendieron que se refería a ellos. Quisieron entonces apresarle, pero no se atrevían, porque la gente tenía a Jesús por profeta.
(Mt 21,33-43.45-46)

El Padre nos ha dado una viña para que la cuidemos. Nosotros, con nuestro apostolado, debemos implantar el Reino en este mundo. ¿Lo hacemos? ¿Ofrecemos los frutos al Padre? Podemos llegar a creer que la viña es nuestra y desterrar a Jesús de ella. Nosotros debemos ser humildes servidores y colocar a Jesús en el centro de nuestras vidas.

"El evangelio de hoy nos recoge una alegoría típica en la que todos y cada uno de sus elementos de la narración remiten a otra narración que es la que se pretende describir indirectamente mediante la alegoría. Esta narración de los viñadores homicidas nos cuenta de modo alegórico el mismo camino de Jesús. Mas los destinatarios de la narración sólo al final comprenderán que hablaba de ellos. Los paralelismos son claros. El propietario de la viña es Dios; su viña es Israel; los trabajos para organizar bien la viña, son los pasos sucesivos de la historia de Israel, desde la salida de Egipto. Los criados enviados para recoger los frutos de la viña son los profetas enviados por Dios. Los labradores representan las autoridades políticas y religiosas de Israel, el hijo del propietario es Jesús, que profetiza su propia muerte.
Aquí conviene referirse, para entender bien, al motivo del asesinato del Hijo. En Israel existía la tradición por la que, si al morir un propietario de un terreno, no había ningún heredero que recogiera su herencia, esta pasaba a ser heredada por los empleados que trabajaban en su propiedad. Toda la narración se orienta a la resolución condenatoria que pronuncian los mismos a quienes Jesús quiere acusar: “hará morir de mala muerte a estos malvados y arrendará su viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos”.
Sólo entonces Jesús les revela que está hablando de ellos, que quieren su muerte y la alegoría se resuelve en acusación directa.
¿Qué sentido tiene unir a esta narración la historia de José en la primera lectura? Creo que tiene un sentido global que sirve para iluminar la narración evangélica. Porque si la historia de la enorme injusticia cometida con José por obra de sus hermanos, años después se relevó como una gracia, cuando Israel bajo a Egipto bajo la protección de José, se nos quiere indicar que la injusticia y el crimen cometido contra Jesús se revelará, paradójicamente, como una gracia para todos, como una obra de salvación. Así se nos invita a tener una mirada profunda sobre los acontecimientos, para descubrir las señales de Dios, incluso donde parece que no puedan existir."

(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 5 de marzo de 2026

RIQUEZA Y POBREZA

 


Había una vez un hombre rico, que vestía ropas espléndidas y todos los días celebraba brillantes fiestas. Había también un mendigo llamado Lázaro, el cual, lleno de llagas, se sentaba en el suelo a la puerta del rico. Este mendigo deseaba llenar su estómago de lo que caía de la mesa del rico; y los perros se acercaban a lamerle las llagas. Un día murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron junto a Abraham, al paraíso. Y el rico también murió, y lo enterraron.
El rico, padeciendo en el lugar al que van los muertos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro con él. Entonces gritó: ‘¡Padre Abraham, ten compasión de mí! Envía a Lázaro, a que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo mucho entre estas llamas.’ Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que a ti te fue muy bien en la vida y que a Lázaro le fue muy mal. Ahora él recibe consuelo aquí, y tú en cambio estás sufriendo. Pero además hay un gran abismo abierto entre nosotros y vosotros; de modo que los que quieren pasar de aquí ahí, no pueden, ni los de ahí tampoco pueden pasar aquí.’
El rico dijo: ‘Te suplico entonces, padre Abraham, que envíes a Lázaro a casa de mi padre, donde tengo cinco hermanos. Que les hable, para que no vengan también ellos a este lugar de tormento.’ Abraham respondió: ‘Ellos ya tienen lo que escribieron Moisés y los profetas: ¡que les hagan caso!’ El rico contestó: ‘No se lo harán, padre Abraham. En cambio, sí que se convertirán si se les aparece alguno de los que ya han muerto.’ Pero Abraham le dijo: ‘Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán aunque algún muerto resucite.’ 
(Lc 16,19-31)

Esta parábola nos muestra la realidad de nuestro mundo. Unos pocos lo poseen todo y muchos viven en la miseria. El poder y la riqueza lo dominan todo. Jesús nos dice, que el verdadero rico es el que no tiene nada. El verdadero rico es el que sabe compartir, el que hace caso de la Palabra. Desgraciadamente estamos sordos a "Moisés y los profetas". Estamos sordos a la Palabra del Evangelio. Por eso hemos convertido nuestra sociedad en un auténtico "infierno". El día que sepamos compartir. El día en que todo sea de todos. El día en que el Amor sea la auténtica riqueza, habremos convertido este mundo en el Reino.

"“Maldito el hombre que confía en el hombre y en la carne busca su fuerza” Aridez, cardo, estepa, desierto serán sus frutos.” Dice Jeremías. “Bendito quien confía en el Señor y pone en él su confianza. Será como un árbol plantado junto a la acequia, dará fruto aun en año de sequía”. Ojalá fuera así siempre. Por desgracia, la realidad se asemeja más a la parábola del Evangelio, del rico Epulón y el pobre Lázaro. Por eso el corazón humano es tan ambiguo en sus deseos, en sus prácticas. Sólo Dios es capaz de penetrar las intenciones, el secreto de las acciones. Se nos invita directamente a no juzgar.
La dificultad de esta parábola reside en que no es una alegoría. En ellas, todos los elementos de la narración tienen un significado simbólico y cuentan para el significado final. En las parábolas no es así. El mensaje es único y muchos de los elementos son meramente accesorios. Llama la atención, por ejemplo, que Epulón parece ignorar que su indiferencia ante la necesidad de Lázaro encerrase una culpa. El sólo parece preocuparse de querer evitar que sus hermanos vengan al lugar de suplicio. Llama también la atención la facilidad con que parece admitirse ese equilibrio entre Epulón y Lázaro respecto de los bienes recibidos. Compensación para uno en esta vida y para otro en la otra. Lo que constituye el centro de la parábola reside en la afirmación capital: “si no escuchan a Moisés ni a los Profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto”.  Y  es que, para la conversión, no basta ni el miedo al sufrimiento para cambiar de marcha. Constituye una buena lección también para la Iglesia que no pocas veces ha tratado de provocar la adhesión a la fe mediante el miedo al infierno y a su imagen llameante. En realidad, es mucho peor la incapacidad para tener vida y para vivir el amor que el infierno representa (cada encuentro no es sino un encontronazo) que cualquier tortura física. La incapacidad para amar cuando comprendes que lo único que habrías tenido que hacer en tu vida es entrar por el camino del amor, esa es la sed insoportable."

(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 4 de marzo de 2026

SERVIR, NO SER SERVIDO

  


Yendo camino de Jerusalén llamó Jesús aparte a sus doce discípulos y les dijo:
– Como veis, ahora vamos a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los extranjeros para que se burlen de él, le golpeen y lo crucifiquen; pero al tercer día resucitará.
La madre de los hijos de Zebedeo se acercó con ellos a Jesús, y se arrodilló para pedirle un favor. Jesús le preguntó:
– ¿Qué quieres?
Ella le dijo:
– Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu reino uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Jesús contestó:
– No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa amarga que voy a beber yo?
Le dijeron:
– Podemos.
Jesús les respondió:
– Vosotros beberéis esa copa de amargura, pero el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí darlo. Será para quienes mi Padre lo ha preparado.
Cuando los otros diez discípulos oyeron todo esto, se enojaron con los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo:
– Sabéis que, entre los paganos, los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos y los grandes descargan sobre ellos el peso de su autoridad. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que entre vosotros quiera ser grande, que sirva a los demás; y el que entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en pago de la libertad de todos.
(Mt 20,17-28)

Jesús ha pasado toda su vida sirviendo. Critica a los fariseos y maestros de la ley, porque quieren ser los primeros, porque aparentan, dicen y no hacen. Y los discípulos de Jesús, incluidos nosotros, no han entendido nada. Quieren ser los primeros. Queremos ser los primeros. 
Seguir a Jesús significa servir a todo el mundo, entregarse totalmente, como hizo Él.

"El contraste es chocante. Jesús, anuncia la paradoja de la pasión que le espera en Jerusalén, y, al tiempo, la madre de los Zebedeo (Santiago y Juan) se acerca para buscar un enchufe para sus hijos, para obtener una posición de privilegio. Y quizá pensamos: “¡Es comprensible! El amor de una madre lleva a intentar esas cosas”.
Pero, si nos fijamos con detalle, resulta que los dos apóstoles están de acuerdo con la petición materna, Incluso se engríen orgullosos ante la pregunta de Jesús: “¡Somos capaces de beber tu cáliz!”. Jesús les advierte que esa no es la vía. Que en el camino de Jesús no se trata de llegar el primero, o, si se trata de sufrir, sufrir más que nadie. Funcionan otros criterios. Primero, está el Padre, y su libertad, que Jesús no podría condicionar en modo alguno. Después, como ya veíamos ayer, el mandato hacerse servidor de todos. Sólo quien vive esta actitud, está preparado para igualar a Jesús en dar su vida en rescate. Pero, además, está el menosprecio que representa respecto de sus hermanos apóstoles. “No sea así entre vosotros”.
Pero, podemos preguntarnos, ¿por qué este camino necesario de la cruz, del cáliz que se ha de beber? ¿No había otro camino? Hemos de hacernos conscientes de que Jesús viene a salvar, y al pecado y a la muerte no se les puede derrotar con sus mismas armas: por esa vía ¡solo se logra multiplicarlo!
Jesús viene a redimirnos. Y el pecado sólo puede ser vencido desde el amor: asumiéndolo en paz, sufriéndolo sin resistirse. Esta es la clave de la no-violencia activa que supo vivir Gandhi.  Abrazando la cruz, sufriendo en paz la violencia, es como se logra disipar su poder. Porque la violencia necesita la oposición de una violencia contraria para crecer. Si no la encuentra y sólo golpea, pero en el vacío, sin resistencia, sin objetivo. Para redimir, hay que asumir. No hay otra vía."
(Carlos Luis García Andrade, cmf, Ciudad Redonda)

martes, 3 de marzo de 2026

ACTUAR

 


En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a los discípulos, diciendo:
«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen.
Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame “rabbí”.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabbí”, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
(Mt 23,1-12)

Jesús nos invita a hacer, pero no al activismo. Se trata de ser coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos. No actuar para aparentar, para que hablen de nosotros, para obtener fama y títulos, si no actua amando. Amar debe ser la fuente de nuestra actuación.

"El ideal cristiano no es la ausencia del pecado. No sólo porque es una pretensión inútil: antes o después, nuestros límites acaban apareciendo y hemos de lamentar algún error, fallo o pecado, por mucho que nos hayamos conjurado para evitarlo. Y Dios ya cuenta con ello. Es que puede ser una pretensión dañina. Porque puede estar motivada más por la búsqueda de sí mismo que por el afán de ayudar a los otros, o de servir a Dios.
El hombre siempre busca estar satisfecho de sí mismo. Y podemos hacer hasta de la religión un peldaño al que elevarnos para sentirnos superiores, o para fingirnos más perfectos, o para considerarnos mejores que los demás. Y acabar manipulando las cosas de Dios para auto-justificarnos, para ensalzarnos. Para engreírse. No sólo. También para criticar a los demás, mostrándoles la realidad de su imperfección, pero sin hacer nada por ellos. Y acabaremos en un doble error. Condenando y despreciando a quienes no están a la altura de nuestra exigencia y, como, por nuestros límites, tampoco nosotros llegamos a dicho ideal, acabar por fingir, dar valor a la apariencia y la exterioridad y buscar sólo el reconocimiento formal: pura vanidad.
Jesús nos previene contra ese virus de la vanidad, que, además de volver ridícula a la persona que se dejar infectar por él, le lleva a construir una vida ficticia, de pura fachada, artificial. Que sólo tú mismo te puedes llegar a creer. Lo hace por tres vías complementarias.
Por un lado, excluye la tentación de que nadie quiera ocupar un puesto que no le pertenece: «Ni maestro, ni Padre». Por otro, proclama la igualdad entre todos: «todos vosotros sois hermanos». En tercer lugar: el peculiar camino de Jesús para llegar a ser el primero: «hacerse servidor de todos». Dice Jesús: “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10) pero para que pueda cumplirse ese propósito hay una condición imprescindible: ser servidores, abajarse. No porque tal actitud comporte un premio especial, sino porque sólo quien se olvida de si mismo está preparado para la gratuidad cristiana."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)




lunes, 2 de marzo de 2026

CÓMO DEBEMOS SER



 Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo.
No juzguéis a nadie y Dios no os juzgará a vosotros. No condenéis a nadie y Dios no os condenará. Perdonad y Dios os perdonará.
(Lc 6,36-38)

Jesús es claro. Debemos ser compasivos, no juzgar, no condenar y perdonar siempre. És en los demás, en el prójimo donde encontramos a Dios. Por eso, lo que hacemos al otro, se lo hacemos a Dios.
Dios siempre perdona y nos acoge. Lo mismo debemos hacer con todo el mundo. Si seguimos con guerras, eliminando al que no es como nosotros, nos alejamos cada día más del Padre.

"No siempre percibimos hasta qué punto Jesús revoluciona el tipo de relación que existía entre el hombre y Dios. Las lecturas de hoy nos hablan de ello. Por una parte, la lectura de Daniel nos presenta de modo evidente la conciencia que había en Israel de la gran distancia existente entre el Dios santo y fiel y el pueblo infiel y pecador. Hasta el punto de que el profeta tiene que pedir que la justicia de Dios se convierta en piedad u perdón porque el pueblo ha reconocido su pecado y rebelión. Su mediación busa que Dios no nos trate como merecen nuestros pecados. En ella emerge esta reciprocidad asimétrica entre Dios y su pueblo. Al primero pertenece todo lo positivo; al segundo todo lo negativo. Por eso el salmo pide perdón a Dios, por el honor de su nombre.
En cambio, la lectura de Lucas nos presenta un panorama muy distinto. En ella Jesús nos pide que actuemos con nuestros hermanos tal como actúa con nosotros Dios nuestro Padre, es decir se establece una especie de comparación en la que se nos indica que debemos comportarnos para con nuestros hermanos del mismo modo que Dios se comporta con nosotros. Porque debemos continuar la misión de Jesús y tratar a los hermanos lo mismo que él nos trata. Y por eso decimos que continuamos Su misión.  “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. No sólo. Llega a condicionar que Dios tenga o no una actitud positiva hacia nosotros según sea nuestra conducta para con nuestros hermanos: “no juzguéis y no seréis juzgados… dad y se os dará”. Así se configura la reciprocidad cristiana: La reciprocidad con Dios hacia nosotros depende de nuestra reciprocidad para con los hermanos; Juan lo decía con otras palabras semejantes: “Nadie puede pretender amar al Dios que no ve, si no ama al hermano al que ve”. Pero ya no es cuestión de méritos. Aquí lo que está n juego es entrar en la dinámica que Jesús nos comunica, hacerla nuestra y difundirla entre nuestros hermanos y hermanas."

(Carlos Luis García Andrade, cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 1 de marzo de 2026

BAJAR DE LA MONTAÑA

 


 Seis días después, Jesús tomó a Pedro y a los hermanos Santiago y Juan, y los llevó aparte a un monte alto. Allí, en presencia de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su rostro brillaba como el sol y sus ropas se volvieron blancas como la luz. En esto vieron a Moisés y Elías conversando con él. Pedro dijo a Jesús:
– Señor, ¡qué bien que estemos aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Mientras Pedro hablaba los envolvió una nube luminosa. Y de la nube salió una voz, que dijo: “Este es mi Hijo amado, a quien he elegido. Escuchadle.”
Al oir esto, los discípulos se inclinaron hasta el suelo llenos de miedo. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo:
– Levantaos, no tengáis miedo.
Entonces alzaron los ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:
– No contéis a nadie esta visión, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado.

Jesús deja admirados a sus discípulos con su Transfiguración, pero inmediatamente los vuelve a la tierra, a la realidad. La petición de Pedro de hacer tres tiendas no tiene sentido. Nuestra vida del día a día está en la tierra, no en el cielo. Antes de llegar a él hay que pasar la Cruz. No debemos tener miedo y avanzar, asumir nuestra vida, como hizo Jesús. Debemos bajar del monte y coger nuestra cruz; es decir, entregar nuestras vidas en donación de Amor.

"(...) Y llegamos al evangelio de Mateo. Este evangelista, siempre que quiere poner en boca de Jesús algo importante, lo hace subir a un monte: la última tentación tiene lugar en un monte, como veíamos la semana pasada; las bienaventuranzas son proclamadas en un monte; es en un monte donde se realiza la multiplicación de los panes y, al final del Evangelio, cuando los discípulos se encuentran con el Resucitado y son enviados al mundo entero, están “en el monte que les había indicado Jesús”.
En las páginas del Antiguo Testamento a menudo se habla del monte. Porque en la Biblia, como también en la mayoría de los pueblos antiguos, era el lugar del encuentro con Dios: fue en el Sinaí donde Moisés tuvo la manifestación de Dios y recibió la revelación que después transmitió a su pueblo, y fue en la cima del Oreb donde Elías tuvo el encuentro con el Señor, por ejemplo. El rostro resplandeciente y la ropa blanca como la luz son también motivos recurrentes en la Biblia.
Todo el Antiguo Testamento (con Moisés y Elías) alcanza en Jesús la plenitud, la culminación, de su sentido. Pero Pedro no alcanza a comprenderlo. No entiende lo que sucede porque, aunque proclame que Jesús es “el Cristo”, sigue totalmente convencido de que su Maestro es solamente un gran personaje de la categoría de Moisés y Elías. Por eso sugiere construir tres tiendas iguales. Es Dios quien interviene para corregir esta falsa interpretación de Pedro: Jesús es el “Hijo predilecto” del Padre.
Los tres personajes no pueden ya continuar juntos: Jesús es absolutamente superior. Israel había escuchado la voz del Señor a través de Moisés y los profetas. Ahora, esta voz llega a los hombres a través de Cristo. Es a Él y solo a Él a quien los discípulos deben escuchar. Por eso el relato destaca que, cuando los tres discípulos abren los ojos, no ven a otro que Jesús. Moisés y Elías han desaparecido, han cumplido ya su misión, es decir, han presentado el Mesías, el nuevo legislador, el nuevo profeta, al mundo.
Los testigos de la Transfiguración tienen que guardar silencio. Los hombres deben obtener la salvación escuchando y obedeciendo, entendiendo las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, y no por medio de acontecimientos sensacionales. Sólo cuando Dios haya hablado definitiva y públicamente, en la resurrección de entre los muertos, se podrá hablar de estos acontecimientos. Entonces la obra de Jesús quedará concluida, y el creyente podrá descubrir en Jesús los planes de Dios. Así lo han hecho constar para nuestra fe los evangelistas en sus libros.
Si escuchamos a Jesús, sentiremos que hemos de “ponernos en camino”, como lo sintió Abraham, y salir de nuestro conformismo y de nuestro estilo de vida cómodo, para empezar a vivir más atentos a los demás y, juntos, construir ese Pueblo de Dios, y que se vaya haciendo realidad cada día entre nosotros. La vida es un camino, no exento de dificultades, ni de cruces, pero en el que Dios nos invita a caminar con confianza, como pueblo, siempre juntos, como hermanos, escuchándole sólo a Él y fiándonos de su Palabra. El final del camino es la VIDA, con mayúsculas. No tengamos miedo. Estemos a la escucha, porque en cualquier momento Dios puede dejar oír su voz. El Hijo amado del Padre señala el camino, conoce el camino, porque Él es el Camino”. ¡Buena Cuaresma y buen camino!"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)