domingo, 1 de noviembre de 2026

EL SECRETO DE LA FELICIDAD

  
Dichosos los que reconocen su pobreza espiritual, porque suyo es el reino de los cielos.
Dichosos los que sufren, porque serán consolados.
Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra que Dios les ha prometido.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán satisfechos.
Dichosos los compasivos, porque Dios tendrá compasión de ellos.
Dichosos los de corazón limpio, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos.
Dichosos los perseguidos por hacer lo que es justo, porque suyo es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros, cuando la gente os insulte y os maltrate, y cuando por causa mía digan contra vosotros toda clase de mentiras. ¡Alegraos, estad contentos, porque en el cielo tenéis preparada una gran recompensa!
(Mt 5,1-12)

La felicidad no es tener mucho, ser muy importante, pasar por encima de los otros, no sufrir...El secreto de la felicidad está en entregarse a los otros, en buscar el bien de los demás. El secreto de la felicidad es Amar. Seguir a Jesús, aunque sea sin saberlo, es ser santo. No se trata de hacer grandes cosas, sino de hacerlo todo con Amor, pensando en los demás. Por eso la fiesta de hoy. Para recordar a todos esos Santos que nunca serán canonizados, pero que lo fueron realmente, proque vivieron amando a los demás, a los más pequeños, a los olvidados.

"Hace ya algunos años, una canción de Luis Alfredo Díaz-Britos, un cantautor religioso, se titulaba precisamente así. “Bienaventurados”. La letra recordaba que “para sobrevivir en la jungla de asfalto, había que ser un bulldog o un tanque de acero […] y apretar fuerte los puños, fruncir el ceño y acorazarse el corazón”. Nada qué ver con “un hombre en la cima de un monte, gritando a pleno pulmón: Bienaventurados”.
Viene todo esto a colación, porque hoy la liturgia nos presenta para la reflexión la Solemnidad de Todos los Santos. Santo significa, como sabemos, dichoso, feliz. Bienaventurado, en definitiva.
Santos ha habido muchos. Unos dos mil, según las estadísticas oficiales. (Sin contar los santos de la puerta de al lado, que decía el Papa Francisco.) Los ha habido de todas las condiciones y oficios:
– hombres del mar, como algunos de los primeros discípulos (Pedro y Andrés, Santiago y Juan);
– gentes del campo (como san Isidro Labrador y santa María de la Cabeza);
– educadores (san José de Calasanz, san Juan Bautista de la Salle, san Juan Bosco, etc.);
– sanitarios, personas dedicadas al mundo de la salud (Santa Luisa Marillac, la Madre Sacramento, san Juan de Dios, san Camilo de Lelis);– pensadores (san Agustín, san Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino);
– poetas (san Juan de la Cruz);
– madres de familia (santa Isabel de Hungría);
– reyes y reinas (san Fernando el Católico, san Luis rey de Francia, santa Isabel de Portugal).
Es que Dios anda entre los remos, entre los aperos de labranza, entre los pupitres, entre las camas del hospital, entre los libros, entre los pucheros y hasta entre las leyes y el protocolo de palacio.
2. Los ha habido de distinta condición psicológica, de distinto temperamento:
– unos más extrovertidos, otros más introvertidos;
– unos más emprendedores, otros con menos capacidad de iniciativa;
– unos más enérgicos («coléricos»), otros más sosegados, más pacíficos;
– unos más atrevidos, otros más tímidos;
– unos con un cociente intelectual muy elevado, otros con unas dotes normales;
– unos más nerviosos, otros más flemáticos.
La gracia de Dios se amolda a todos y es capaz de ir modelando cada personalidad y de sacar primores de lo común y corriente. Como un buen artista sabe tallar toda clase de maderas. Y los santos han sido personas abiertas a la gracia. Son la gracia de Dios encarnada en nuestra historia, en nuestra vida humana. Han dado cuerpo real e histórico a la gracia de Dios. Un ejemplo para todos nosotros.
3. Pero a todos les es común una cosa: han encarnado el espíritu de las bienaventuranzas.
– Han sido buscadores diligentes de la voluntad de Dios y se han mostrado dóciles a ella, aunque les resultara costosa: «no lo que yo quiero, sino lo que quieres tú»;
– no han sido violentos, pero tampoco simplemente pasivos: han tratado de vencer el mal a fuerza de bien;
– han tenido un corazón sensible a los sufrimientos y necesidades de los demás, han dejado que resonaran en ellos sus sufrimientos y dolores; no les han cerrado las puertas; han visto las necesidades de sus congéneres, y han intentado darle respuesta cristiana;
– han sido mujeres y hombres de una profunda religiosidad interior, no de meras formas;
– han sido servidores de la paz: han tendido puentes, han trabajado por la reconciliación.
Los santos supieron vivir en esa actitud de olvido de sí mismos y de salida de sí mismos. Lo cierto es que ellos mismos, los santos, han sido personas que no han vivido adormiladas, sino bien despiertas. Y tampoco aquí se trata simplemente de que algunos de ellos tuvieran un don especial, el don de vigilia, que les permitía estar casi todo el día despiertos. Según dicen los entendidos, los mismos éxtasis que algunos tenían les servían de sueño, cumplían las mismas funciones de descanso que el sueño. Es de suponer que esto les permitía vivir unas jornadas más intensas.
Pero no es ese estado de vigilia el que mejor define a los santos. Son personas despiertas en otro sentido. Tenían el oído despierto para escuchar la palabra de Dios y para escuchar el clamor de las personas necesitadas; tenían la mirada despierta. Han vivido como hijos de la luz. Han sabido iluminar a todos aquellos que tenían cerca.
Esa apertura y disponibilidad son un ejemplo para todos nosotros. Nos recuerdan que todos tenemos la “obligación” de buscar la santidad, como ya subrayó el Concilio Vaticano II. La vocación a la santidad, puesto que surge del Bautismo, forma parte de la condición misma de todo fiel cristiano. Ha sido uno de los méritos de la eclesiología del Vaticano II el señalar los elementos que son comunes a todos los fieles, como base para una ulterior consideración de la jerarquía de funciones en el Pueblo de Dios. Y en eso estamos los cristianos del siglo XXI.
Hoy además estamos a caballo entre la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los Difuntos. Es un buen día para recordar a aquellos que nos han dejado ya, y que desde el cielo nos contemplan y oran por nosotros. Están rogando siempre, para que vayamos a disfrutar de la paz que ellos ya tienen. No les defraudemos. Vivamos como los santos, para que podamos, un día, encontrarnos con nuestros difuntos en el Reino de los Cielos."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 31 de octubre de 2026

ACTUAR CON SENCILLEZ

 
 


Sucedió que un sábado fue Jesús a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos le estaban espiando.

Al ver Jesús que los invitados escogían los asientos de honor en la mesa, les dio este consejo:
– Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que llegue otro invitado más importante que tú, y el que os invitó a los dos venga a decirte: ‘Deja tu sitio a este otro.’ Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó te diga: ‘Amigo, pásate a este sitio de más categoría.’ Así quedarás muy bien delante de los que están sentados contigo a la mesa. Porque el que a sí mismo se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido.
(Lc 14, 1.7-11)

Hoy Jesús nos invita a la sencillez, a la humildad. Nos dice que si nos engrandecemos, tarde o temprano se verá nuestra realidad, lo que somos y se nos pondrá en nuestro lugar. Debemos actuar por Amor, no para hacer méritos, para que nos alaben. 

" (...) Se puede tener la impresión de que Jesús en el Evangelio de hoy nos propone actuar con cálculo y astucia: hacer gala de humildad, pero con la intención escondida de ser recompensado de algún modo. En realidad, la crítica inicial a los que buscaban con ansiedad los primeros puestos excluye tal interpretación, porque, de ser cierta, entraría en contradicción consigo mismo: se trataría de una mera estrategia para conseguir lo que se empieza censurando. Jesús critica una autoexaltación puramente exterior, expresada en esos “primeros puestos” que son pura fachada. El contexto de la comida nos invita a entender las palabras de Jesús en relación con el Reino de Dios, tantas veces comparado con un banquete. La verdadera humildad, que es “andar en verdad” (santa Teresa de Jesús), no significa desprecio de sí ni falta de autoestima, sino la conciencia de la propia limitación, sabiendo que nuestro propio valor es, primero, algo recibido como pura gracia, y, además, independiente del reconocimiento exterior, que no debe buscarse, y, si se da, debe simplemente agradecerse. Y, por fin, el reconocimiento que debemos desear, es el de Aquel que no puede engañarnos, porque nos conoce de verdad y por dentro: es el reconocimiento de Dios, que nos exaltará (en el Reino de los cielos), si nos humillamos en este mundo, no porque nos despreciemos, sino porque nos sabemos inclinar ante nuestros hermanos en actitud de servicio, como hizo María, su humilde sierva, en la que el Señor hizo obras grandes; como Jesús, que se hizo esclavo de sus discípulos al lavarles los pies, y de todo la humanidad, al lavar nuestros pecados sometiéndose a la muerte, y una muerte de esclavo, una muerte de cruz, y por eso Dios lo levantó y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)





viernes, 30 de octubre de 2026

LO PRIMERO ES AMAR

  

Sucedió que un sábado fue Jesús a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos le estaban espiando. Había allí, delante de él, un hombre enfermo de hidropesía. Jesús preguntó a los maestros de la ley y a los fariseos:
– ¿Está permitido sanar a un enfermo en sábado, o no?
Pero ellos se quedaron callados. Entonces Jesús tomó al enfermo, lo sanó y lo despidió. Y dijo a los fariseos:
– ¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae a un pozo, no lo saca en seguida aunque sea sábado?
Y no pudieron contestarle nada.
(Lc 14,1-6)

Jesús nos enseña que el Amor, la misericordia, la entrega, están por encima de todo. Las normas, los ritos, están supeditados al Amor. No podemos dejar de atender a alguien que nos necesita, porque debemos ir a misa, o reunirnos con un superior. Jesús demostró con sus actos, que dejar el Amor de lado por una "obligación" espiritual, no es sino hipocresía.
 
"A veces hay descubrimientos filosóficos que ya, con mucha antelación, encontramos en el Evangelio o, como en este caso, en los escritos paulinos. El filósofo Max Scheler consideraba que el amor es como una luz que nos abre al conocimiento de valores presentes en la persona amada, y que una mirada carente de amor es incapaz de descubrir. Scheler, que reconocía su deuda con la teoría del amor de san Agustín y, por tanto, con lo mejor de la tradición cristiana, bien se podría haber inspirado en este texto, en el que Pablo desea para los filipenses que su amor crezca en sensibilidad y penetración para apreciar los valores (“lo mejor” o “las cosas mejores” en el texto original). Contra lo que se suele pensar, el amor no es un sentimiento irracional y caótico, sino un movimiento que brota del libre centro personal, que coopera con la razón y la voluntad (conoce, decide y pasa a la acción) y da la vida humana equibrio, dirección y sentido.
La gran diferencia entre una mirada animada por el amor y otra carente de él se echa de ver con claridad en el texto evangélico que acabamos de escuchar. La mirada de Jesús guiada por el amor “ve” el sufrimiento, ve a la persona concreta, se compadece y actúa para remediar la necesidad: reconoce lo que es y lo que puede llegar a ser, y actúa para que así sea. En cambio, la ausencia de amor ciega para esos valores superiores, los de la persona concreta, su dignidad y valor, y se queda sólo en un cierto orden establecido, en un legalismo que da seguridad, pero cierra a la relación. Lo notable del caso es que el verdadero amor no sólo responde a la necesidad del que sufre, sino que también denuncia la insensibilidad del que no ama. Esa denuncia es, en realidad, una llamada a abrir los ojos, a cambiar de actitud, a adentrarse por el camino de la misericordia y el amor activo. Que respondamos a esa llamada o no (como sucede tristemente con los fariseos de hoy) depende ya de cada uno de nosotros."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 29 de octubre de 2026

EN NOMBRE DEL SEÑOR

  



También entonces llegaron algunos fariseos, a decirle a Jesús:
– Vete de aquí, porque Herodes te quiere matar.
Él les contestó:
– Id y decidle a ese zorro: ‘Mira, hoy y mañana expulso a los demonios y sano a los enfermos, y pasado mañana termino.’ Pero tengo que seguir mi camino hoy, mañana y al día siguiente, porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, pero no quisisteis! Pues mirad, vuestro hogar va a quedar desierto. Y os digo que no volveréis a verme hasta que llegue el tiempo en que digáis:
‘¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!’
(Lc 13,31-35)

Jesús predice su destino. Será incomprendido y muerto- No por Herodes, sino por aquellos que le avisan ahora de que Herodes quiere matarlo. Si le seguimos nosotros también seremos incomprendidos. Pero como Él debemos seguir nuestro trabajo, nuestra entrega en el bien de los demás. Ser benditos porque venimos en nombre del Señor. Enviados por Él.

" (...) La visión sobrenatural sobre los acontecimientos naturales de nuestra historia nos permite comprender que los que nos parecen malos rematados y sin posibilidad de cambio, en realidad no lo son y en ellos también es posible encontrar la semilla del bien. Así, vemos que los fariseos, tradicionales oponentes de Jesús, debían tener algún aprecio por Él, cuando le advierten de las aviesas intenciones de Herodes. Este mismo, déspota, adúltero, degenerado y débil, demostraba un cierto deseo de bien en el aprecio que tenía por Juan y el gusto con el que lo escuchaba (Mc 6, 20), aunque su sola voluntad no fue bastante para salvarlo, precisamente por la debilidad que suponía la falta de asistencia de la gracia.
El que la acepta y se deja guiar por ella es capaz de hacer el bien, incluso cuando esto implica consecuencias negativas, como nos enseña hoy Jesús, que no se deja amedrentar, y afirma, frente a las amenazas de muerte, su voluntad de perseverar en su misión de luchar contra el mal (expulsar demonios, las fuerzas que nos tientan) y de hacer el bien (curar), hasta ese final, que será su propia muerte, y que no será sino la suprema expresión del amor, la entrega libre de la propia vida.
En conclusión, la voluntad humana es esencial para la realización del bien, pero para ello es necesario que se abra libremente a la gracia, por la que se hace capaz de ver al Señor en los acontecimientos de la historia, en la espera de su venida definitiva, cuando exclamaremos: “bendito el que viene en el nombre del Señor”."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 28 de octubre de 2026

ELEGIDOS POR ÉL

  

Por aquellos días, Jesús se fue a un cerro a orar, y pasó toda la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, reunió a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los cuales llamó apóstoles. Estos fueron: Simón, a quien puso también el nombre de Pedro; Andrés, hermano de Simón; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago hijo de Alfeo; Simón el celote, Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que traicionó a Jesús.
Jesús bajó del cerro con ellos, y se detuvo en un llano. Se habían reunido allí muchos de sus seguidores y mucha gente de toda la región de Judea, y de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón. Habían venido para oir a Jesús y para que los curase de sus enfermedades. Los que sufrían a causa de espíritus impuros, también quedaban sanados. Así que toda la gente quería tocar a Jesús, porque los sanaba a todos con el poder que de él salía.
(Lc 6,12-19)

Jesús escoge a sus apóstoles tras la oración al Padre. Y luego desciende para hablar a la gente y curarlos. Si nos consideramos sus seguidores, hemos de recordar que es Él quien nos ha elegido. Si nos consideramos sus seguidores, debemos bajar al llano, hablar de Él y curar en su nombre, es decir, entregarnos, a todos los demás.

"Las fiestas de los santos fijan su mirada en algún personaje histórico y reparan en el modo en que Cristo Jesús y su evangelio han influido y transformado su vida. No se trata de exaltar al héroe que se ha hecho a sí mismo, sino la gracia de Dios que ha producido efectos de bondad y santidad en la persona que la acoge. Pero, ¿qué decir cuando de los santos que celebramos no sabemos casi nada? Es lo que sucede hoy con los apóstoles Simón y Judas. De ellos solo sabemos que eran miembros del grupo de los doce, y apenas nada más. Y las escasas informaciones sobre ellos ni siquiera son coincidentes. Así, Lucas dice de Simón, que era “zelota”, militante antiromano, mientras que Mateo y Marcos lo llaman simplemente “cananeo”. Respecto de Judas, incluso hay discrepancias sobre su nombre, pues Mateo y Marcos llaman Tadeo, al que Lucas designa como Judas, “el de Santiago” (el de Jacob, en el original), que tampoco dice mucho, pues Jacob era un nombre muy frecuente entre los judíos. De Judas, eso sí, tenemos el testimonio de que le preguntó a Jesús por qué se manifestaba solo a ellos y no al mundo, y la tradición le atribuye la autoría de una breve carta del Nuevo Testamento.
Esta escasez de datos nos permite, sin embargo, centrarnos en algunos rasgos esenciales de la vocación apostólica y en la influencia que tiene en nosotros. La primera, sin duda, es la relación personal con Cristo. Por eso es importante que, pese a la escasez de datos, sepamos que Jesús los llama por el nombre. Y además lo hace después de pasarse un noche en oración. Una decisión tan importante no puede tomarse a la ligera. Dios no nos toma a la ligera, no nos trata “a bulto”, en general. Antes de llamarnos por el nombre, cualquiera que sea nuestra vocación, se lo piensa bien, medita. Es difícil imaginarse algo así en Dios, pero Jesús, imagen visible del Padre, nos lo muestra con claridad. En segundo lugar, vemos que la llamada de los doce no es una segregación, un privilegio que pone a los elegidos a parte o por encima. Al contrario, tras el nombramiento Jesús se acerca a las gentes, las multitudes (discípulos y pueblo, sin limitaciones) lo rodean, lo escuchan, son curados por Él. Es claro que el encuentro con la humanidad, sin distinciones, es parte esencial de la vocación apostólica, que participa de esa fuerza curativa de Jesús. Es la fuerza del amor de Dios, que convierte a los extraños y forasteros en conciudadanos, en miembros de la familia de Dios Padre, en hermanos en Cristo.
Todos participamos de la vocación apostólica, aunque no seamos apóstoles, porque todos estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles. Y eso significa sabernos llamados por Jesús por el nombre (tras una noche en oración), incorporarnos a la familia de Dios y ser constructores de fraternidad, de ese templo hecho de piedras vivas al que todo ser humano, sin distinción, está llamado a integrarse."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

martes, 27 de octubre de 2026

LO GRANDE ANTES FUE PEQUEÑO

  

Jesús decía: “¿A qué se parece el reino de Dios y a qué podré compararlo? Es como una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo, y que crece hasta llegar a ser como un árbol tan grande que las aves anidan entre sus ramas.”
También dijo Jesús: “¿A qué podré comparar el reino de Dios? Es como la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina para que toda la masa fermente.”
(Lc 13,18-21)

Lo grande antes fue pequeño. Nuestros pequeños actos de Amor pueden tener grandes consecuencias. Una semilla pequeña da un gran árbol. Una pequeña cantidad de levadura, fermenta toda la mesa. Ante los problemas del mundo podemos pensar que nosotros poco podemos hacer. Jesús nos señala la importancia de esas cosas pequeñas. Es el lema de la Fundación PROYDE: "gente pequeña, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo"
No pensemos que no vale la pena nuestra contribución. Esa sonrisa, esa palabra de consuelo, esa pequeña ayuda...pueden hacer que el mundo se llene de paz y de Amor. 

lunes, 26 de octubre de 2026

HACER EL BIEN POR ENCIMA DE TODO





Un sábado se puso Jesús a enseñar en una sinagoga. Había allí una mujer que estaba enferma desde hacía dieciocho años. Un espíritu maligno la había dejado encorvada, y no podía enderezarse para nada. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo:
– Mujer, ya estás libre de tu enfermedad.
Puso las manos sobre ella, y al momento la mujer se enderezó y comenzó a alabar a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, enojado porque Jesús la había sanado en sábado, dijo a la gente:
– Hay seis días para trabajar: venid cualquiera de ellos a ser sanados, y no el sábado.
El Señor le contestó:
– Hipócritas, ¿no desata cualquiera de vosotros su buey o su asno en sábado, para llevarlo a beber? Pues a esta mujer, que es descendiente de Abraham y que Satanás tenía atada con esa enfermedad desde hace dieciocho años, ¿acaso no se la debía desatar aunque fuera en sábado?
 Cuando Jesús dijo esto, sus enemigos quedaron avergonzados; pero toda la gente se alegraba viendo las grandes cosas que él hacía.
(Lc 13,10-17)

Siempre debemos realizar el bien. El cumplimiento de normas y preceptos no pueden ser una excusa para dejar de hacer el bien. Jesús cura aquella mujer en sábado. La necesidad de aquella mujer, nuestra obligación de curarla, pasa por encima de nuestras obligaciones espirituales. Recordemos el mandamiento de que nos habló Jesús en el evangelio de ayer. El amor al prójimo va unido al amor a Dios.

"Es sabido que a los periodos de rigidez (moral o religiosa) les suceden otros de relajación y laxitud. Posiblemente, el temor, la tensión y el cansancio que produce la intransigencia explican que después se relajen los ánimos, y se tienda a la manga ancha y a rebajar las exigencias morales y religiosas. Pero, por la ley del péndulo, el sentido de vacío que suele provocar la flojera de la laxitud, también son la causa del movimiento contrario hacia una mayor exigencia. Lo ideal, claro, sería encontrar el equilibrio, que combina exigencia con apertura de espíritu. En realidad, el Evangelio, el mandamiento del amor, la persona de Jesús son ese punto de equilibrio que siempre debemos buscar.
Así, Pablo nos recuerda que las actitudes evangélicas que debemos practicar unos con otros, y que son la consecuencia de la misericordia y el perdón que Dios nos ha regalado en Cristo, implican un modo de vida que excluye otras actitudes y formas de comportamiento que son incompatibles con los valores del Reino de Dios. No podemos engañarnos a nosotros mismos, fiándonos en que la misericordia de Dios, al final, cierra los ojos y lo admite todo. No es posible habitar en el ámbito del Reino de Dios actuando de formas que son la negación de ese reinado de Dios en nuestros corazones, en nuestra vida y en nuestras relaciones. Y es que Jesús nos enseña hoy que la misericordia (la de Dios, y la que debemos practicar nosotros) no sólo no cierra los ojos, sino que, al contrario, los abre de par en par, pero para ver los sufrimientos de los demás e ir en su ayuda. Y es esa misma misericordia la que denuncia, como hace hoy Jesús, una pretendida justicia de corazón duro, que pone leyes formales por encima de aquella. Porque el verdadero sentido del sábado no es la prohibición de hacer esto o aquello (hasta prohibir hacer el bien), sino la alegría de entrar en el descanso de Dios, en la plenitud de la salvación, liberados de todas nuestras miserias."
(Jos-e María Vegas cmf, Ciudad Redonda)