domingo, 4 de octubre de 2026

LA VIÑA NO ES NUESTRA

 


Escuchad otra parábola: El dueño de una finca plantó una viña, le puso una cerca, construyó un lagar y levantó una torreu para vigilarla. Luego la arrendó a unos labradores y se fue de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, mandó unos criados a recibir de los labradores la parte de la cosecha que le correspondía. Pero los labradores echaron mano a los criados: golpearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. El dueño envió otros criados, en mayor número que al principio; pero los labradores los trataron a todos del mismo modo.
Por último mandó a su propio hijo, pensando: ‘Sin duda, respetarán a mi hijo.’ Pero cuando vieron al hijo, los labradores se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero; matémoslo y nos quedaremos con la viña.’ Así que le echaron mano, lo sacaron de la viña y lo mataron.
Pues bien, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué creéis que hará con aquellos labradores?
Le contestaron:
– Matará sin compasión a esos malvados y dará la viña a otros labradores que le entreguen a su debido tiempo la parte de la cosecha que le corresponde.
Jesús les dijo:
– ¿Nunca habéis leído lo que dicen las Escrituras?:
‘La piedra que despreciaron los constructores
es ahora la piedra principal.
Esto lo ha hecho el Señor
y nosotros estamos maravillados.’
Por eso os digo que a vosotros se os quitará el reino, y se le dará a un pueblo que produzca los frutos debidos.
(Mt 21,33-43)

Jesús nos ha hecho responsables de una viña, el Reino en este mundo. Y nosotros hemos acabado creyéndonos los dueños y la estamos destrozando. No producimos frutos de bondad, de Amor, sino de maldad y egoísmo.
Cada día deberíamos reflexionar sobre esto y cuidar la Viña con esmero para Él.

" (...) Podemos escuchar las lecturas, por fin, con verdadero interés. Pensando que ese texto está dirigido a mí, habla de mí, se refiere a mí. Yo, en pleno siglo XXI, en la ciudad de Múrmansk, estoy oyendo algo que me debe llegar al corazón. Algo que viene de Dios, para mí. La Palabra de Dios que se dirige a mí. Casi nada.
Qué distinto es oír hablar de la viña, y pensar en un arbolito, no demasiado alto, del que se puede obtener uvas y vino. Sin más. Qué distinto es pensar en mi propia persona como esa viña, que Dios cuida con amor, que prepara para que todo esté bien, y podamos crecer y dar mucho fruto. Qué diferente resulta todo, cuando leemos el texto en primera persona. Dios me ha plantado, me cuida, me riega, me protege en los momentos malos, ilumina mis miedos con la luz de su verdad… Dios está ahí, pendiente de mí. Yo soy esa viña.
Eso no significa que Él esté siempre encima de nosotros. Dios «se ausenta», es decir, respeta los márgenes de nuestra libertad, de nuestra iniciativa, de nuestra autonomía. Este es el momento peligroso. Viene la locura de la posesión, la falsa idea de que nadie jamás nos pedirá cuentas porque el dueño está lejos y quizá no vuelva nunca. Es el espejismo que ciertas cosas provocan en la conciencia: el dinero, el poder, el prestigio, el orgullo. Dios, el dueño de la viña «está de viaje», lo hemos marginado para siempre de nuestro quehacer.
Dios está ausente, pero eso no significa que no le importe el problema, ni que evada sus responsabilidades, ni que deserte de su posición de dueño de la viña. Significa un incomprensible respeto al hombre. Dios toma en serio al hombre y le deja actuar. No hace de él un robot. No interviene inmediatamente en escena, como hubiéramos hecho nosotros, que al primer rechazo de los viñadores y a su violenta oposición nos hubiera faltado tiempo para enviar a los antidisturbios, a la Policía especial y al Ejército. Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos. Muy lejos está Dios de pensar como nosotros. Dios espera siempre. Dios confía siempre. Dios nunca muestra su orgullo ofendido.
Precisamente por eso me dan miedo estas lecturas. Porque son como el aviso que Dios nos dirige, me dirige, para que estemos atentos. Él nos está cuidando, desde siempre. Por eso debemos responder con la misma moneda. Un Dios que se empobrece y vacía, se encarna, para ser tan miserable como el hombre… ¿Hay un amor más irreflexivo e imprudente? ¿Podemos nosotros entender un amor tan grande? ¿O es que no nos atrevemos a admitirlo porque exigiría demasiado de nosotros? Podemos imitar a Dios en otras cosas, pero en su amor es demasiado para nosotros. Mi miedo es no responder como debo. Saber lo que tengo que hacer, pero no hacerlo, o hacer lo que no debo. Por eso es tan importante caer en la cuenta de que el mensaje del Evangelio se dirige a cada uno de nosotros. Si entendemos este misterio de amor, todo será más fácil. Orar será darle gracias a Dios espontáneamente, por cuidarnos en todo momento, y no algo que tengo que hacer por obligación. La Eucaristía será verdadera acción de gracias, y no una rutina que me mandan.
A veces tengo envidia de aquellas personas que acaban de llegar a este camino. Para las que todo es nuevo, el Evangelio no es conocido, y por eso prestan más atención. Esas personas no corren el peligro de decir ya me lo sé. Ojalá el Señor nos dé a todos un corazón de niño, siempre abierto a la novedad, y capaz de expresar con nuestras obras el amor al Dios que nos cuida. Somos su viña. Demostrémoslo en nuestra vida."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 3 de octubre de 2026

EN NOMBRE DE JESÚS

  


Los setenta y dos regresaron muy contentos, diciendo:
– ¡Señor, hasta los demonios nos obedecen en tu nombre!
Jesús les dijo:
– Sí, pues yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Os he dado poder para que pisoteéis serpientes y alacranes, y para que triunféis sobre toda la fuerza del enemigo sin sufrir ningún daño. Pero no os alegréis de que los espíritus os obedezcan, sino de que vuestros nombres ya estén escritos en el cielo.
En aquel momento, Jesús, lleno de alegría por el Espíritu Santo, dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que ocultaste a los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido.
“Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre; y nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera darlo a conocer.”
Volviéndose a los discípulos les dijo aparte: “Dichosos quienes vean lo que estáis viendo vosotros, porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; desearon oir lo que vosotros oís, y no lo oyeron.”
(Lc 10,17-24)

Aquellos discípulos enviados por Jesús tuvieron éxito porque actuaban en nombre de Él. Cuando nuestro apostolado falla, deberíamos preguntarnos en nombre de quién lo hacemos. ¿En el nuestro?¿Nos mostramos como líderes? No nos extrañemos de nuestro fracaso. Es en nombre de Jesús que debemos actuar. Es con Amor y no con orgullo que debemos hacerlo. Porque Dios se muestra a los sencillos.

"Aquellos setenta y dos entiendo que no debían ser grandes lumbreras en cuanto a estudios y preparación académica. Jesús los había escogido de entre la gente que lo seguía. Nada más. Es de suponer que no habían ni siquiera pasado mucho tiempo en ese seguimiento. Así que tampoco podían haber aprendido mucho de las palabras de Jesús, que, por otra parte, tampoco es que fuese muy académico ni intelectual en sus discursos. Se quedaba contento con hacerse entender por la gente sencilla con sus parábolas e historias simples. Al final, el mensaje era sencillo y claro (quizá hoy diríamos que “populista”): El Reino de Dios está cerca, convertíos y creed en la Buena Nueva. Porque, eso parece que todos lo tenían claro: la cercanía del reino era una buena noticia (nade terrores apocalípticos ni amenazas de condenación eterna). Conclusión: imagino que el mensaje de los 72 debía ser también muy simple: hemos escuchado a uno que dice esto y esto. Venid a escucharle porque lo que dice es bueno. Mensaje simple pero claro. Ellos no se ponían en el centro (no se trataba de que los escuchasen a ellos) sino que señalaban a Jesús.
Digo esto porque hace un tiempo participé en una reunión donde se hablaba del acompañamiento espiritual (antes más llamado “dirección espiritual”) y de cómo en ese contexto a veces se daban verdaderos abusos de autoridad. Señalaban algunas de las víctimas que el director/acompañante tendía a veces a ponerse en el lugar de Dios, en ven de invitar a la persona a escuchar ella misma a Jesús. Ahí era precisamente donde se daba el abuso: cuando el director suplantaba a Dios mismo y se ponía él en el centro de la relación, como amo y señor del acompañado.
Conclusión: anunciar el Evangelio es anunciar a Jesús e invitar a todos a que le escuchen, a que ellos mismos se encuentren con su palabra, con su testimonio y dejen que el mensaje de la Buena Nueva les llegue al corazón. Y quitarse de en medio, para no ocultar al que es verdaderamente importante: Jesús. Aquellos 72 lo hicieron bien. ¿Y nosotros?"
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 2 de octubre de 2026

ÁNGELES CUSTODIOS

 



En aquella misma ocasión se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron:
– ¿Quién es el más importante en el reino de los cielos? Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:
– Os aseguro que si no cambiáis y os volvéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. El más importante en el reino de los cielos es aquel que se humilla y se vuelve como este niño. Y el que recibe en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.

No despreciéis a ninguno de estos pequeños. Pues os digo que sus ángeles en el cielo contemplan siempre el rostro de mi Padre celestial.
(Mt 18,1-5.10)

Asociamos los ángeles custodios a nuestra infancia. En realidad podemos asociarlos a esa presencia constante de Dios a nuestro lado. No estamos solos. Él siempre nos acompaña y nos protege.

"Cuando era pequeño, me enseñaron, probablemente mi madre, una oración que decía: “Ángel de la guarda, / dulce compañía, / no me dejes solo / ni de noche ni de día”. Había que rezarla al momento de meterse en la cama. Cuando fui más mayor y aprendí a conducir, me dijeron, entre risa y bromas, que el ángel de la guarda, cuando la aguja que marcaba la velocidad superaba los cien kilómetros por hora, automáticamente se bajaba automáticamente del coche. A partir de ese momento, el conductor era el responsable del coche y el ángel de la guarda se liberaba de toda responsabilidad en caso de que algo sucediese.
Es que al final, con todas nuestras limitaciones, que son muchas (y cada uno puede mirarse al espejo y ser honesto consigo mismo), el Señor nos ha regalado la libertad y con ella la carga de la responsabilidad de nuestros actos. Porque no hay libertad sin responsabilidad. Otra cosa es que nunca nos va a faltar la misericordia de Dios que es paciente con nuestras debilidades y meteduras de pata. Pero estamos llamados a ser responsables de nuestros actos. Eso conlleva que dejemos de echar la culpa a los demás. Aquello que hizo Adán en el Paraíso con la dichosa manzana (“Es que fue Eva la que me la dio y me dijo que era buena…”).
El ángel de la guarda es una forma encantadora de hablar de esa presencia gratuita y amorosa de Dio cerca de nosotros, a nuestro lado. El ángel de la guarda no está para resolvernos los problemas ni librarnos de los dolores. No nos exime de asumir nuestros deberes. Nos apoya, nos acompaña, nos anima. Pero no puede dar ni un paso por nosotros. Somos nosotros los que tenemos que caminar y llevar adelante nuestra vida. Como dice el Evangelio de hoy, somos nosotros los que tenemos que escuchar la Palabra y caminar por las sendas de la vida fieles a los valores del Reino. Como Jesús."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 1 de octubre de 2026

TODOS SOMOS ENVIADOS

 



En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el reino de Dios.» Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: «Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el reino de Dios.» Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo.»
(Lc 10,1-12)

El otro día veíamos a Jesús enviando a los doce. Hoy envia a setenta y dos discípulos. Todos somos enviados a a anunciar el Reino. Nos envía a curar, a liberar a todos del mal. Como a los doce les pide que no se preocupen de los medios. Es el Amor el que hará que tengamos éxito. Él irá después y realizará la verdadera obra.
 
"Las palabras de Jesús “la mies es abundante y los obreros pocos” se han aplicado tradicionalmente a la necesidad de sacerdotes en la Iglesia. Pero me atrevo a decir que la intención del texto es mucho más amplia. Es verdad que hacen falta sacerdotes en la Iglesia, sacerdotes que sirvan a sus comunidades, que presidan la eucaristía, que celebren los sacramentos. Pero los sacerdotes no lo son todo en la Iglesia. Ni lo pueden ni deben ser.
La realidad es que la Iglesia somos todos. Podría decir que desde el papa hasta el último miembro de una comunidad, uno sin cargos ni cargas. Pero quizá tendría que decirlo de otra manera. La Iglesia somos todos desde el laico que vive su vida cristiana en todo momento, en su familia, en su trabajo, en sus relaciones de amistad, en su participación política hasta el papa que, en Roma, es la cabeza visible de la unidad de una comunidad de creyentes que está al servicio del Evangelio y nunca de sí misma.
Si esto es así, entonces las instrucciones de Jesús en el texto evangélico de hoy no se dirigen a los sacerdotes de forma exclusiva sino a todos los cristianos, a todos los que nos hemos encontrado con Jesús y, a través de él, hemos descubierto el mensaje del amor, que es Dios mismo
A todos se nos pide que seamos mensajeros de la buena nueva del Evangelio y de la salvación. Lo nuestro no son las grandes teologías sino un mensaje muy sencillo: “Está cerca de vosotros el Reino de Dios”. Y un deseo vivo de llevar y entregar la paz a los que nos reciban y escuchen. No se precisa de muchos medios que puedan llevar a ocultar, disimular o tergiversar el mensaje. Quizá ni siquiera habrá que hablar mucho. Lo importante es el testimonio de vida, la cercanía a los pobres y la preferencia por ellos. Lo importante es poner al descubierto como hemos experimentado en nuestra propia vida la misericordia de Dios y como llevamos esa misericordia (escucha, amor, comprensión, curación…) a los demás, empezando por los más necesitados, los más alejados, los más marginados… Porque sin ellos no hay Reino."
(Fernando Torres, cmf , Ciudad Redonda)

miércoles, 30 de septiembre de 2026

DEJARLO TODO




 Mientras iban de camino, un hombre dijo a Jesús:
– Señor, deseo seguirte adondequiera que vayas.
Jesús le contestó:
– Las zorras tienen cuevas y las aves nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza.
Jesús dijo a otro:
– Sígueme.
Pero él respondió:
– Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.
Jesús le contestó:
– Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el reino de Dios.
Otro le dijo:
– Señor, quiero seguirte, pero deja que primero me despida de los míos.
Jesús le contestó:
– El que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás, no sirve para el reino de Dios.
(Lc 9,57-62)

Si queremos seguir a Jesús, hemos de dejarlo todo. No podemos seguirlo a medias. Si seguimos a Jesús lo más importante son los pobres, los perseguidos, los inmigrantes, los enfermos, el dolor que tenemos frente a nosotros...Si no somos capaces de mirar únicamente esto y miramos nuestros intereses...no podemos seguir a Jesús.
 
"Decía un profesor mío de teología que Dios nos espera siempre a la vuelta de la esquina. Una forma de decir que nos espera justo más allá de donde estamos tanto física como mentalmente. Dios está en el futuro. El problema es que el futuro, nuestro futuro, es siempre incierto. No tenemos más que el presente y la memoria del pasado, que poco a poco se va difuminando. Pero del futuro, del mañana, no tenemos nada. Todo es posible. Hasta cosas que nunca imaginamos. El futuro nos puede cambiar nuestra forma de pensar y, por supuesto, de vivir. Seguro que somos de los que alguna vez hemos dicho o pensado que “esto es la primera vez que me pasa” o “esto no me había pasado nunca”. Pues bien, Dios está en el futuro. Y tenemos que estar abiertos a esa sorpresa, al cambio que nos puede suponer. Abiertos a que Dios nos saque de nuestras casillas, de los lugares comunes y familiares en que nos sentimos cómodos y seguros.
Creo que es así como hay que leer el texto evangélico de hoy. Jesús invita a los que se van ofreciendo a seguirle a una aventura de la que no se sabe el final. Les anima a dejar los terrenos conocidos para arriesgarse y arriesgarlo todo al servicio del Reino. Si lo pensamos con serenidad, tampoco es un desafío tan grande. El futuro siempre es desconocido y siempre es arriesgado. Siempre da miedo, crea inseguridad, es incierto. Supone abandonar el pasado, dejar atrás todo aquello con lo que nos sentíamos seguros, eso que hacíamos siempre y afrontar los nuevos retos.
No se trata de despreciar el pasado (olvidar a los padres…) sino de tomar el bagaje imprescindible y empezar a caminar a lo desconocido con el corazón y la mirada puesta en el Reino de Dios. La promesa es encontrarnos con el Padre y con los hermanos. La tarea, enorme, ingente, es preparar la mesa de la fraternidad en la que nadie debe quedar excluido. Y que en el camino sea lo que Dios quiera, porque no llevaremos más equipaje que su misericordia y su amor."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

martes, 29 de septiembre de 2026

LOS TRES ARCÁNGELES




 Cuando Jesús vio acercarse a Natanael, dijo:
– Aquí viene un verdadero israelita, en quien no hay engaño.
Natanael le preguntó:
– ¿De qué me conoces?
Jesús le respondió:
– Te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.
Natanael le dijo:
– Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel!
Jesús le contestó:
– ¿Me crees solamente por haberte dicho que te vi debajo de la higuera? ¡Pues cosas más grandes que estas verás!
Y añadió:
– Os aseguro que veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.
(Jn 1,47-51)

Los tres arcángeles los encontramos guiando a los hombres. Gabriel anunciando a María. Miguel luchando contra el mal. Rafael acompañando a Tobías. Seguro que más de uno nos hemos encontrado en la vida con un ángel que nos ha ayudado, aunque no hemos reparado en ello. Personas que no conocíamos pero que nos han ayudado. También nosotros podemos ser ángeles para los demás. Sólo basta estar dispuestos a servir...

"El otro día leí que cuando viaja el presidente de los Estados Unidos lleva consigo una comitiva de unas trescientas personas. Y esto no es del presidente actual sino de todos los presidentes de los últimos cincuenta años. Es el presidente de un imperio. ¡Qué menos! Así ha sido siempre en la historia. Podríamos recordar el fasto y la pompa y hasta el misterio que rodeaba a los emperadores bizantinos o lo que fue la corte del Rey Sol, Luis XIV, en Francia en el siglo XVII. Los poderosos siempre se han rodeado de muchos siervos, asesores, consejeros, bufones y otros que les facilitaban la vida.
Por eso, cuando imaginamos a Dios en sus alturas celestiales no podemos menos que imaginarle en su corte celestial, rodeado también de siervos, ángeles en este caso, que le canten aleluya y alaben continuamente. ¡No va a ser Dios menos que los reyes y emperadores de nuestro mundo!
Pero con el Evangelio en la mano y el mensaje del Reino en el corazón, no podemos ni debemos imaginarnos a Dios como uno cualquiera, aunque superior, de los poderosos de este mundo, exigiendo pleitesía y alabanzas de todos los que le rodean. El mensaje de Jesús nos habla de un Dios Padre, el Abbá, preocupado por sus hijos, atento a sus necesidades. Un Dios que no pide adoración sino que reparte perdón, misericordia, reconciliación. Un Dios que cura y sana. Un Dios en el que siempre, siempre, la misericordia triunfa sobre el juicio. Un Dios que no quiere una corte de aduladores sino reunir a todos sus hijos e hijas en torno a la mesa para compartir la comida de la fraternidad.
En esta perspectiva, los ángeles no están tanto al servicio del trono o para hacer más bonita la corte celestial. Ellos también están al servicio del Reino, de la fraternidad, de la justicia. Ángeles tenemos que ser unos con otros, porque todos estamos llamados a cuidar la fraternidad, porque todos estamos llamados al Reino."
(Fernando Torres, cmf,Ciudad Redonda)

lunes, 28 de septiembre de 2026

RECIBIR EN SU NOMBRE

 



 Por aquel entonces, los discípulos se pusieron a discutir quién de ellos sería el más importante. Jesús, al darse cuenta de lo que estaban pensando, tomó a un niño, lo puso junto a él y les dijo:
– El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe también al que me envió. Por eso, el más insignificante entre todos vosotros, ese será el más importante.
Juan le dijo:
– Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, pero como no es de los nuestros se lo hemos prohibido.
Jesús le contestó:
– No se lo prohibáis, porque el que no está contra nosotros está a nuestro favor.
(Lc 9,46-50)

Jesús nos dice que quien acepta a los niños, a los sencillos, a los que no cuentan nada, (eso pasaba en Israel con los niños y las mujeres), es el más importante. 
También nos muestra que todo aquél que hace el bien, está cerca de Él. Ayer fue el día por la Inmigración. Ellos son para Jesús como los niños. Quien los recibe no siempre es un seguidor de Jesús, pero para Él están más cerca suyo que los que nos llamamos cristianos y rechazamos al que no es como nosotros. 
 
"En los últimos años ha habido unas películas que llevaban por título “Misión Imposible”, remedo de una serie de los 60 y protagonizadas por Tom Cruise. En aquellas películas el protagonista se enfrentaba a misiones imposibles pero al final siempre lograba vencer. Aquellas películas tenían un final feliz.
Pero la vida no es siempre así. Cuando leo textos evangélicos como el de hoy, pienso que Jesús intentó una auténtica “misión imposible” y no sé, no estoy seguro, de que haya conseguido vencer. Porque se enfrentó a unos atavismos que están metidos en lo más profundo de nuestra mente. Y no es fácil desprenderse de ellos.
El primero es esa escena en la que los discípulos empiezan a hablar sobre quién es el más importante entre ellos. Jesús no dice nada pero pone un niño delante y proclama solemnemente, desde la perspectiva del Reino, la primacía del más débil. Así de claro. Así de sencillo. Así de “imposible”. Porque dos mil años después, nosotros seguimos teniendo clarísimo que hay jerarquías (hasta de la iglesia se dice que es esencialmente jerárquica), que hay unos que son más importantes que otros. Ese sueño de igualdad radical, de preferencia por los más débiles, de Jesús y del Reino por el que entregó su vida, se ha quedado, incluso en la misma iglesia, en un sueño del que brotan aquí y allá algunas realizaciones en la entrega de personas concretas pero que no se termina de hacer realidad del todo. Sigue siendo una “misión imposible” y pendiente.
Y el segundo es esa separación que marcan los discípulos entre los nuestros y los otros. Ahí van las fronteras, los prejuicios, los límites, las murallas, las cerraduras, los temores frente al otro, las guerras. Otros atavismo que ha marcado la historia de la humanidad y la ha llenado de sangre. Los discípulos no entienden que en el Reino no hay fronteras, que todos somos hermanos y hermanas y que ya va siendo hora de que todos nos pongamos a trabajar por el bien de todos.
Jesús intentó esa “misión imposible” de romper esos atavismos y abrir un futuro nuevo para la humanidad. A ver si nosotros logramos ser como Tom Cruise y hacer que esta historia tenga un final feliz."