domingo, 21 de junio de 2026

GRITADLO EN LAS AZOTEAS

 


No tengáis, pues, miedo a la gente. Porque nada hay secreto que no llegue a descubrirse ni nada oculto que no llegue a conocerse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz del día; lo que os digo en secreto, proclamadlo desde las azoteas de las casas. No tengáis miedo a quienes pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede destruir el cuerpo y el alma en el infierno.
¿No se venden dos pajarillos por una pequeña moneda? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que vuestro Padre lo permita. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de la cabeza los tenéis contados uno por uno. Así que no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.
Si alguien se declara a favor mío delante de los hombres, también yo me declararé a favor suyo delante de mi Padre que está en el cielo; pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en el cielo.
(Mt 10,26-33)

Jesús nos invita a no tener miedo a anunciar la Palabra. Debemos confiar plenamente en el Padre. Él cuida y cuidará siempre de nosotros.

" (...) Para poder dar una respuesta válida y verdadera a nuestro Dios, nos ayuda el Evangelio. Podemos empezar así: ¿quién guía mi vida de verdad? ¿Quién organiza mi forma de pensar? ¿Quién dicta mi forma de actuar? ¿Quién me indica lo que tengo que decir o lo que tengo que callar? ¿Quién me dice cuándo actuar y cuándo inhibirme? No son preguntas baladíes. Es lógico que en toda estructura social haya un reparto mayor o menor de funciones, y que a algunos les toque más decidir y a otros ejecutar. No es lo mismo ser director general que ser un administrativo en una empresa. No digamos ya en las fuerzas armadas.
Pero las preguntas que he formulado un poco más arriba se refieren a las veces que tenemos que actuar en conciencia, y hay ocasiones en que otros quieren mandar en nuestra conciencia. No todos tienen la misma capacidad de presión. Sólo los que tienen cierta autoridad y pueden castigarnos, si no nos sometemos a su voluntad, nos pueden condiconar de verdad. Si un niño pequeño nos apunta con una pistola de juguete (si aún siguen jugando los niños con pistolas) y nos amenaza, sonreímos, podemos fingir que nos ha matado y jugamos con él. Pero cuando a Pedro y a Juan los autoridades de los judíos les prohíben seguir hablando de Jesús, las cosas cambian. Porque que te azoten o que te condenen a muerte no es cosa de broma.
Las palabras de Cristo no buscan que estemos todo el día buscando el enfrentamiento con los que no piensan como nosotros. Más bien el Maestro quiere que no desfallezcamos en la tarea de anunciar y construir el Reino de Dios, aunque parezca que no damos fruto o nos rechacen y se nos opongan. Porque lo importante es no guardarse la proclamación de ese Reino, que no puede mantenerse oculto. El miedo, por tanto, no puede ser óbice para el actuar del discípulo de Jesús.
Ser discípulo de Jesús es ser libre. Y ser libre no es un juego. Implica asumir riesgos. Supone no dejar que otros, con su mando a distancia, me limiten, me coarten o esclavicen. Supone también luchar para que otros no me hagan un juguete de sus deseos y de sus pasiones. La libertad tiene un precio, que puede ser muy elevado.
Jesús nos dice que seguirle significa ser libre, como Él lo fue. Vivir buscando sólo la voluntad de Dios y llevándola a la práctica. También es una invitación a la confianza: “vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados”. En las clases del Seminario nos comentaron que esta figura nos retrotrae a los tiempos en los que había muchos piojos en el mundo y los niños se los pasaban de unos a otros. Al llegar a casa, las madres comprobaban el estado higiénico de los cabellos, matando los “bichos” y peinando el pelo para retirar las liendres. Qué imagen tan bella; Dios, como una madre, contando los cabellos de nuestra cabeza. Qué preocupación por cada uno de nosotros…
Se nos ha confiado la Palabra de Dios. No nos la guardemos. Es una responsabilidad. Para todos. Porque esto de que nos habla Jesús no vale sólo para los momentos críticos de la vida. Vale también en episodios menores, en los que uno se juega, por ejemplo, su propia imagen, porque lo que se lleva no es ser y declararse creyente. Sin arrogancia, sin agresividad (porque la Palabra de Dios no se impone, sino que se ofrece), estamos llamados a ser testigos suyos. Es pan para la multitud. No nos podemos guardar esa Palabra para nosotros solos, para nuestro consumo personal. Que el Señor nos conceda cruzar la frontera que separa el miedo de la libertad."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)








sábado, 20 de junio de 2026

TENEMOS UN ÚNICO SEÑOR

 


Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y al dinero.
Por tanto, os digo: No estéis preocupados por lo que habéis de comer o beber para vivir, ni por la ropa con que habéis de cubrir vuestro cuerpo. ¿No vale la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa? Mirad las aves que vuelan por el cielo: ni siembran ni siegan ni almacenan en graneros la cosecha; sin embargo, vuestro Padre que está en el cielo les da de comer. Pues bien, ¿acaso no valéis vosotros más que las aves? Y de todos modos, por mucho que uno se preocupe, ¿cómo podrá prolongar su vida ni siquiera una hora?
¿Y por qué estar preocupados por la ropa? Mirad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan. Sin embargo, os digo que ni aun el rey Salomón, con todo su lujo, se vestía como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, ¿no os vestirá con mayor razón a vosotros, gente falta de fe? No estéis, pues, preocupados y preguntándoos: ‘¿Qué vamos a comer?’ o ‘¿Qué vamos a beber?’ o ‘¿Con qué nos vamos a vestir?’ Los que no conocen a Dios se preocupan por todas esas cosas, pero vosotros tenéis un Padre celestial que ya sabe que las necesitáis. Por lo tanto, buscad primeramente el reino de los cielos y el hacer lo que es justo delante de Dios, y todas esas cosas se os darán por añadidura. No estéis, pues, preocupados por el día de mañana, porque mañana ya habrá tiempo de preocuparse. A cada día le basta con sus propios problemas.
(Mt 6,24-34)

Lo que Jesús nos pide hoy es que tengamos como Señor únicamente al Padre. Nos dice que debemos confiar plenamente en Él. Alguno me dirá cómo hacerlo viendo las desgracias que hay en el mundo. Si confiamos en Él, tendremos las fuerzas y las posibilidades de superarlas, de vencer los problemas y desgracias que se nos presenten.

"Se suele decir que las abuelas son muy consentidoras, quieren siempre dar gusto a los nietos y les dan todo lo que piden, que, normalmente, no necesitan. Son, más bien, caprichos. Los padres a veces también son así, pero normalmente son juzgados por no “educar bien a sus hijos y consentir demasiado” (incluso a veces las abuelas critican en sus hijos lo que hacen ellas alegremente con sus nietos, y hasta más).
Dios es padre, no abuelo. A veces (y frecuentemente) sí concede caprichos, pero si no lo hace no es porque no ame, sino porque no es lo que necesitamos. Nunca nos va a abandonar y, por lo tanto, no tenemos que preocuparnos, porque siempre vamos a tener lo que necesitamos. Podríamos preguntarnos: ¿acaso necesitan los pobres no tener dinero? ¿acaso alguien necesita un cáncer? ¿acaso necesita una madre que su hijo muera a causa de la violencia o de enfermedad? ¿acaso necesita alguien tener dolores físicos? La respuesta a estas preguntas, evidentemente, será que no. Pero Dios sí da lo que se necesita: mover los corazones de otros al auxilio, la iniciativa propia para luchar por la mejoría de las condiciones; la fortaleza para soportar lo que llegue; la paz; el espíritu de servicio para auxiliar a otros; la esperanza. Es decir, todos los dones y los frutos del espíritu.
Lo que da el Señor, que es lo que necesitamos es esa seguridad que proclama el salmista: mantendré el amor de mi Señor. Y lo que da, sobre todo, una y otra vez, es la llamada a no abandonar a Dios que se intuye en la lectura de Crónicas y se dice claramente en el evangelio de hoy: nadie puede servir a dos señores. Es decir, se llama a depender totalmente del Señor que da lo necesario y a veces los caprichos. El Dios que, por amor, no cede al chantaje emocional, sino a su corazón de Padre justo. A quien cuida del pajarillo y de la flor del campo. Para quien somos hijos amados y mimados, aunque no consentidos. A su inmensa y eterna Providencia."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 19 de junio de 2026

¿CUÁL ES NUESTRO TESORO?

  

No acumuléis riquezas en la tierra, donde la polilla destruye y las cosas se echan a perder, y donde los ladrones entran a robar. Acumulad más bien vuestras riquezas en el cielo, donde la polilla no destruye, ni las cosas se echan a perder, ni los ladrones entran a robar. Porque donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón. Los ojos son como la lámpara del cuerpo. Si tus ojos son buenos, todo tu cuerpo será luminoso; pero si tus ojos son malos, todo tu cuerpo será oscuridad. Y si la luz que hay en ti resulta ser oscuridad, ¡qué negra no será la propia oscuridad!
(Mt 6,19-23)

Amamos aquello a lo que damos más importancia. Es nuestro tesoro. Para saber si amamos de verdad a Dios, debemos analizarnos y mirar dónde tenemos el corazón. En qué dedicamos nuestros esfuerzos. Que es aquello que queremos poseer. 

"En el famoso bolero, el cantante anda buscando su corazón… parecía haberlo perdido, porque no lo oía palpitar. El corazón se había paralizado al haber perdido su tesoro.
Los tesoros no se pierden fácilmente o accidentalmente. La gente guarda cosas en cajas fuertes, en bancos, debajo del colchón… Les parece que ahí están a salvo, aunque a veces no parece servir de mucho todo eso que esconden. Alguien lo puede encontrar, requisar, robar… o se puede corroer, quemar, arruinar. Con el tesoro perdido se puede perder también parte del pálpito del corazón, porque se habían puesto en ese tesoro esperanzas de futuro, de comodidad y seguridad material. Pero al final, todo el esfuerzo por esconder, mantener, guardar, puede no haber merecido la pena. Eso mismo dice Jesús en el evangelio de hoy. No os aferréis a lo que tiene límites de tiempo y de espacio. No pongáis ahí el corazón, porque también el corazón se pudrirá, se corromperá o se desviará. Perderá el pálpito y se paralizará. Y entonces, solo puede sobrevenir la muerte.
El tesoro, como el corazón, está a buen recaudo cuando está en las cosas en las que Dios se deleita: la bondad, la belleza, la verdad. Cuando lo más importante, lo que queremos mantener por encima de todo, es las buenas obras, la amabilidad, la apertura y hospitalidad, el servicio a los demás; la oración y la liturgia y el buscar la armonía familiar y social; la justicia que da a cada uno lo que necesita y le corresponde y que defiende la verdad. Es decir, el tesoro está en vivir la vida de la Iglesia que es Eucaristía, servicio, oración, comunión y testimonio. No se trataría de hacer prodigios, como nos vienen diciendo las lecturas toda la semana, sino los prodigios diarios y ocultos, pero que, como los de Elías, dan el salto a la eternidad. Todo un carro de fuego que transporta hasta Dios. Esos son los verdaderos tesoros. Se trata de poner nuestro corazón dentro del corazón de Dios y así no perderlo. Se trata de tener nunca que cantar angustiadamente, ¿dónde estás, corazón?. Pero a veces, sí preguntárselo a uno mismo, para rectificar caminos y volver a la verdad."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 18 de junio de 2026

ORACIÓN DE HIJOS

 


Y al orar no repitas palabras inútilmente, como hacen los paganos, que se imaginan que por su mucha palabrería Dios les hará más caso. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis aun antes de habérselo pedido. Vosotros debéis orar así:
‘Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra
así como se hace en el cielo.
Danos hoy el pan que necesitamos.
Perdónanos nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos
a quienes nos han ofendido.
Y no nos expongas a la tentación,
sino líbranos del maligno.’
Porque si vosotros perdonáis a los demás el mal que os hayan hecho, vuestro Padre que está en el cielo os perdonará también a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará el mal que vosotros hacéis.
(Mt 6,7-15)

Orar es dirigirnos a Dios como un Padre y a Jesús como un Hermano. La oración nos une. Una oración que no sólo han de ser palabras, sino sobre todo actitudes. Pedir lo que queremos recibir y comprometernos a lo que debemos dar. Perdonar porque hemos sido perdonados. Amar.
 
" (...) La aclamación antes del Evangelio de hoy dice que hemos recibido “el espíritu de adopción” que nos permite decir Abba. Y que lo podemos decir con tanta seguridad porque, al haber sido adoptados sabemos que jamás seremos rechazados. Y también que hemos dejado atrás, hemos roto totalmente con nuestra antigua familia (la del pecado original). Y ya nuestra herencia no será el pecado, sino el amor de Dios. Y por lo tanto, la única oración que nunca puede caer de nuestros labios es la del Unigénito. Porque en él, estamos todos recogidos y adoptados.
Las siete peticiones del Padrenuestro son las de hijos adoptados legítimamente: reconocimiento y honor del padre (santificado sea tu nombre), asentamiento en el hogar, (venga a nosotros tu Reino), obediencia al padre (hágase tu voluntad), alimento (danos hoy nuestro pan de cada día), perdón recibido y extendido a los demás miembros de la familia, protección del mal. Es todo lo que hace la familia: respetarse unos a otros, obedecer (es decir, escuchar y actuar en consecuencia), nutrir, proteger, y mantener unas relaciones en las que naturalmente se pide perdón y se dan las gracias.  Y, al sabernos parte de esa familia, en ese espíritu de adopción, podemos decir con el salmista: alegráos, justos, en el Señor. De ahí viene toda alegría. Somos hijos adoptivos y podemos llamar a Dios con la palabra más familiar: papá, Abbá."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 17 de junio de 2026

AYUDAR, ORAR, AYUNAR

 


No practiquéis vuestra religión delante de los demás solo para que os vean. Si hacéis eso, no obtendréis ninguna recompensa de vuestro Padre que está en el cielo.
Por tanto, cuando ayudes a los necesitados no lo publiques a los cuatro vientos, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente los elogie. Os aseguro que con eso ya tienen su recompensa. Tú, por el contrario, cuando ayudes a los necesitados, no se lo cuentes ni siquiera a tu más íntimo amigo. Hazlo en secreto, y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu recompensa.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que la gente los vea. Os aseguro que con eso ya tienen su recompensa. Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora en secreto a tu Padre. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu recompensa.
Cuando ayunéis, no pongáis el gesto compungido, como los hipócritas, que aparentan aflicción para que la gente vea que están ayunando. Os aseguro que con eso ya tienen su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, lávate la cara y arréglate bien, para que la gente no advierta que estás ayunando. Solamente lo sabrá tu Padre, que está a solas contigo, y él te dará tu recompensa.
(Mt 6,1-6.16-18)

Tres cosas que debemos hacer por Amor y en lo secreto. Sin llamar la atención. Si lo hacemos para que nos vean, para tener fama, para que hablen de nosotros...eso no sirve para nada. El mismo Jesús, tras realizar un milagro, pedía que no lo dijeran a nadie. Él rezaba en la noche, en la soledad. Es el Padre quien debe saberlo. Nadie más.

" (...) Lo más extraordinario que puede hacer un cristiano común es lo de los pasajes de los evangelios de días anteriores: vencer el mal a fuerza de bien. Recuerdo muchas veces a mi madre, que un día se detuvo a auxiliar a una vecina que se había herido con un cristal roto. Esta vecina había insultado y amenazado a mi madre en varias ocasiones, pero, cuando le pregunté a mi madre por qué  lo hacía me dijo, simplemente, que, porque era un ser humano. Ser cristiano no es hacer demostraciones externas magníficas y asombrosas, sino milagros diarios a base de obras buenas en silencio, de oración callada y en secreto. Ha habido muchos santos que han “realizado” milagros. Pero esto no está bien dicho. Ellos no han hecho milagros: la gracia de Dios ha hecho obras extraordinarias en su interior, que se han reflejado en que el poder de Dios ha obrado prodigiosamente por medio de ellos. Es de lo que habla Pablo en 2 Cor: “llevamos este tesoro en vasijas de barro para que se demuestre que este poder extraordinario viene de Dios, y no de nosotros.”
El peligro de la tentación a querer hacer cosas extraordinarias no está tanto en la “demostración” de poder, como en el creer en la propia fuerza y no en la de Dios, en arrogarse el mérito. Y el mérito del que hablaba el evangelio es amar heroicamente a todos. Silenciosamente, en lo secreto de una unión íntima con Dios que no hace ruido, ni busca la ostentación."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 16 de junio de 2026

AMOR A TODOS

 

También habéis oído que antes se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.’ Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, pues él hace que su sol salga sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos e injustos. Porque si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¡Hasta los que cobran impuestos para Roma se portan así! Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡Hasta los paganos se portan así! Vosotros, pues, sed perfectos, como vuestro Padre que está en el cielo es perfecto.
(Mt 5,43-48)

Lo que Jesús nos dice, parece imposible. "Amad a vuestros enemigos". Pensemos, sin embargo, que si hubiésemos seguido el consejo de Jesús, como el de ayer de poner la otra mejilla, no habría guerras, violencias, abusos...No habría pobreza. Sí, es difícil seguir estos consejos, pero debemos intentarlo. Si lo hacemos, nos llevaremos la sorpresa de que el mundo cambia a mejor. El granito de arena de cada uno, puede hacernos cada día más semejantes a la perfección del Padre.

"(...) El Evangelio da un paso más. “se os ha dicho… pero yo os digo”. Sed perfectos. Por alguna razón ese mandato tan contundente parece chirriar dentro. Llama a una heroicidad imposible que exigiría un enorme esfuerzo… Pero a Jesús tal heroicidad, tal perfección, le parece imprescindible. Le parece imprescindible la perfección porque los hijos de Dios, hechos a imagen y semejanza del Padre, tienen que ser como el Padre. Y el Padre es todo amor, sin fisuras.
Si no lo hacéis así, ¿qué mérito tenéis? Amar a quienes nos aman es (relativamente) fácil. Es lo que brota, lo que nos sale, o al menos lo que sentimos que es nuestro “deber” por lazos familiares, o por razones de gratitud.  Pero, quien dio la vida, quien se vació, quien se entregó a una muerte dolorosísima tiene autoridad para decir que eso no es suficiente. Que hay que amar y orar por el enemigo, por quien persigue, por quien nos odia.
¿Querrá decir eso no luchar por la justicia, entregarse, pasivamente a la mentira, la corrupción y la injuria de otros? Lo más probable es que no signifique eso. La justicia es darle a cada uno lo que necesita;  y lo que necesita el malvado es que le saquen de su maldad, no que le permitan seguir en ella. Por lo tanto, no es consentir el mal, sino pedir el bien para quien hace el mal. Es decir, pedir el bien real: el arrepentimiento, la restitución, la purificación y el acercamiento al Dios justo que es la única felicidad. La justicia no es venganza, sino extensión de la infinita misericordia del Ungido que viene a salvar. A quienes siguen a ese Cristo salvador se les pide esa heroica perfección. Si no, ¿cómo se van a distinguir de quienes hacen el mal?"
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 15 de junio de 2026

RESPONDER CON AMOR

 

Habéis oído que antes se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente.’ Pero yo os digo: No resistáis a quien os haga algún daño. Al contrario, si alguien te pega en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te demanda y te quiere quitar la túnica, déjale también la capa. Y si alguien te obliga a llevar carga una milla, ve con él dos. Al que te pida algo, dáselo; y no le vuelvas la espalda a quien te pida prestado.
(Mt 5,38-42)

A pesar de haber leído mil veces este evangelio, nuestra sociedad sigue practicando la venganza. El que la hace la paga. Me hace daño, yo te haré más. 
Jesús nos habla de responder al mal, al odio con Amor. Es dar con creces lo que se nos pide. En definitiva, lo que Él hizo: dar su vida, la entrega total por nosotros.

"(...) El perdón es personal… la justicia es de Dios. Porque, lógicamente, siempre va a haber consecuencias, más que nada, consecuencias de por vida para quienes, aunque hayan sido perdonados, quizá no se hayan arrepentido de haber dejado tuerto a otro. Quizá nadie los deje tuertos a ellos, pero ciertamente han quedado separados de Dios y de los demás y, por tanto, fuera de la posibilidad de felicidad. Como se dice a veces, en el pecado llevan la penitencia, a no ser que regresen a Dios de todo corazón y enmienden el mal hecho.
Puede parecer que la carga cae sobre el “tuerto” original, es decir, sobre quien ha sido víctima. Además de haber sido dañado, tiene que perdonar, y le toca también orar por quien le persigue, seguir haciendo el bien. Caminando una milla más, dando el doble… Porque al tuerto (o el muerto en el caso de Nabot), se le ha quitado algo, pero no la felicidad. Pero el victimario, en cambio, puede tener los ojos (la viña) intactos, pero no puede ser feliz. Tiene un hueco dentro imposible de llenar con viñas o muertes. Y ahora, según la justicia de Dios, que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, al tuerto le toca restaurar la vista del ciego que ha cometido la infracción. Porque quien ha cometido la infracción no es solo tuerto: ha perdido la vista y está totalmente herido. Con la oración, con el perdón, con la intercesión ante Dios, el tuerto podría conseguir de Dios la misericordia para que el agresor pueda encontrar el camino a la felicidad, que pasa por la reconciliación y la restauración… Es decir, la vuelta a la justicia. No a base de igualar el mal para todos, sino de restaurar la bondad para todos.

(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)