sábado, 31 de enero de 2026

CUANDO PARECE DORMIR



Al anochecer de aquel mismo día, Jesús dijo a sus discípulos:
– Pasemos a la otra orilla del lago.
Entonces despidieron a la gente y llevaron a Jesús en la misma barca en que se encontraba. Otras barcas le acompañaban. De pronto se desató una tormenta; y el viento era tan fuerte, que las olas, cayendo sobre la barca, comenzaron a llenarla de agua. Pero Jesús se había dormido en la parte de popa, apoyado sobre una almohada. Le despertaron y le dijeron:
– ¡Maestro!, ¿no te importa que nos estemos hundiendo?
Jesús se levantó, dio una orden al viento y le dijo al mar:
– ¡Silencio! ¡Cállate!
El viento se detuvo y todo quedó completamente en calma. Después dijo Jesús a sus discípulos:
– ¿Por qué tanto miedo? ¿Todavía no tenéis fe?
Y ellos, muy asustados, se preguntaban unos a otros:
– ¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?
(Mc 4,35-41)

A veces parece que Dios duerme, como aquél día de tempestad en la barca. Podemos desesperarnos como los apóstoles. Pero nuestra esperanza no debe desfallecer. Él calmará la tempestad y nos preguntará por qué teníamos miedo y no confiábamos en Él. Debemos agradecer a Jesús por las tormentas de las que nos ha salvado. Él siempre está ahí, a nuestro lado. Aunque parezca dormir no debemos tener miedo. Él nos salvará.

"(...) Sobre la necesidad de sentir la gracia y confiar en Dios insiste el Evangelio. En esta ocasión, el relato de Marcos nos recuerda cómo Jesús calma la tormenta, revelando su autoridad divina sobre la naturaleza y nuestra vida. La escena comienza con la orden de cruzar al otro lado. Algunos, con esa invitación, podrían plantearse cambiar radicalmente de vida, intentar verlo todo con unan nueva perspectiva, Al mismo tiempo, es una invitación a confiar en Él.
En ese camino, no todo es fácil. Como en nuestra vida. La tormenta representa las adversidades y temores que enfrentamos. Los discípulos, aterrados, cuestionan la preocupación de Jesús por ellos. Sin embargo, su despertar no solo calma las aguas, sino también sus corazones. Jesús pregunta: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Todavía no tenéis fe?», desafiándonos a confiar en su presencia en momentos de crisis. Este pasaje nos invita a reconocer su poder y a mantener nuestra fe inquebrantable ante las tempestades de la vida. Como hizo san Juan Bosco, el santo de hoy, que, a pesar de los problemas, supo dedicar su vida a la educación de los jóvenes."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 30 de enero de 2026

ENSEÑABA CON PARÁBOLAS

  

Jesús dijo también: “Con el reino de Dios sucede como con el hombre que siembra en la tierra: que lo mismo si duerme que si está despierto, lo mismo de noche que de día, la semilla nace y crece sin que él sepa cómo. Y es que la tierra produce por sí misma: primero brota una hierba, luego se forma la espiga y, por último, el grano que llena la espiga. Y cuando el grano ya está maduro, se siega, porque ha llegado el tiempo de la cosecha."
También dijo Jesús: “¿A qué se parece el reino de Dios, o con qué podremos compararlo? Es como una semilla de mostaza que se siembra en la tierra. Es la más pequeña de todas las semillas del mundo; pero, una vez sembrada, crece y se hace mayor que cualquiera otra planta del huerto, y echa ramas tan grandes que hasta los pájaros pueden anidar a su sombra.”
De esta manera les enseñaba Jesús el mensaje, por medio de muchas parábolas como estas y hasta donde podían comprender. No les decía nada sin parábolas, aunque a sus discípulos se lo explicaba todo aparte.
(Mc 4,26-34)

Jesús nos enseña con parábolas. Estas de hoy nos enseñan esperanza. Nos dicen que aquello que sembramos por pequeño que sea, un día dará fruto; porque es Él quien le da la fuerza para crecer. Aquellas cosas buenas que hacemos, por nimias que nos parezcan, seguro que un día darán un fruto abundante. Ese pequeño amor que ofrecemos a alguien que se siente solo, que sufre...es más importante de lo que nosotros creemos.

"(...) Todo necesita su tiempo y su lugar. Lo recuerda Jesús en el Evangelio. Lo saben bien los agricultores, que trabajan cada día, confiando en que el trabajo dará su fruto. Con su pedagogía habitual, Cristo nos presenta el Reino de Dios a través de dos parábolas sencillas, tomadas de la vida cotidiana. Estas parábolas revelan una verdad profunda y consoladora: el Reino crece por la acción de Dios, no por el control humano.
Jesús compara el Reino con una semilla sembrada en la tierra. El sembrador duerme y se levanta, y la semilla germina y crece “sin que él sepa cómo”. Esta imagen cuestiona nuestra obsesión por la eficacia inmediata y el dominio de los procesos. El Reino no depende de nuestra ansiedad ni de nuestra impaciencia, sino de la fidelidad confiada a la obra de Dios.
La segunda parábola, la del grano de mostaza, refuerza esta enseñanza. Lo más pequeño, casi insignificante, se transforma en un arbusto capaz de acoger vida. Así actúa Dios: elige lo pequeño, lo oculto, lo humilde, para manifestar su poder. El Reino no irrumpe con espectacularidad, sino que comienza de manera discreta, casi imperceptible, y sin embargo su alcance es sorprendente.
Estas parábolas invitan a la comunidad cristiana y a cada uno de nosotros a sembrar con esperanza, aunque no vea resultados inmediatos. Nos llaman a confiar en que cada gesto de amor, cada palabra de justicia, cada acto de misericordia, aunque parezca mínimo, tiene una fecundidad que supera nuestros cálculos. El discípulo no es dueño del crecimiento, sino servidor del proceso. Y nadie es demasiado humilde o pequeño para no poder colaborar con algo.
En un mundo marcado por la prisa y la lógica del rendimiento, Jesús nos propone la lógica del Reino: paciencia, confianza y esperanza. Dios sigue trabajando en silencio, haciendo crecer su Reino en la historia y en el corazón de cada persona. Nuestra tarea es sembrar con fe y vivir abiertos a la sorpresa de Dios."
(Alejandro Carbajo c,f, Ciudad Redonda)

jueves, 29 de enero de 2026

¿ILUMINAMOS?

  

También les dijo: “¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de una vasija o debajo de la cama? No, una lámpara se pone en alto, para que alumbre. De la misma manera, no hay nada escondido que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a ponerse en claro. Los que tienen oídos, oigan.”
También les dijo: “Fijaos en lo que oís. Con la misma medida con que midáis, Dios os medirá a vosotros, y os dará todavía más. Pues al que tiene, se le dará más; pero al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará.”
(Mc 4,21-25)

Jesús nos pide que iluminemos, que repartamos luz a nuestro alrededor. Y eso lo haremos amando a todo el mundo. No haciendo diferencias con los demás. No somos nadie para juzgar quién es bueno y quién no, de los que nos rodean. Todo el mundo merece nuestra luz, nuestro amor. 

"(...) “El que tenga oídos para oír, que oiga”, dice Cristo en el Evangelio. Es un buen consejo para todos nosotros. Hoy se nos invita a reflexionar sobre la responsabilidad que conlleva haber recibido la luz de Dios. Lo que sí supo hacer David. Jesús utiliza imágenes sencillas y cotidianas: una lámpara no se enciende para ocultarla, sino para colocarla en lo alto y que ilumine. Con esta enseñanza, el Señor nos recuerda que la fe no es un tesoro privado ni un conocimiento reservado a unos pocos; es un don destinado a ser compartido y puesto al servicio de los demás. Misioneros en sus casas, podríamos decir.
En pocas palabras, la luz representa la Palabra de Dios y el mensaje del Reino. Quien la acoge en su corazón está llamado a dejar que transforme su vida y, a través de ella, ilumine el camino de otros. No basta con escuchar; es necesario vivir lo escuchado. Por eso Jesús insiste: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Escuchar, en clave bíblica, significa acoger con atención y responder con coherencia. Vivir como Dios quiere, intentando cumplir siempre Su voluntad.
El pasaje también nos confronta con una advertencia exigente: “La medida que uséis la usarán con vosotros”. Un buen aviso. Sabemos que, en el último día, tendremos que dar cuentas de nuestros actos. Sabemos que Dios no es mezquino, pero respeta la libertad humana.  La apertura, el compromiso y la generosidad con que recibimos su Palabra determinan la fecundidad de nuestra vida cristiana. Quien se cierra, termina perdiendo incluso lo poco que cree tener; quien se abre con humildad, recibe en abundancia. De cada uno depende elegir cómo quiere vivir. Lo rezamos cada día en el Padrenuestro. El perdón de nuestros pecados está muy vinculado a cómo perdonamos nosotros a los que nos han ofendido.
Este Evangelio nos desafía a revisar nuestra actitud frente a la fe. Podemos hacernos algunas preguntas, para revisar cómo va nuestro camino de fe. ¿Ese regalo que hemos recibido, la fe, la escondemos por miedo o comodidad, o la dejamos brillar con obras concretas de amor, justicia y servicio? ¿Somos estrictos con los demás y laxos con nosotros mismos? Porque ser discípulos de Jesús implica vivir como lámparas encendidas, capaces de reflejar la luz del Reino en medio del mundo. Aunque cueste."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 28 de enero de 2026

¿SOMOS TIERRA BUENA?

 

Otra vez comenzó Jesús a enseñar a la orilla del lago. Como se reunió una gran multitud, subió a una barca que había en el lago y se sentó, mientras la gente se quedaba en la orilla. Y se puso a enseñarles muchas cosas por medio de parábolas.
En su enseñanza les decía: “Oíd esto: Un sembrador salió a sembrar. Y al sembrar, una parte de la semilla cayó en el camino, y llegaron las aves y se la comieron. Otra parte cayó entre las piedras, donde no había mucha tierra; aquella semilla brotó pronto, porque la tierra no era profunda; pero el sol, al salir, la quemó, y como no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos, y los espinos crecieron y la ahogaron, de modo que la semilla no produjo grano. Pero otra parte cayó en buena tierra, y creció y dio una buena cosecha: unas espigas dieron treinta granos por semilla, otras dieron sesenta granos y otras cien.”
Y añadió Jesús:
– Los que tienen oídos, oigan.
Después, cuando Jesús se quedó a solas, los que estaban cerca de él y los doce discípulos le preguntaron qué significaba aquella parábola. Les contestó: “A vosotros, Dios os da a conocer el secreto de su reino; pero a los que están fuera se les dice todo por medio de parábolas, para que por mucho que miren no vean, y por mucho que oigan no entiendan; a no ser que se vuelvan a Dios y él los perdone.
Les dijo: “¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, pues, vais a entender todas las demás? El que siembra la semilla representa al que anuncia el mensaje. Hay quienes son como la semilla que cayó en el camino: oyen el mensaje, pero después de haberlo escuchado viene Satanás y les quita ese mensaje sembrado en su corazón. Otros son comparables a la semilla sembrada entre las piedras: oyen el mensaje, y al pronto lo reciben con gusto, pero como no tienen bastante raíz no pueden permanecer firmes; por eso, cuando por causa del mensaje sufren pruebas o persecución, pierden la fe. Otros son como la semilla sembrada entre espinos: oyen el mensaje, pero los negocios de este mundo les preocupan demasiado, el amor a las riquezas los engaña y su deseo es poseer todas las cosas. Todo eso entra en ellos, ahoga el mensaje y no le deja dar fruto. Pero hay otros que oyen el mensaje y lo aceptan y dan una buena cosecha, lo mismo que la semilla sembrada en buena tierra: algunos de estos son como las espigas que dieron treinta granos por semilla, otros son como las que dieron sesenta y otros como las que dieron cien.”
(Mc 4,1-20)

¿Somos tierra buena? Esta es la pregunta que debemos hacer. Y la parábola nos dice qué debemos hacer para serlo: no ser caminos que nos dejamos pisotear por todo, quitar las piedras de nuestra vida, eliminar loas espinas y arbustos...Es decir estar disponibles quitando de nuestra vida el mal, la envidia, el egoísmo...para que la semilla pueda brotar.

"(...) La parábola del sembrador no pone el acento en la calidad de la semilla, que es siempre buena, sino en la disposición del terreno y en cómo el sembrador no escatima la semilla.
Jesús mismo explica que los distintos tipos del suelo representan las actitudes del corazón humano frente a la Palabra.
El camino duro simboliza a quienes escuchan, pero no dejan que la Palabra penetre. Es un corazón cerrado, distraído o indiferente, donde el mensaje del Evangelio no logra arraigar. Hay mucha gente que no tiene interés en este mensaje. El terreno pedregoso representa a quienes reciben la Palabra con entusiasmo momentáneo, pero sin profundidad; cuando llegan las dificultades o las exigencias del seguimiento, abandonan. Quizá sea consecuencia de la vida que llevamos, donde todo tiene que ser fácil y rápido. El terreno con espinos refleja a quienes escuchan, pero permiten que las preocupaciones, el afán por el dinero y los deseos del mundo ahoguen el mensaje.
Finalmente, Jesús habla de la tierra buena, aquella que escucha la Palabra, la acoge y da fruto. No se trata de personas perfectas, sino de corazones disponibles, abiertos a la conversión y perseverantes. El fruto es diverso —treinta, sesenta, cien— porque cada vida es distinta, pero lo importante es que la Palabra produce vida nueva.
Esta parábola nos invita a mirarnos por dentro y preguntarnos: ¿Qué tipo de terreno soy hoy? No se trata de juzgarnos, sino de reconocer que el corazón puede transformarse. El terreno duro puede ablandarse, las piedras pueden retirarse y los espinos pueden ser arrancados. La gracia de Dios trabaja en nosotros si se lo permitimos.
En un mundo lleno de ruido, prisas y superficialidad, este evangelio nos llama a escuchar con atención, a cuidar el silencio interior y a dejar que la Palabra eche raíces profundas. Solo así nuestra fe dejará de ser pasajera y se convertirá en una vida fecunda al servicio del Reino.
Que cada vez que escuchemos el Evangelio, podamos decir con humildad:
Señor, haz de mi corazón una tierra buena."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

martes, 27 de enero de 2026

SOMOS HERMANOS DE JESÚS

  

Entre tanto, llegaron la madre y los hermanos de Jesús, pero se quedaron fuera y mandaron llamarle. La gente que estaba sentada alrededor de Jesús le avisó:
– Tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.
Él les contestó:
– ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?
Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, añadió:
– Estos son mi madre y mis hermanos. Todo el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.
(Mc 3,31-35)

Jesús no desprecia a su familia. Nos dice que todos los hombres somos su familia si le seguimos. Todos sus seguidores formamos una comunidad que busca cumplir la voluntad de Dios. Eso nos hace a todos hermanos entre nosotros y hermanos de Jesús.

" (...) Este pasaje refleja un momento clave en la vida pública de Jesús. Se van aclarando cómo son las cosas en el Reino de Dios. Ha habido siempre tensión entre las relaciones biológicas y la familia espiritual que se forma en torno a la Jesús, Es cuestión de prioridades. Aunque su madre y sus hermanos vienen a buscarlo, Jesús no los rechaza, pero sí redefine su identidad familiar.
La madre y los hermanos de Jesús llegan, pero se quedan afuera, lo que indica que no pueden acceder a Él debido a la multitud que lo rodea. Su intención parece ser protegerlo, posiblemente por creer que está «fuera de sí», lo cual revela una comprensión limitada de su misión. Hace falta un camino de preparación para entender el plan de Dios. El Evangelio de Marcos, precisamente, es como un camino catecumenal hacia el pleno conocimiento del Mesías.
Al responder a la multitud que le anuncia que su familia lo busca, Jesús pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» Luego mira a los que están sentados a su alrededor y dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.» Este cambio de enfoque no niega el amor filial, sino que amplía el concepto de familia. La verdadera familia de Jesús no está basada en la sangre, sino en la fidelidad a Dios. Aquellos que escuchan, siguen y viven su palabra se convierten en su familia más cercana. Sin duda, María, su Madre, siempre estuvo cerca de Él.
Se nos invita, pues, a reflexionar sobre las prioridades en nuestra vida cristiana. A veces, incluso las relaciones más cercanas pueden poner en riesgo nuestra fidelidad a Dios. Jesús no rechaza a su madre, pero señala que la voluntad de Dios debe ser la guía suprema. Hoy, esta enseñanza sigue siendo una llamada a vivir en comunión con quienes siguen a Cristo, más allá de lazos sanguíneos.
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 26 de enero de 2026

NO LO RECONOCÍAN

  



También los maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén decían: “Beelzebú, el propio jefe de los demonios, es quien ha dado a este hombre poder para expulsarlos.”
Jesús los llamó y les puso un ejemplo, diciendo: “¿Cómo puede Satanás expulsar al propio Satanás? Un país dividido en bandos enemigos no puede mantenerse, y una casa dividida no puede mantenerse. Pues bien, si Satanás se divide y se levanta contra sí mismo, no podrá mantenerse: habrá llegado su fin.
“Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y robarle sus bienes, si antes no lo ata. Solamente así podrá robárselos.
“Os aseguro que Dios perdonará a los hombres todos los pecados y todo lo malo que digan; pero el que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo no tendrá perdón, sino que será culpable para siempre.”
Esto lo dijo Jesús porque afirmaban que tenía un espíritu impuro.

Los maestro de la ley tampoco lo reconocían. Lo relacionan con Satanás. Él les dice que si un reino o una casa están divididos no pueden seguir. Él expulsa a los demonios con Amor, con el Espíritu. Por eso, si no reconocemos al Espíritu, si lo asociamos con el diablo, no podremos sacar al diablo de nuestro interior y dejar que el Padre entre en nosotros. Al Amor del Espíritu debemos responder con nuestro amor.

"Después de haber contemplado a san Pablo y su conversión, con la oración por la unidad de todos los cristianos, seguimos nuestro camino por el tiempo ordinario, hacia la ya próxima Cuaresma. Lo hacemos con la memoria de los santos Timoteo y Tito.
En el Evangelio de Marcos, Jesús es acusado por los escribas de expulsar demonios con el poder de Belzebú, el príncipe de los demonios. Jesús responde con lógica: un reino dividido no puede sostenerse. Si Satanás expulsara a Satanás, su reino caería. Además, advierte sobre el pecado contra el Espíritu Santo, que es imperdonable. Este pasaje nos invita a profundizar en la fe y a reconocer la autoridad de Jesús. Nos llama a no juzgar superficialmente, sino a abrir el corazón para entender el poder y la acción del Espíritu en la vida cotidiana.
Este Evangelio recoge una de las afirmaciones de Jesús que más ha dado lugar a especulaciones: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada”. Estas palabras no expresan un límite en la misericordia de Dios, sino un límite que el propio ser humano pone a esa misericordia.
Cuando Jesús habla de la blasfemia contra el Espíritu Santo, no lo hace para asustarnos, sino para llamarnos a la conversión del corazón. A veces esta frase suena muy dura: “ese pecado no será perdonado”, y podemos pensar que Dios deja de amar o de perdonar. Pero no es así. Dios siempre quiere perdonar. El problema no está en Dios, sino en la persona que se cierra completamente a su amor. El Espíritu Santo es quien nos ayuda a reconocer el pecado, a pedir perdón y a cambiar de vida. Entonces, blasfemar contra el Espíritu Santo significa rechazar conscientemente esa ayuda, decirle a Dios: “No te necesito, no quiero cambiar, no quiero tu perdón”.
Jesús pronuncia esta advertencia cuando los fariseos, viendo una obra evidente de liberación y sanación, atribuyen al demonio lo que es obra del Espíritu Santo. No se trata de ignorancia ni de duda sincera, sino de un rechazo consciente y malicioso de la verdad. Los fariseos veían las obras buenas de Jesús —curaciones, liberaciones, gestos de amor— y aun así decían que venían del mal. Es decir, llamaban malo a lo que era bueno, cerrando su corazón a la verdad. Eso es muy grave, porque cuando uno se convence de que no necesita a Dios, ya no pide perdón, y si no pide perdón, no puede recibirlo.
En este contexto, entonces, ¿qué es la blasfemia contra el Espíritu Santo? No es una palabra dicha en un momento de ira ni una debilidad humana. Es una actitud interior permanente, podríamos decir recalcitrante: llamar “mal” a lo que claramente viene de Dios. Rechazar deliberadamente la acción del Espíritu que convence de pecado, invita a la conversión y ofrece el perdón. Cerrar el corazón a la gracia, negándose a reconocer la necesidad de misericordia. San Juan Pablo II la describía como el pecado de quien se niega a ser perdonado, porque rechaza el medio mismo del perdón.
¿Por qué “no tiene perdón”? No porque Dios no quiera perdonar, sino porque el Espíritu Santo es quien nos lleva al arrepentimiento. Si se rechaza al Espíritu, se rechaza la puerta por la que entra el perdón. Dios respeta la libertad humana incluso cuando esta se cierra a su amor.
Quien teme haber cometido este pecado, ya demuestra que no lo ha cometido. El temor, el remordimiento y el deseo de reconciliación son signos claros de que el Espíritu sigue actuando en el corazón. La blasfemia contra el Espíritu no es una caída momentánea, sino una decisión final y obstinada contra la verdad y el amor. Este pasaje nos invita a examinar nuestro corazón con humildad, a no endurecernos ante la corrección de Dios, a reconocer la acción del Espíritu en la Iglesia, en los sacramentos y en la conversión personal. Mientras haya apertura, aunque sea mínima, la misericordia de Dios sigue siendo infinita. Lo sintió Pablo y los sintieron sus colaboradores, Timoteo y Tito.
Ésta es la buena noticia: que quien se arrepiente, quien pide perdón, quien busca a Dios, no ha cometido este pecado. El corazón humilde, aunque sea débil, siempre tiene la puerta abierta al perdón de Dios. Pidamos hoy la gracia de no endurecer el corazón, de dejarnos guiar por el Espíritu Santo y de confiar siempre en la misericordia infinita de Dios."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 25 de enero de 2026

PESCADORES DE HOMBRES

 


Cuando Jesús oyó que Juan estaba en la cárcel, se dirigió a Galilea. Pero no se quedó en Nazaret, sino que se fue a vivir a Cafarnaún, a orillas del lago, en los territorios de Zabulón y de Neftalí. Esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías:
“Tierras de Zabulón y de Neftalí,
más allá del Jordán,
a la orilla del mar:
Galilea de los paganos.
El pueblo que andaba en oscuridad
vio una gran luz;
una luz iluminó
a los que vivían en sombras de muerte.”
Desde entonces comenzó Jesús a proclamar: “¡Volveos a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!”
Jesús paseaba por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a dos hermanos: a Simón, también llamado Pedro, y a Andrés. Eran pescadores, y estaban echando la red al agua. Jesús les dijo:
– Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres.
Al momento dejaron sus redes y se fueron con él.
Un poco más adelante vio Jesús a otros dos hermanos: Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en una barca reparando las redes. Jesús los llamó, y al punto, dejando ellos la barca y a su padre, le siguieron.
Recorría Jesús toda Galilea enseñando en la sinagoga de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba a la gente de toda clase de enfermedades y dolencias.

Jesús nos invita a ser pescadores de hombres. Es decir, a anunciar su Palabra. A ser como Él ayudando, entregándose a todos. Amando a todo el mundo como Él nos ama.

"Celebramos el domingo de la Palabra de Dios. El Domingo de la Palabra de Dios es una iniciativa profundamente pastoral para hacer comprender cuán importante es en la vida cotidiana de la Iglesia y de nuestras comunidades la referencia a la Palabra de Dios, una Palabra no encerrada en un libro, sino que permanece siempre viva y se hace signo concreto y tangible.
La cita bíblica con la que se celebrará la VII edición del Domingo de la Palabra de Dios está tomada de la carta de san Pablo a los Colosenses: “La palabra de Cristo habite en vosotros” (Col 3,16).
La Palabra que hoy conmemoramos arroja siempre algo de luz en nuestras vidas. Esa luz que aparece en las lecturas de este domingo, esa luz que tanto añoramos los que vivimos muchos meses en oscuridad, cerca del Círculo Polar.
En casi todas las páginas del Evangelio se tomen por donde se tomen, hay una premisa, un requisito, un principio desde el que se entiende y facilita todo lo demás: El encuentro con Jesús. Parece que todos los relatos evangélicos nos hablan de lo mismo. Podemos decir que uno se convierte en cristiano cuando se encuentra con Jesús. Porque entonces vemos la Luz.
Eso quiere decir que debemos evitar confundir la vida cristiana con un conjunto de prácticas externas, o con un código de comportamiento moral, o con una serie de verdades más o menos complicadas a las que asentir, o con la pertenencia al colectivo humano de una Iglesia… Todas esas cosas son, por supuesto, muy importantes, pero antes que ellas y previas a ellas lo esencial es haberse encontrado con Jesús.
Jesús no es un difunto, como puede ser Napoleón o Gandhi: No le conviertas, por tanto, en un fósil polvoriento de museo. Es verdad que a los creyentes nos complica un poco la vida el que de Jesús no conservemos ni una sola reliquia, ni siquiera un mal trozo de túnica que presentar en vídeo y convencer a los que dudan… Pero somos muchos los que nos hemos topado con Él. Porque Jesús de Nazaret, el Señor, está Resucitado.
Este Viviente amigo es el que pasa llamando, interpelando, inquietando, molestando. Peregrina por muchas vidas y se mete incluso donde no le llaman. Suele presentarse sin avisar. Nos invita como a esa doble pareja de hermanos pescadores del Evangelio a seguirle. A dejarnos fascinar y seducir por su persona, por su manera de entender la vida, por su forma de des-vivirse por los demás, por su deseo de convivir con muchos. Verle es cambiar. Y cuando ello ocurre, nos pasa lo mismo que a un musulmán sufí de Murcia, Ibn Arabí: «Aquel cuya enfermedad se llama Jesús, ya no puede curar.»
«El Reino de Dios está cerca: convertíos». «Convertíos». No se nos dice: «no os mováis», «podéis quedaros con los brazos cruzados, mano sobre mano». Cuando es de noche, podemos quedarnos quietos, sin movernos; podemos tener los ojos cerrados. ¿De qué te sirve abrir los ojos si no hay luz que te permita ver?, ¿de qué te sirve ponerte a caminar, si quizás estás retrocediendo en lugar de avanzar, o te estás extraviando? Pero cuando hay luz, las cosas cambian: «pecas» contra la luz si no abres los ojos; «pecas» contra la luz si no te pones a caminar: «caminad mientras tenéis luz, antes que os envuelva la tiniebla, caminad».
Jesús llama al seguimiento a Pedro, a Andrés, a Santiago y a Juan. Principio quieren las cosas. De aquel germen ha surgido la Iglesia; sobre aquellos primeros cimientos se ha construido el edificio. Para realizar su misión liberadora Jesús cuenta con colaboradores: son los primeros discípulos que reciben su llamada. A ellos dice “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. La vocación es la respuesta a una llamada que el hombre recibe de parte de Dios. Quien toma la iniciativa es el que llama, el Señor. Muchos seguían a Jesús de forma interesada: porque hacía milagros, porque pensaban que les iba a ofrecer poder u otros beneficios. Jesús, en cambio, busca hombres que se dejen seducir por su palabra y su fuego, que se apasionen con sus proyectos y su estilo de vida. Por eso los llama, para que estén con Él y vean cómo hay que hacer las cosas.
Es innegable que hay dificultades que hacen difícil, a veces, el seguimiento de Jesús. La primera es la radicalidad, la entrega total que Él propone: hay que estar dispuesto a dejarlo todo para seguirle. Así lo hicieron aquellos pescadores que, dejando las redes, la barca y hasta a su padre –los hijos de Zebedeo-, lo siguieron. Comprobarán después la segunda dificultad, pues el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza: los medios con que cuentan para proclamar el Evangelio son mínimos, lo único que les servirá será su testimonio personal. Nos lo recuerda san Pablo en la segunda lectura. Y dar testimonio cuesta. Pero la dificultad mayor va a ser comprender el sentido de la misión: ¿qué entenderían ellos cuando les decía que iban a ser pescadores de hombres? Lo comprenderían después de la resurrección…
La presencia de Jesús y su Evangelio hacen más humana la vida. Se nos invita a mostrar nuestras razones de vivir, se nos invita a luchar contra la enfermedad. Donde se hace presente el Evangelio se promueve el amor a la vida y el servicio a la vida. Evangelización y promoción humana no son realidades extrañas; van del brazo. El Evangelio se dice con palabras que anuncian a Jesús y se dice con gestos «hechos en el nombre del Señor Jesús». Y en la Palabra de Dios tenemos recogidas esas palabras. No desaprovechemos la oportunidad de escucharlas. Esa Palabra está disponible siempre."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)