martes, 4 de agosto de 2026

LO QUE SALE DEL HOMBRE



Se acercaron a Jesús algunos fariseos y maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén, y le preguntaron:
– ¿Por qué tus discípulos desobedecen la tradición de nuestros antepasados? ¿Por qué no cumplen con el rito de lavarse las manos antes de comer?
Luego Jesús llamó a la gente y dijo:
– Escuchad y entended: Lo que entra por la boca del hombre no le hace impuro. Al contrario, lo que hace impuro al hombre es lo que sale de su boca.
Entonces los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
–  ¿Sabes que los fariseos se ofendieron al oir lo que dijiste?
Él les contestó:
– Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Dejadlos: son ciegos que guían a otros ciegos, y si un ciego guía a otro, los dos caerán en el hoyo.
(Mt 15,1-2.10-14)

Os he puesto este fragmento del Evangelio que se señala para el día de hoy en algunas publicaciones litúrgicas; pero en otras se vuelve a repetir el evangelio de ayer. Un evangelio que nos invitaba a la confianza. Él nos hará vencer las olas de las tormentas.
En el fragmento de hoy, encontramos a los fariseos obsesionados con las tradiciones, con los ritos. Jesús los califica de ciegos. Todos somos ciegos si no miramos con los ojos del Amor. De nada sirven los ritos y las leyes, si no amamos con todo nuestro corazón a Dios y a los demás.

lunes, 3 de agosto de 2026

CONFIAR EN EL SEÑOR

 

 Después de esto, Jesús hizo subir a sus discípulos a la barca, para que llegasen antes que él a la otra orilla del lago, mientras él despedía a la gente. Cuando ya la hubo despedido, subió Jesús al monte para orar a solas, y al llegar la noche aún seguía allí él solo. Entre tanto, la barca se había alejado mucho de tierra firme y era azotada por las olas, porque tenía el viento en contra. De madrugada, Jesús fue hacia ellos andando sobre el agua. Los discípulos, al verle andar sobre el agua, se asustaron y gritaron llenos de miedo:
– ¡Es un fantasma!
Pero Jesús les habló, diciéndoles:
– ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
Pedro le respondió:
– Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua.
– Ven – dijo Jesús.
Bajó Pedro de la barca y comenzó a andar sobre el agua en dirección a Jesús, pero al notar la fuerza del viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, gritó:
– ¡Sálvame, Señor!
Al momento, Jesús le tomó de la mano y le dijo:
– ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
En cuanto subieron a la barca, se calmó el viento.
Entonces los que estaban en la barca se pusieron de rodillas delante de Jesús y dijeron:
– ¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!
Atravesaron el lago y llegaron a tierra, en Genesaret. La gente del lugar reconoció a Jesús, y la noticia se extendió por toda aquella región. Le llevaban los enfermos y le rogaban que les dejara tocar siquiera el borde de su capa. Y todos los que la tocaban quedaban sanados.
(Mt 14,22-36)

Pedro comienza a andar sobre las aguas, pero por la fuerza del viento duda y empieza a hundirse. Jesús nos pide que confiemos en Él. Nuestra sociedad está sobre aguas turbulentas azotadas por el viento del mal. Si confiamos en Jesús, seremos capaces de andar sobre esas aguas; pero si dudamos, si no confiamos totalmente, nos hundiremos.
Confiando en Jesús atravesaremos esas aguas y podremos curar, sanar, acoger...hacer el bien a los demás en la otra orilla.





domingo, 2 de agosto de 2026

DADLES VOSOTROS DE COMER



Cuando Jesús recibió aquella noticia, se fue de allí, él solo, en una barca, a un lugar apartado. Pero la gente, al saberlo, salió de los pueblos para seguirle por tierra. Al bajar Jesús de la barca, viendo a la multitud, sintió compasión de ellos y sanó a los que estaban enfermos. Como se hacía de noche, los discípulos se acercaron a él y le dijeron:
– Ya es tarde y este es un lugar solitario. Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y se compren comida.
Jesús les contestó:
– No es necesario que vayan. Dadles vosotros de comer.
Respondieron:
– No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.
Jesús les dijo:
– Traédmelos.
Mandó entonces a la multitud que se recostara sobre la hierba. Luego tomó en sus manos los cinco panes y los dos peces y, mirando al cielo, dio gracias a Dios, partió los panes, se los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y todavía llenaron doce canastas con los trozos sobrantes. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
(Mt 14,13-21)

Los noticiarios van llenos estos días con las noticias de la entrada de inmigrantes a Ceuta. Todo tipo de reacciones. Derechas y extrema derecha tachándolo de entrada de delincuentes. Algo que es la señal de las enormes desigualdades que existen en nuestro mundo. Si vivieran bien en sus paises no emigrarían. No se trata de cerrar ni abrir fronteras. Se trata de canviar nuestro mundo, romper las desigualdades, hacerlo más fraterno. Jesús nos dice hoy "dadles vosotros de comer".
 
"Asusta la petición de Jesús: “Dadles vosotros de comer…” ¿Con cinco panes y dos peces? Asusta, porque obliga a sacar lo mejor de nosotros mismos, para compartir con los demás. Es que vivimos rodeados, solicitados por el consumo. Cada día, desde la mañana a la noche, mil voces anónimas, pero persuasivas, nos invitan a comprar, a gastar, a invertir, a consumir. Se nos repite, una y otra vez, que nuestra felicidad, nuestra belleza, nuestra satisfacción, nuestra vida depende de lo que tengamos, poseamos y destruyamos. Es una cadena interminable que nos arrastra y cuyos primeros eslabones mueven manos e intereses desconocidos.
Hay en las lecturas litúrgicas de este domingo una como invitación al consumo, a la hartura: «Venid, comprad trigo, comed sin pagar… Escuchadme atentos y comeréis bien». Suena parecido a un anuncio de publicidad. A uno de esos cientos de reclamos publicitarios que solicitan nuestra atención constantemente.
Jesús, por el contrario, no gustaba de anunciarse. Si nos atenemos al testimonio que de él dan los Evangelios Sinópticos, no hablaba mucho de sí mismo. No andaba diciendo: «Yo soy el Mesías que esperáis», «Yo soy el Salvador del mundo», «Yo soy el que tenía que venir, el prometido por los antiguos profetas de Israel». Lo que ocupaba el centro de su mensaje era la llegada del Reino de Dios. Es un mensaje que no se le cae de la boca.
Pero Jesús no se conforma con hablar. Jesús hace señales, realiza signos. Hoy le vemos realizar un gran signo. Con él quiere dar a entender que el Reino de Dios que anuncia no es un espejismo, sino una realidad que se deja sentir, que entra por los ojos, que entra por la boca. El signo que Jesús realiza es una muestra extraordinaria de que se han cumplido los tiempos mesiánicos. Así nos enseña que las promesas de Dios no son espejismos humanos. El Dios de la vida puede dar y da más de lo que podemos soñar o pedir. Si el domingo pasado aprendíamos que para quien valora el Reino de Dios y está dispuesto a pagar el último céntimo por ganarlo la vida no será en absoluto una estafa, sino un tesoro, hoy aprendemos que ese misterioso Reino de Dios no es en absoluto un espejismo que sufrimos en el desierto de nuestro vivir.
Jesús realiza esta señal por propia iniciativa, sorprendiendo también a sus Discípulos. Fue algo totalmente inesperado, contra la propuesta de esos Discípulos, que querían despedir a la gente. Como los Discípulos, podemos sentir que es algo superior a nuestras fuerzas. ¿Qué es lo que cada uno podemos hacer para atenuar el hambre de las tres cuartas partes de la humanidad? ¿Qué significan todas nuestras campañas antidroga si su comercio está apoyado por mafias con capitales muy superiores al presupuesto de algunos países? ¿Qué podemos hacer, cuando la corrupción lo ha invadido todo, por devolver a nuestra sociedad la honradez y el espíritu de trabajo? ¿Qué podemos hacer para que nuestros jóvenes no pierdan la fe en un ambiente tan hostil que tiene a gala ser antirreligioso y relativista? Estas y otras muchas más son nuestras batallas perdidas ya antes de comenzadas. “Despídelos, que se vayan, que no tenemos más que cinco panes”.
Pero Jesús sacia a la multitud, después de varios días de predicar a la gente, que no le pedía pan, sino razones de vivir, de esperar, de sufrir, de morir, que buscaba el Reino de Dios. Pues bien: vemos cómo en este caso se cumple literalmente la palabra de Jesús: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura». ¿De qué nos sirve tener abundancia de pan, tener con qué vivir, si carecemos de esas razones, si no tenemos un por qué vivir y un para qué vivir? Podemos morir de sólo pan.
¡Lo que hizo Jesús con cinco panes! ¡Lo que puede hacer Dios con una cooperación nuestra que podría parecernos insignificante! Aportemos lo que tenemos, lo que sabemos, lo que buenamente podemos, por poco que sea, por ridículo que nos parezca. Una limosna, un acompañamiento a un enfermo, un buen consejo, un ofrecimiento para dar catequesis. O también una vida entregada a su servicio. Dios sabrá darle crecimiento. Pensad en san Francisco de Asís, que respondió a la llamada de Dios y se entregó por entero a Él y a su Señorío; ese Francisco que se consideraba a sí como un mínimo, y que fundó la orden de los Frailes Menores. El pequeño Francisco de Asís, uno de los hombres más influyentes del segundo milenio. Dios puede hacer milagros con esa pequeña aportación nuestra.
¿Cómo interpretar, pues, esta invitación a la abundancia, esta llamada al optimismo? Parece que la clave es bien sencilla: no se concibe en el mensaje bíblico una abundancia que no sea compartida, una riqueza que no se reparta, un bienestar que no afecte a todos. El destinatario de estas invitaciones es todo el pueblo (los «millares» simbólicos del Evangelio) sin excepción ni distancias irritantes. Y este vínculo es el que debemos descubrir a través del rito eucarístico: la Eucaristía o es fiesta de fraternidad, sacramento de comunión, momento supremo de compartir con los otros todo, o a la “presencia de Jesús dándose” se le priva de una dimensión. Los que viven en la injusticia, en el desequilibrio no podrían, en realidad, acercarse a la Eucaristía.
Porque, además, después del dar, del repartir, del compartir con los demás, viene la abundancia, la hartura, la total plenitud. Cristo se da sin reservas a los que no limitan su entrega a los demás, a los que en cada comunión sienten el vértigo de la necesidad ajena y s esfuerzan por compartir.
En resumen: el Reino de Dios no es un espejismo; busquemos a Dios, busquemos su señorío, la obediencia y docilidad a su querer: que sea ese nuestro mayor cuidado; lo demás nos vendrá «como regalo caído del cielo», aunque no se nos prometan toda serie de comodidades. Nuestra aportación a este Reino de Dios, por muy pequeña que sea, puede ser muy fecunda."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 1 de agosto de 2026

EL MARTIRIO DE JUAN

  


Por aquel mismo tiempo, Herodes, que gobernaba en Galilea, oyó hablar de Jesús y dijo a los que tenía a su servicio:
– Ese es Juan el Bautista. Ha resucitado, y por eso tiene poderes milagrosos.
Es que Herodes había hecho apresar a Juan, y lo había encadenado en la cárcel. Fue a causa de Herodías, esposa de su hermano Filipo, pues Juan decía a Herodes:
– No puedes tenerla por mujer.
Herodes quería matar a Juan, pero temía a la gente, porque todos tenían a Juan por profeta. En el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías salió a bailar delante de los invitados, y le gustó tanto a Herodes que prometió bajo juramento darle cualquier cosa que le pidiera. Ella entonces, aconsejada por su madre, le dijo:
– Dame en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
Esto entristeció al rey Herodes, pero como había hecho un juramento en presencia de sus invitados, mandó que se la dieran. Envió, pues, a que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel. Luego la pusieron en una bandeja y se la dieron a la muchacha, y ella se la llevó a su madre.
Más tarde llegaron los seguidores de Juan, que tomaron el cuerpo y lo enterraron. Después fueron y dieron la noticia a Jesús.
(Mt 14,1-12)

Como Juan Bautista nosotros estamos llamados a anunciar a Jesús. Él acabó con el martirio. Nosotros no necesariamente, pero sí debemos estar dispuestos a ser despreciados y perseguidos por su nombre. Debemos ser humildes y sencillos como Juan y estar dispuestos a todo por anunciar a Jesús.

"Lo que más me llama la atención de esta historia de Herodes es que pone al descubierto algo que suele estar escondido, oculto. Es que los que están muy arriba en la escala social viven su situación con mucha inseguridad. Es más. Cuanto más arriba, mayor es la inseguridad.
Herodes es un ejemplo claro de esto. Había hecho matar a Juan Bautista. Estaba seguro de ello. Había visto su cabeza separada del cuerpo en una bandeja. Y, aun así, tenía miedo. Juan Bautista, su vida y sus palabras, seguían presentes en su mente. Hasta el punto de ver fantasmas y terminar pensando que Jesús era Juan Bautista resucitado, que volvía otra vez a amenazarle. Era una amenaza sin armas, pero una amenaza real. Ponía al descubierto lo que él quería mantener oculto: sus abusos continuos de autoridad.
Tiene esta historia un punto contradictorio. Por una parte, Herodes tenía toda la autoridad. Pudo matar sin problemas a Juan Bautista. Pero, por otra parte, hasta muerto Juan Bautista era para Herodes una amenaza a su seguridad. Ni siquiera en su palacio y rodeado de su guardia se sentía seguro.
Podemos aprender algo de esta historia. Es que la inseguridad forma parte de nuestra vida. Por muchos seguros de vida, alarmas, protecciones, guardias, etc. que pongamos a nuestro alrededor, siempre nos sentiremos inseguros.
Nuestra vida es frágil. El cuerpo siempre está amenazado por la enfermedad, que nos puede atacar de miles o cientos de miles de formas diferentes. Hasta el paso de los años nos va volviendo más frágiles.
Nuestras relaciones son frágiles. Hoy podemos confiar en los que nos rodean. Pero, ¿quién puede estar absolutamente seguro de los demás? Hay demasiados casos en los que tiranos y potentados han sido traicionados precisamente por los más cercanos a ellos.
Jesús plantea otro camino, otra posibilidad. No hay más camino para vencer la inseguridad que la fraternidad, la confianza mutua. El camino es renunciar a la violencia, al dominio abusivo. El camino es el del reino. Pero eso le ponía nervioso a Herodes."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 31 de julio de 2026

¿VALORAMOS A LOS NUESTROS?

 
 


Llegó a su propia tierra, donde comenzó a enseñar en la sinagoga del lugar. La gente, admirada, decía:
– ¿De dónde ha sacado este todo lo que sabe? ¿Cómo puede hacer tales milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? Y su madre, ¿no es María? ¿No son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas, y no viven sus hermanas también aquí, entre nosotros? ¿De dónde ha sacado todo esto?
Y no quisieron hacerle caso. Por eso, Jesús les dijo:
– En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra y en su propia casa.
Y no hizo allí muchos milagros, porque aquella gente no creía en él.
(Mt 13,54-58)

Tenemos todos el defecto de no valorar a los que conocemos, a los más próximos. Proyectamos nuestros propios defectos en ellos. Esto le pasó a Jesús en su pueblo y eso hacemos nosotros con los que nos rodean.

"Diría que este relato del Evangelio de hoy nos pone delante de los ojos dos defectos en los que a veces caemos sin darnos cuenta. El primero es la tentación de matar al mensajero. Y el segundo es la envidia.
Vamos con el primero. Son muchas las veces en que, cuando alguien nos dice algo que no nos gusta, en lugar de discutir o debatir lo que dice, en lugar de escuchar sus razones, sus motivos para decir lo que dice, y pensar en ellos y en la posibilidad de que en algunas cosas tenga razón, simplemente le desautorizamos. Con un ejemplo lo vamos a entender de maravilla. Pensemos en el político de un partido que acusa a otro de otro partido de corrupción, de haberse quedado con el dinero para su provecho personal o de haber colocado a sus amigos en buenos puestos con buenos salarios, no pensando en el bien del país sino en el suyo personal. Desgraciadamente, lo más normal es que el político acusado se defienda no negando los hechos sino acusando al otro de ser también un corrupto. Eso es matar al mensajero. Posiblemente a los judíos del pueblo de Jesús no les gustaba lo que Jesús decía del Reino de Dios y los cambios que sus palabras implicaban en la vida de los que le escuchaban. Así que lo más cómodo era matar al mensajero, desautorizarle. De hecho, lo terminaron matando físicamente.
Y luego está la envidia, esa gran pasión o pecado que están presente en tantas ocasiones en nuestros corazones. Cuando vemos al otro que sube u ocupa un puesto de importancia o se hace famoso, entonces la envidia empieza a trabajar. “A ese le conocimos de pequeño”, “no es para tanto”, “es el hijo del carpintero”… La envidia destroza más la fraternidad de lo que nos imaginamos.
En cristiano lo suyo es estar abiertos a la escucha del otro, a sus razones, disponibles para el diálogo y el encuentro. En cristiano lo suyo es alegrarnos sinceramente por el bien del otro y dar gracias a Dios porque el otro es siempre un don para la comunidad, para la fraternidad, para el reino. Si evitamos estas dos tentaciones, seguro que Jesús va a poder hacer en nuestra comunidad o familia el milagro de la fraternidad.

(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 30 de julio de 2026

BONDAD Y MALDAD

 


Puede compararse también el reino de los cielos a una red echada al mar, que recoge toda clase de peces. Cuando la red está llena, los pescadores la arrastran a la orilla y se sientan a escoger los peces: ponen los buenos en canastas y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y arrojarán a los malos al horno encendido, donde llorarán y les rechinarán los dientes.
Jesús preguntó:
– ¿Entendéis todo esto?
– Sí, Señor – contestaron ellos.
Entonces Jesús añadió:
– Cuando un maestro de la ley está instruido acerca del reino de los cielos, se parece a un padre de familia que de lo que tiene guardado saca cosas nuevas y cosas viejas. Cuando Jesús terminó de contar estas parábolas se fue de allí.
(Mt 13,47-53)

Debemos separar el bien del mal. Empezando por nosotros mismos. Sabernos mirar con honestidad y ver en nosotros aquello que es malo y lo que es bueno. Luego, poner todo nuestro esfuerzo para eliminar lo malo.

"Durante siglos y para muchos cristianos el gran enigma de su vida ha sido si se salvarían o se condenarían. Parece mentira que de todas las palabras de Jesús, las que mas se han quedado en la mente de tantos hayan sido las que hablan del infierno, de la condenación, del castigo de los pecados. Hay que ser honestos y reconocer que los sacerdotes y predicadores en general han promovido esta idea. Sin ir más lejos, recuerdo que de pequeño me contaron una visión que me dijeron que había tenido santa Teresa de Jesús. Consistía la visión en que veía la santa un enorme campo con una botella, bien estrecho el gollete. Llovía en el campo y parece ser que Dios le decía a la santa que las gotas que caían en el campo eran los que se condenaban y solo las gotas que caían dentro de la botella representaban a los que se salvaban. Esa era la proporción. Consecuencia que lo de salvarse era casi una tarea imposible. A saber, si la santa tuvo esa visión de verdad. Pero el predicador la uso para meternos a los oyentes el miedo en el cuerpo: miedo a Dios, que nos va a juzgar.
Sin embargo, podemos leer la parábola en otra clave. Vamos a partir de la imagen de la red que se extiende por el mar (la humanidad) y que acoge a todos. Todos estamos invitados a seguir a Jesús. Todos estamos llamados a sacar lo mejor de nosotros mismos para trabajar al servicio del reino, es decir, de la fraternidad y de la justicia.
Pero basta con que nos detengamos un momento y miremos a nuestro interior para que nos demos cuenta que “no es oro todo lo que reluce”. No he dicho que miremos a los demás. A nosotros mismos. Es suficiente para darnos cuenta de que ni nuestros actos ni nuestras motivaciones son siempre puras y buenas. Hay cosas de nosotros que es mejor dejar en el camino. Es conveniente aligerar el equipaje para trabajar con todas nuestras fuerzas al servicio del reino. Todo eso que dejamos lo podemos quemar. No vale la pena. Nos quedamos con lo bueno que tenemos y el reino.
Leída así la parábola es una llamada seria a la conversión y a dejar todo lo que nos pesa y nos impide avanzar en el seguimiento de Jesús."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 29 de julio de 2026

ESCUCHAR A JESÚS

 


Seguían ellos su camino. Jesús entró en una aldea, donde una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Marta tenía una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies de Jesús, escuchaba sus palabras. Pero Marta, atareada con sus muchos quehaceres, se acercó a Jesús y le dijo:
– Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.
Jesús le contestó:
– Marta, Marta, estás preocupada e inquieta por muchas cosas; sin embargo, solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.
(Lc 10,38-42)

Marta se esfuerza en servir a Jesús y se queja de que María no le ayuda y está escuchando a Jesús.
Este texto se interpreta como que es más importante la oración que la acción. Pero esto no es totalmente así. Jesús lo que le dice a Marta es que escucharle a Él es lo que de verdad importa. No olvidemos que Jesús nos habla a través de la Palabra; pero también, en nuestros días, lo hace a través de los pobres. A través de ellos Jesús nos pide pan, agua, salud, casa, acogida...Actuar ayudando a los más débiles, es escuchar a Jesús. Pero para ello, para poder escuchar esa voz a través de los pobres, debemos limpiar nuestro corazón. Esto es lo que hacía María. Dejar que Jesús entrara en su corazón.