sábado, 17 de enero de 2026

AMAR A LOS "ENFERMOS"




 Después fue Jesús otra vez a la orilla del lago. La gente se acercaba a él, y él les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, hijo de Alfeo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo:
– Sígueme.
Leví se levantó y le siguió.
Sucedió que Jesús estaba comiendo en casa de Leví, y muchos cobradores de impuestos y otra gente de mala fama estaban también sentados a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían. Unos maestros de la ley pertenecientes al partido fariseo, al ver que Jesús comía con todos ellos, preguntaron a los discípulos:
– ¿Cómo es que vuestro Maestro come con los cobradores de impuestos y con los pecadores?
Jesús los oyó y les dijo:
– No necesitan médico los que gozan de buena salud, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Nosotros juzgamos por las apariencias. Jesús ve el interior de las personas. El nos llama porque nos conoce y nos ama. Además nos dice que debemos "comer" con los que están "enfermos", con aquellos que necesitan Amor, no sólo con aquellos que nos caen bien. Los que nos dedicamos a la educación, debemos emplear más tiempo, amar más, a aquellos alumnos que consideramos peores. Son ellos los que más nos necesitan.

"El enfermo de ayer era, sobre todo, un enfermo físico; aunque también necesitara del perdón, era patente su postración corporal. Leví es, sin embargo, un enfermo moral. No es que recaudar impuestos sea algo de por sí inmoral. Pero, por un lado, aquel por cuyas manos pasan grandes cantidades de dinero ajeno, está fuertemente tentado de aprovecharse sin que se note mucho. La corrupción económica es una posibilidad más que real. Además, en tiempos de Jesús los publicanos eran colaboracionistas con el poder romano, para el que recaudaban los impuestos. Así que eran odiados por partida doble: impuros por su trato con los gentiles, e inmorales por aprovechados, extorsionadores y tramposos. La acción de Jesús de acercarse y llamar a gentes de la peor calaña indica que nadie es malo por definición, y que no hay mal o pecado del que no sea posible arrepentirse. Y esto significa que Dios no pierde la esperanza ni deja de creer en nosotros.
La elección por parte de Dios tiene algo de misterioso. Da la impresión de que elige a los mejores, como podría parecer en el caso de Saúl. Pero Jesús se acerca a los que eran considerados peores, como en el caso de Leví. En realidad, Dios llama a todos, dirigiéndose al fondo de bondad que hay en cada uno, con la esperanza de una respuesta positiva. Saúl fue elegido porque sobresalía en aspecto, valor y méritos: “Saúl era joven y buen mozo, no podría haberse encontrado un hombre más hermoso en Israel: era más alto que todos los demás por una cabeza” (1 Sam 9, 2), pero no respondió con fidelidad y acabó defraudando esa esperanza. Leví fue llamado, pese a su condición pecadora, y respondió con prontitud y fidelidad.
En este comienzo del tiempo ordinario, Jesús se acerca a cada uno de nosotros y nos llama, sin importar nuestros méritos o nuestros pecados, pero somos nosotros los que tenemos que responder, ayudados por su gracia, arrepintiéndonos de nuestros pecados, cambiando de vida, siguiendo a Jesús y poniéndonos al servicio del Reino de Dios, de la causa del Evangelio. No se trata de una utopía deseable pero irrealizable en la práctica. Los santos nos ayudan a comprender que el ideal evangélico es posible encarnarlo en nuestra vida. Hoy la Iglesia nos propone el ejemplo de san Antonio Abad, uno de los padres del monacato cristiano."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 16 de enero de 2026

JESÚS NOS PERDONA Y NOS LEVANTA

 
Algunos días después volvió Jesús a entrar en Cafarnaún. Al saber que estaba en casa, se juntaron tantos que ni siquiera cabían frente a la puerta, y él les anunciaba el mensaje. Entonces, entre cuatro, le llevaron un paralítico. Pero como había mucha gente y no podían llegar hasta Jesús, quitaron parte del techo encima de donde él estaba, y por la abertura bajaron en una camilla al enfermo. Cuando Jesús vio la fe que tenían, dijo al enfermo:
– Hijo mío, tus pecados quedan perdonados.
Algunos maestros de la ley que estaban allí sentados pensaron: “¿Cómo se atreve este a hablar así? Sus palabras son una ofensa contra Dios. Nadie puede perdonar pecados, sino solamente Dios.” Pero Jesús se dio cuenta en seguida de lo que estaban pensando y les preguntó:
– ¿Por qué pensáis así? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: 'Tus pecados quedan perdonados' o decirle: 'Levántate, toma tu camilla y anda'? Pues voy a demostraros que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados.
Entonces dijo al paralítico:
– A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
El enfermo se levantó en el acto, y tomando su camilla salió de allí a la vista de todos. Así que todos se admiraron y alabaron a Dios diciendo:
– Nunca habíamos visto nada semejante.
(Mc 2,1-12)

Jesús nos perdona antes de hacernos andar; porque son nuestros pecados, nuestros defectos los que nos paralizan. Son ellos los que hacen que no podamos hacer el bien. Son ellos los que eliminan el Amor de nuestro corazón y de nuestros actos. Cada día debemos pedir perdón a Dios y darle gracias. Esto llenará de Amor nuestro corazón y nos permitirá levantarnos y hacer el bien a los demás, es decir, amarlos.

(...) "Jesús no funda un régimen político, sino una familia, la de los hijos de Dios.
Pero esto, ¿no es caer, como muchos piensan de la actitud religiosa, en un infantilismo que nos impide alcanzar la verdadera autonomía y la madurez? Si dejamos a un lado los prejuicios y las simplezas en la comprensión de la fe cristiana y miramos al modo de actuar de Jesús, comprenderemos que no es así en absoluto. Lo que más no esclaviza está dentro de nosotros mismos y es el pecado. Y Jesús nos libera perdonándonos. Pero es que, además, si estamos postrados por cualquier motivo, no nos exhorta a la resignación y la pasividad, sino que, al contrario, nos llama a ponernos en pie y a caminar por nosotros mismos, es decir, a ser autónomos. Es curioso que hoy Jesús le diga al paralítico que se ponga en pie, que tome su camilla y se marcha a casa. ¿Para qué quería ya la camilla? Por un lado, la camilla es el signo de la verdadera libertad, que es responsabilidad, y no deja de tener un peso. Pero, como Dios nos llama a la libertad para el bien, es también pensable que, así como hombres compasivos y llenos de fe llevaron al enfermo hasta Jesús, este le estaba indicando que, con la camilla en la que había estado postrado, hiciera él otro tanto."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 15 de enero de 2026

JESÚS NOS "LIMPIA" DE NUESTROA MALES

 


En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
(Mc 1,40-45)

Jesús no quiere nuestros males y desgracias. Echamos la culpa a Dios de las cosas que nos suceden y no vemos que las provocamos nosotros mismos con nuestro egoísmo y mal comportamiento.
Jesús, con su Amor, nos libera del mal. Nosotros, con nuestro Amor, debemos contribuir a lograr una sociedad mejor, más justa para todos.

" (...) La voluntad de Dios es una voluntad de bien y de vida, y no podemos atribuirle los males que nos suceden. Eso hiere la imagen verdadera de Dios, la que nos transmite Jesús, que es la de un Padre que se preocupa por sus hijos. Y Jesús, el Hijo de Dios, es parecido a su Padre y pasa por nuestro mundo haciendo el bien. Lo vemos hoy en la acción curativa del leproso, inspirada en la lástima que sintió por él.
Pero al curar nuestras lepras y purificarnos de nuestros pecados, Jesús también nos enseña quién es Dios, y corrige la imagen deformada que tenemos de Él. Y no deja de sentirse ofendido cuando pensamos que Dios nos envía desgracias, en forma de lepras o de derrotas militares. De hecho, los manuscritos más antiguos de este texto no dicen que Jesús “sintió lástima”, sino que “se encolerizó”, porque en la petición del leproso latía la idea de que su lepra era un castigo de Dios por alguna impureza, de la que le pedía que lo limpiase. Jesús, que se enfadó por esa imagen del Dios castigador y, al mismo tiempo, sintió lástima del hombre enfermo de lepra y de esa falsa idea de Dios, lo tocó, para decirle que no era su lepra la que transmitía impureza, sino la mano que lo tocaba la que le contagiaba la gracia y la salvación. Y luego, con severidad, lo envía a hacer la ofrenda al sacerdote, “para que conste”, es decir, como testimonio contra él. Porque esa imagen de Dios es la que enseñan a veces los que se tienen por especialistas en las cosas de Dios.
El evangelio de hoy es una dura advertencia para los responsables religiosos, que pueden (podemos) estar enseñando una imagen de Dios que no es la que nos transmite Jesús. El Dios Padre de Jesucristo no es ni el talismán mágico de nuestros problemas, ni el juez castigador de nuestros pecados, sino el Padre que nos llama a responder con libertad y responsabilidad, por medio de las obras del amor, al amor incondicional que Él nos ha dado en plenitud en su Hijo."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 14 de enero de 2026

JESÚS NOS CURA

 



Cuando salieron de la sinagoga, Jesús fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre. Se lo dijeron a Jesús, y él se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Al momento se le quitó la fiebre y se puso a atenderlos.
Al anochecer, cuando ya se había puesto el sol, llevaron ante Jesús a todos los enfermos y endemoniados, y el pueblo entero se reunió a la puerta. Jesús sanó de toda clase de enfermedades a mucha gente y expulsó a muchos demonios; pero no dejaba hablar a los demonios, porque ellos le conocían.
De madrugada, cuando todavía estaba oscuro, Jesús se levantó y salió de la ciudad para ir a orar a un lugar apartado. Simón y sus compañeros fueron en busca de Jesús, y cuando lo encontraron le dijeron:
– Todos te están buscando.
Él les contestó:
– Vayamos a otros lugares cercanos a anunciar también allí el mensaje, porque para esto he salido.
Así que Jesús andaba por toda Galilea anunciando el mensaje en las sinagogas de cada lugar y expulsando a los demonios.

Jesús curaba a todos. Jesús nos cura a nosotros y quiere que nosotros curemos también a los demás. Nosotros somos las manos de Jesús en este mundo. Como Él debemos orar y meditar. Esto nos dará fuerzas para hacer el bien a todo el mundo.
Jesús no se quedó en un lugar, no buscó la comodidad. Se dirigía por todas partes a anunciar la Buena Nueva. También nos lo pide a nosotros. Nos pide que amemos a todo el mundo, incluso a aquellos que no nos aman. Esta es la forma de anunciar su mensaje. Un mensaje de Amor.

"El Señor habla, y lo hace “de muchas maneras” (Hb 1, 1), y lo sigue haciendo de forma clara y definitiva en Jesucristo. También Jesús habla de muchas maneras, pero a nosotros nos puede parecer que, como en tiempo de Samuel, la palabra del Señor se ha vuelto rara. Esto no tiene que ver con que el Señor se haya vuelto mudo, sino con que nosotros nos hemos vuelto sordos. Creemos a veces que el Señor tiene que hablar de modo abrumador, escandaloso o extraordinario y, si no lo hace, es que está en silencio. Pero no es así. Dios habla en esa Palabra encarnada y, por tanto, humana y cotidiana que es Jesús. Hoy lo vemos con claridad. Es una palabra dirigida de manera personal, que atiende a las necesidades concretas, como en el caso de la suegra de Pedro. No es una palabra taumatúrgica, que se limita a curar el cuerpo, aunque también (como hacen tantos cristianos, que atienden las necesidades materiales de sus hermanos), sino que además cura el espíritu e insufla en él el espíritu de servicio (como vemos de nuevo en la suegra de Pedro). En esta mujer descubrimos la síntesis de los que atienden a las necesidades de los demás, y de lo que son atendidos por ellos. Pero la palabra de Jesús no se limita a las distancias cortas, al pequeño círculo, sino que se abre a las necesidades de todos, sin filtros nacionales, confesionales o ideológicos. Y Jesús nos enseña que su palabra también se dirige al Padre, por medio de la oración, de la que nos da ejemplo en sí mismo. Finalmente, la Palabra, que es el mismo Jesús, está en camino, es una Palabra dinámica, que no espera a que vengan a él, sino que va a la búsqueda y sale al encuentro.
Dios sigue hablando: en su Palabra proclamada, en los sacramentos que nos alimentan y nos sanan, en las inspiraciones personales, en las necesidades de nuestros hermanos que son también una llamada de Dios, en definitiva, de múltiples formas. No es una palabra rara: ni es escasa, ni es extraña. Es una palabra que podemos entender, asimilar y poner en práctica. Basta, tal vez, que aprendamos a orar con el corazón, con las palabras que hoy nos enseña Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

martes, 13 de enero de 2026

NOS LIBRA DEL MAL

 


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
(Mc 1,21-28)

El mal nos habla por todas partes; pero Jesús es capaz de hacerlo callar y expulsarlo de nosotros. Si permanecemos cerca de Él, si lo seguimos, si rezamos...el mal no podrá nada contra nosotros.

" (...) La autoridad con la que enseña Jesús no se basa en un poder que se impone y aplasta, sino en una fuerza de vida que restablece y sana lo que está enfermo o afectado por cualquier clase de mal. Hoy vemos cómo actúa contra una forma espiritual del mismo. Es notable que el hombre poseído por un espíritu inmundo se encuentre en la sinagoga. Y es que, realmente, esos espíritus malignos no conocen ni respetan fronteras, no afectan sólo “a los otros”, “a los de fuera”, a los que no son como nosotros. Cualquiera puede ser poseído por espíritus malignos: de rencor, resentimiento, ausencia de perdón, rechazo de los otros, prejuicios, soberbia, pereza, lujuria… Estos malos espíritus se sienten incómodos ante Jesús, lo increpan y tratan de zafarse de él. Cualquiera de nosotros ha podido experimentarlo, cuando alguna forma de mal espiritual nos acosa (como tentación) o ha anidado en nosotros (como actitud o comportamiento indebido), y tratamos de evitar el encuentro con Cristo a veces directamente (evitando la oración personal, el examen de conciencia), a veces de modo indirecto (rechazando la corrección fraterna o poniendo en solfa la doctrina de la Iglesia para autojustificarnos). Pero Jesús ha venido justamente a acabar con esos espíritus malignos y los exorciza si nos dejamos interpelar por él, si nos sometemos a su autoridad benéfica y liberadora.
Y, si lo hacemos así, si dejamos que su gracia actúe en nosotros y la nueva creación se haga patente en nuestra vida, nos convertimos en sus testigos, porque contribuimos activamente a que su fama se extienda por todas partes."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 12 de enero de 2026

ES EL MOMENTO

  


Después que metieron a Juan en la cárcel, Jesús fue a Galilea a anunciar las buenas noticias de parte de Dios. Decía: “Ha llegado el tiempo, y el reino de Dios está cerca. Volveos a Dios y aceptad con fe sus buenas noticias.”
Paseaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano Andrés. Eran pescadores y estaban echando la red al agua. Les dijo Jesús:
– Seguidme, y os haré pescadores de hombres.
Al momento dejaron sus redes y se fueron con él.
Un poco más adelante, Jesús vio a Santiago y a su hermano Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca reparando las redes. Al punto Jesús los llamó, y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con sus ayudantes, se fueron con Jesús.

En el evangelio de Marcos, Jesús, tras conocer que Juan ha sido encarcelado, empieza a anunciar la Buena Nueva en Galilea. Nos dice que ya es el momento, el tiempo preciso y que debemos unirnos a Dios y escuchar la Buena Nueva. 
Jesús quiere que le seguimos como lo hicieron Simón, Andrés, Santiago y Juan: dejándolo todo. ¿Estamos preparados para seguirle dejándolo todo?

" (...) La liturgia nos invita regularmente a dejar a un lado las preocupaciones cotidianas, y pararnos a contemplar los grandes misterios de nuestra fe, como hemos hecho en este tiempo de Navidad y haremos después en la Cuaresma y la Pascua. Pero no se trata de alienarnos de nuestra vida cotidiana, sino de que, iluminados por estos misterios, podamos volver a lo habitual de nuestra existencia con la conciencia clara de que es ahí a donde ha venido a visitarnos Dios, que nos acompaña y nos llama a hacer de las ocupaciones diarias nuestro lugar de seguimiento. La fe no nos saca de nuestro mundo, en el que habitamos junto con todos los seres humanos, creyentes y no creyentes, creyentes de otras religiones, o con otras convicciones morales y vitales, pero con los que compartimos las mismas preocupaciones, los mismos problemas, y las mismas o muy parecidas alegrías y penas. La fe nos dice que es a este mundo compartido al que ha venido Jesús en su encarnación.
Por eso, la Palabra de Dios nos invita al comenzar este tiempo ordinario a dejar que Jesús nos aborde y nos llame al seguimiento. Es Él el que se acerca a nuestra orilla, a nuestras barcas, a nuestras redes. Su venida no nos aparta de nuestra realidad: si somos pescadores, pescadores seguimos siendo. Pero, igual que Jesús no niega la ley y los profetas, sino que los lleva a su plenitud (cf. Mt 5, 17), así hace con nosotros: eleva nuestra condición natural (nuestros dones, capacidades, preferencias…) a una nueva dimensión: “os haré pescadores de hombres”. Lo que somos queda transformado por la presencia de Jesús. Tenemos las mismas preocupaciones, necesidades, dolores y alegrías que todo el mundo, pero todo ello atravesado por el amor de Dios, por la cercanía del Reino, de los que quedamos, además, convertidos en testigos, heraldos y apóstoles, si, respondiendo a la llamada, nos desenredamos, y lo seguimos."
(José María Vrgas cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 11 de enero de 2026

SE ABRIÓ EL CIELO

 


En aquel tiempo fue Jesús desde Galilea al río Jordán, a donde estaba Juan, para que este le bautizase. Al principio, Juan se resistió diciéndole:
– Yo tendría que ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?
Jesús le contestó:
– Déjalo así por ahora, pues es conveniente que cumplamos todo lo que es justo delante de Dios.
Entonces Juan consintió. Jesús, una vez bautizado, salió del agua. En esto el cielo se abrió, y Jesús vio que el Espíritu de Dios bajaba sobre él como una paloma. Y se oyó una voz del cielo, que decía: “Este es mi Hijo amado, a quien he elegido.”
(Mt 3,13-17)

Jesús nos abre el cielo que estaba cerrado para nosotros y de él baja el Espíritu, el Amor. Él es el Hijo y nos hace hijos de Dios a todos con su Amor. Con esta festividad de hoy, empieza nuestra salvación.

 " (...) Después de narrar el «Evangelio de la infancia», Mateo pasa a la presentación de Juan Bautista en el desierto de Judea. En Adviento escuchábamos sus advertencias: anuncia un bautismo de penitencia porque el Reino de los Cielos está cerca. No se trata de un mero rito vacío, sino que exige un cambio de vida radical. Algo muy serio.
Mateo es el único que recoge el diálogo del Bautista con Jesús, quizá para explicar lo absurdo que parece el hecho de que Jesús, que no tenía pecado, acuda a recibir este «Bautismo de Penitencia». Es un escándalo que Jesús esté en la fila de los pecadores. Por eso Juan intenta disuadirlo. «Soy yo el que necesito que Tú me bautices, ¿y Tú acudes a mí?».
Parece que Jesús no sólo quiere demostrarnos que es humilde. Lo que hace Jesús es mucho más profundo. En el río Jordán se hace solidario con todos nosotros, los pecadores. Es “el siervo de Yahvé” de la primera lectura, que carga con los pecados de todos los hombres, que esa era su misión. De alguna forma, con su gesto nos está diciendo: “dame siempre todo lo malo que hay en tu vida, tus mentiras, tus cobardías, tus miedos, tus traiciones… Yo voy a liberarte de todo. No te lo guardes. Quiero que seas feliz y lo seas siempre, por eso te perdono, si estás arrepentido.”
La respuesta de Jesús a Juan Bautista aclara desde el primer momento cuál es su misión: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». La obediencia de Jesús a la voluntad del Padre pone de manifiesto su condición de Hijo, ya que en aquella cultura la obediencia era lo que definía la relación de un hijo con su padre. Obediencia no es sumisión, es seguimiento voluntario de lo que el Padre espera de Él: su entrega hasta la muerte por la salvación del género humano. Que se cumpla «así» quiere decir «hasta la cruz».
La voz que se escucha en el cielo es muy importante para la comunidad de Mateo. En los últimos tiempos, el pueblo de Israel creía que el cielo se había cerrado por completo. Pensaban que Dios estaba enfadado con ellos. El profeta Isaías lo había señalado en su obra: No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo… “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 64,7-8; 63,19). Estimaban que Dios se había olvidado de ellos, pecadores. Colocando esa voz que baja del cielo, Mateo da a sus oyentes una buena nueva: el Padre ha escuchado la súplica de su pueblo, la puerta del cielo se ha abierto de par en par y ya no la cerrará más. Se ha acabado la enemistad entre el cielo y la tierra. Jesús es la llave que nos da acceso al Reino. Y todos tienen entrada en él.
Mateo a menudo compara a Jesús con Moisés. También en este episodio se puede ver a Cristo como el nuevo Moisés. Moisés recibió el Espíritu de Dios cuando, junto a todo el pueblo, salió de las aguas del Mar Rojo. Aquella fuerza de Dios le permitió guiar a los hebreos cuarenta años, a través del desierto, hasta la tierra prometida. También Jesús recibió el Espíritu después de haber salido del agua del Bautismo para reunir y conducir hacia la libertad a cuantos son esclavos del mal. Un nuevo Caudillo, el Hijo Amado del Padre, el Elegido.
Con la solemnidad del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad e iniciamos el Tiempo Ordinario. La escena del Jordán es el principio de la vida pública del Salvador. A nosotros se nos abre también un tiempo “normal”, de camino corriente, tras la maravilla que hemos celebrado en Navidad. Pero también es tiempo de espera y de conversión. Esta primera parte del Tiempo Ordinario terminará en el Miércoles de Ceniza, el dieciocho de febrero. Ese día se inicia la Cuaresma, el ascenso hasta la Pascua gloriosa. Todos los tiempos y los momentos sirven para nuestra conversión. Y una característica de nuestro cambio –de la búsqueda del hombre nuevo—ha de ser el de la paz y la afabilidad. Jesús es afable y pacifico. Y así debemos ser nosotros. Recomendamos muy sinceramente, leer y releer esta semana los textos de la Misa. Y meditarlos en el silencio de nuestros cuartos y en la – deseable – paz de nuestras almas."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)