jueves, 23 de marzo de 2017

HAY QUE HABLAR


"Jesús estaba expulsando un demonio que había dejado mudo a un hombre. Cuando el demonio salió, el mudo comenzó a hablar. La gente se quedó asombrada,  aunque algunos dijeron:
– Beelzebú, el jefe de los demonios, es quien ha dado a este hombre poder para expulsarlos.
Otros, para tenderle una trampa, le pidieron una señal milagrosa del cielo.  Pero él, que sabía lo que estaban pensando, les dijo:
– Todo país dividido en bandos enemigos se destruye a sí mismo, y sus casas se derrumban una tras otra.  Así también, si Satanás se divide contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su poder? Digo esto porque afirmáis que yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú.  Pues si yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú, ¿quién da a vuestros seguidores el poder para expulsarlos? Por eso, ellos mismos demuestran que estáis equivocados.  Pero si yo expulso a los demonios por el poder de Dios, es que el reino de Dios ya ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado cuida de su casa, lo que guarda en ella está seguro. Pero si otro más fuerte que él llega y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte sus bienes como botín.
El que no está conmigo está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama."

Jesús expulsa un demonio mudo. Hoy hay muchos que tenemos un demonio mudo. Somos todos aquellos que nos callamos ante la injusticia. Todos los que nos callamos ante la mentira. Por miedo o comodidad. Preferimos no buscarnos complicaciones y, ante el mal, miramos hacia otro lado. Además, como a Jesús, a los que hablan, los tratamos de ser el diablo. Es el mundo al revés.
Pero Jesús es claro. Para Él no hay medias tintas. O estamos con Él o contra Él. Si queremos recoger, que nuestra vida tenga sentido, debemos ser valientes y "hablar". Tenemos que denunciar; si no, desparramamos.

miércoles, 22 de marzo de 2017

EL ESPÍRITU DE LA LEY


"No penséis que yo he venido a poner fin a la ley de Moisés y a las enseñanzas de los profetas. No he venido a ponerles fin, sino a darles su verdadero sentido.  Porque os aseguro que mientras existan el cielo y la tierra no se le quitará a la ley ni un punto ni una coma, hasta que suceda lo que tenga que suceder.  Por eso, el que quebrante uno de los mandamientos de la ley, aunque sea el más pequeño, y no enseñe a la gente a obedecerlos, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero el que los obedezca y enseñe a otros a hacer lo mismo, será considerado grande en el reino de los cielos."

Este texto se ha asociado erróneamente al elogio del legalismo. Los fariseos cumplían la ley, la letra de la ley, pero olvidaban su espíritu. Jesús les dice a sus discípulos que el verdadero cumplimiento de la ley se base en los pequeños detalles. Estos detalles vienen dados por los dos mandamientos que Él consideró los más importantes: amar a Dios y amar al prójimo. Este amor es el que debe arropar la ley. No se trata, por ejemplo, de no matar, sino de amar al prójimo. El amor debe ser el compañero inseparable de la ley. Y el amor se demuestra en los detalles, en el espíritu de la ley. Por eso debemos enseñar a cumplir la ley amando.  



martes, 21 de marzo de 2017

LAS MATEMÁTICAS DE JESÚS


"Entonces Pedro fue y preguntó a Jesús:
– Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si me ofende? ¿Hasta siete?
Jesús le contestó:
– No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el reino de los cielos se puede comparar a un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios.  Había comenzado a hacerlas, cuando le llevaron a uno que le debía muchos millones.  Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, a fin de saldar la deuda.  El funcionario cayó de rodillas delante del rey, rogándole: ‘Señor, ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’  El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo dejó ir en libertad.
Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y lo ahogaba, diciendo: ‘¡Págame lo que me debes!’  El compañero se echó a sus pies, rogándole: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’  Pero el otro no quiso, sino que le hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda.  Esto disgustó mucho a los demás compañeros, que fueron a contar al rey todo lo sucedido.  El rey entonces le mandó llamar y le dijo: ‘¡Malvado!, yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste.  Pues también tú debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’  Tanto se indignó el rey, que ordenó castigarle hasta que pagara toda la deuda.
Jesús añadió:
– Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano."

Está claro que las matemáticas de Jesús no son las nuestras. 70 x 7 = siempre. A amor infinito. Y Jesús se lo explica a Pedro con una parábola. Muestra cómo el Padre perdona siempre, frente a nuestro egoísmo que no sabe perdonar. Nosotros empleamos la ley del embudo. La parte ancha para nosotros y la estrecha para los demás.
Perdonar no es fácil. Hay que cerrar heridas y siempre quedan cicatrices. Pero es la condición: hemos de perdonar, si queremos ser perdonados. Y podemos añadir un "detalle". Hemos de empezar por perdonarnos a nosotros mismos, si queremos poder perdonar a los otros. Perdonarnos de verdad, no excusarnos. Reconocernos débiles y pecadores. Muchas veces proyectamos nuestros problemas en los demás. Para aceptar y perdonar a los demás, debemos aceptarnos y perdonarnos a nosotros. Debemos tener la seguridad de que Dios nos perdona siempre. Nosotros también debemos hacerlo.

lunes, 20 de marzo de 2017

SABER ESCUCHAR


"Jacob fue padre de José, el marido de María, y ella fue la madre de Jesús, a quien llamamos el Mesías.
El nacimiento de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José; pero antes de vivir juntos se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo.  José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciar públicamente a María, decidió separarse de ella en secreto. Ya había pensado hacerlo así, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:
- José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque el hijo que espera es obra del Espíritu Santo.  María tendrá un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús. Se llamará así porque salvará a su pueblo de sus pecados.
Cuando José despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y tomó a María por esposa."

Ayer era la festividad de San José; pero al ser el 3er domingo de Cuaresma, se celebra litúrgicamente hoy.
En el evangelio no tenemos ni una sola palabra de José. Pero sí vemos a alguien que sabe escuchar y luego actúa. Hoy lo encontramos ante el dilema de qué hacer con María. Podía haberla acusado de adulterio y eso hubiera significado la lapidación de María. José, hombre bueno, decide marcharse para salvarla. Sin embargo José sabrá escuchar al ángel y se quedará con María. Como más adelante escuchará al ángel y huirá a Egipto para salvar a Jesús.
¿Sabemos escuchar la Palabra y actuar?¿Sabemos escuchar los signos de los tiempos y actuar? Este es el ejemplo que nos da José.  

domingo, 19 de marzo de 2017

AGUA VIVA

"Llegó así a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob había dado en herencia a su hijo José. Allí estaba el pozo que llamaban de Jacob. Cerca del mediodía, Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Los discípulos habían ido al pueblo a comprar algo de comer. En esto una mujer de Samaria llegó al pozo a sacar agua, y Jesús le pidió:
– Dame un poco de agua.
Pero como los judíos no tienen trato con los samaritanos, la mujer le respondió:
– ¿Cómo tú, que eres judío, me pides agua a mí, que soy samaritana?
Jesús le contestó:
–Si supieras lo que Dios da y quién es el que te está pidiendo agua, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.
La mujer le dijo:
– Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es muy hondo: ¿de dónde vas a darme agua viva? Nuestro antepasado Jacob nos dejó este pozo, del que él mismo bebía y del que bebían también sus hijos y sus animales. ¿Acaso eres tú más que él?
Jesús le contestó:
– Los que beben de esta agua volverán a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, jamás volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré brotará en él como un manantial de vida eterna.
La mujer le dijo:
– Señor, dame de esa agua, para que no vuelva yo a tener sed ni haya de venir aquí a sacarla.
Jesús le dijo:
– Ve a llamar a tu marido y vuelve acá.
– No tengo marido – contestó ella.
Jesús le dijo:
– Bien dices que no tienes marido,  porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido. Es cierto lo que has dicho.
Al oir esto, le dijo la mujer:
– Señor, ya veo que eres un profeta.  Nuestros antepasados los samaritanos adoraron a Dios aquí, en este monte, pero vosotros los judíos decís que debemos adorarle en Jerusalén.
Jesús le contestó:
– Créeme, mujer, llega la hora en que adoraréis al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a Jerusalén. Vosotros no sabéis a quién adoráis; nosotros, en cambio, sí sabemos a quién adoramos, pues la salvación viene de los judíos.  Pero llega la hora, y es ahora mismo, cuando los que de veras adoran al Padre lo harán conforme al Espíritu de Dios y a la verdad. Pues así quiere el Padre que le adoren los que le adoran.  Dios es Espíritu, y los que le adoran deben hacerlo conforme al Espíritu de Dios y a la verdad.
Dijo la mujer:
– Yo sé que ha de venir el Mesías (es decir, el Cristo) y que cuando venga nos lo explicará todo.
Jesús le dijo:
– El Mesías soy yo, que estoy hablando contigo.
En esto llegaron sus discípulos. Se quedaron sorprendidos al ver a Jesús hablando con una mujer, pero ninguno se atrevió a preguntarle qué quería o de qué hablaba con ella.  La mujer dejó su cántaro y se fue al pueblo a decir a la gente:
– Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Mesías?
Entonces salieron del pueblo y fueron adonde estaba Jesús.  Mientras tanto, los discípulos le rogaban:
– Maestro, come algo.
Pero él les dijo:
– Yo tengo una comida que vosotros no sabéis.
Los discípulos comenzaron a preguntarse uno a otros:
– ¿Será que le han traído algo de comer?
Pero Jesús les dijo:
–Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y terminar su trabajo.  Vosotros decís: ‘Todavía faltan cuatro meses para la siega’, pero yo os digo que os fijéis en los sembrados, pues ya están maduros para la siega.  El que siega recibe su salario, y la cosecha que recoge es para la vida eterna, para que igualmente se alegren el que siembra y el que siega. Porque es cierto lo que dice el refrán: ‘Uno es el que siembra y otro el que siega.  Yo os envié a segar lo que vosotros no habíais trabajado. Otros fueron los que trabajaron, y vosotros os beneficiáis de su trabajo.
Muchos de los que vivían en aquel pueblo de Samaria creyeron en Jesús por las palabras de la mujer, que aseguraba: “Me ha dicho todo lo que he hecho.”
Así que los samaritanos, cuando llegaron adonde estaba Jesús, le rogaron que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días,  y muchos más fueron los que creyeron por lo que él mismo decía. Por eso dijeron a la mujer:
– Ahora ya no creemos solo por lo que tú nos contaste, sino porque nosotros mismos le hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo."

Jesús y la Samaritana están junto al pozo. Ambos tienen sed. El agua que puede ofrecer la Samaritana es agua del pozo de Jacob. Agua corriente, agua del pasado. El agua que ofrece Jesús es agua viva, agua del futuro.
La Samaritana está inmersa en los prejuicios de su tiempo. Es mujer y judía. No entiende que Jesús le pida algo. Como nosotros, ante la petición de Jesús, busca excusas.
Jesús le ofrece otro tipo de agua. Un agua que sacia completamente la sed. Jesús nos ofrece el único Amor que llena de verdad. Que puede hacernos felices.
Nosotros, como la mujer, no entendemos cuál es ese agua, ese amor. Pero Jesús conoce nuestro interior. Como a la Samaritana nos desvela nuestras miserias.
La reacción de la mujer es compartir lo que acana de descubrir: el Mesías. Deja lo suyo, la jarra de agua, y corre rápidamente a advertir a sus conciudadanos. Estos creen por el testimonio de la Samaritana y hacen que Jesús se quede con ellos.
Jesús nos ofrece el agua viva. Un agua que está por encima de las religiones, que es pura espiritualidad: adorar a Dios sin ir al monte ni a Jerualén. Adorarlo en verdad, en el corazón. El nuestro y el de todo hombre. Dios es Espíritu y hay que adorarlo con el espíritu. Es toda nuestra vida la que debemos ofrecerle. No unos instantes, unas oraciones, unos ritos y ceremonias. Dios nos quiere enteros para Él. Es el agua viva que nos ofrece Jesús, la que nos permite esa donación total.




sábado, 18 de marzo de 2017

UN PADRE MISERICORDIOSO


"Todos los que cobraban impuestos para Roma, y otras gentes de mala fama, se acercaban a escuchar a Jesús. Y los fariseos y maestros de la ley le criticaban diciendo:
– Este recibe a los pecadores y come con ellos.
Entonces Jesús les contó esta parábola:
- Un hombre tenía dos hijos.  El más joven le dijo: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.’ Y el padre repartió los bienes entre ellos. Pocos días después, el hijo menor vendió su parte y se marchó lejos, a otro país, donde todo lo derrochó viviendo de manera desenfrenada.  Cuando ya no le quedaba nada, vino sobre aquella tierra una época de hambre terrible y él comenzó a pasar necesidad.  Fue a pedirle trabajo a uno del lugar, que le mandó a sus campos a cuidar cerdos. Y él deseaba llenar el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.  Al fin se puso a pensar: ‘¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras que aquí yo me muero de hambre! Volveré a la casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti,  y ya no merezco llamarme tu hijo: trátame como a uno de tus trabajadores.’  Así que se puso en camino y regresó a casa de su padre.
Todavía estaba lejos, cuando su padre le vio; y sintiendo compasión de él corrió a su encuentro y le recibió con abrazos y besos.  El hijo le dijo: ‘Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo.’  Pero el padre ordenó a sus criados: ‘Sacad en seguida las mejores ropas y vestidlo; ponedle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies.  Traed el becerro cebado y matadlo. ¡Vamos a comer y a hacer fiesta,  porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y le hemos encontrado!’ Y comenzaron, pues, a hacer fiesta.
Entre tanto, el hijo mayor se hallaba en el campo. Al regresar, llegando ya cerca de la casa, oyó la música y el baile.  Llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba,  y el criado le contestó: ‘Tu hermano ha vuelto, y tu padre ha mandado matar el becerro cebado, porque ha venido sano y salvo.’ Tanto irritó esto al hermano mayor, que no quería entrar; así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciese.  Él respondió a su padre: ‘Tú sabes cuántos años te he servido, sin desobedecerte nunca, y jamás me has dado ni siquiera un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. En cambio, llega ahora este hijo tuyo, que ha malgastado tu dinero con prostitutas, y matas para él el becerro cebado.
El padre le contestó: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo.  Pero ahora debemos hacer fiesta y alegrarnos, porque tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado."

Hoy leemos la tercera parábola de esta semana. Son parábolas tan conocidas, que corremos el riesgo de pasar superficialmente sobre ellas.
Esta parábola es muy importante. Nos presenta a Dios, como un Padre misericordioso, no como un juez implacable, como a veces lo consideramos. Un Padre que sale al encuentro del hijo perdido que llega y del hijo mayor que no quiere participar de la alegría del perdón.
El hijo pequeño vuelve, más que por arrepentimiento, por hambre. Pero para el Padre, lo importante es que ha regresado, que está en casa.
El hijo mayor no sabe perdonar y además es envidioso. No comprende el perdón del Padre al mal hijo.
¡Ojo! Los que nos consideramos cristianos "de toda la vida". No sea que llevemos todo el tiempo viviendo en la casa del Padre como empleados y no como hijos. Todos debemos saber acoger y tener los brazos abiertos al que regresa.
Dios es el amor hecho misericordia.



viernes, 17 de marzo de 2017

MALOS VIÑADORES


"Escuchad otra parábola: El dueño de una finca plantó una viña, le puso una cerca, construyó un lagar y levantó una torre para vigilarla. Luego la arrendó a unos labradores y se fue de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, mandó unos criados a recibir de los labradores la parte de la cosecha que le correspondía. Pero los labradores echaron mano a los criados: golpearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.  El dueño envió otros criados, en mayor número que al principio; pero los labradores los trataron a todos del mismo modo.
Por último mandó a su propio hijo, pensando: ‘Sin duda, respetarán a mi hijo.’  Pero cuando vieron al hijo, los labradores se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero; matémoslo y nos quedaremos con la viña.’  Así que le echaron mano, lo sacaron de la viña y lo mataron.
Pues bien, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué creéis que hará con aquellos labradores?
Le contestaron:
– Matará sin compasión a esos malvados y dará la viña a otros labradores que le entreguen a su debido tiempo la parte de la cosecha que le corresponde.
Jesús les dijo:
– ¿Nunca habéis leído lo que dicen las Escrituras?:
‘La piedra que despreciaron los constructores
es ahora la piedra principal.
Esto lo ha hecho el Señor
y nosotros estamos maravillados.’
Por eso os digo que a vosotros se os quitará el reino, y se le dará a un pueblo que produzca los frutos debidos.
Los jefes de los sacerdotes y los fariseos, al oir las parábolas que contaba Jesús, comprendieron que se refería a ellos.  Quisieron entonces apresarle, pero no se atrevían, porque la gente tenía a Jesús por profeta."

Esta parábola, podemos leerla desde dos puntos distintos.
Podemos considerar que la viña es el mundo. El Padre la ha plantado, la ha hecho hermosa y nos la ha dado para que cuidemos de ella. Los hombres nos hemos creído los dueños y hemos olvidado al Padre. Él envía profetas, hombres santos a los que nosotros, a veces en nombre de la religión, matamos. También nos ha enviado a su Hijo, al que matamos y seguimos matando, utilizando su Palabra en nuestro provecho.
También podemos considerar que la viña somos cada uno de nosotros. Él nos ha creado, nos cuida, nos mima, y nosotros no damos los frutos esperados. No escuchamos a las personas y los signos que nos envía y matamos a su Hijo, al que lanzamos fuera de nuestras vidas.
En ambos casos cometemos el mismo error. Creer que la viña es nuestra y olvidarnos del dueño.
¿Somos malos viñadores? 


jueves, 16 de marzo de 2017

SEGUIMOS IGNORANDO A LÁZARO


"Había una vez un hombre rico, que vestía ropas espléndidas y todos los días celebraba brillantes fiestas. Había también un mendigo llamado Lázaro, el cual, lleno de llagas, se sentaba en el suelo a la puerta del rico. Este mendigo deseaba llenar su estómago de lo que caía de la mesa del rico; y los perros se acercaban a lamerle las llagas.  Un día murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron junto a Abraham, al paraíso. Y el rico también murió, y lo enterraron.
El rico, padeciendo en el lugar al que van los muertos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro con él. Entonces gritó: ‘¡Padre Abraham, ten compasión de mí! Envía a Lázaro, a que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo mucho entre estas llamas.’ Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que a ti te fue muy bien en la vida y que a Lázaro le fue muy mal. Ahora él recibe consuelo aquí, y tú en cambio estás sufriendo. Pero además hay un gran abismo abierto entre nosotros y vosotros; de modo que los que quieren pasar de aquí ahí, no pueden, ni los de ahí tampoco pueden pasar aquí.’
El rico dijo: ‘Te suplico entonces, padre Abraham, que envíes a Lázaro a casa de mi padre, donde tengo cinco hermanos. Que les hable, para que no vengan también ellos a este lugar de tormento.’ Abraham respondió: ‘Ellos ya tienen lo que escribieron Moisés y los profetas: ¡que les hagan caso!’ El rico contestó: ‘No se lo harán, padre Abraham. En cambio, sí que se convertirán si se les aparece alguno de los que ya han muerto.’ Pero Abraham le dijo: ‘Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán aunque algún muerto resucite."

Lázaro sigue sentado junto a nuestra puerta. Porque no hay duda de que nosotros somos el hombre rico. Basta que echemos una ojeada a cualquier encuesta de reparto de la riqueza y nos daremos cuenta, que unos pocos acaparamos casi todo y dejamos para los demás las migajas que caen de nuestra mesa.
Vivimos constantemente este contraste, pero, como el rico, no nos damos cuenta. Junto a programas de gastronomía, vemos en la televisión el anuncio de la hambruna que está padeciendo África. Junto a desfiles de modelo, junto a las ganancias de las grandes empresas de vestidos, vemos a la gente que carece de lo más elemental para vestirse.
Y lo nuestro es más grave que lo del rico. Porque nosotros sacamos provecho del pobre. Esas grandes empresas, producen en los países pobres, para obtener más beneficios, esclavizando y destrozando su medio ambiente. Las armas que destruyen vidas y alimentan las guerras en los países pobres, provienen de nosotros. Y además, cerramos nuestras puertas cuando vienen pidiendo auxilio.
Lo más triste es, que aunque resuciten los muertos, seguiremos sin creer ni darnos cuenta. Y tratamos de subversivos a los profetas que denuncian la situación. 

miércoles, 15 de marzo de 2017

SERVIDORES DE LOS HOMBRES


"Yendo camino de Jerusalén llamó Jesús aparte a sus doce discípulos y les dijo:
– Como veis, ahora vamos a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley; lo condenarán a muerte  y lo entregarán a los extranjeros para que se burlen de él, le golpeen y lo crucifiquen; pero al tercer día resucitará.
La madre de los hijos de Zebedeo se acercó con ellos a Jesús, y se arrodilló para pedirle un favor.  Jesús le preguntó:
– ¿Qué quieres?
Ella le dijo:
– Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu reino uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Jesús contestó:
– No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa amargam que voy a beber yo?
Le dijeron:
– Podemos.
Jesús les respondió:
– Vosotros beberéis esa copa de amargura, pero el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí darlo. Será para quienes mi Padre lo ha preparado.
Cuando los otros diez discípulos oyeron todo esto, se enojaron con los dos hermanos.  Pero Jesús los llamó y les dijo:
– Sabéis que, entre los paganos, los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos y los grandes descargan sobre ellos el peso de su autoridad.  Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que entre vosotros quiera ser grande, que sirva a los demás;  y el que entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo.  Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en pago de la libertad de todos."

Jesús se dirige a Jerusalén y hace el tercer anuncio de su muerte. Los discípulo siguen sin enterarse de nada. La madre de Juan y Santiago pide a Jesús los puestos más altos para sus hijos. Piensan todavía en categorías de poder.
Jesús les habla de entrega, de estar dispuestos a beber la copa de amargura. Lo demás depende de Dios.
Jesús les quita de la cabeza los delirios de grandeza y les señala con claridad que, la característica de sus discípulos, es la entrega. Si quieren ser los primeros, se han de hacer servidores de los hombres.
Si miramos la historia de la Iglesia, parece que estamos más cerca de la ceguera de los discípulos, que de las palabras de Jesús. Seguimos pensando en primeros puestos. Seguimos esperando que nos sirvan. Seguimos buscando privilegios.
El mensaje de Jesús es muy claro: debemos hacernos los servidores de los hombres. Porque Él se encuentra en el último puesto. A Dios se le encuentra el los "pequeños". Si buscamos los "grandes", nos alejamos de Dios.


martes, 14 de marzo de 2017

HUMILDAD


"Después de esto, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo:
- Los maestros de la ley y los fariseos son los encargados de interpretar la ley de Moisés.  Por lo tanto, obedecedlos y haced todo lo que os digan. Pero no sigáis su ejemplo, porque dicen una cosa y hacen otra.  Atan cargas pesadas, imposibles de soportar, y las echan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo.  Todo lo hacen para que la gente los vea. Les gusta llevar sobre la frente y en los brazos cajitas con textos de las Escrituras, y vestir ropas con grandes borlas.  Desean los mejores puestos en los banquetes, los asientos de honor en las sinagogas,  ser saludados con todo respeto en la calle y que la gente los llame maestros.
Pero vosotros no os hagáis llamar maestros por la gente, porque todos sois hermanos y uno solo es vuestro Maestro.  Y no llaméis padre a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el que está en el cielo.  Ni os hagáis llamar jefes, porque vuestro único Jefe es Cristo.  El más grande entre vosotros debe servir a los demás.  Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido."

Este texto debemos meditarlo cada dia quienes nos creemos con autoridad para interpretar la ley.  No sea que estemos cargando fardos pesados en las espaldas de los demás y nosotros ni los tocamos.
La religión debe ser espiritualidad; es decir, vida. Si la utilizamos para dominar a los demás, la estamos prostituyendo. La religión debe hacernos humildes. ¿Por qué buscamos privilegios?¿Por qué vemos esos vestidos en obispos y cardenales, que nunca quiso Jesús? Ayer veíamos la misericordia como una característica del Padre. ¿Por qué nosotros priorizamos el lujo y la ostentación?¿Por qué nos llenamos de títulos y los exigimos en el trato? No debe extrañarnos que la gente humilde se vaya alejando de las iglesias. Sería curioso que tuviese que apartarse de las iglesias, para poder acercarse a Dios.

lunes, 13 de marzo de 2017

MISERICORDIA


"Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo.
No juzguéis a nadie y Dios no os juzgará a vosotros. No condenéis a nadie y Dios no os condenará. Perdonad y Dios os perdonará.  Dad a otros y Dios os dará a vosotros: llenará vuestra bolsa con una medida buena, apretada, sacudida y repleta. Dios os medirá con la misma medida con que vosotros midáis a los demás."

Jesús nos pone al Padre como modelo. Hemos de ser misericordiosos como lo es Él. Las palabras misericordia, compasión, piedad, tienen una connotación negativa que debemos eliminar. Esta visión negativa la tenemos, cuando nos colocamos en un plan superior al otro. Mi misericordia, mi compasión, la doy de arriba a abajo, cuando debe ser de igual a igual. Padezco con el que padece.
Jesús nos lanza una advertencia: Dios nos tratará en la misma medida en que nosotros tratamos a los demás. Cada día rezamos en el Padre nuestro "perdónanos, como nosotros perdonamos..." Será cuestión de examinar cómo perdonamos.

domingo, 12 de marzo de 2017

SUBIR A LA MONTAÑA


"Seis días después, Jesús tomó a Pedro y a los hermanos Santiago y Juan, y los llevó aparte a un monte alto.  Allí, en presencia de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su rostro brillaba como el sol y sus ropas se volvieron blancas como la luz.  En esto vieron a Moisés y Elías conversando con él. Pedro dijo a Jesús:
– Señor, ¡qué bien que estemos aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Mientras Pedro hablaba los envolvió una nube luminosa. Y de la nube salió una voz, que dijo: “Este es mi Hijo amado, a quien he elegido. Escuchadle.”
Al oir esto, los discípulos se inclinaron hasta el suelo llenos de miedo.  Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo:
– Levantaos, no tengáis miedo.
Entonces alzaron los ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:
– No contéis a nadie esta visión, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado."

No hace mucho ya comentamos este evangelio. Hoy, segundo domingo de Cuaresma, tiene un sentido especial. Jesús nos invita a subir a la montaña. En lo alto, veremos a Jesús transfigurado y el Padre nos dirá que debemos escucharlo.
Subir a la montaña, es abandonar el ruido, dejar de lado las cosas que nos distraen, retirarnos a la soledad. Es allí donde veremos a un Jesús que nos sorprenderá. Es a partir e ese momento, que podremos escuchar la Palabra, que lo escucharemos a Él. Es allí que podremos observar la realidad con otros ojos. Esos momentos de contemplación, son los que nos ayudarán, después, a seguir el camino día a día, ya en la llanura.
Nuestra sociedad no nos ayuda a subir a la montaña, pero debemos hacerlo si queremos ver a Jesús transfigurado.
La Cuaresma es ese camino de subida al monte, que nos lleva a la Cruz, pero que acaba con la Resurrección.



sábado, 11 de marzo de 2017

UN LISTÓN MUY ALTO


"También habéis oído que antes se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.’  Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen.  Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, pues él hace que su sol salga sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos e injustos.  Porque si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¡Hasta los que cobran impuestos para Roma se portan así!  Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡Hasta los paganos se portan así!  Vosotros, pues, sed perfectos, como vuestro Padre que está en el cielo es perfecto."

Jesús nos pone el listón muy alto: ser perfectos, como vuestro Padre que está en el cielo es perfecto.
Y es que acaba de pedirnos que amemos a nuestros enemigos. Que no devolvamos mal por mal. El modelo es el Padre, que perdona a todos, que quiere que todos se salve. El Buen Pastor que va tras la oveja perdida. El padre que cada mañana mira hacia el horizonte, esperando la vuelta del hijo pródigo. Él mismo nos dio el ejemplo en la cruz, pidiendo al que perdonara a sus verdugos.
El listón es alto. Nos cuesta perdonar y nos cuesta amar a quien no nos ama. Pero ese es el camino que Jesús nos señala.

viernes, 10 de marzo de 2017

CUMPLIR LA LEY "DE VERDAD"


"Porque os digo que si no superáis a los maestros de la ley y a los fariseos en hacer lo que es justo delante de Dios, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que a vuestros antepasados se les dijo: ‘No mates, pues el que mata será condenado.’  Pero yo os digo que todo el que se enoje con su hermano será condenado; el que insulte a su hermano será juzgado por la Junta Suprema, y el que injurie gravemente a su hermano se hará merecedor del fuego del infierno.
Así que, si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,  deja tu ofrenda allí mismo delante del altar y ve primero a ponerte en paz con tu hermano. Entonces podrás volver al altar y presentar tu ofrenda.
Si alguien quiere llevarte a juicio, procura ponerte de acuerdo con él mientras aún estés a tiempo, para que no te entregue al juez; porque si no, el juez te entregará a los guardias y te meterán en la cárcel.  Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo."

No podemos decir que los maestro de la ley y los fariseos no cumplieran la ley. El problema era que su cumplimiento pasaba por encima del amor a los otros. Cumplían la letra, pero olvidaban el espíritu que la anima.
Si referimos siempre la ley a los derechos de los demás, el cumplimiento se volverá más humano y a la vez más profundo. Jesús pone dos ejemplos claros.
No sólo se trata de no matar físicamente al otro. Hay muchas formas, y hoy en los medios de comunicación tenemos muchos ejemplos, de matar al otro, de reducirlo a nada. Jesús nos aconseja que resolvamos nuestros litigios por el diálogo.
Y lo más importante, el amor al prójimo, el perdón, la reconciliación, están por delante del cumplimiento de las obligaciones religiosas, de los ritos y de las ceremonias. Porque el verdadero cumplimiento no es externo. Reside en nuestro corazón. Es allí que cumplimos o no la ley.



jueves, 9 de marzo de 2017

PEDIR, RECIBIR Y SABER DAR


"Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá.  Porque el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre.
¿Acaso alguno de vosotros sería capaz de darle a su hijo una piedra cuando le pide pan?  ¿O de darle una culebra cuando le pide un pescado?  Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en el cielo las dará a quienes se las pidan!
Así pues, haced con los demás lo mismo que queréis que los demás hagan con vosotros. Esto es lo que mandan la ley de Moisés y los escritos de los profetas."

Jesús nos invita a pedir. No se trata de quedarse sentado, esperando soluciones mágicas a nuestros problemas, sino que se trata de tener esperanza. De confiar en la bondad de un Dios que es Padre-Madre y no nos dará nada malo ni nos dejará desamparados.
Jesús, en la última frase, nos da la contrapartida. Si queremos recibir, debemos saber dar. Y dar cosas buenas, como nos gusta a nosotros recibirlas. Si queremos amor, debemos dar amor. Si queremos ayuda, debemos ayudar. Si queremos comprensión, debemos comprender. Si queremos que nos acojan, debemos acoger...


miércoles, 8 de marzo de 2017

LA SEÑAL


 "La multitud seguía juntándose alrededor de Jesús, y él comenzó a decirles:
– La gente de este tiempo es malvada. Pide una señal milagrosa, pero no se le dará otra señal que la de Jonás.  Porque así como Jonás fue señal para la gente de Nínive, así también el Hijo del hombre será señal para la gente de este tiempo.  En el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, la reina del Sur se levantará y la condenará; porque ella vino de lo más lejano de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y lo que hay aquí es más que Salomón.  También los habitantes de Nínive se levantarán en el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, y la condenarán; porque los de Nínive se convirtieron a Dios cuando oyeron el mensaje de Jonás, y lo que hay aquí es más que Jonás."

Los judíos pedían una señal para creer en Jesús. La señal será la muerte y resurrección. Nosotros también pedimos señales, y la señal es el Amor de Jesús que dio su vida por todos y resucitó al tercer día.
Jesús cita a Jonás, que ha sido la primera lectura de hoy. Un Jonás tozudo que no quiere cumplir la voluntad de Dios. Un Jonás que no comprende la misericordia de Dios, que acaba perdonando a los Ninivitas. Ellos no eran parte del Pueblo de Dios, pero se convirtieron. Tampoco pertenecía al Pueblo de Dios la reina de Saba, pero se sintió atraída por la sabiduría de Salomón. En nuestros tiempos, muchos no creyentes, comprenden mejor que nosotros las palabras de amor de Jesús, la llamada de los pobres y de los perseguidos.
La señal es clara: como Jesús debemos dar nuestra vida por los demás. Eso nos llevará a la resurrección.

martes, 7 de marzo de 2017

CÓMO ORAR


"Y al orar no repitas palabras inútilmente, como hacen los paganos, que se imaginan que por su mucha palabrería Dios les hará más caso.  No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis aun antes de habérselo pedido.  Vosotros debéis orar así:
Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra
así como se hace en el cielo.
Danos hoy el pan que necesitamos.
Perdónanos nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos
a quienes nos han ofendido.
Y no nos expongas a la tentación,
sino líbranos del maligno.
Porque si vosotros perdonáis a los demás el mal que os hayan hecho, vuestro Padre que está en el cielo os perdonará también a vosotros;  pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará el mal que vosotros hacéis."

Hoy Jesús nos enseña a orar.  La oración, nos dice, no consiste en muchas palabras. Más bien se trata de afectos. De unir nuestro corazón a Dios.
La oración, aunque sea individual, siempre es comunitaria. Rezamos a "nuestro" Padre. Y nuestra oración, requiere que perdonemos a los demás. No podemos rezar si guardamos rencor a alguien, si no estamos en paz con todos.
Hemos de pedir la santificación del "nombre" de Dios. Para los judíos el nombre significaba toda la persona. Hemos de desear la glorificación de su nombre.
Rezamos porque deseamos que el Reino empiece ya aquí. Ese Reino que es la justicia en este mundo. Un Reino que sólo puede llegar si cumplimos la voluntad de Dios en este mundo, es decir, si hacemos que el amor reine en todas partes.
Para nosotros pedimos el pan. El pan material y el pan de su Palabra.
Pedimos perdón, que está condicionado a que nosotros perdonemos. Esto lo deja Jesús bien claro.
También pedimos que nos libre de las tentaciones y del mal.
El padrenuestro lo rezamos tantas veces, que corremos el peligro de no poner atención en lo que decimos y transformarlo en esas palabras inútiles, en esa palabrería de la que Jesús nos dice, debemos huir. De ahí la necesidad de la meditación en nuestra oración.