jueves, 20 de marzo de 2025

SABER MIRAR AL "OTRO"

 


Había una vez un hombre rico, que vestía ropas espléndidas y todos los días celebraba brillantes fiestas. Había también un mendigo llamado Lázaro, el cual, lleno de llagas, se sentaba en el suelo a la puerta del rico. Este mendigo deseaba llenar su estómago de lo que caía de la mesa del rico; y los perros se acercaban a lamerle las llagas. Un día murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron junto a Abraham, al paraíso. Y el rico también murió, y lo enterraron.
El rico, padeciendo en el lugar al que van los muertos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro con él. Entonces gritó: ‘¡Padre Abraham, ten compasión de mí! Envía a Lázaro, a que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo mucho entre estas llamas.’ Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que a ti te fue muy bien en la vida y que a Lázaro le fue muy mal. Ahora él recibe consuelo aquí, y tú en cambio estás sufriendo. Pero además hay un gran abismo abierto entre nosotros y vosotros; de modo que los que quieren pasar de aquí ahí, no pueden, ni los de ahí tampoco pueden pasar aquí.’
El rico dijo: ‘Te suplico entonces, padre Abraham, que envíes a Lázaro a casa de mi padre, donde tengo cinco hermanos. Que les hable, para que no vengan también ellos a este lugar de tormento.’ Abraham respondió: ‘Ellos ya tienen lo que escribieron Moisés y los profetas: ¡que les hagan caso!’ El rico contestó: ‘No se lo harán, padre Abraham. En cambio, sí que se convertirán si se les aparece alguno de los que ya han muerto.’ Pero Abraham le dijo: ‘Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán aunque algún muerto resucite.’ 

El rico no sólo no ayudaba a Lázaro, es que ni lo veía. En nuestra sociedad sigue habiendo grandes diferencias. Hay mucha gente que no tiene nada. ¿Los vemos? Lo pero es que sí vemos al inmigrante, al que vive en la calle...Los vemos, pero no los miramos. No nos detenemos a reflexionar sobre sus necesidades ni cómo solucionarlas. No hacemos nada. Tenemos que aprender a "mirar". A reflexionar sobre las necesidades de los demás. Si realmente nos consideramos seguidores de Jesús, si consideramos al otro nuestro hermano, esto no nos dejará indiferentes. Nos llevará a actuar, a intentar solucionar sus problemas.

"La historia del Evangelio de hoy es sencilla y muy conocida. Sus protagonistas, el rico que tiene de todo y el pobre que no tiene nada, mueren y su suerte se invierte: al rico le toca ir al infierno con todos sus tormentos mientras que el pobre está en el seno de Abraham feliz y contento. Por ninguna parte se dice que el pobre fuese un buen observante de la ley, cumplidor y devoto. Simplemente era pobre y cubierto de llagas. Tampoco se dice que el rico fuese un malvado, corrupto, ladrón ni estafador. Simplemente era rico y vivía disfrutando lo que tenía.
Parece que no hay paso entre el infierno y el cielo o seno de Abraham pero si hay comunicación visual y oral. Ahí viene el diálogo. Las llamas del infierno queman y el rico se quiere aliviar y, cuando ve que no es posible, quiere que al menos se alivien sus familiares. Pero no obtiene más que una respuesta: que escuchen a Moisés y los profetas. Y de ahí Abraham no se mueve.
Para los que escuchamos hoy esta historia quizá no tenga mucho sentido que nos digan que hay que escuchar a Moisés y a los profetas. Pero quizá haya una consecuencia mucho más importante. Es en el hoy de la vida en el que estamos llamados a compartir lo que tenemos. Del rico no se dice que fuese al infierno porque era malo. Simplemente no veía la realidad del pobre que estaba a la puerta de su casa sin nada mientras que él banqueteaba. Compartir en solidaridad, en fraternidad, en justicia, es un elemento básico del reino de Dios de que habla Jesús. Es saber que lo que tenemos no es “mío” sino nuestro. Es saber que la propiedad privada no es una realidad absoluta sino limitada siempre por la necesidad de mis hermanos. Es ser conscientes de que solo con los otros, en solidaridad, compartiendo, es como podemos llegar a vivir en plenitud esta vida que se nos ha regalado.
Hoy, sin duda, la parábola nos invita a abrir los ojos, aquí y ahora, a las necesidades de los demás y a convertirlas en nuestra necesidades, a hacer de la fraternidad y la solidaridad el centro de nuestra vida cristiana."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

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